Hay que reivindicar las palabras pequeñas, los gestos que no se ven, los apoyos que ni se piden ni se notan. Hay que reivindicar las películas sin grandes presupuestos que, sin embargo, logran ponerte los pelos de punta. Hay que reivindicar a los músicos que, con recursos básicos, se agarran a tu corazón y lo hacen bombear con fuerza y con pasión, esos músicos que saben que la existencia gris del día a día se puede solucionar con una simple canción. Hay que reivindicar a Parade.

Parade – Parade (1998)

Era la época del Tontipop. Muchos nos resistíamos a aquellos nuevaoleros del pop español que ponían, a veces, más intención que resultados. Había excepciones, claro, pero tuvo que llegar un profesor murciano para poner los listones de calidad donde debían estar. Aunque quedó obvio, desde el principio, que para disfrutar de Parade había que tener una sensibilidad especial. Lo mismo que algunos pensaban que Juan de Pablos era un lerdo (o cosas peores) y otros veían en Vainica Doble a una pareja de marujas con complejos infantiles, muchos creyeron que Parade era el grupo de un «moñas». Nos lo decían muchas veces: en sus conciertos, cuando una de sus canciones que escuchabas se colaba ante un público “rockero”, cuando Parade entraba en recopilatorios y… el cringe.

Sin embargo, en estos tres ejemplos (Juan de Pablos, Vainica, Parade) hay líneas invisibles, trazos de sensibilidad que les unen y les hacen muy especiales. También mucho más capaces que el resto del mundo para transmitir sentimientos apelando a lo básico. Quizás la palabra clave sea, una vez más, «naif».

Claro que en Parade (el disco y el artista) hay un poso infantil (que no infantiloide). Claro que a veces sus frases te pueden ruborizar. Claro que su música de casiotones y cacharrillos te recuerda a amateurismo. Pero todo cuadra, todo encaja y, si eres capaz de conectar con su universo, la mayor parte de sus canciones son como pesados torpedos dirigidos a tu corazón.

No, ni me explico bien ni soy capaz de reproducir con palabras lo que Antonio Galvañ fue capaz de hacer. Este disco, con su portada de ‘2001, una odisea en el espacio’ y sus continuas referencias a la ciencia ficción, abría un camino alternativo a todos los seguidores de Family para los chavales de los 90 y también empezaba a lanzar puntos de fuga hacia un pasado del pop español que, en esos años, aún no sabíamos apreciar.

La soledad de ‘Cielo’, el homenaje a Tim Burton de ‘En Mi Jardín’, la delicadeza de los teclados espaciales de ‘Serpentina’ o la maravilla bladerunneriana de ‘Metaluna’ siguen ofreciendo su calor hoy en día, y han pasado ya dos décadas años. Por si fuera poco, dos versiones acababan por confirmar otras dos referencias que se intuían: por un lado, ‘Señora Azul’ reivindicaba a Canovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. Por otro, la maravillosa ‘La Tristeza de Ser Electrón’ traía a la edad adulta todas esas canciones que nos hicieron disfrutar cuando éramos niños. Y no veáis lo maravilloso que es saber que se puede regresar (por unos momentos) a aquellos años en los que todo era nuevo, pero con el bagaje de un cuarto de vida.

Puntuación: 3 de 5.

Parade – Metaluna EP

Una pequeña minoría esperábamos el segundo disco de Parade y nos llegó de improviso este ep. Metaluna se transformó en un hit de pista de baile de los años 80, Berlanga se dio la mano con la carrera espacial en la melancólica, azconiana, ‘Gagarín en Calabuig’ , Blade Runner volvía a ser centro de inspiración en la juguetona (y juguetera) ‘Construye a tus amigos’ (sí, creo que ésta fue la que estaba en un recopilatorio del FIB y horrorizaba a muchos de mis colegas de la época, como años antes otros se habían reído del aviador de Family). Y uno compartía las penas de aquel que aseguraba ‘Yo soy un poltergesit adolescente’. Ciencia ficción anclada al suelo, música de un colegio ideal regalada a todo el mundo.

Puntuación: 3.5 de 5.

Parade – Consecuencias de un mal uso de la electricidad

El título y la portada prometen, pero nada hace prever el nivel de las 14 canciones con las que Parade construyó su segundo disco. Mucho más electrónico aún que su debut, menos lofi y con un crecimiento espectacular en los textos, este disco te reconcilia con los sónidos electrónicos y con la seriedad reinante en el mundo de la música.

Sólo alguien con unas características muy especiales puede narrar la pérdida de la virginidad y el primer amor desde el punto de vista de una abudcción. O ser mil veces mejor que The Postal Service mientras se narra la soledad desde el punto de vista de un trabajador de un asteroide. O fantasear con la destrucción del mundo siendo terriblemente dulce. O ponerse en la piel de un inadaptado escolar (claro, no es fácil ser un niño zombi que acaba comiéndose a sus compañeros de clase).

Hay de todo y todo emocionante: himnos de la primera edad (‘Mi erizo y yo’ debería servir para prohibir lo que hacen a los niños la cuchara, la tetera y el puto cucharón); postales del aburrimiento laboral (con Lex Luthor quejándose de que en su corazón no deja de llover); o la mejor revisión del mito de Frankestein desde El espíritu de La Colmena, mezclada con la difícil vida del hijo que no puede igualar al padre (la canción titular; «él deseaba un hijo y me hizo; yo era la tabla rasa, la selva virgen, la figura que moldear pero luego crecí y no me convertí en lo que él creía«). Consecuencias de un buen uso de la sensibilidad.

Puntuación: 4.5 de 5.

Parade – Inteligencia Artificial

Si su anterior obra parecía insuperable, Inteligencia Artificial marca un hito en la carrera de Parade y también en el pop español. Ninguneado en general por los medios (no fue apenas incluido en listas de lo mejor de…, quizás por su publicación casi en la bisagra de un año y otro) y amado en silencio por muchos aficionados a la música (pregunten, pregunten), queda claro que esta obra es especial desde que se inician las primeras notas de ‘Romance Morlock’: una canción de amor imposible que toma como referencia La Máquina del Tiempo de Wells, pero incluye otras referencias en un clima de apasionamiento exagerado y comedido:

Ni la lluvia de un monzón conseguiría aplacar la sed que llevo dentro de mí, en mí un Arrakis en construcción…

Gino Paoli en el corazón y en la piel en una canción inmensa. Han desaparecido los teclados y la música se hace italiana, con violines y pianos al borde del incendio y una voz dramática y autosfuciente como pocas. Una maravilla.

De un plumazo, se esfuman la mayoría de los tópicos musicales que se relacionaban con Parade: los casiotones pasan a un segundo plano y el músico opta por un tratamiento mediterráneo y, en muchas ocasiones, arrabalesco (ese acordeón omnipresente). Por ejemplo, no se hace difícil relacionar la magia del mejor Sisa con maravillas como ‘Rey Consuelo’ o ‘El Informe’. Mención especial merece la letra de ésta última, sobre un bedel del ayuntamiento que no acepta su anodina existencia y fantasea con una misión secreta olvidada. De nuevo, vienen a la mente Vainica Doble (parafraseadas, por cierto, en ‘Oh!, La Inercia’).

La maravilla de melancolía multicolor que es Inteligencia Artificial inicia tiene en su segunda mitad temas que se merecen estar en cualquier selección de mejores canciones del pop español. Por ejemplo, ‘Corre Newt’, donde, en pleno crescendo y con numerosos requiebros musicales, la niña asustada de Aliens sirve de reflexión acerca de la infancia, la necesidad de los padres-madres y el miedo.

El gozo final y la extraña conjunción de influencias que es Inteligencia Artificial queda resumido en ‘¡Llama!’: Un ¡pasodoble! de amor-odio entre los dirigentes de la Unión Soviética y EEUU con una letra increíble. Pocos discos me han hecho disfrutar tanto y casi ninguno de ellos me sigue llenando en cada escucha tanto como éste. Un hito, sí, y me quedo corto.

Puntuación: 5 de 5.

Parade – Todas las Estrellas

En el regreso después de aquella cumbre, Parade vuelve aún más orgánico y menos sintético que en Inteligencia Artificial. Antonio Galvañ utiliza Todas Las Estrellas como cápsula de descomprensión de su música. Pianos y, sobre todo, guitarras son la nueva forma de tocar todas sus ya conocidas obsesiones. Más aún que en discos anteriores, su nueva obra es dispersa: se salta de la apertura a lo Golpes Bajos de la titular hasta el swing de ‘Cuando besó a la Cosa del Pantano’, sin que haya un enlace claro para poder pasar por ‘Flora Rostrobuno’ (Vainica Doble en familia) o ‘Estación Espacial’ (melancolía tecnificada similar a Primer Contacto con cita a Bowie). Por invitar, Parade cede un puesto también a los grupos de Donosti cuando no eran tan serios y sí más brasileños (¿Y usted qué sabe hacer?) o a un pequeño jugueteo dowoop con los mitos de Chtulhu.

Demasiado salto estilístico que no siempre funciona del todo. ¿O sí? Recuerdo mi desconcierto inicial, sabiendo que estaba ante un disco grande pero no entusiasmándome del todo hasta que… algo hizo click y tenía todos los estribillos y estrofas de este disco grabados a fuego en el cerebro.

Las letras siguen siendo impresionantes: poca gente es capaz de encontrar tantas metáforas escondidas a un lobo comiendo carne fresca, a la creencia de que todo está determinado o a la sensación de que crees en algo, pero sólo se manifiesta a otros. Mención especial a la oda en honor de todos los abúlicos (Algo mejor que hacer) o a las personas con raras aficiones, frikis de un mundo que no conocía esa palabra y que nunca les respetó, aunque sí les utilizó para diversión propia.

Con el paso de los años, Todas Las Estrellas me convence aún más. Puede que las dos cumbres con las que defender a Parade ya estuvieran plantadas, pero este disco tiene la virtud de nunca acabarse. En su día, anoté para mí mismo que si Inteligencia Artificial fue el Revolver de Parade, el disco que abría nuevos y estimulantes caminos en el estilo propio, Todas las Estrellas era su Smiley Smile, un gran disco (a ratos enorme) al que le pesaba su juguetona dispersión y la pequeña leyenda de maravilla que se había creado en torno a él durante su grabación.

Ay, pero qué críticos más tontos tienes, Antonio.

Puntuación: 4.5 de 5.

Parade como el jovencito Frankenstein (2007)

El Jovencito Frankenstein fue casi un experimento en tiempo real. Vimos y oímos las canciones de Parade antiguas al tiempo que, en su blog de por aquel entonces, Parade las transmutaba en algo muy diferente a todas ellas. Nueve tomas nuevas que dejaban, una vez más, patente la empatía de Parade hacia sus propias canciones: las mirase por donde las mirase, las tocase como las tocase, siempre parecía hacer lo correcto.

Puntuación: 3.5 de 5.

Parade – La fortaleza de la soledad (2009)

Parade  La Fortaleza de la soledad

La fortaleza de la soledad es un disco extraño, especialmente en las decisiones de la forma que tomó. Parade quiso hacer una opereta pop en torno a la figura de Don Ricardo, soltero a su pesar y responsable de una de las tiendas de Rainbows Avenue, hipotética meca de las bodas, enlaces y convites. Pero junto a las siete canciones que forman la suite Rainbows Avenue se van entremezclando otras tantas canciones que no forman parte de ese concepto y que contribuyen a dispersar la idea del disco.

Hay dos opciones: enfrentarse al disco tal cual salió en 2009 y, entonces, darse de bruces con un disco decididamente menor, que detenía la progresión meteórica de Parade pero mantenía intacta su impronta de artista único. Otra es enmendarle la plana al artista, secuenciar todas las canciones de la suite del tirón y dejar el resto para más tarde, como un doble disco al estilo del Holland de The Beach Boys.

La segunda forma es una invitación a redescubrir este disco. ‘Rainbows Avenue’ funciona mucho mejor así, con su estética de musical clásico y sus saltos desde lo pizpireto a la miniatura desoladora (‘Una novia en un altar’) y vuelta a empezar (‘Nadie va a llorar aquí’). No es espectacular, pero al menos así genera menos rechazo.

Y la otra mitad del disco deja ver mejor que había menos canciones estelares fuera de la ópera pop. ‘Stephen Hawking’ y ‘Proyecto Genoma’ son decididamente menores. ‘La fortaleza de la soledad’ parece cara b de Todas de las Estrellas (sin que quiera ser peyorativo). ‘El Aerolito Dylan’ y ‘Astrónomo melancólico’ buscan arrimarse al pop eterno desde el Brill Building.

Canta Parade que Raibows Avenue es “como estar en el plató de Corazonada”. En ese film, Coppola se estrelló contra sus propios manierismos y, a cambio, nos entregó una película tan fallida como irrepetible y necesaria para entenderle. La fortaleza de la soledad funciona de igual modo con Parade.

Puntuación: 2.5 de 5.

Parade – Materia oscura (2011)

Parade Materia Oscura

Materia oscura reivindica desde su portada al Parade enamorado de la serie B y de la ciencia ficción oldie, pero sobre todo da un puñetazo en la mesa (a la manera en que lo hace todo el de Yecla en su música, siempre sin violencia). El disco recupera lo mejor que había en Consecuencias de un mal uso de la electricidad, esa irrefrenable capacidad para hacer pop contagioso, sólo que aquí aún más expansivo. Parade suena ahora como un grupo completo y las canciones son más rápidas. Que se abra con ‘No más rocanrol’ no es casualidad: es su hit más inmediato de ¿siempre? pero ojo a ‘Yo nunca bailo’, que se quita la timidez para lanzarse a la pista de baile.

¿Eres un robot?’ es una joya narrativa con velocidad, paradas, silencios y vueltas a empezar (y tiene ese momento maravilloso al final en el que Antonio bromea sobre sí mismo: “Queridos oyentes /os tengo que contar / que vuestro cantante hace tiempo que no está. / Al señor Parade algo le pasó, /Ya me han felicitado por mi entonación.”)

Roto, descosido’ se arrima a Belle & Sebastian. ‘El hombre con una bala en el corazón” es una canción de los Beach Boys crepusculares de los 70. Y sonora y líricamente, este es un disco muy maduro, en el que cada canción es una historia distinta, una que desearías que continuara: ‘Bela y Boris’ reimagina la historia de los actores de cine de terror clásico (“yo por los celos y tú por amor”) envuelta en una de las producciones las cuidadas de Antonio Galvañ, con muchísimas capas y detalles.

Partidario del desierto’ cierra el disco al tiempo que se pone en la piel de un nostálgico, alguien que, pese a que crea que los demás puedan tener razón, prefiere dejarlo todo como está. conservador, de nuevo bajo la nostalgia alguien resistente a los cambios. No es ese Antonio Galvañ.

Decía Parade en una entrevista de la época que él este disco lo había afrontado como una crisis de los 40 en la que, en vez de comprarse una moto, grabó un disco como los que le gustaba escuchar a él cuando tenía 20 años, de los 80 de Gabinete Caligari, de Lloyd Cole & The Commotions. Bendita crisis.

Puntuación: 4.5 de 5.

Parade en el Estudio Ghibli (2012)

Cuatro canciones y apenas doce minutos. Ésa es la incursión en formato EP de Parade en el universo del estudio Ghibli, que desde siempre le había influido pero que pocas veces se había colado en sus canciones. Es poco más que una chuchería, una pequeña parada en el camino. Salvo quizás ‘Totoro’, ninguna de las canciones entrarían en competición en un hipotético de mejores temas del murciano. Y, en las letras, aunque ya desde su título queda claro a qué película van a hacer referencia, no es este EP el más inspirado (aunque, claro, ante la referencia a cómo te puede gustar John Denver siendo fan del metal no puedes contener la sonrisa). Bien como rareza, pero como EP revelador, Parade como el jovencito Frankenstein fue mucho más interesante.

Puntuación: 3 de 5.

Parade – Amor y Ruido (2013)

Amor y Ruido es un disco complicado. No de escuchar, no como concepto, sino por cómo transcurre. Es otro disco de Parade, cuya principal diferencia respecto a lo que le antecedía es que pulía la elegancia pop de Materia Oscura pero no se lanzaba de nuevo por el camino sin salida de La fortaleza de la Soledad. Es, instrumentalmente, lo que pasó con La Buena Vida en el díptico Hallelujah/Harmónica: la sensación de estar ante una obra de claro sonido clásico, de grupo, con el piano omnipresente, guiando las canciones.

Pero me pasan dos cosas con él: una que creo que es el que tiene los estribillos menos acertados; los ganchos melódicos que te atrapan en estas 14 canciones casi nunca son los del pop. Es buscado: como en Inteligencia Artificial vuelve a haber citas directas a Gino Paoli, a las canciones de San Remo, a la chanson… pero menos emocionante que en aquel disco. Tampoco los momentos más anglosajones logran sacarnos del todo esa sensación.

Y la otra: que su imaginario parece aquí a punto de agotarse. Cuando más se acerca al Parade de siempre (‘Reality en la casa encantada’, ‘Marc Modular’, ‘Amor Alien’) hay un punto más de rutina y menos afilado, chispeante, de lo habitual en ese (sólo ‘El imperio nunca dejó de existir’ aguanta el envite). Así que aunque no creo que Antonio Galvañ haya hecho un disco malo, sí puede que éste sea el más rutinario de todos. Hasta los guiños parecen menos… y menores.

Puntuación: 3 de 5.

Parade – Demasiado humano (2016)

Tres años después, en sólo las tres primeras canciones de Demasiado humano, Parade se sacude la pereza (la nuestra y quizás la suya). La chispeante y ochentera ‘Traedme la cabeza de Phillip K. Dick’, la reflexiva, sincopada y de neones ‘Láser’ y la fabulosa ‘Carterista de Tanatorio’ (simplemente perfecta) le devuelven a su mejor estado de forma en lo lírico y en lo musical.

Demasiado humano, el disco, reduce al grupo. Se quedan Antonio Galvañ y Eduardo Piqueras a solas y vuelven las máquinas. ‘Demasiado humano’, la canción, es emocionante y hermosa en su tramo central. Siempre que Parade ha apelado a la emoción, ha ganado. Como en ‘Caballero del Tuntún’, como en ‘El ritmo escarlata’. Pequeño y enorme a la vez.

Y, en lo lírico, Antonio está como en sus mejores momentos: en la historia de un Johnny Ramone que, en realidad, fuese infiltrado ruso se atreve a rimar KGB con Gabba Gabba hey y es como si esa rima siempre hubiese estado ahí. En ‘Cementerio Nuclear’ da con la solución perfecta a la España Vacía y la postburbuja inmobiliaria ( “al concejal de urbanismo / el plutonio le da lo mismo / él solo quiere ver / un horizonte creciente de grúas otra vez”). Da igual si cita a ‘The Warriors’, a los Beach Boys otoñales o al Ghost Rider; es otro disco fantástico.

Puntuación: 4 de 5.

Parade – 1987 (2018)

Dos años después, Antonio Galvañ echa el freno y hace lo que muchos nos resistimos a hacer: mirar las libretas viejas, leer los diarios de adolescentes, revisar qué hacíamos, qué pensábamos, quiénes éramos. Porque sí, vivíamos con la máscara de la misma persona pero éramos alguien muy diferente.

Son sólo cuatro canciones, claro, pero son las cuatro canciones de un Parade previo a convertirse en él mismo, cuando en 1987 tenía 30 años menos, apenas 20. De esa máquina del tiempo lo que aflora son buenas noticias: aún no había construido ese universo (de alambre y hueso), pero ya tenía la sensibilidad de remitir a los 60s más excelsos mientras habla del fin de la amistad; para amar las canciones cortas (‘Es igual’) y para sonar un poquito a Mancini, un poquito a Morricone, un poquito a Prefab Sprout y un mucho a un espacio-tiempo en el que, como el Dr. Manhattan, vemos todo a la vez, lo entendemos a la vez que pasa y a la vez que ya lo sabíamos.

Puntuación: 3 de 5.

Parade – La deriva sentimental (2019)

La deriva sentimental nos dejó algo insatisfechos en las primeras escuchas porque sí, justo, el disco de Parade y colaboradores sonaba menos a Parade y menos a cada uno de los colaboradores y más a una zona indefinida en la que no se acababan de encontrar del todo ninguno. Quizás porque llevamos tanto tiempo rindiéndonos a la voz de Galvañ que cuando otros entraron en su mundo… parecía otro y no el suyo. Así que al principio me aferraba a volver una y otra vez a ‘Esa música’, también por su letra de amor purísimo al pop:

Poco a poco las piezas van cuadrando (‘Películas’, brindando con Guillermo Farré por el poder de la ficción). Así que, a medida que te olvidas de el 1+1, La deriva sentimental actúa casi como falso recopilatorio de todas las caras de Parade. Con las escuchas, Galvañ se adueña por completo de todo. Y aunque haya canciones donde la unión cruja (‘Yo me enteré’ con Marc Ribera), en otras, la amalgama es fantástica.

Mis favoritas: ‘Yoli Pendenciera’ con Lidia Damunt, que podría estar en la discografía de los dos; ‘Ruido de motor’ y Charlie Mysterio enzarzado en la canción perdida del recopilatorio de Los Caramelos; ‘Manzanas para Dos’, con Parade sonando como Espanto para que Teresa Jimeno la cante; y, claro, ‘Letras, canciones, literatura’.

El mayor punto y aparte del disco es la unión con Alondra Bentley, que acaba encajando sin que sepamos bien cómo. La bellísima estampa anacrónica de un Napoleón que se lleva a Josefina a los cines de verano de San Javier, o del que le escribe relatos de ciencia ficción a su amada, se envuelve en voces etéreas hasta que casi parece que nos vamos a lanzar al dreampop. No ocurre. O quién sabe. Con Parade siempre podemos esperar al siguiente paso.

Puntuación: 3.5 de 5.

Sello | Jabalina Música

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