Y acabamos por fin, de chill, de after party. He aquí la conclusión, el colofón a este repaso por las mejores bandas sonoras de videojuegos de la década con los últimos tres años. Enjoy!

Firewatch (2016)

Chris Remo es un tío majísimo que empezó de tester en ‘Psychonauts’. Desde entonces, guionizando mierdas al servicio de Tim Schafer o Steve Gaynor, alternó trabajos varios como editor, guionista, diseñador y compositor de baladas conchordianas.

La OST de ‘Firewatch’ es su magnum opus. El colofón de una carrera aún sin consolidar. Folk rock ambiental, inocente, que va calando esa chaqueta de guardabosques y se queda pegado a las meninges. Guitarras clean, rhodes con un poquito de distort, algún flanger, algún delay, poco más. Elementos mínimos para una historia de dualidad, culpa, terrores adultos, fantasías sexuales. Uno de los pocos juegos que juega con algo más que los pulgares.

No Man’s Sky: Music for an Infinite Universe (2016)

Procedimientos y algoritmia aparte, sobre esos 18 trillones de planetas siempre hay alguien exhalando vida. Y, en buena parte, se lo debemos a 65daysofstatic, capaces de hacer historia al componer algo más que música generativa para un juego que no pedía otra cosa.

¿Quién podría esperarlo de una banda post-rockera de postrimerías —al lado quizá de ‘Mogwai’, ‘Explosions in the Sky’ y dos pisos por debajo de ‘Stars of the Lid’—? Así bien, Music for an Infinite Universe se erigió de forma inmediata no solo como su mejor trabajo. También es un audaz ejercicio de síntesis arreglística, de gestión eficaz y mímesis en eso que podríamos denominar equilibrio melódico. Justo lo que podría pedirte el cuerpo viajando a la velocidad de la luz por un cosmos anónimo de cromatismo random.

Redout (2016)

Sientes que puedes y que vas a ir más rápido. A veces la música es el único instrumento psicoauditivo capaz de transmitir un extra de velocidad cuando la velocidad ya no puede ir a más. Los ‘Mario Kart’ lo llevan a cabo de forma muy rudimentaria, acelerando el tema. Otros, como ‘Crypt of the Necrodancer’ o ‘Patapon’, coquetean con nuestra precisión rítmica para hacernos tropezar. Hay mil ejemplos más: ‘Thumper’, ‘Beat Saber’ o el mítico ‘REZ’ ya desandaban lo andado.

‘Redout’ es una especie de cara oculta de ‘Wipeout’, no en vano comparte desarrolladores. Pero donde el segundo triunfa, portando la bandera de una identidad labrada entrega tras entrega, el primero, por su condición de nuevo cuño, apenas despunta. Su OST corre a cargo de un tal Aram Jean Shahbazians que acabó trabajando como diseñador de sonido en CD Projekt Red, con mano extra de Nils Iver Holtar.

Y es un melocotonazo. Como ‘Electronic Super Joy’ pero sin tanta rave, con algo de trance, de drum’n’bass zapatillero, de rutinas electrónicas y la vieja resonancia del metal industrial que copó toda una década de juegos afines. Y aún cabe en la batidora un poco de orquesta, de glaseado poco convencional, de extravagancia sci-fi.

Virginia (2016)

Virginia no es un gran juego. Es ordinario, el clima perturbador se rompe entre tanta elipsis y truco de escena. El experimento narrativo sale a medias —un indie producido en comité atiborrado de buenas ideas y presupuesto.

Pero su contrapartida musical, obra de Lyndon Holland, no se llevó un BAFTA por accidente: grabada en directo en el estudio Smecky con la Orquesta Filarmónica de Ciudad de Praga, el ritmo y la melodía viven y mueren al servicio de esa perspectiva subjetiva que somos nosotros, el jugador.

Everything (2017)

Spotify está repleta de playlist de tíos con moño y pianitos profundos. Menos mal que Hildur Gudnadottir se los devora a todos. Hablo de Max Richter, de Nils Frahm, Ólafur Arnalds e incluso del difunto Jóhann Jóhannsson. Puestos a pisar, mejor sobre el liso de una lápida. Al selecto séquito debemos sumar dos más: Ben Lukas Boysen y Sebastian Plano. Yo también los disfruto, claro, todos llevamos a un triste en nuestro interior.

Ben Lukas Boysen y Sebastian Plano son gente guay fichada por gente todavía más guay, David O’Reilly, hombre orquesta curtido como artista integral, de esos que tanto celebran citar —e ignorar— los comisarios culturales. ‘Everything’ es una catedral del dronescape, una Villa Borghese con la mejor selección de piezas para dar identidad a cada objeto anónimo de nuestra existencia.

Cuphead (2017)

Al iniciar el juego, un cuarteto te canta sobre los devenires de Cuphead y Mugman. Todo en ‘Cuphead’ es musical, casi 3 horas de jazz salvaje, ragtime de conjunto, una big band de 13 piezas, bailarines de claqué y algún que otro paripé de vocal band.

A la manera de Carl Stalling o Scott Bradley, Kristofer Maddigan entiende el formato y escribe una sucesión de temazos, con filigranas de saxofones fraseando a mil por hora. No te quedes con el ruido blanco del vinilo.

Celeste (2018)

Si Toby Fox merecía un puesto de plata en esta carrera, Lena Raine debe subir un escalón extra. El chiptune y los pianos etéreos iban de maravilla en solitario hasta que, voilá, alguien decidió amasar una mezcla.

De camino a la montaña celeste puedes toparte con arpegios depresivos típicos de ‘Hyper Light Drifter’ —compuestos por Disasterpeace, por cierto— o con acordes de timbres evocadores, más tranquilos. Y en ningún momento falta ni sobra una nota. Prodigioso.

Anno 1800 (2019)

Bajo la dirección de Tilman Sillescu, capitaneando y componiendo gran parte de la partitura, el equipo de Dynamedion —Alexander Röder, Matthias Wolf, Armin Haas, Jochen Flach y un jovencísimo Steffen Brinkmann— el estudio alemán Blue Byte puede presumir de contar con una de las mejores bandas sonoras que puedes escuchar en un 4x. Así, a pelo.

En su lectura de un nuevo mundo devorado como una tarta entre un puñado de potencias colonialistas, ‘Anno 1800’ desborda ideas y una noble capacidad de relatar escenas a través de sus guitarras soleás, sus violines picados y sus vientos señoriales. ¿Da más un wololó?

Far Cry 5 (2018)

Menú de carga, pulsa A para continuar y arrancan los arpegios de americana, de country rural y divino. Ahora que el mundo ha terminado una promesa reinicia viejas esperanzas. 

Era fácil superar a Cliff Martinez en el anterior ‘Far Cry’ grabando a piñón fijo. Pero no lo era encontrar a la persona adecuada. En Ubisoft volvieron a tirar de chequera y, encantados por su trabajo en ‘Beasts of No Nation’, se trajeron a Dan Romer para hacer su magia. Romer lo entiende todo, lo asume, alimenta y regurgita.

El resultado es una epopeya de psicosis sostenida y ritmos alucinados flameando en un delicado equilibrio entre lo tribal y lo urbano. Frase pedante donde las haya. Que no falten. No se me ocurre otra cosa para intentar poner verbo a su lucidísima estrategia como lectura de un fin del mundo donde la esperanza ya no es última oportunidad.

Death Stranding (2019)

Kojima tiene la culpa. En serio, Ludvig Forssell se mudó de la fría Suecia a la tifónica Tokyo para trabajar en Konami Digital Entertainment. Y Kojima no tardó en advertir esta gema, se la metió en el bolsillo para su ‘Playable Teaser’ y en ‘Metal Gear Solid V: Ground Zeroes’ ya era jefe de división.

Cuando el gurú partió peras con su estudio, Forssell marchó detrás y empezó a trabajar en esta epopeya de mil rostros y dos piezas de hardware clave: un Prophet 12, y un Arturia Matrix Brute. Bajo esta babel tecnificada de teclas y botones edifica, contrariamente, una soundtrack que evoca al Hans Zimmer de principios de siglo. El único que puedo soportar.

Pero 2019 no cierra con el dichoso, cierra con ‘Ape Out’ y su free jazz accidental a hostia limpia o con el Astrologaster de Andrea Boccadoro —compuesto estrictamente por coros renacentistas venidos de la Inglaterra isabelina—. No nos podemos quejar.

Esto ha dado de sí nueve años. Denle a laik y suscríbanse. Y háganme el favor: mi selección amorosa de 30 piezas no está completa sin las tuyas. Ve al cajón de comentarios y aporta las que tú creas, tendrás más razón, en un 69,69%, y podremos aprender cosas nuevas, para la próxima vez que me dé por escribir cuatro mil palabras sobre musiquietas de jueguines.

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