Los nueve mejores discos de Neil Young y los tres peores

Neil Young

Ah, Neil Young, qué haríamos sin ti. Ahora que vuelves con Colorado, nos vuelve a dar miedo que un día te nos vayas. No en vano, eres una de esas pocas cosas con las que casi todo el equipo de Hipersónica, generalmente una jaula de grillos, podría ponerse de acuerdo.

Y ésta es hoy nuestra selección de los 9 discos imprescindibles, los mejores, de Neil Young. Pero también de los 3 peores, porque hay que saber bien de qué narices hay que salir huyendo.

Rust Never Sleeps

El alfa y el omega, el perfecto resumen de las dos caras básicas, los pilares fundamentales, del Neil Youngsismo. Por un lado, la acústica: seis canciones entre el dolor, la sencillez, la apatía y la empatía máxima. Por otro, el ruido y la furia, el chorro eléctrico desbocado, sin florituras, el más punk de los guitar hero. Rust Never Sleeps coge canciones en vivo y otras en estudio y las junta todas porque sólo podrían vivir así, en bruto.

El disco de ‘Powderfinger’, de ‘Thrasher’, de que pase el tiempo y te deje hecho una piltrafa. El disco de ‘Marlon Brando, Pocahontas and me’. El disco que dejó claro cómo era y a qué jugaba la industria discográfica. ‘My, My, Hey, Hey’ y ‘Hey, Hey, My, My’, da igual el orden en que las pongas, que siempre me hacen llorar.

Zuma (1975)

Neil Young Zumaq

Es 1975 y Neil Young ha pasado su peor época. Las muertes de Danny Whitten y de su roadie Bruce Berry, la creación convulsa (y autosaboteada) de Tonight’s The Night, el lanzamiento de On The Beach y las actuaciones de la época… Para cuando sale Zuma, sin embargo, aquella tormenta ya ha pasado. ‘Don’t Cry No Tears’, la canción de apertura, es su punto y final a la catarsis y da paso a uno de los discos donde Crazy Horse más brillan. No sólo porque algunas de las canciones que incluye Zuma sean lo más cercano al pop que Young haya compuesto nunca, sino porque para Crazy Horse sonar más brillante nunca es domesticarse

En Zuma, los solos te atraviesan de la cabeza a los pies, como un rayo que cae varias veces en el mismo lugar. Todo es glorioso, emotivisimo y tremendamente seminal: casi todo el alt-country y la Americana más eléctrica nace aquí (hostia, ‘Danger’), como casi todo el indie nace del segundo y el tercero de la Velvet.

Y, por supuestísimo, está ‘Cortez The Killer’, donde Young ya no puede obviar su guitarra más.

On the Beach (1974)

Neil Young - On The Beach (1974)

En nuestro extenso repaso a On The Beach ya os contamos la importancia radical de un disco que parecía menor y al que el paso del tiempo ha convertido no sólo en obra maestra, sino en pieza ineludible para entender a Neil Young… y a los convulsos años 70. No hay nadie que se lo salte, ni necesidad de hacerlo.

Envuelto en una (falsa) portada playera, y condenado durante muchos años al ostracismo por una industria musical contra la que arremete por cortarle las alas a la vez que le paga todos los caprichos (‘For The Turnstiles’), On The Beach es el final de los sueños de los años 60: ahora ya sabemos que hubo asesinos, vampiros capitalistas y ambulancias que van tan rápido que te acaban sepultando en el pasado.

Everybody Knows This is Nowhere (1969)

Aunque ‘Cinnamon Girl’ se ha llevado la fama (y sea una canción estupenda), el segundo disco de Neil Young me gusta especialmente por ese apasionante cierre en forma de diez minutos que es ‘Cowboy In The Sand’. Es también una canción definitoria de lo muy diferente que es este segundo disco del debut homónimo. Y también una muestra de los bandazos brutales que va a dar su carrera, como un péndulo balanceándose entre los paisajes más folk-rock (aquí presentes en muy baja medida, en ‘Round Round’ y en ‘The Losing End’) y la electricidad a chorro y profundamente emocional.

Es también culpa de esos Crazy Horse a los que Neil Young presenta en este disco, unos con los que no tiene problema en irse hasta los diez minutos (‘Down By The River’ o la ya citada ‘Cowboy In The Sand’) en desarrollos de guitarras que son la antítesis del guitar hero: parecen toscos, hechos a base de hostiazos sobre las cuerdas, en vez de finos y virtuosos. Se convierten, ya mismo, en la marca registrada de una música que se derrite en esa hoguera de cuerdas entrecruzadas y una voz agridulce, saltarina, pero en segundo plano.

Insisto: no caer en ‘Cowboy In The Sand’ es dar la espalda al rock. Y ver a Neil Young, en su segundo disco en solitario, negar tantas veces como Judas al Young refinado del debut es una auténtica gozada.

Harvest (1972)

Fue el disco en el que estuvo su primer y único número 1, la emblemática ‘Heart of Gold’. Fue también un disco contra el que Young se revolvió de manera inmediata: en vez de seguir lo que aquí había cautivado al público, se lanzó a publicar Journey Through The Past, disco y película, acribilladas por la crítica.

Pero el disco más popular de Neil Young es mucho más que el que marca la desintegración de CSNY, y que la memorable, radiante, Dylaniana y radiable canción que reventó en listas. Es una de sus obras más íntimas, con piezas tan delicadas y a la vez brutales como ‘The Needle & The Damage Done’ o ‘A Man Needs a Maid’ (muchísimo más sutil y frágil que su título). Incluso cuando en Harvest entra la Orquesta Sinfónica de Londres o cuando se aventura a la electricidad épica (‘Words’ es una canción que no te la acabas jamás), Harvest suena cercanísimo, amistoso, personal. Te habla de tú a tú y te trata, como oyente, como si quisiera recogerte, abrazarte.

Ragged Glory (1990)

A veces pasa: los mejores discos de la década llegan en el primer año, o en el quicio entre una y otra. Tras volver de entre los muertos con Freedom, Ragged Glory no sólo recupera a Crazy Horse, sino que además sienta las bases para que los chavales de los 90 tuvieran una bandera en forma de disco que reivindicar.

Ya estaba pasando, de hecho: desde finales de los 80, la influencia de Neil Young había crecido exponencialmente en grupos que se arrimaban a él en su manera de cantar, de tocar o de vivir. Desde Dinosaur Jr. a Mercury Rev, pasando por un Kurt Cobain que firmó su nota de suicidio con versos de ‘Hey, Hey, My, My’, Neil se había convertido en uno de los nombres fundamentales para “crear músicos”.

Y, en vez de conformarse, decide editar cuatro discos del tirón que le devuelven creativamente al mejor de sus momentos: el subidón noise de Sleep With Angels, la contagiosa entente con unos Pearl Jam a sus pies en Mirror Ball, el directo larguísimo, pero inexcusable, de Weld y, el primero de todos, este Ragged Glory glorioso que disipa cualquier resquicio de duda. Neil Young, otra década más, es grande.

After The Gold Rush (1970)

After The Gold Rush es quizás el disco más aclamado y mimado por la crítica en la carrera de Neil Young. Para nosotros no es, desde luego, la primera opción pero si una obra muy, muy estimable en la que encontramos a un Young reposado, sosegado, que apenas se agita. Un Young en el que más que nunca tienen importancia los pianos, los medios tiempos, una cierta dulzura. Y un Neil Young de voz sutilísima (y muy imitada)y que deja fluir las canciones con suavidad.

En un contexto así, brillan con luz propia en los momentos en los que hay guitarrazos dolientes como ‘Southern Man’ pero la voz cantante la llevan los tramos más emotivos de este Young en clave baja: ‘Tell Me Why’, el contraste del piano y la sección de viento de ‘After The Gold Rush’ o esa ‘Only Love Can Break Your Heart’ que es una de las grandes canciones clásicas del del compositor.

Tonight’s the Night (1975)

Dos años y pico necesitó Neil Young para reconciliarse con Tonight’s The Night, un disco grabado en 1973 que no se publicó hasta 1975 y por el que sobrevuela todo el rato el dolor y la pena. Hacía nada que se había muerto el segundo de sus amigos por sobredosis y a uno de ellos, Bruce Berry, le construyó la canción titular, que marca el tono del disco: no sólo es su obra más bluesera, más primitiva también, sino que claramente es el álbum en el que Neil Young se abre más en canal en las letras, huye del mundo exterior (The world on a string/Doesn’t mean anything) y se encierra en sí mismo para descubrir que allí no hay nada que le guste.

La leyenda se bifurca: ya fuese Reprise quien rechazase el disco, ya fuese el propio Neil Young el que no pudo soportarlo ver a punto de “venderse”, Tonight’s The Night aguardó pacientemente en el baúl hasta descubrir el éxito. Le llegó, una vez que salió, vía crítica: sus canciones están demasiado ajadas, demasiado cargadas de pena y muerte, como para triunfar también en listas. Rock’n’Roll en estado puro. Will never die.

Freedom (1989)

Al borde del final de su década maldita, Neil Young vuelve a pegar un volantazo. Para ello, recupera las mejores canciones de algunos de sus EPS, como ‘Eldorado’, imita a Rusts Never Sleeps con doble versión de uno de sus himnos más emblemáticos (‘Rocking In The Free World’, el final de su coqueteo con el presidente Reagan y una fantástica canción con armónica) y reivindica su capacidad para saltar de estilos y volver loca a cualquier brújula crítica. Aunque varios de sus discos de los 90 o incluso del 2000 (Living With War, te miro a ti) podrían estar en esta posición, Freedom se la gana por certificar la resurrección de un músico sin el que no sé qué vamos a hacer cuando ya no esté físicamente, porque creativamente nunca ha dejado ya de estar. Eso sí, la portada HORRIBLE.

Los tres peores

Hay poca discusión en esto. Cuando concluye Rust Never Sleeps (y su coda, Live Rust), empieza el horror. Y llegan tres discos casi consecutivos en los que Neil Young se pierde. Los 80 fueron una época muy jodida para la mayoría de quienes en los 70 habían alcanzado las grandes cimas creativas, y en concreto en el caso de Neil Young esto es directamente doloroso.

Trans (1982) es un fallido homenaje tecnológico y vocoderizado a su hijo, discapacitado y con dificultades para comunicarse. Re-ac-tor (1981) tiene una producción horrible, new-wave mal entendida. Pero es Hawks & Doves (1980) el que se lleva la palma: el disco para cumplir obligaciones contractuales sacado sin ningún mimo, recuperando descartes horribles y demostrando, ya para siempre, que Young también podría fallar. La ola que se inicia aquí no acabará hasta que, en los 90, con Freedom, Sleeps With Angels y la colaboración con Pearl Jam en Mirror Ball, Neil Young resucite.