Hace ya casi cinco años que Standstill pusieron fin a su carrera como banda. Aunque en realidad se habló de cese indefinido, con lo de dejar puerta abierta a reuniones se refiere, el comunicado daba a entender un agotamiento suficiente como para pensar en que no será fácil volver a verlos juntos. El propio Enric Montefusco, en la promoción de su último disco, insistía en ello.

Standstill se habían convertido en una de las bandas más singulares del estado español. Si el objetivo de todo grupo es ir creando un discurso propio, un universo particular, alejado de imposiciones o movimientos exigidos, ya no por la industria o por el mercado, sino también por sus propios fans, esos fueron ellos.

Tras haber conseguido cierta repercusión con un estilo, bajo una etiqueta, alcanzar un reconocimiento reseñable más allá de los Pirineos, Enric Montefusco y los suyos (algún cambio de formación mediante) dieron un golpe de timón tal que es difícil encontrar otro con el cual compararlo. Básicamente porque las cosas del pasado se les iban quedando pequeñas, porque sentían que el paso más lógico era el que le pedían las tripas. Así trabajaron durante casi dos décadas. Tras cénit, la banda decidió que hasta aquí habían llegado. Que gracias por venir, que eso de ‘una cosa más vamos a cantar’ ya no tenía mucho sentido.

En Hipersónica, Standstill tienen opiniones muy encontradas. Coherentes, seguramente, con su propia carrera, de extremos tan afilados siempre. En cualquier caso, servidor siempre tuvo claro que merecían un repaso profundo a los siete discos que Standstill publicaron durante su carrera.

The Tide (D.I.Y y Heart in Hand, 1998)

Puntuación: 3 de 5.

En un formato quinteto del que tan solo Enric Montefusco y Piti Elvira se mantuvieron hasta hoy, Standstill lanzaba su primer Lp en un par de discográficas distintas, en Badalona y Madrid. Con Wero Pérez como segundo guitarra, Cristian Pérez al bajo y Jordi González en la batería, The Tide se mostró como un debut arrollador. Un puñetazo en la mesa desde el ruido, el vigor y la pujanza. Con el encanto de lo amateur todavía presente, con cierta necesidad de pulimento, pero lo suficientemente poderoso como para que su nombre estuviese desde bien pronto en boca de muchos. Principalmente entre los seguidores de la escena hardcore no solo española, sino europea, que no tardó en abrazarlos gracias al nervio de cortes como ‘Circle’.

Standstill dejaban un poso de atractivo incluso para aquellos que no comulgábamos entonces con sus filias con el metal. Sería un inepto si, a nivel personal, dijese que aquella banda me fascinó desde aquel momento. No lo hizo, pero la adherencia que tanto allí como aún ahora me hace sentir ‘Circus’, mi canción favorita del disco y todavía hoy sobrecogedora, con una irreconocible voz de un Montefusco casi imberbe, sí la recuerdo con cariño. En todo caso, The Tide necesitaba un paso adelante. Un discurso más fino, cierta profesionalización. Y además de todo eso, está claro que no era lo mío.

The Ionic Spell (BCore, 2001)

Puntuación: 4 de 5.

Ahora sí. No me preguntéis si fue el cambio de banda (sacamos a Cristian y Jordi, metemos a Elías Egido y a Ricky Lavado), si fue el salto a una discográfica del calado de BCore o si tuvo algo que ver que Santi García tomase los mandos de la grabación en el Estudio Locate 0 de Barcelona (donde ya se había parido The Tide). Pero ahora sí. Standstill logró plasmar en su segundo disco lo que por momentos ya conseguía su debut. Como si todo estuviese más claro en la mente de la banda. Como si la potencia, el desgarro y la angustia encontrasen una vía canalizadora mucho más eficiente. Se da un paso adelante en las melodías, en la producción, en prácticamente todo. El perfeccionamento de su cara emo, y, al tiempo, su primer acercamiento a momentos más transitados en el futuro.

Desde la tormenta perfecta que se descarga en ‘Words’ con una melodía ya mucho más cuidada, más inspirada, The Ionic Spell no deja de golpear una y otra vez tu materia gris. Y no, tampoco son estos los Standstill que me enamoraron, pero cortes tan elaborados como ‘Treasure’ o ‘Naked Monkey’ o pequeños entremeses con sabor a jazz, de la mano de ‘The Farewell Notes’, además de las sacudidas incontenibles de ‘Two Minutes Song’, seguían invitando a pensar que el techo de la banda estaba muy lejos. Es más, que no se sabía del todo de qué pie cojeaban, ni cuál sería su siguiente paso. Tras la garganta destrozada de Montefusco convivían un sinfín de matices buscando un espacio dominante que ninguno se acababa de apropiar.

The Memories Collector (BCore, 2002)

Puntuación: 2.5 de 5.

El inicio del fin del post-hardcore, a pesar de lo que pudo haber parecido comenzar el disco con ‘Ride Down the Slope’. Pequeños pasos, casi imperceptibles, hacia lo que hoy son Standstill, o lo que en el fondo fueron siempre. Y eso después del considerable éxito de su disco previo. A lo valiente. Caminos tortuosos, que exploran mil terrenos en un mismo tema, ‘Always Late’. Sus primeros escarceos con el pop-rock más clásico se ven en The Memories Collector en canciones como ‘Dead Man Picture’, si bien no acaban convirtiéndose en hilo conductor de nada. El tercer disco de Standstill es su trabajo más ecléctico, y, probablemente, el menos meritorio, a pesar de que teóricamente la continuidad de Santi García en la grabación, y el único cambio de Wero por Carlos Leoz en las guitarras garantizaban una cierta constancia. Cuando uno intenta captar un discurso en ‘Two Poems’, trabajado y muy bien ensamblado, cuesta volver al caos de ‘Skies and a Mouse’.

The Memories Collector acerca a Standstill al momento en el que conectaron emocionalmente con el que escribe esto. No es tan cierto que hubiese una ruptura demasiado abrupta entre este disco y el siguiente (por no mencionar que entre medias vino The Latest Kiss, en formato acústico, un giro más marcado si cabe). Cadencias como las de ‘Welcome’ se podrían incluir en casi cualquier disco posterior, y la forma en la que Enric utiliza su voz en este disco pasa a ser memos áspera. Menos rabia interna, menos dolor, más matices. Aparece el Montefusco que se presenta como un gran cantante, como un portador de una voz singular, apartada de aquella menos reconocible de sus discos previos. Mayor preocupación por trabajos melódicos, vía ‘Mathusalem Syndrome’ y final arrollador, de la mano, entre otros, de una inquebrantable ‘Memories Collector’. Con todo, sigo sin concebir este disco sin que escape del concepto “de transición”, un camino hacia alguna parte, pero con el destino poco concreto. Corriendo el riesgo de perderse por el camino y acabar desorientándose para siempre.

El futuro era, quizás, incierto.

Standstill (BCore, 2004)

Puntuación: 4 de 5.

El disco de la ruptura con lo previo. Aunque ya he contado que, melódicamente, me cuesta ver una diferencia tan abismal entre Standstill y Memories Collector. La voz de Montefusco empezaba a ser más reconocible (con respecto a lo que conocemos ahora) desde antes, y lo que sí resulta obvio es el salto a cantar en español. Un salto valiente, seguramente alejado del criterio por el que la mayoría de grupos que empiezan cantando en inglés se pasan al castellano (tirón comercial). Standstill habían gozado de cierta repercusión y éxito modesto en varios países europeos, donde el punto anglosajón les favorecía. Ahora parecían restar importancia a ese hecho, si bien cantar en castellano no es sinónimo de indiferencia en otros países.

Standstill les supuso lo que seguramente ellos ya sabían: que un buen puñado de fans de lo previo se cambiasen de acera al cruzarse con Standstill por la calle. Sin embargo, por cada uno que perdían, cinco se sumaban al carro. Eso no es ni bueno ni malo, pero así fue. Con Santi García de nuevo a los mandos de la grabación en su estudio Ultramarinos, y con otro cambio en la formación (entra Rubén Martínez, sale Carlos Leoz en las guitarras). Y sí, yo soy de los que, en época en la que Standstill coquetea con la escena teatral barcelonesa y presenta Desencuentros: con miedo pero con hambre, los veo en directo y me subo al carro de forma inequívoca e inmediata. Temas que aún hoy son interpretados en sus conciertos, como ‘Feliz en tu día’ y ‘Cuando’, ambos con esa grandilocuencia recargada, con esos barrocos giros de guión que a partir de ahora serían norma (que ya lo eran antes). Y también canciones que desmienten a aquellos que dicen que este grupo nada tiene que ver con el de los tres primeros discos, como ‘La vieja Gibellina’. Aunque son piezas inusuales antes, véase ‘Poema nº3’ las que consiguen que empiece a entregarles mi amor de forma irremediable. No sé si Standstill fue el principio de algo o no, pero seguramente fue mi principio con ellos.

Vivalaguerra (Buena Suerte, 2006)

Puntuación: 5 de 5.

Y llega este momento. El instante preciso que toda banda busca siempre, que alguna consigue encontrar y que la mayoría no halla nunca. El disco perfecto. Tu disco perfecto, más bien. Aquel en el que reconoces sin excesivas dificultades lo que un día fuiste pero, sobre todo, lo que siempre has querido ser. Vivalaguerra, el primer trabajo en el que Standstill publican bajo su propio sello, abandonando la todopoderosa BCore. Con el propio Enric Montefusco y un Ricky Falkner que, a cada paso, aumentaba su protagonismo dentro de la formación, en las labores de producción. No sé si fue eso o qué otra cosa, pero el sonido de Standstill alcanzó un grado de excelencia que no había conocido previamente y que, aunque lo siguiente fue muy notable, quizás nunca volvió a ver. Vivalaguerra tira de la grandilocuencia y el punto pretencioso de siempre, pero obteniendo una tensión de la cuerda floja perfecta para que deambular sobre ella sin caerse al vacío fuese posible.

No perdieron tiempo en demostrarlo: ‘¿Por qué me llamas a estas horas?’ es, sencillamente, una canción sublime. De las que, una vez es escuchada por primera vez (en mi caso en un directo, siempre fantásticos en ese campo), se queda a vivir para siempre en tu interior. Y lo mismo ocurre con el resto del trabajo. Con ‘La risa funesta’, con esos juegos de deseos autolíticos y las tinieblas de ‘Noticias del frente’, con los brillantes teclados de Falkner. O esa luminosidad de ‘1, 2, 3 Sol’, que, sin necesidad de todo lo óptimo que aún está por delante, valdría para convertir a Vivalaguerra en uno de los referentes de su época a nivel nacional. Reconocimiento que, por otra parte, no le fue ajeno. Standstill dieron ese salto definitivo en cuanto a trascendencia con este disco, y fueron tratados como seguramente venían mereciendo (aunque nunca tanto), a partir de este momento. Locura suprema en ‘Yo soy el presidente de la escalera’, y trío de ases guardados en la manga hasta la última mano, incluyendo ‘La mirada de los mil metros’ como guinda final a un disco sencillamente irrepetible.

Adelante Bonaparte (Buena Suerte, 2010)

Puntuación: 4.5 de 5.

Seguramente, el primer disco en el que Standstill ya son un grupo con cierta masa esperando un nuevo trabajo suyo. Un grupo mayoritario, adaptando el término a las proporciones de las que hablamos, muy lejos de la dominación cultural que algunos promulgan. Y para afrontar ese sexto disco que, de algún modo, para muchos era el segundo, deciden entregar un triple EP, con dos cojones. Un trabajo pretencioso, arduo pero nada recargado. Un disco con mucho de conceptual, en el que la querencia por lo teatral que ya habían mostrado (sobre todo en sus últimas épocas) alcanzó sus cotas más altas hasta la fecha. En sus directos, Rooom los confirmaba como la mejor banda en vivo de España en esos momentos. Enric Montefusco era cada vez más protagonista, hasta el punto de que fue él el encargado de producir este triple EP, que era mezclado por Jordi Mora (que ya había grabado Vivalaguerra) y grabado por Jordi Corchs. Sin cambiar apenas de componentes, con el cuarteto de Enric, Piti y ambos Ricky como banda asentada, pero dejándose entrever en los créditos que aquí la cosa dependía de uno mucho más que de los demás.

Sin llegar a la rotundidad de su predecesor, Adelante Bonaparte vuelve a mostrar que Standstill pasaban por un momento de inspiración insultante. Les sobraban canciones mayúsculas, las parían con la normalidad de quien se inventa una rutina antiavalanchas. ‘Todos de pie’, ‘La familia inventada’ o ‘Adelante Bonaparte (I)’, seguramente lo más cercano a un hit que hayan creado nunca, daban fe de que aquello del discurso propio les venía como anillo al dedo. Lo que oías con ellos, lo que veías en sus conciertos, no lo sentirías con ningún otro grupo. Y claro que habría bandas mejores, pero justo durante esos años, al menos por aquí, no tengo claro que diesen mucho la cara. Para quien escribe, la oscuridad latente en ‘Adelante Bonaparte (II)’, la intensidad abrumadora de ‘El resplandor’ o el crescendo de ‘Moriréis todos los jóvenes’ componen algunos de los ejemplos que han convertido a Standstill en la mejor banda española de la última década. Y sí, hay momentos menores, como ‘Elefante’, que hacen que te plantees, como casi siempre en estas ocasiones, si algo tan grande como un triple EP era necesario, pero otras joyas como ‘Cuando ella toca el piano’ o ‘Hay que parar’ despejan las dudas del más exigente. La confirmación de Standstill como un grupo que muchos nunca olvidaríamos.

Dentro de la luz (Buena Suerte, 2013)

Puntuación: 4 de 5.

El último disco de Standstill. De Dentro de la luz ya os habíamos hablado, y nuestra opinión poco o nada ha cambiado desde que saliera a la venta, en esa preciosa caja de cartón con doble vinilo. Si acaso, podemos confirmar que el paso del tiempo no lo ha hecho envejecer mal, sino más bien todo lo contrario. Dentro de la luz es el disco, seguramente, más oscuro de Standstill. No existe ni un tema que se salga del recogimiento que se deja entrever desde ‘Que no acabe el día’, y pocas razones (ninguna más bien), hay para que los fans de sus primeros tiempos, y que fueran desmarcándose con el paso de los discos, se reconcilien con ellos en este momento. Dentro de la luz trae solemnidad donde ya habitaban previamente la exigencia y las grandes aspiraciones. El final idóneo para toda una carrera.

Standstill firma sus últimas canciones hablando de esperanzas, de amor entre la tenue luz que se cuela cuando aún no ha amanecido del todo y movemos un poco la sábana que nos cubre por completo. ¿Cómo puede ser?. Se muestran vulnerables, con miedo a conjuros de todos los tiempos, con la solemnidad de los coros que escuchamos una y otra vez de fondo. Un disco absolutamente hermoso, pero también tan poderoso desde la sutileza que parece que consigue agarrarte por el cuello apretando solo lo justo para que seas consciente de que estás a su merced. Al capricho de la tormenta que se produce al tocar el cielo y, al mismo tiempo, culpándose de no haber estado nunca presentes, de ser capaces de algo más. Dejarse inundar por la delicada maravilla de ‘Pequeño pájaro’, por el caos centrípeto de ‘Nunca, nunca, nunca’ o por lo que tanto nos gustaba ir de su mano. Empezamos a echarlos ya de menos mientras escuchamos algo tan fascinante como ‘La casa de las ventanas’. Ese discurso propio, esa voz de Montefusco llevada al límite del aliento.

En fin, que tocó una despedida que no apetecía nada afrontar. Tan solo una cosa más.

Gracias por venir.

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