Incluyo a Los Caramelos en este monográfico de olvidados del indie pese a que a su cerebro, el grandísimo Charlie Mysterio, se le revolverán las entrañas de verse dentro de una denominación (la del indie hispánico de los 90) que siempre aborreció. Que él y vosotros sepáis perdonarme: nunca será mala cualquier ocasión para tratar de hacer luz sobre uno de los grupos más injustamente tratados por público y, sobre todo, prensa.

Fijaos si a Charlie le daba tirria eso del indie que en su versión del ‘Centro de Gravedad Permanente’ de Battiato (emotiva como todas las canciones de Los Caramelos, trepidante como la mayoría), aprovechaba un hueco que le dejaba la traducción para decir:

No soporto ciertas modas / la independencia del rock, la nocilla, el brit-pop / la alternativa española / ni la monserga alemana

A Los Caramelos les tuvo que editar Spicnic, porque sólo un sello con esa clase podía entender su música, su forma de entender la vida. Entre los periodistas musicales, pocos se dignaron a fijarse en ellos: de los grandes nombres, sólo Juan de Pablos, que una vez más sale honrado por su buen gusto y su saludable no hacer caso de las modas. ¿Le podemos llamar el más grande? El resto estaba en babia y los que nos enamoramos de ellos con aquel disco recopilatorio de todas sus épocas (Spicnic se lo editó a finales de los 90, pero incluía canciones desde el 88) no dábamos crédito.

Estos días, mientras preparaba este post, me he vuelto a poner aquella obra magna. Y, como el primer día, me he vuelto a enamorar: si los cds se desgastasen por el uso (supuestamente no, pero no me creo todo lo que dicen de ellos), el mío de Los Caramelos estaría completamente en blanco. Merecidamente en blanco. Y que vostros no lo tengáis es delito máxime cuando Spicnic (¡Ay, Spicnic) está de liquidación y ha tirado los precios.

Decía antes que quería arrojar un poco de luz sobre ellos, pero es complicado: entre el poco gusto de Charlie por las entrevistas y la poca atención que se les concedió, encontrar datos sobre ellos es casi misión imposible. No exagero cuando digo que Los Caramelos son los Neutral Milk Hotel españoles. Musicalmente son muy distintos (llenos de fuzz los de Athens, limpios y cristalinos los de aquí), pero su historia debería ser similar si por aquí tuviésemos la costumbre de acabar dando lo que se merecen a los grupos “de culto”.

Los Caramelos tuvieron muchas épocas, por lo que su disco fue el reflejo poliédrico de una personalidad desbordante: una etapa surf, totalmente Jan & Dean en cancion es como ‘La Ciudad del Surf’ o ‘Vete, Pájaro Malo’. Charlie, cuando se le preguntaba por aquello, reconocía que “a los 47 años no reunimos las condiciones para subirnos a una tabla”.

Cuando se ponían introspectivos, ni Dios les ganaba. Pensad, pensad, pero no hay grupo capaz de conseguir ese menos es más de raíz popera que lograba el misterioso grupo. Y eso por no hablar cuando querían rendir homenaje a sus mitos: ya sabíamos que Errol Flynn era puro rock’n’roll (no hay más que leer una mínima parte de su discografía para descubrirlo), pero sólo Los Caramelos, un grupo español, ha sido capaz de darle la canción que se merecía.

Eso, como a casi todo lo que ha tocado: Isadora Duncan es, desde el mismo momento en que a Charlie Mysterio le dio la gana, patrimonio exclusivo de Los Caramelos. Porque, como todo en esta historia, han sido los impulsos del músico los que han dado vida a su maravillosa colección de canciones.

Los Caramelos fueron un grupo perfecto que no existió. Son leyenda, mientras que, como en el libro de Richard Matheson (que no la película de Will Smith), nosotros somos los vampiros, los jóvenes envejecidos prematuramente, la nueva raza que lo controla todo y que no se da cuenta que hubo otros antes con más talento.

Indie, bubblegum, powerpop, doo wop, tecnopop, psicodelia y, en general, cualquier estilo con apariencia de poder servir para hacer canciones que te erizan la piel. Su misterio, el de Los Caramelos y el de Charlie, se extiende con el tiempo. Hay quien hizo circular unas misteriosas cintas secretas del grupo, con canciones nunca incluidas. Hoy, Carlos Prida, el culpable de todo, se ha transformado en Nebulosa y sigue comportándose como el mejor compositor de nuestro no-mundo pop posible.

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