“Las cosas significan algún un momento, pero no significan nada después”.

Con frases tan sencillas como ésta, Mark Kozelek consiguió encandilar desde los 90 a un puñado de aficionados a las canciones tristes y a las emociones escondidas. Haciendo del desnudo emocional un guiño para capturar oyentes (tenía cierto morbo oírle contar/cantar experiencias tan sinceras) y con una capacidad increíble para convertir su vida cotidiana en algo extensible a todo el mundo, Kozelek se parapetó tras los Red House Painters, grupo del que sólo él puede responder.

Contradiciéndole, porque a veces parece que es lo único que se puede hacer con él, esas cosas significaron mucho en su momento, y aún siguen teniendo sentido hoy, incluso cuando su autor sea insoportable como persona (o eso haga parecer una y otra vez) y muchos de sus discos más recientes tengan más interés por saber cómo serán sus títulos que por lo que ocurra dentro. En cualquier caso, esto fueron Red House Painters, disco a disco:

Down Colourful Hill (1992)

Con tan sólo seis canciones, 4AD puso en circulación el maduro debut de Red House Painters, Down Colourful Hill (1992). Muchos de los temas eran las maquetas que el grupo había enviado al sello británico, pero en ellas ya estaba casi todo: se dejaban ver, de manera muy clara, los rasgos de una banda minimalista, hecha a fuego lento (una canción sobrepasaba los 10 minutos, otra llegaba hasta los 9, sólo ‘Japanese To English’ bajaba por poco de los 5) y emocionante, aunque siempre en la línea de pasarse de frenada. Para escuchar las penurias adolescentes de Kozelek (enganchado a la droga con tan sólo 10 años), prefiero Down Colorfoul Hill (la canción) a Medicine Bottle, a pesar de que ésta se ha llevado más fama.

Menos cubiertos de nostalgia que en discos posteriores y más de miserabilismo, a los primeros Red House Painters les puede su afán por epatar, pero siguen siendo una experiencia casi imposible de repetir.

Puntuación: 4 de 5.

Rollercoaster (1993): la obra maestra absoluta

En 1993, Red House Painters acometen un proyecto salvaje: editar dos discos con 21 canciones, sin más título que el nombre del disco. La primera parte de esta aventura casi suicida es conocida como Rollercoaster y el oyente con fibra sensible no puede hacer otra cosa que arrodillarse. Durante la hora y cuarto, que comienza con la luminosa Grace Cathedral Park, Kozelek compone el puñado de canciones semiacústicas más conmovedoras de toda la década de los 90.

Entregado a una nostalgia por los tiempos perdidos, por la infancia no recuperable y por las personas que le maltratan o a las que ha maltratado (impecable, tanto como terrorífica, esa frase que dice: «tendremos una casa en la costa que alivie mi alma, se llevará la violencia que corre por mi sangre y calmará todo el dolor que te he causado»), el norteamericano crea un hermoso fresco del modo en que nos convertimos en adultos.

Las dos versiones de ‘Mistress’ (¡cuánto se le parece la planetera ‘Corrientes circulares en el tiempo’ a la primera de ellas!) demuestran, ahora sí, la versatilidad de un grupo de pop en estado comatoso (Impresionante ‘Katy Song’: «¿A qué aspira mi vida sin ti?») o casi muerto (‘Funhouse’ revive al final, gracias a una inyección de adrenalina eléctrica).

En esta ocasión, las canciones largas acaban en un suspiro (y eso que ‘Mother’ dura más de 13 minutos), los arreglos son parcos pero acertados (las guitarras en segundo plano de la canción titular realmente parecen una montaña rusa) y la mayoría de las frases son para el recuerdo.

Algunas muestras:

there’s my favorite rollercoaster / next to the blue water / the one only sissies ride, / there’s the sun / going down / creating that florescent glow, / reminding me i’ll never be able / to relive this day /except in memory”

O:

It’s the forbidden moment that we live / that fires our sad escape / and holds passion / more that words can say

Frases que solas dicen poco o casi nada, pero en el contexto de pérdida sentimental tejido por Red House Painters son todo un mazazo. Eso, al final, es la música y ésta, un golpe de genio indiscutible.

Puntuación: 5 de 5.

Bridge (1993): algo por debajo, pero grande de igual manera

El segundo disco de 1993, conocido como Bridge, soporta la comparación con su coetáneo, quizás por su mayor variedad. Más corto en duración, también un poco menos intenso, aún posee canciones de mérito, sentimiento y/o escalofrío.

Bubble reincide en el folk-pop emocionante de Grace Catehdral Park; la versión de I Am A Rock, de Simon & Garfunkel, aporta una subida de ritmo necesaria; y la toma eléctrica de ‘New Jersey’ no desmerece para nada a su hermana acústica. ‘Blindfold’ muestra a Red House Painters abducidos por el dolor sin fin de Slint, mientras que la reconstrucción en clave lenta del himno americano demuestra que no son sólo un grupo apesadumbrado. ‘Evil’ podría ser ejemplo práctico de cómo era un grupo de slowcore.

Ocho canciones y 45 minutos: en aquel momento parecía increíble que tuviesen tantas canciones; hoy… que en tan pocas Mark Kozelek sacase su lado más pesado.

Puntuación: 4.5 de 5.

Ocean Beach (1995): un universo en expansión

Con Ocean Beach (1995), Kozelek abre definitivamente su mundo a nuevos aires. Los Beach Boys de Surf´s Up (el disco) están presentes en el instrumental de apertura, el hermoso Cabezón; Summer Dress son casi tres minutos de dolor grunge con sólo una guitarra; San Geronimo emociona por su adecuada mezcla: es sorprendente como todo casa y la electricidad no se come al resto de instrumentos; Over My Head desemboca en un mar de free jazz…

Que nadie se asuste, porque este disco es como la Real Academia de Red House Painter: limpia (Shadows es el pedazo de diamante más puro que Kozelek extaerá jamás del piano), fija (Red Carpet puede servir para definir «a qué sonaban los RHP») y da esplendor (cierra Drop, las mejores lágrimas enamoradas de los años 90).

Puntuación: 4 de 5.

Songs for blue guitar (1996): diamante en bruto que muchos pusieron a parir

Los grupos minimalistas o lentos tienen el mismo problema que su supuesto lado contrario, los grupos de hardcore: a muchos se les agotan enseguida los recursos y tienden a perpetuarse en sus propias y consabidas armas. Para Red House Painters (que, en el fondo, ya sólo eran Kozelek en solitario con acompañantes ocasionales) el peligro era repetir en su quinto disco lo ya de sobras conocido. No lo hizo… pero tampoco es que lo que decidió contentase a casi nadie.

Expulsado de malas maneras por su antiguo sello, al que no le gustó el resultado de este Songs For a Blue Guitar, el líder de la banda acabó editando este disco tradicionalista, que recorre todos los senderos que van del folk (personificado en Nick Drake) al country. Comienza además la fiebre de las versiones imposibles: McCartney, The Cars y ¡Yes! (alucinante, y apasionante, ver a los reyes progresivos hechos trizas).

Puntuación: 3 de 5.

Old Ramon (2001): el adiós soleado de un grupo siempre rodeado de nubes

Red House Painters - Old Ramon

Old Ramon (2001), como su anterior entrega, también tuvo que esperar años para ser editado por problemas discográficos y sirvió como despedida de Kozelek del nombre que le dio la fama. A partir de aquí se iniciaría otra aventura, la de Sun Kil Moon, luego los discos en solitario, las aventuras con casi cualquiera, los insultos en los conciertos, las polémicas y la sensación de que un día Kozelek ya no estará y no nos sorprenderá… pero un poco sí.

Curiosamente, éste disco es el más optimista de todos los editados por el cantautor. A pesar de que no llega a la altura de obras anteriores (cosas como ‘River’ bordean o hacen pie de lleno en el aburrimiento), la extensa paleta de colores le hace aún merecedor de varias escuchas. Por haber, hay hasta un par de canciones pura y alegremente poppie-grunges (Between Days, Byrd Joel). Y, para los que os gusten los gatos, nada va a describirlos mejor que Wop a Din-Din’.

Como disco para disolver Red House Painters, y en cierta manera disolverse a sí mismo, Old Ramon cumple con la misión.

Puntuación: 3 de 5.

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