Se cumple el 50 aniversario de In The Court of the Crimson King. Esta es mi historia

A las buenas personas les gustan las buenas historias. Y como de eso no tengo —excepto traumas con los que agachar la cabeza—, al menos guardo recuerdos de cuando sí era buena persona. Esto es lo único que te puedo contar del 50 cumpleaños de ‘In The Court of the Crimson King’. El resultado te sorprenderá.

Parte 1: de cuando follar con ‘In the Court’ era legítimo

No tendría más de cinco años. En el doble pletina sonaba la cara B, ese momento raro de free jazz en ‘Moonchild’ que abre a partir del dos y medio. Y me dio por preguntarle a mi padre: «¿qué es eso que suena?», con la mueca torcida. Porque aquello no era música, era otra cosa, le dije. «King Crimson. Unos locos. Ya te gustarán de mayor». No sé si me gustaban o no, pero me quedaba embobado, atento a los serpenteos de Ian McDonald.

Como cualquier otro niño seguí con mi vida de atontado en los 90™ y, si de música me hablabas, las únicas certezas que te podía garantizar eran los temas que se repetían por los menús de cada FIFA anual, mientras dejaba irreconocible los rostros ya maltratados de Reiziger, Kluivert y Abelardo.

Hasta que, con 15 recién cumplidos, alguien en casa de alguien puso ‘Buffalo 66’ (Vincent Gallo, 1998). Y ahí estaba, otra vez, sonando esa especie de balada sumergida en vapores extraños, Christina Ricci bailando claqué durante dos minutos sobre el abismo de algo que todavía no entendía muy bien.

Lo de mi amor por el progresivo, de hecho, llegó ese mismo año aunque por otros cauces, por una canción larguísima llamada ‘A Change of Seasons’. Así que, otra vez en posesión de mi vulgaridad rural, dije que aquello me sonaba y no-sé-de-qué. Y, entonces sí, en barrena, como cuando se desbordó el Segura, me lancé en plancha sobre la discografía de un templo recién desenterrado. «Si te mola esto (‘In the Court’), tienes que escuchar esto (‘Thick as a Brick’). El resto es historia, un tirar del hilo y los tendones conectivos: Yes, ELP, Genesis, Gentle Giant, PFM, Van Der Graaf Generator, Can, Nektar…

A casa llegué con los primeros discos cuando la banda ya daba esquinazo a su historia seminal, afiliándose al metal y lo industrial espiritual por medio de ‘The ConstruKction of Light’, cuando casi cualquiera de tus ídolos ya había escuchado, versioneado y regurgitado, asintiendo como Lenny, sampleado —21st Century Schizoid Man en POWER, para más señas— y transformado en banda sonora de un mundo nuevo, autoparódico y cínico.

Su reino, sin embargo, echó raíces y si no llevo gastados 1.000 euros en esta gente, no llevo ninguno. Retomando la trama, mi padre me miró de arriba a abajo y soltó «cómo no te va a gustar, si te hicimos con eso». Parece que el disco sonó y sonó mucho. Así que en el imaginario castrado, al lado de Los Pecos, de Víctor Manuel y Ana Belén, el ‘Decícete’ de Luis Miguel y la ‘Conspiración’ de Olé Olé, los vestigios art rockeros de unos demonios ingleses, unos snobs dirigidos por el ladino más inglés entre los ingleses más ladinos.

Parte 2: 50 años y 50 anécdotas

El pasado mayo, Robert Fripp dedicó cuatro horas respondiendo preguntas a medio centenar de periodistas, ataviado con sus habituales tres piezas y el semblante de quien nada teme porque nada debe. Relató historias de Bowie, tropelías con Jimi Hendrix y Peter Gabriel y confirmó que, a día de hoy, es más fácil saber más de King Crimson que él mismo. Todo ha sido dicho, desmentido, afirmado y santificado.

‘In The Court of the Crimson King’ cumple 50 años el próximo 10 de octubre. ¿Qué celebrar? La maquinaria lleva ya tiempo dando bola al aniversario, remasterizando, reproduciendo en directo con esa bestia pentacéfala —ahora siete— a la percusión, presentando un documental y recordando que la banda seguirá viva mientras su líder siga vivo y capaz, en plena posesión de sus facultades mentales y mercantiles. Yo seguiré pecando y haciendo penitencia.

Como la pintura de cabecera —cosa de Barry Godber, la única pintura de un programador informático que murió con apenas 24 años—, no es fácil hablar de King Crimson sin soltar un rictus manierista, sin recurrir a la hemeroteca, al oscurantismo y al virtuosismo. A engolarse, al fin.

Por esto mismo prefiero dejar la anécdota desnuda y dejar, también, el disco a golpe de click. Por las risas. Todavía recuerdo la batalla encarnizada de Fripp con sus infractores, denunciando en Youtube cualquier subida furtiva y perjurando que su discografía nunca jamás se vería amontonada en las sobras digitales del streaming. Pues eso, cincuenta añazos. Y mil razones para seguir encumbrando, adorando, desprestigiando y escuchando al Rey Carmesí: