Los islandeses vuelven a coger las riendas de su carrera


Si algo me deberían haber enseñado todos estos años escuchando y escribiendo sobre música es a no enterrar a nadie demasiado pronto. Pero al final, hay cierto grado de satisfacción cuando cierta banda te saca de esa concepción en la que te has encerrado, recuperándose de entre los muertos sólo para hacer que te tragues tus palabras. Hay satisfacción porque al final recuerdas por qué te gustaban en un primer momento.

Las sensaciones que estoy experimentando mientras recupero aquel maravilloso Svartir Sandar (Season of Mist, 2011) se aproximan bastante las de las primeras tomas de contacto, cuando apenas había oído hablar de unos islandeses llamados Sólstafir y me peinaron para atrás con su asombroso combo de post-rock/metal, progresivo y lo que parecían vestigios de un metal extremo que había pasado a mejor vida.

El asombroso cóctel que la banda de Reykjavík nos entregó en aquella suerte de álbum doble fue, sin duda, uno de los mejores trabajos que se pudieron escuchar aquel año. Su impresionante fuerza emocional, combinando unos detalles y melodías muy pulidos con el músculo y la torrencial sacudida del metal lento, además de la poderosa actitud que mostraban en cada composición del álbum, insinuaba una figura poderosa e imponente, como la de unos caballeros vigilantes en la noche más oscura, unos cowboys de medianoche.

Lo de “cowboys de medianoche” no es una mera licencia que me tomo ya que, aunque verdaderamente el country no es un componente clave en el sonido Sólstafir, sí que se palpa el pulso del rock sureño duro en su manera de tocar. No obstante, ese discreto toque y la garra epatante antes mencionada se quedaron en mera fachada con la llegada de Ótta (Season of Mist, 2014), disco bastante menos inspirado donde mostraron menos dominio de las reglas de un sonido que ellos mismos se habían dedicado a limar a lo largo de los años, casi haciéndonos temer que estuvieran perdiendo las riendas de su propia carrera.

Por suerte, siempre queda espacio para rectificar.

Las sensaciones que deja Berdreyminn (Season of Mist, 2017), el nuevo trabajo de los islandeses, son mucho más positivas que las de su predecesor. Se percibe esa intención de avanzar en esa dirección rock que ya mostraron en Ótta, pero teniendo más claras sus ideas y casando mejor con la que, hasta ahora, sigue siendo su mejor versión. El metal se reduce a su mínima expresión, dejando que sea el rock duro sea el que ejerza esa simbiosis con el post-rock y el progresivo.

Leí hace tiempo una definición de este grupo que los resumía en una especie de “Sigur Rós & Crazy Horse” que diría que esta vez viene como anillo al dedo. La intensidad emotiva de piezas como ‘Silfur-Refur’, ‘Hula’ o ‘Nárós’ sólo se equipara con esa garra y energía que aflora de manera natural y fluida, apareciendo sólo cuando la propia composición lo requiere, nunca antes, de manera apresurada.

Como he dicho antes, agradezco enormemente que hayan sido los propios los que me hayan sacado de mi error de darlos por perdidos demasiado pronto. Es posible que Berdreyminn no alcance las enormes cotas de su mejor obra, pero nos anima a volver al redil que dominan como buenos cowboys. Es digno de celebración que hayan vuelto a dominar el mimo y el cuidado del detalle y la melodía sin dejar de intentar triunfar entre sus masas. El equilibrio perfecto es posible y los islandeses aún están a tiempo de alcanzarlo.

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