Como todos los años, algunos popes de la electrónica vuelven cada curso al ruedo en formato estudio, sean veteranos o productores que estaban entre los más importantes de estos años. Iba a ser una mezcla de trabajos que nos han dejado con los dientes largos, otros de los que se esperaba mucho más, y otros que han pasado sin pena ni gloria ni hacer mucho ruido después de su lanzamiento, muestra de las relativas ‘decepciones’. Pero hemos priorizado los que más han dolido, o de los que más se esperaba. Un pequeño aperitivo para los futuros repasos de lo que ha sido este año electrónico.

Actress – Karma & Desire

Después de aquel Ghettoville en el que el productor se había replegado a nivel sonoro, simulando su muerte, se generaron todo tipo de incertezas acerca de la carrera de Darren J. Cunningham. Hace tres años, tras su notable AZD (Ninja Tune, 2017) y su grabación con la Orquesta Contemporánea de Londres, LAGEOS (Ninja Tune, 2018), todo hacía presagiar que la máquina había vuelto. Sin embargo, el reciente Karma & Desire (Ninja Tune, 2020) nos deja un poco fríos. El productor inglés no vuelve a encerrarse en su sonido tanto como en Ghettoville (Werk, 2014), pero sí hay pérdida de los matices sonoros y de esa experimentación que elevó a lo más alto en la maravilla de R.I.P (Honest Jon’s, 2012).

El propio trabajo, a pesar de sus colaboraciones de renombre como Sampha, se queda a mitad de camino de muchas cosas, de aquél techno geométrico de sus primeros años, de la sensibilidad de R.I.P e incluso del repliegue sonoro de Ghettoville; ni tan siquiera acaba de explotar unas estructuras frente a otras. Se queda en un camino que deja ciertamente indiferente, quizá la peor de las sensaciones para un tipo que ha estado varios años en lo más alto. Hay intentos, con teclados minimalistas, retazos de outsider house y pequeñas ambientaciones de 2012 en ‘Gliding Squares‘ o ‘Reverend‘ o cortes como ‘Walking Flames‘ más cercanos a AZD. Sin embargo, aunque el repliegue no tiene por qué ser peor per sé, la falta de mayores ritmos, melodías y algo más de punch son algo de lo que adolece el trabajo, y en el cómputo global, aunque habiendo temas interesantes, se nota. Le faltan esas capas secundarias que tallaba tan magistralmente y daban tanto valor añadido, o esos la divergencia tan amplia que se encontraba en los propios LP. No siempre se puede estar en el nivel más alto, pero también cuesta encontrar esas piezas sonoras de las que disfrutar por su complejidad o singularidades sonoras.

Oneohtrix Point Never – Magic Oneohtrix Point Never

Sin duda el desplazamiento sonoro de Daniel Lopatin es una realidad. Desde Garden of Delete, el punto que trazaba una línea sonora horizontal entre la PC Music y toda aquella ola de jóvenes productores, ha estado a mitad de camino entre una suerte de psicodelia electrónica deslavazada y pop en algunas de sus vertientes con etiquetas tan horrorosas como ‘hypnagogic pop’. En resumidas cuentas, melodías de poco cuerpo, sin la agresividad de Garden of Delete (Warp, 2015) y por supuesto muy lejos de la arquitectura y sofisticación de R Plus Seven (Warp, 2013) y su testamento sample. La electrónica progresiva ha quedado en segunda línea y esa falta de peso resta fuerza y empaque a un proyecto que hasta hace 5 años, y cursos anteriores, era uno de los que había que masticar obligatoriamente por la propuesta y porque solía no dejar a nadie indiferente.

Con Magic Oneohtrix Point Never (Warp, 2020), una línea continuista de Age Of, esa psicodelia líquida a lo Torn Hawk —que sigue con una racha de producciones a las que les falta creatividad—, que se deshace en los oídos, apuesta por una ambientación onírica, por unos tempos muy tranquilos. Polos opuestos a la adrenalina, la agresividad y el pasado de rosca que hacía de OPN un artista al que tener en el altar. Un cambio de modelo lícito, por supuesto, pero que dejará en la cuneta a muchos de los seguidores de sus largos anteriores. Un pop psicodélico de tintes electrónicos que sabe a poco.

Salem – Fires in Heaven

Diez años después de aquél fantástico King Night, parecía que 2020, este glorioso año, tenía que ser el del esperadísimo regreso de Salem, algo que parecía factible hace unos meses con los primeros fragmentos y canciones que empezaron a surgir. Sin embargo, la realidad es que una década después, hay dos cuestiones que lastran el nuevo álbum. Una, la marcha de Heather Marlatt, que le daba un distinguido toque a la atmósfera del debut con esa sección vocal casi fantasmagórica. La otra, que diez años después apenas hay evolución, es una constante repetición del sintetizador y las ambientaciones, lo cual no tendría por qué ser peor si el resultado es óptimo; el problema es que precisamente abusan demasiado del mismo patrón y ese páramo sonoro, oscuro y solemne que ejecutaban, queda muy muy lejos.

Ni tiene esa fuerza que rezumaba al escuchar el acongojante primer tema, ‘King Night’, ni durante el resto del trabajo hay rastro de esa belleza dramática de poderoso witch house. Aquel debut también abusaba del mismo sonido, pero lo combinaba muy bien con las diferentes intensidades y con los vocales femeninos que se complementaban muy bien con otros de raíz más hiphopera. Fires in Heaven se ha desinflado respecto a todo aquello y falta esa inspiración, ese músculo que epataba hace una década. Hay buenos temas, como ‘Sears Tower‘ u ‘Old Gods‘ y ejercicios que podrían haber sido más como ‘Braids‘, y en cualquier caso, tampoco era fácil combatir contra la alargada sombra del debut y la falta de una de tus vocalistas clave. Pero después de tanto tiempo se esperaba bastante más.

¿AUTECHRE?

No, hombre.

Artículo anteriorDaisy Ridley, «satisfecha» con el final del Star Wars
Artículo siguienteEl próximo disco de Angelus Apatrida será homónimo
Subscribe
Notify of
guest

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments