Una canción, una escena es una sección Hipersónica donde se repasan algunos de los mejores momentos musicales en la historia del cine. O los mejores momentos cinematográficos de nuestras canciones favoritas. Sea lo que sea, es un perfecto cruce de nuestras grandes obsesiones.

La canción: ‘Hallelujah’, de Leonard Cohen

Leonard Cohen es uno de esos genios que no necesitan presentación. Nacido en el seno de una familia judía, de ascendencia lituana, el artista destacó pronto en el mundo de la poesía, aunque el éxito le era esquivo. Decidió establecerse en Estados Unidos, persiguiendo una carrera como músico y compositor, y con éxitos como ‘Suzanne’ pasó a ser un nombre a tener en cuenta. Sus discos en los sesenta y los setenta se volvieron referencia del movimiento folk, aunque a Cohen no le caían los anillos a la hora de experimentar con sonidos y estructuras.

Pasando a los ochenta, el canadiense sorprendió con el lanzamiento de Various Positions, un álbum donde decidió explorar las posibilidades de lo sintetizadores (entre ellos un Casio) en su composición pop, además de darle un uso inteligente a su voz cada vez más cazallera por el consumo de cigarrillos. De ese disco salieron varias canciones queridas, quizá la que más ‘Hallelujah’, aunque el éxito verdadero le llegó más tarde. Versiones como la de John Cale y la de Jeff Buckley terminaron de propulsar una canción que se ha convertido en casi un himno religioso, con Cohen explorando la paz y sabiduría espiritual mientras se encuentra en conflicto con sus deseos humanos.

La película: ‘Watchmen’, de Zack Snyder

Con un cine de acción derivando a una tendencia frenética, de escenas con mucho corte y bastante cámara en mano, la llegada del Zack Snyder resultó un soplo de aire fresco desde su increíble debut con el remake de El amanecer de los muertos, con guion de James Gunn. Pero donde realmente rompió el juego fue con la adaptación del cómic de Frank Miller, 300. Su visceral y recargado estilo cinematográfico, con un tratamiento de la imagen marcado y unas secuencias de acción enfatizadas por la cámara lenta, el film de los espartanos se volvió un éxito monumental.

Lo suficiente para encargarle a Snyder uno de esos proyectos que parecían imposibles, que directores como Terry Gilliam, Darren Aronofsky o Paul Greengrass intentaron abordar sin éxito: la adaptación a la gran pantalla de la Watchmen de Alan Moore. La versión de Snyder mantiene la controversia hasta estos días, con una literalidad en la traslación de la página a la pantalla que se interpretó como insuficiente y los cambios introducidos (mayor introducción de acción y el cambio del final) fueron criticados. No obstante, la adaptación cuenta con más virtudes que pocos le han reconocido, como su habilidad para integrar las diferentes perspectivas y tonos que tiene el cómic con efectividad, sin que ningún personaje palidezca con respecto a los otros, y su robusto ritmo que logra hacer digeribles sus tres horas que podrían haber sido extremadamente densas.

La escena

Otra gran virtud poco celebrada: cómo introduce su selección musical. Uno de los puntos álgidos en ese sentido viene con el ’99 Luftballons’ de Nena, pero es con la canción de Cohen con lo que crea uno de los momentos más impactantes y discutidos de su cine. La canción de Cohen marca el ritmo del encuentro sexual entre Búho nocturno y Espectro de Seda, cuya tensión romántica ha ido creciendo conforme su deseo por recuperar su heroicidad se ha ido incrementando, poniendo la guinda con un clímax donde la nave Archie emula a sus tripulantes echando una llamarada. Para qué os hagáis una idea de la intensidad de la escena, el único lugar donde se puede encontrar un clip es… Pornhub.

Es una escena y un uso de la canción controvertidos, al estilo de la propia carrera del director, pero esta escena marca precisamente un hito tanto en su cine como en el género de superhéroes. Su irreverente y desvergonzada chabacanería refuerza el carácter sexual de la pieza, ya más explicito en versiones como la de Jeff Buckley. El éxtasis sexual es, también, un éxtasis humano, un triunfo terrenal en un escenario de un Dios ausente o, incluso, desentendido de la situación (Dr. Manhattan). Una valiente arrogancia que una película de este estilo aún no había concebido y aún sigue siendo incomparable a otra cosa que haya visto el género, lo que ya de por sí lo hace una escena valiosa. Aunque también lo podemos decir con menos adornos: hay que tener pelotas para hacer algo así. 

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