Stoner Rock (III): la edad de oro del Stoner

Monster magnet

En la anterior entrega de este especial nos quedamos a las puertas de la que se denomina como primera edad de oro del Stoner Rock. El Thrash Metal, el Doom y el Sludge allanaron el camino para la vertiente más metalizada de esta especie de cajón desastre, mientras que en el sur del estado de California estaba dándose forma a su vertiente más lisérgica y menos extrema. Blue Cheer y Black Sabbath seguían marcando las pautas sonoras, aunque las interpretaciones del legado de ambas podían ser bastante diferentes.

Y sería precisamente en la vía abierta por los ‘no metálicos’ que el Stoner Rock alcanzaría definitivamente la consideración como género tanto por características como por seguidores. Sería fundamental la conjunción que bandas como Kyuss o Monster Magnet harían tanto de los cánones marcados por los clásicos como de la ‘revolución’ musical que significó el grunge, permitiendo que sonidos alejados del britanizado Heavy Metal o del Glam Rock norteamericano, estando ambos de capa caída, alcanzasen voz suficiente como para que su estela permitiese considerarlos como claros herederos del sonido Seattle sobreponiéndose a esa especie de aberración a la que muchos han llamado Post-Grunge (y todo sin entrar en el mundo del Nu-Metal).

Como lo prometido es deuda llega la hora de citar los que pueden ser considerados los seis discos más importantes de este indefinido mundo que es el Stoner Rock, todos ellos lanzados en la década de los noventa y que supondrían la consolidación de una corriente que ha dado algunos de los mejores discos que se han lanzado en los últimos cinco años, ya sea desde la vertiente metalizada del Stoner como desde la más rockera. Vamos a ello.

Kyuss — Welcome to Sky Valley (1994)

Y para empezar, la que se considera banda icónica del Stoner Rock moderno. Originarios de la archiconocida (gracias al Stoner) Palm Desert, Kyuss son mucho más que la banda madre de la que surgieron reconocidos artistas como Josh Homme, John García o Brant Bjork, ya que es mayoritaria la opinión al respecto de que ellos definieron aquello que Black Sabbath o Blue Cheer insinuaron 20 años antes.

Aunque el sonido de los californianos se definiría en Blues for the Red Sun (1992), sería en el álbum lanzado en 1994 cuando corroborarían todo lo apuntado, llevando al sonido del desierto a cotas inimaginables para los escépticos, perfeccionando una propuesta en la que la primera psicodelia de San Francisco, el contestatarismo del Grunge y la suciedad del Punk de The Stooges combinarían dando a luz un disco conocido por su abrasiva y pesada lisergia y un apasionante espíritu retro que lo convierte en aplastante a base de riffs que se toman su tiempo para desarrollarse y una base rítmica atronadora.

Impresionante de principio a fin, son la inicial ‘Gardenia’ y la final ‘Whitewater’ no ya sólo los márgenes del álbum, sino las fronteras de un género que consolida su existencia con este disco, el cual se instituye como la biblia del Stoner Rock moderno. La ruptura posterior del combo nos permitiría disfrutar de proyectos como Queens of the Stone Age, Hermano, Unida o Slo Burn, pero ni siquiera el más brillante del más importante de estos intentos se acerca a la categoría canónica que alcanza Welcome to Sky Valley.



Monster Magnet — Dopes to Infinity (1995)

Y si canónico es el álbum de Kyuss, cerca, muy cerca se queda la obra magna de Monster Magnet, combo que deambula por esa delgada línea imaginaria que hace frontera entre el Space Rock y el Desert Rock más lisérgico. Tan menospreciados como incomprendidos, Dave Wyndorf y compañía grabaron en 1995 un álbum al que el Stoner Rock se queda pequeño y cuyo único problema es ser el predecesor del excesivo Powertrip.

Menos ásperos que Kyuss pero mucho más ácidos, Monster Magnet se convirtieron en dignos herederos de los Hawkwind de inicios de los setenta con un álbum que vive de los excesos pasados de Dave Wyndorf y de una sobriedad patente a posteriori pero poco evidente, pues el álbum se conjuga como decálogo de los efectos que las sustancias psicotrópicas pueden tener en nuestro organismo, jugando Wyndorf precisamente a provocar tales efectos con armas como el sempiterno fuzz o el recurrente wah wah.

Nunca volverían Monster Magnet a acercarse a esta impresionante conjunción entre lisergia y eficacia rock, primero por el exceso que supuso Powertrip, lo cual despertó excesiva suspicacia, y segundo por el rumbo tomado a partir de entonces, deambulando durante más de una década por un Hard Rock efectivo pero poco memorable. Afortunadamente este año han recuperado ideas que no mostraban desde Dopes to Infinity y, como suele suceder cuando hablamos de maestros, el que tuvo, retuvo.

Electric Wizard — Dopethrone (2000)

Superado un periodo de inestabilidad que dio con los tres miembros del proyecto en la cárcel (por cosas tan surrealistas como atropellar a un niño montando en bici), dos EPs sirvieron de calentamiento al combo de Dorset (Reino Unido) de cara al lanzamiento de su obra magna, Dopethrone, cuyo título deja muy a las claras las intenciones y aficiones de estos tres adictos a la vertiente más Doom del Stoner.

Apoyados desde sus inicios por ese gurú del Doom Metal llamado Lee Dorian, y llegando a ser considerados como los herederos de la vertiente Stoner abierta por Saint Vitus y Wino Weinrich, Electric Wizard, quienes extraen su nombre del magno legado de Black Sabbath, presentarían en el año 2000 una obra con sabor añejo, áspero y muy pesado, en el que los escasos riffs presentados se solapan unos con otros (como si de protodrone se tratase) creando un marco en el que las referencias al ocultismo, satanismo, zombies y todo lo que tiene que ver con el terror clásico son norma. Todo, evidentemente, pasado por el tamiz que la marihuana y el LSD componen.

A pesar de lo extravagante de la propuesta presentada por Electric Wizard, Dopethrone nunca ha sido considerado un disco rompedor ni fundacional aunque sí se le cita como el álbum más pesado de la historia. Dopethrone es la oscuridad del debut de Black Sabbath con sutiles pinceladas del Grunge más primario y con riffs sucios, repetitivos y distorsionados como si de una banda Drone se tratase. Acusado de falta de dinamismo, es un álbum que no engaña al oyente, solamente espera que el que está al otro lado entre en el juego que se plantea. Pocos lo hacen, pero los que caen están llamados a reincidir una y otra vez.

Queens of the Stone Age — Rated R (2000)

Y tras la disolución de Kyuss, Josh Homme, principal compositor de la banda californiana, decidió seguir su propio camino, alejándose poco a poco del influjo ejercido por la banda madre del Stoner Rock. Con Kyuss en el retrovisor y las Desert Sessions como parada previa, Homme haría su particular viaje a Las Vegas con menos lisergia que Dave Wyndorf y pero con una ambivalencia mucho más desenfrenada en lo musical.

Escoltado por Nick Oliveri y Mark Lanegan por primera vez como miembros oficiales de Queens of the Stone Age, Homme dibuja en Rated R un disco que pisa firme en cada uno de los terrenos que visita y que plantea alguna de las apuestas que el guitarrista presentaría en proyectos como Eagles of Death Metal. Además, dibuja una barrera muy visible frente al legado de su anterior banda haciendo menos evidente la presencia del Stoner y acompañándola de retazos Punk y gamberrismo propios de Oliveri.

Mucho menos evidente que el posterior Song of the Deaf, Rated R se constituye como una firme apuesta en la que hay espacio tanto para el esperado Rock desértico de Homme, pinceladas reflexivas de Mark Lanegan y el frenesí Punk en el que tan bien se mueve el ex bajista de Kyuss. Quizás excesivo e istriónico para algunos de los fans más cerrados del sonido Palm Desert, Rated R se erige como el disco definitivo de Queens of the Stone Age, un álbum en el que todo exceso tiene un por qué y en el que se encuentran algunos de los más potentes hits de la banda de Joss Homme.

Los Natas — Ciudad de Brahman (1999)

Como prueba de que la lisergia y los icónicos riffs que esgrimiría Tommy Iommi se habían convertido en patrimonio musical mundial, a finales del siglo pasado una banda argentina daría a luz a uno de los discos más grandes que el Stoner Rock jamás ha dado.

Menospreciados por su origen, Los Natas construyen en Ciudad de Brahman un álbum que no sólo bebe de las seis primeras obras de Black Sabbath, sino que se apoya en la psicodelia del debut de Pink Floyd y, como no, deja espacio para la lisergia de Hawkwind y hasta llega a coquetear con el Rock Progresivo en determinados desarrollos instrumentales, los cuales se tornan en los momentos álgidos de un disco que constituye un decálogo de lo que debe ser el Stoner Rock.

Golpeados por la crítica tras el lanzamiento de su debut por aparente carencia de originalidad e ideas propias, Los Natas dieron un salto de gigante con su segundo álbum, empujados a la producción por un don nadie llamado Dale Crover, miembro de los imprescindibles Melvins y con quien contactaron durante la composición del álbum en, cómo no, San Francisco.

Alguno dirá que aparecen aquí por añadir una pincelada de color al post, temas como ‘Meteoro 2028’ o ‘Resplandor’ le cerrarán la boca para siempre.

Down — Nola (1995)

Surgidos como un mero entretenimiento de Phil Anselmo en el momento en el que Pantera era una de las bandas más grandes del planeta, Down se convertirían de pronto en una banda no solo destacada, sino fundacional en una de las corrientes que ha acabado desarrollando el actual Stoner Rock, como es el Sludge.

Y todo esto se produciría casi sin esperarlo, como producto de la aplastante realidad a la que te lleva el contar con el maestro Anselmo a las voces y a las cabezas pensantes de bandas como Crowbar o Corrorsion of Conformity a los mandos de la base rítmica. Y la evidencia se plasmaría en NOLA, un álbum que supone una brutal combinación del tradicional Blues de New Orleans y alrededores con el Thrash o Groove Metal que desarrollaron Slayer o Pantera. Suciedad en los riffs más potentes y los growls de Anselmo comparten espacio con arrebatos bluseros que dejan patente la fuerte relación que el Rock Sureño y el Blues tienen con el Stoner, tanto en su vertiente Rock como en su cara más metalizada.

Tempos lentos y riffs machacones son el nexo con el Stoner que deriva del Doom y el Sludge, pero la verdadera nota diferencial de NOLA es Phil Anselmo, un vocalista que en este álbum se desata con la versatilidad que apuntaba pero que no podía desarrollar por los corsés estilísticos en los que le sometía Pantera. Icono del Sludge junto a los dos álbumes de Acid Bath, NOLA es un cúmulo de casualidades que coronan en un disco infravalorado en su momento pero cuya impronta no para de crecer.

Y en la próxima entrega, los mejores discos que ha dado el Stoner en los últimos años. Que no son pocos.

Muchos de los caminos que empiezan en San Francisco cruzan el desierto