Hace unos días repasábamos diez de las mejores canciones de Manta Ray. El recibimiento de ese post deja claro que, por más que el grupo lleve una década en silencio, aún se mantiene como uno de los pocos grupos del indie español de los 90 que ha logrado trascender al paso del tiempo.

Su carrera de casi tres lustros dejó algunos de los discos más relevantes de aquel momento, uno de los directos más emblemáticos de la época y también varios saltos mortales que acabaron con ellos desperdigados.

Manta Ray (1995)

El debut en largo del grupo fue un golpe en toda la cara. No sólo dejaba en agua de borrajas a su primer ep y al single de presentación, sino que demostraba cómo la mayor parte de la primera generación indie había seguido los mismo patrones hasta aburrir a las ovejas. Y Manta Ray optaban por otra línea, mucho más emotiva y fácil de querer y, además, lo hacían con una solvencia instrumental fuera de duda. Ya no es que el debut sonase bien, sino que en directo dejaban con la boca abierta todos los que les veían.

Aún hoy, muchos sostiene que el debut del grupo asturiano sigue siendo su mejor disco. El más emocionante, de eso no hay duda. La voz de Rubio nunca ha vuelto a estar tan en primer plano, nunca ha guiado con tanta pasión las melodías de sus compañeros y sólo en Elle Belga, muchos años después, la volvimos a ver así. En realidad, ninguno de ellos hizo las cosas tan aparentemente de corazón como en este disco. Luego su música se pudo disfrutar de otra manera, pero en el debut homónimo la única manera posible que había de entrar en ella era abriéndose las heridas y dejando que este disco las sanara.

Como en los discos de Come, el rock se utilizó aquí para ponernos los pelos de punta. Mientras trileros varios optan por todos los trucos más manidos del rock épico para emocionar, Manta Ray utilizaron el noise, con tonos muy blues, para trazar sin trampa ni cartón una línea invisible, grandiosa, que recorre las diez canciones de su primer disco, un rastro en el que las lágrimas, el drama, el dolor y el sentimiento sincero se unen para crear uno de los mejores discos españoles de los 90.

Desde el fascinante instrumental que es Adamo, Manta Ray avisan de que lo que contiene este disco no es precisamente normal. Guitarras en ebullición y puestas a llorar, una batería metronómica, un ritmo fascinante, violines y explosiones de furia, algún pequeño retoque electrónico… Sin voz, pero con todo lo que va a contener el disco.

Tin Pan Alley fue, desde el primer momento, uno de sus clásicos. Quizás la más teatral del lote, al menos en su versión en disco, aunque eso no sea un defecto. Por contraste con The Last Crumbs of Love (doliente, pero casi en acústico), sus guitarrazos marcaban un camino que el disco iba a seguir en varias ocasiones, como por ejemplo en otra de las imprescindibles I Send Tou You My Blues, quizás la canción donde más clara se ve la afinidad con Come.

Otro de los grandes aciertos del disco es la secuenciación. Aplican casi de manera milimétrica la fórmula canción lenta y larga-canción corta y de mayor ritmo, con lo que cada una de las canciones se beneficia de la anterior y, a su vez, da un perfecto contrapunto a la que le sigue. Mi sensación como oyente cuando me pongo Manta Ray, el disco, siempre ha sido que cada canción es mejor que la anterior, que el disco está en una rampa de lanzamiento.

Lo curioso es que para el final queda lo más emotivo (con el breve parón de Crazy Town). Los casi siete minutos de Secrets, que parecen extraídos de un disco de Afghan Whigs, dejan sin aliento, con José Luis García perfecto en las voces y todo el grupo creando una sugestiva, misteriosa y en última instancia desarmante base instrumental. Si se le puede poner alguna pega, y es aplicable a todo el disco, es que las guitarras se quedaron en un segundo plano demasiado tímido. El indie, por aquel entonces, era en España algo romo en sus producciones. Pero se puede indagar, fuera del disco, cómo habría sido si el sonido se hubiese puesto a hervir: ahí está la arrolladora ‘The Nothing Man’, uno de los descartes del album.

La acústica Someone Else´s Life es otra demostración de grandeza de Rubio: un tema básico al que su garganta lleva muy lejos. Aquí, además, brilla la producción, que crea una bruma como de terror que da aún más brillo a la penúltima canción del disco. Y, finalmente, Manta Ray acaban su debut con la promesa de un futuro envidiable. Ningún grupo español podía aspirar en 1995 a crear algo como Canción de cumpleaños para el Señor Miseria, un paraje mínimo, desolado y susurrado, inquietante a la par que adictivo. Como cierre de un disco tan apasionado que nunca cae en el exceso, no se me ocurre mejor canción. Sobresaliente.

Diminuto Cielo (1997)

Con la reputación consolidada después de su magnífico debut y, sobre todo, de sus actuaciones en directo, Manta Ray dedicaron 1997 a proyectos conjuntos. La más esperada fue la que les unió a Corcobado, tras el gran resultado que dio su unión para el disco de homenaje al cine español, en el que dieron a la banda sonora de El Crack una cara inesperada.

Así, con las expectativas por todo lo alto, Diminuto Cielo cayó como una losa. No era, ni mucho menos, el disco que iba a dar validez a todos los excesos (y los patinazos) de Javier Corcobado. Ni tampoco el que iba a suponer un paso adelante emocional para Manta Ray. Tanto a uno como a otros se les ve agarrotados, demasiado fríos, menos pasionales de lo que se había vaticinado. Lo que sobre el papel pintó como el dúo perfecto, en la realidad dejó pocas estocadas por todo lo alto y bastantes más bajonazos de lo esperado.

A traición, Hoy no existo o Radio son de lo mejor del lote, con la banda y el cantante conjuntados como se esperaba, aunque se echa de menos una mayor agresividad, como si la mezcla hubiese beneficiado la voz de Javier Corcobado por encima de la música casi virtuosa de Manta Ray. Sólo en Cadalso de Amor y Odio aparece esa tensión, y es de extrañar porque algunos de los discos de Corcobado con Chatarreros de Sangre y Cielo ya sonaban como debería haberlo hecho Diminuto Cielo.

En el lado negativo de la balanza está la ridícula Vida y Muerte, con algunos de los peores versos firmados por Corcobado, que siempre camina al borde del exceso. También la cariñosa pero aburrida Luna o la poco conseguida Puta, que sin embargo avanzaba por donde iban a ir los tiros en el próximo disco en solitario de Manta Ray. Jugador tampoco consigue que su vodevil ruidoso llegue a buen puerto, aunque la idea no es despreciable.

Personalmente, me quedó con la belleza de Gitanita, con un trenzado de guitarras y arreglos de lo más dulce, y con Corcobado dejándose de excursiones por el lado chungo de la vida. También Cine de Verano, bonita reconstrucción del verano eterno y del tiempo perdido. Y sí, sé que Getsemaní (versión de Jesucristo Superstar) está sobreactuada en disco y que en directo, en aquella gira conjunta, sonó mucho mejor (como todo el disco, de hecho), pero no puedo evitar acudir a ella cada cierto tiempo. Bien.

La última historia de seducción (1997)

El segundo de los prOyectos conjuntos también hizo salivar a muchos aficionados: el grupo español más en forma del momento junto al rock francés más avanzado. Sin embargo, al final se quedó en un ep en el que los Diabologum y Manta Ray pusieron tres canciones cada uno por separado y no decidieron juntarse a crear una composición propia y exclusiva.

Así que, tras lo frustrante de un anuncio de algo que no fue tal, lo que queda es, pese a todo, un proyecto que llega muy arriba, sobre todo porque contiene una de las mejores canciones de toda la carrera de Manta Ray y la primera en la que se atrevieron a cantar en español.

Los casi nueve minutos de Sol suponen lo más cerca que el grupo asturiano ha estado nunca del post-rock de calma-tormenta, con un largo desarrollo instrumental en el que se cuela un Theremin y un Moog (ya se notaba la presencia de Frank Rudow) y que apuesta sin rubor por la épica. Sol será una de las últimas ocasiones en que José Luis García deja ver su voz en todo su esplendor dramático, porque al poco decidiría tratarla como un instrumento más, dejarla en segundo plano, algo que muchos hemos considerado un error pero que Manta Ray nunca reconsideraron siquiera.

My Hell es otra canción estimable, aunque incide en la senda cada vez más cerebral que iba a emprender el grupo, donde la electrónica y el tratamiento de guitarras y voces iba a coger un papel principal para el grupo. Y, por último, el ep incluye una regrabación de Canción de Cumpleaños para el Señor Miseria, también cantada en español, que no logra mantener el encanto de la original, pese a introducir un buen piano. Si no fuera por Sol, esto se quedaría en un bien (y muy por debajo de lo que hacían en la segunda mitad del disco Diabologum), pero gracias a esa canción puntúa más alto.

Pequeñas puertas que se abren, pequeñas puertas que se cierran (1998)

En su momento, Pequeñas puertas que se abren, pequeñas puertas que se cierran fue un mazazo. Sonaba tremendamente frío, como si el grupo se hubiese ido a explorar una cueva musical y se hubiese perdido en ella, sin lograr que nadie los rescatase. No es que fuera un mal disco, pero cortaba de raíz las muchas promesas realizadas en el debut.

¿Qué daba a cambio? En aquel momento, parecía que bien poco. No había canciones de las que uno se enamorase, como sí las tenía, y a puñados, el primer disco de la banda. Todo parecía demasiado cerebral, progresivo al estilo de Robert Fripp. Pero más que su disco prog, en cierto modo, Pequeñas Puertas es el álbum psicodélico de Manta Ray: abundan los instrumentos raros, los arreglos inesperados, las canciones que buscan ser orgánicas en vez de ser temas cerrados.

Sin embargo, Pequeñas Puertas suena a medio cocer. De hecho, la propia evolución de estas canciones en directo demuestra que no se grabaron cuando mejor estaban. Por ejemplo, Manta Ray han tocado en vivo OF King de mil maneras diferentes y todas son mejores que la toma en estudio. Ejemplo dos: Wide-O Blues en disco estaba bien, pero sobre un escenario te avasallaba, te destrozaba, te cambiaba cualquier idea preconcebida sobre el grupo. Que se los digan a los que vieron al grupo en el escenario grande de Benicassim 98.

Lo he pensado muchas veces y no logró encontrar la razón de qué falló en la grabación de Pequeñas Puertas… Posiblemente fue una mezcla de todo. Desde luego, hizo flaco favor el que fuera el propio grupo quien se hiciese cargo de la producción. El sonido, en vez de resultar brillante, es opaco, pese a que hablamos de un disco donde los detalles son esenciales, donde los teclados cobran especial protagonismo, donde el theremin y el moog son los dioses de la grabación (a veces en exceso), donde hasta hay sampleados de Maria Callas.

No sé cómo lo hicieron, pero Manta Ray se cargaron varias de sus canciones fundamentales. Por ejemplo, la magnífica Sad Eyed Evil, que triunfaba en directo y que en disco suena apagada, muerta, sobreactuada y sin pasión. Y, repito, en vivo era todo lo contrario: era la canción fundamental de la banda en aquellos años.

Tampoco me convence el uso de la voz de Rubio, que, en los tres años que han pasado desde su debut, parece haber perdido por el camino toda la convicción anterior. Repito: creo que es un error de la producción. Las guitarras no acaban de explotar cuando lo necesitan, la base de ritmos encaja pero no sorprende (y eso es algo donde Manta Ray siempre han brillado).

Claro que hoy, cuando el grupo ya se ha separado y todos sabemos los derroteros por los que ha ido la carrera de Manta Ray, es mucho más fácil de asumir que Pequeñas puertas que se abren, pequeñas puertas que se cierran no era un mal disco. Pero tampoco lo que esperábamos ni uno que estuviese a la altura de los conciertos. Lástima también que las aportaciones de Come (Thalia Zedek y Chris Brokaw) pasasen prácticamente inadvertidas. Y una pena también que los de Gijón optaran por despojarse de parte de su alma para entregarse a su cerebro. En cualquier caso, lo peor es que gran parte de la segunda mitad del disco aburre.

Score (1999)

Otra cumbre en su carrera, Score recoge la grabación del concierto especial que el grupo dio en el Teatro Jovellanos de Gijón con motivo de su siempre interesante Festival de Cine. Primero distribuido junto a la revista Rockdelux y más tarde completado con un dvd que recoge las imágenes de aquel momento, aquí Manta Ray demuestran su solidez como grupo de directo. Score también sirve para comprender lo inconformistas que han sido siempre quienes han formado Manta Ray todos estos años. Pese a lo espectacular de la grabación, la banda no quedó satisfecha con su sonido.

En principio, la idea era que la banda tomase algunas bandas sonoras y las remodelase a su gusto y las incluyeran junto a algunas de las canciones de su aún corta discografía. En los ocho temas que dura la versión en cd, Manta Ray demuestran por qué Pequeñas Puertas no acabo de funcionar: cuando uno es bueno y tiene grandes canciones entre sus manos, acaba por demostrar su valía, pero en el disco anterior faltaban eso, canciones.

Un ejemplo: La abrasiva toma de Wide-o Blues deja en pañales a la versión del disco anterior (tremenda la orquesta siendo martirizada por el ruido punzante de la banda asturiana) y no es la única que se beneficia de su nuevo aspecto.

De hecho, las cuatro canciones propias revisadas en Score mejoran. Los diez minutos de Tin Pan Alley, pintados con precisión quirúrgica pero sin robarnos la emoción, demuestran que la banda puede dar un giro progresivo sin que les pierda su intelectualidad. Adamo se une a la partitura compuesta por Howard Shore para Crash y casi lograr retratar el cerebro de JG Ballard. Y del Pequeñas Puertas ralentizan OF King, dándole un aire robótico que la canción no volverá a tener, ya que en posteriores giras Manta Ray optaron por imprimirle velocidad.

El grupo no brilla tanto con los temas ajenos. La anécdota es Everybody´s Talking, releída con tanto respeto que resulta extraña en el contexto. En aquella época otros que la tocaban eran Luna y, sinceramente, a los neoyorquinos les sentaba mejor. Por contra, el tema central de El Padrino no sufre en exceso en las manos de Manta Ray, a pesar de que tampoco se atrevan a llevárselo del todo a su terreno.

La falta de riesgo de determinados momentos, impropia en ellos, (esto no es el ‘El Crack’ todo el rato, para entendernos’) puede achacarse a cierta celeridad a la hora de preparar el espectáculo. Pero no resta ni un ápice de valor al experimento. De hecho, aún puntúa entre lo más alto de su carrera.

Esperanza (2000)

La propia banda reconoció ante el imprescindible y fenecido Feedbackzine que en Pequeñas Puertas habían cometido un error:

Creo que nos equivocamos en parte al hacer «Pequeñas Puertas» nosotros solos. Pero la verdad es que en aquel momento nos apetecía, queríamos sólo la ayuda del técnico para transmitir nuestras ideas. Pero después pensamos que podíamos hacer lo mismo, pero confiando mucho en alguien del que conociésemos su trabajo.

En Esperanza se ponen en las manos de Kaki Arkarazo, ex Negu Gorriak y futuro responsable de la grabación de Los diarios de Petróleo de Chucho, y éste comprende lo que los asturianos quieren llevar a cabo. El disco suena magnífico, y recalco lo de «suena»: contundente cuando debe serlo, frágil cuando ésa es su intención, alemán cuando lo necesita, épico en los escasos momentos en los que la banda lo desea.

Sí, Esperanza suena magnífico, y puede que en su día me pareciese más magnífico de lo que ahora creo que es. Al contrario de lo que me ocurre con Pequeñas Puertas, la sensación de grandeza con la que lo recibí en el momento de su lanzamiento ha ido disipándose en parte. Ahora me parece el disco más ligado a su tiempo, el menos atemporal. Además, es curioso que las canciones que más aprecio ahora sean las que menos me gustaron cuando lo oí por primera vez, con la grandísima excepción de ‘Cartografies’, que es sencillamente una de las cumbres de la carrera de Manta Ray.

En Esperanza, creo, Manta Ray aún no son lo suficientemente valientes para dar el paso definitivo. Se quedan a medio camino entre la época anterior y la posterior, en una extraña indecisión entre Shellac y Tortoise. Extirpada casi del todo la raíz más pasional (la que les emparentaba con Afghan Whigs), Manta Ray aún no saben si ser matemáticos (como en Rita) o explosivos (como en No me dicen nada).

Por primera vez en un disco largo, Manta Ray abandonan el inglés, para cantar en castellano o incluso en bable. Es también otra semilla de lo que se está gestando, al igual que el ambiente tenso, a cara de perro, de varias canciones del disco.

En cualquier caso, y aunque el día respecto a este disco te salga tonto (como a mí hoy), hay algo innegable: la maravillosa suite en tres partes que es Cartografíes, con Monica Vacas (Mus) poniendo una atípica sensibilidad femenina a la obra de Manta Ray. Los once minutos de esta canción con tres bloques diferenciados desembocan en un torbellino de emociones que siguen poniendo la piel de gallina.

En una magnífica reseña publicada en Ruta 66, en febrero de 2000, Ignacio Juliá quitaba así razones a la principal crítica contra el grupo por aquel entonces:

Se les podrá acusar de pretenciosos o melodramáticos, de perseguir una poética que a veces confunde lo emocional con lo trascendente; (…) nada escuece más entre los dictadores de la moda que esa inesperada inteligencia sobresaliendo sobre la media y abarcando con éxito territorios desconocidos.No hay soberbia ni vanidad en su actitud, sólo ansia de conocimiento y la encomiable intención de romper fronteras, estéticas y geográficas. Con una grabación tan sobresaliente como «Esperanza» entre las manos, una obra que nunca cae en lo decorativo, que nunca está por debajo de su reputación, yo acusaría al resto de la escena estatal precisamente de lo contrario, de flagrante ausencia de ambición, de contentarse con la copia de cuarta generación, con los tópicos recalentados.

Pues sí, aunque lo mejor vendría después. En Esperanza, Manta Ray parecían dispuestos a naufragar sólo para rescatarse a sí mismos. Era la época del mal llamado tontipop y, para aquella escena, Manta Ray eran el enemigo. Internamente, también concluye una etapa: a Nacho Vegas ya le vamos a dejar de ver por aquí y el grupo inicia una recta final de carrera en la que va a cambiar su cara por completo.

Heptágono (con Schwarz)

En 2001, surgió la enésima colaboración entre Manta Ray y otra banda. Era un encuentro que parecía casi predecible. Mientras Manta Ray se habían ido librando de lo que ellos consideraban rémoras en su música y volviéndose progresivamente más cerebrales, Schwarz eran, desde el inicio de su carrera, la banda más alemana del indie español. Así que cuando se anunció un disco compartido, sólo quedaba saber si iba a ser consecuencia de una ruta de colisión, de un camino convergente o (quizás la peor opción) de un sendero paralelo que nunca se cruzaría (algo así como un nuevo Diminuto Cielo).

De elegir bien a los amigos, de eso se trata. El disco no es sólo un aquí te pilló-aquí te mato, sino que recuerda al modo de trabajo con el que se han grabado todos los discos de la serie In The Fishtank: se trata de reunir en el estudio a dos bandas con visiones parecidas y que trabajen juntas para grabar en directo, sin trucos ni retoques, una nueva obra.

Como condiciones previas, en Heptágono tenía que aparecer una versión de cada banda, que la otra grabaría por separado, y dos versiones de otros músicos, grabadas conjuntamente. Las otras tres canciones debían ser fruto del esfuerzo común.

Aunque el concepto del disco y la propia manera de ser de los grupos participantes pudieran propiciarlo, Heptágono no se va por las ramas. La improvisación, que existe, está bien acotada. Las jams instrumentales, que aparecen, no se estiran hasta el infinito. El caos vive, pero no ahoga. Con tanto músico junto, en vez de emborronarse la paleta de colores de Schwarz y de Manta Ray, lo que se consigue es que haya muchísimos más matices.

Curiosamente, lo más flojo del lote son las versiones que Manta Ray y Schwarz se dedican, grabadas por separado. El resto de canciones puntúa tan alto que, indirectamente, se nota que esos dos temas (If You Walk tocado por los murcianos y I´m Bored With Rock´n´Roll ejecutado por los de Gijón) son los lados borrosos del heptágono.

Por contra, puntúan alto las interpretaciones de Antenna (Kraftwerk), muy poco respetuosa con los alemanes y por ello interesante, y el precioso On Some Faraway Beach, de Brian Eno, que ralentiza la emocionante original, le pone ruiditos más marcianos y no suena por ello más fría. Ahí vuelve a aparecer el José Luis García que tantos seguidores de Manta Ray deseábamos volver a escuchar. Será ya la última vez que cante a la manera de sus primer disco.

Estratexa (2003)

Con Estratexa Manta Ray no sólo cambiaron de sello (adiós a Astro, hola a Acuarela), sino que decidieron, por primera vez en su carrera, que sus posicionamientos personales tenían que ser visibles en un disco. Posicionamientos en lo político y en lo musical que convirtieron Estratexa en un disco rabioso, violento, furioso… y, también, en unos pocos resbalones, en un gesto donde su excesivo expresionismo acaba por rebajar la presunta intensidad, hasta convertirla en histrionismo de galería de arte.

Ésa es la pega menor que se le puede poner a Estratexa, algo así como el viaje desde Alemania a Washington DC. Manta Ray no son Shellac ni, posiblemente, nunca lo han pretendido, pero con su nuevo disco buscaban los rastros del grupo de Steve Albini . Sólo así podían nacer cosas como la canción titular: un bajo saturadísimo, una batería brillante y un crescendo de puro rock que desemboca en un final demoledor. Cuando Estratexa funciona (o sea, la mayoría de las veces) su sonido es el del nerviosismo de la revuelta. White Riot, a riot on my own, que dirían los Clash.

Quizás ésa sea la mayor virtud de Estratexa: por encima de sus canciones está su sonido, demoledor. Algo que tiene aún más valor porque era lo que la propia banda buscaba:

Queríamos desprendernos de toda la luminosidad que habíamos adquirido en Esperanza, de las bases electrónicas, los arreglos de cuerda. Necesitábamos hacer un disco más crudo, más rabiado. Un disco como Estratexa pretende ser un grito crítico contra un mundo cada vez menos habitable. Y esa es nuestra estratexa actual.

Se abandonan las melodías, o se dejan en un segundo plano conceptual. Los ritmos se vuelven hipnóticos. La fuerza del nuevo concepto es palpable en Asalto. Vale, nada especialmente novedoso, si se piensa: Estratexa lo único que haces es coger a los grupos de Dischord y mezclarlos con algo de krautrock. Pero, de nuevo, no es la innovación lo que importa y no es por ello por lo que se debería juzgar a Manta Ray, sino los resultados sonoros, donde hay pocas pegas.

Estratexa sólo se toma respiros en Añada y Another Man, y son falsos remansos de paz, donde la tranquilidad se orienta hacia sonoridades más freejazz, como en Rosa Parks, o directamente más tenebristas, como Ausfahrt.

Aunque en un primer momento, Estratexa apabulla y se corre el peligro de encumbrarlo muy alto, con el paso del tiempo se ven las taras de la propuesta, ya comentadas. Que Manta Ray buscasen el sudor, lo físico, y les saliese algo más orientado hacia el art rock es sólo ejemplo de sus propias limitaciones en el estudio. Mientras en directo este disco sí transmitía sensaciones parecidas a las de Shellac, en la grabación sólo llegaba a querer sonar a como los de Chicago. Además, como nueva vía musical para el grupo, no dejaba mucha posibilidad a una continuación.

Me releo y veo que parece que Estratexa no me guste. No lo toméis por ese camino: es un disco notable, pero tampoco supera a la mejor encarnación de la banda.

Torres de electricidad (2006)

Si Esperanza era la tesis y Extratexa ejercía de antítesis de toda la carrera de Manta Ray, Torres de electricidad debería haber sido la síntesis. Al menos, eso parece cuando lo escuchas. En el mismo disco conviven el grupo violento, el cerebral y el pasional: tres caras de la misma moneda que alcanzan su mejor unión en ‘Por qué evadirse a otros mundos aún más pequeños’, quizas el ejemplo de que el grupo parecía por fin dispuesto a aceptar todas sus vertientes. Esa gran gema de épica matemática es, desde el mismo momento en que la escuchas por primera vez, una de las mejores canciones de Manta Ray y su sola presencia sirve para elevar el nivel medio de Torres de electricidad, otro disco notable.

Sí, así es, otro disco notable, pero tampoco un disco perfecto. Me parece, no obstante, más valiente que Estratexa. Prosigue el camino de aquél en canciones como Mi Dios Mentira, con la que dan ganas de liarse a hostias con la gente o de hacer saltar el mundo por los aires, una sensación siempre gratificante en un disco (siempre que no la llevéis a cabo, claro; o qué coño, hacedlo). Tensan más sus nervios en cosas como Don´t Push Me, sin necesidad de estar siempre pareciendo que son los más duros del lugar. Y cierran el disco (y su carrera) con la buenísima Torres de electricidad, otra canción larga que subir al podio de sus mejores temas.

La gira de este disco fue apabullante. Tanto que varias noches parecía que el grupo iba descarrilado, al límite. Que incluso sufría. Poco después, aquello se convirtió en una premonición y Manta Ray dijeron adiós.

Pero, después de todo, puede que sea mejor que el grupo ya no siguiera adelante: dijeron mucho y lo dijeron bien. Su carrera se cerró sin apenas pasos en falso. Se fueron justo cuando podrían haber empezado a desvanecerse. Y sus discos aún arden.

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