Si hace unos días hacíamos un repaso frenético por el sonido de la (ya no tan) joven Escocia, hoy queremos completarlo con una nueva visita a ese lugar al que, si le dices a un inglés que vas a viajar, puede que te pregunte alarmado: “¿Por qué?”.

Entre otras cosas, siempre deseamos viajar a Escocia por estos seis discos y por muchos más. Un listado caprichoso e incompleto como el que más, claro.

Orange Juice: You can’t hide your love forever (Polydor Records, 1982)

La puesta de largo de Collins y compañía, tras la batería de singles en Postcard. El disco que tiñó el indie para siempre de acento escocés. El grupo sin el que hoy todo sería diferente, sin el cual yo no estaría aquí tecleando estas líneas y tú no estarías ahí leyéndolas. El jodido big bang.

Jesus & Mary Chain: Psychocandy (Blanco y Negro, 1985)

Qué es el noise pop, dices mientras clavas tu guitarra en mi oído interno. Si Edwyn Collins inició el camino, los hermanos Reid tomaron el primer desvío. Un pie en Orange Juice y otro en Sonic Youth. La prueba de que el ruido podía ser bello.

Teenage Fanclub: Grand Prix (Creation Records, 1995)

Tres razones: ‘Mellow Doubt’, ‘Neil Jung’ y ‘I’ll Make It Clear’. Si no te gustan, tengo otras: ‘About You’, ‘Don’t Look Back’ y ‘Verisimilitude’. Si de algo han ido siempre sobrados Teenage Fanclub es de enormes canciones, y el monoplaza de Grand Prix corre atestado de ellas. Quizás pienses que Badgwonesque o Songs from Northern Britain merecen ocupar este lugar y tampoco te faltará razón. Ya apenas nos acordamos de ellos, pero aún siguen en activo y de vez en cuando aparecen para colocarnos una sonrisa en la boca. Llevan un cuarto de siglo haciéndonos felices.

Belle and Sebastian: Tigermilk (Electric Honey, 1996)

La gloria llegó poco después con If You’re Feeling Sinister, pero en Tigermilk ya estaba todo lo que hizo que nos estallara el corazón: las maravillosas melodías, las historias postadolescentes, la melancolía, el irresistible encanto naif. Ni siquiera el desubicado coqueteo con la electrónica de ‘Electronic Renaissance’ llega a chirriar. En su día salió en una tirada limitada de solamente 1.000 vinilos autoeditados. Tuvimos que esperar hasta 1999 para que Jeepster reeditara el debut de la (probablemente) mejor banda de la segunda mitad de los noventa.

The Delgados: The Great Eastern (Chemikal Underground, 2000)

Homenajear al ciclista segoviano Perico Delgado desde el nombre ya es motivo suficiente para amar a un grupo. Si además de eso proceden de nuestra ciudad pop favorita y hacen canciones preciosas y emocionantes, dan ganas de pedirles matrimonio. Posiblemente Hate, su siguiente disco, sea más redondo y ambicioso. Quizás precisamente por eso, por su aparente menor ambición, sea The Great Eastern mi favorito. O tal vez se trate de que fue éste el disco que me introdujo para siempre en el maravilloso mundo Delgados. O quizás sea solamente que aquel verano escuché demasiado The Great Eastern y que después ya nada volvió a ser igual.

Primal Scream: XTRMNTR (Creation Records, 2000)

Empiezas haciendo indie rock generacional a mediados de los 80, descubres el acid house y te sacas de la manga el disco de pop-dance psicodélico definitivo, resbalas en tu vuelta al rock pero remontas con un temazo como Kowalski y un discazo como Vanishing point. Y, después de todo esto, cuando ya pareces de vuelta de todo, cuando ya no te queda nada que probar, publicas el disco de rock bailable definitivo, un maravilloso grito de furia, un alegato frenético y encendido. Una salvajada coronada por esa cosa tan bruta llamada Swastika eyes. Y además, matando hippies. Siempre a sus pies, Mr. Gillespie.

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