Las 30 mejores bandas sonoras en videojuegos publicados de 2010 a 2019 (2/3)

Seguimos con las mejores bandas sonoras de videojuegos de la década, porque la fiesta acaba de empezar.

Minecraft (2013)

Sus haters dicen de ella que es una cosa blanca, anodina, amateur. Una banda sonora tan ambiental, tan apocada, que casi no existe.

Y así es, exactamente así: amateur porque Daniel Rosenfeld —C418 para los amigos— la grabó con 22 añitos, en ratitos mientras coqueteaba con los plugins del Ableton Live. Y blanca, aunque persistente, porque conecta frontalmente con el ‘Music for Airports’ de Brian Eno, la puta biblia del muzak. Existe para musicalizar ese gargantuesco resort pixelado que son las tierras de Minecraft. La infancia de toda una generación.

Kentucky Route Zero (2013)

Entre 2013 y 2016, mediante cuatro actos bien definidos, Ben Babbitt fue capaz de replicar la épica invisible de Angelo Badalamenti en el que aún hoy se considera uno de los mejores juegos de este cuarto de siglo.

Babbitt dejó la escuela con 17 años y se lanzó a construir. Y este es su templo. Más allá de las resonancias obvias, este amiguete de Angel Olsen se embadurna de sintes fantasmales, texturas oníricas, alguna que otra guitarra y un solo de theremin. A falta de un conclusivo acto V, aún me cuesta salir de aquel cruce en la ruta cero. Una Xanadú en mitad de la nada.

Remember Me (2013)

Llegamos a una de mis birrias favoritas. Olivier Deriviere, compositor de cabecera en estudios como Spiders y Dontnod, lleva un año para tatuarse con dos trabajos impecables: ‘A Plague Tale: Innocence’ y ‘GreedFall’. Y antes estudió en Berklee gracias a un enchufe de su hermana, pasó por Ubisoft y grabó para un puñado de orquestas holandesas.

La OST de ‘Remember Me’ crece y languidece al ritmo de los combos, posee un tempo indefinido pero un ritmo claro. En cierta forma recuerda a la efervescencia armónica de Cristobal Tapia de Veer en ‘Utopia’. Y demuestra que la composición para juegos aún puede y debe evolucionar en términos de narrativa musical.

Destiny (2014)

El demiurgo. No iba a estar aquí, pero está. Este era un puesto reservado a ‘Transistor’, es solo que los hummed me sacan de quicio. Y Martin O’Donnell, despedido por la junta directiva de Bungie because reasons, bien merece el tributo. A O’Donell lo fulminaron pero Michael Salvatori siguió dentro. Una escisión en la amistad —tras 15 años juntos— que se llevaría grandes ideas. Junto al tercero en discordia, C Paul Johnson, son los responsables de las icónicas ambientaciones de la saga ‘Halo’.

Ese eco y regusto por lo clásico se mantiene, la sonoridad del viento metal a lo Richard Strauss, a Gustav Holst, propia de peplums o género épico. Una bendición que vino a denominarse ‘Música de las Esferas’. Pete Parsons fichó A O’Donnell y el resto es historia: 106 músicos y coro de primera línea grabando en los Abbey Road Studios de Londres, la momia de Paul Mccartney componiendo el single y un chorro de dólares corriendo como un río desbordado. Quién pudiera.

Bloodborne (2015)

Un acto de vesanía, de frenesí pulposo que va derritiéndose y escurriendo por la superficie de alguna ciudad muerta. Aquí tienes los nombres propios, por si te apetece hurgar en Google: Tsukasa Saitoh, Yuka Kitamura, Nobuyoshi Suzuki, Ryan Amon (‘Elysium’), Cris Velasco (‘God of War III’) y Michael Wandmacher (‘The Punisher’) internos e interinos de From Software, escribiendo partituras para algo que los demás no podemos ver, acaso percibir.

En fin, un banquete de cuerdas desatadas y coros lastimeros —en latín, por supuesto— con las que descender hasta las profundidades pthumerias. El mejor acompañamiento para la hora del brunch.

The Witcher III: Wild Hunt (2015)

Con ese arranque de Marcin Przybylowicz y Mikolai Stroinski en colaboración con Percival, expertos en música medieval temprana, ya te haces una idea. De Novigrad hasta las islas, de Skellige hasta Toussaint, todos los Reinos del Norte son balnearios para un Geralt de Rivia hasta arriba de cicatrices y recuerdos.

No se me ocurren muchos compositores actuales capaces de traducir este heterogéneo folklore —Ludwig Göransson, tal vez— y, además, aportar unos mínimos de cohesión y sentido de unidad. Aquí ese timbre lo componen las voces desgarradas de batallas perdidas, el ímpetu tribal en pleno feudalismo. Dos horas, 56 piezas, dan para mucho.

The Last of Us (2015)

Creo que Gustavo Santaolalla ha hecho sobrados méritos para estar aquí. Con los Oscars sobre la encimera y el éxito comercial buyendo en sus cartillas de Caja Rural, el argentino nunca abordó este encargo como una ambientación más.

A la manera de otro rockero como Akira Yamaoka, volcó dos años de su vida y su método, combinación frecuente de post rock y resonancias propias del charango —estilo e instrumento—, son ya una melodía indisoluble, en rigurosa pentatónica, de un hito cultural. Y temas como la dupla ‘The Path (A New Beginning)’ y ‘The Path (Vacant) o ‘Vanishing Grace’ son ya historia del videojuego.

Everybody’s Gone to the Rapture (2015)

Quienes viajan poco asumen que las islas británicas se resumen entre un Londres hasta los topes cockneys estirados, taxis negros y cabinas de teléfono rojas y, al otro lado, un montón de pueblos paletos donde sacrifican vírgenes. Esto es cien por cien verídico. Aunque existe todo un país entre medias. En ese espacio, ‘Everybody’s Gone to the Rapture’ se toma la libertad de dibujar una Inglaterra que nunca existió, una especie de campiña retrofuturista que oscila entre lo pastoral y el imposible tecnológico de ‘Fallout’.

¿Cómo musicalizarlo? Jessica Curry, cofundadora del estudio The Chinese Room (‘Dear Esther’, ‘Amnesia’) fue premiada con tres BAFTA por este trabajo: “Audio Achievement”, “Music” y “Performer (actor de voz)”. Ella misma canta e interpreta y el diseñador de audio Adam Hay hace el resto. Cada barrio posee una coloratura, una textura anímica particular. Un progreso emocional que bien vale cada galardón.

Undertale (2015)

Toby Fox hace con ‘Mother’ de su capa un sayo, o una casaca bajo la que esconder puñales. Y la fanbase hace el resto. ‘Undertale’ vendió hasta morir y, desde entonces, podemos encontrar análisis más o menos académicos sobre este trabajo. Cualquier cosa que intente aportar está de más ante una pequeña odisea que mucho más disfrutable cuando te enfrentas a su singularidad desnudo de contexto.

Assassin’s Creed Syndicate (2015)

¿Cerramos el año y todavía no has visto ‘Journey’? ¿Qué mierda de listado es este? Bueno, si hay una cuota que cumplir, esta lleva nombre propio: Austin Wintory. Pero Wintory es como la Mística de los X-Men, un animal mimético que adopta forma según la horma. El pianista de ragtime en Monaco, el salsero de Sunset o el puntillista de crescendos infinitos en Journey, claro. Y a mí los crescendos infinitos me dan dentera.

De entre todos sus trabajos, ninguno me afectó como la banda sonora del ‘Assassin’s Creed’ menos esperado de todos. Si lo compras, en su Bandcamp adjunta con el disco un documento donde especifica que este megalodón cayó en sus manos y le dejaron hacer a capricho.

Una oportunidad que aprovechó para dar lo mejor de sí, para entregarse en cuerpo y alma a esta torre victoriana empañada por la contaminación. Cadenzas románticas, violinistas en el tejado y tontunas de tabernero en un delicado equilibrio que ni el mismísimo Jesper Kyd hubiese podido imaginar.

Bueno, otro post y terminamos. El empujoncito final.

Lo mejor de la década