Gracias, David

No llevamos más que unas horas despiertos, pero ya sabemos que el 11 de enero del 2016 será uno de esos días de los que nos acordaremos siempre. Como recordaremos lo que estábamos haciendo cuando nos enteramos del fallecimiento de David Bowie. Dije lo mismo, exactamente, cuando hablamos de la muerte del que fue amigo de Bowie durante muchos años, Lou Reed, y, aunque a mí, personalmente, me pillaba lejos en cuanto a etiquetas, sería lo que muchos pensaron con el reciente pasamiento de Lemmy.

David Robert Jones, en realidad, murió el día 10, aunque nosotros no lo supiésemos hasta horas después. Esa será la fecha que marquen las enciclopedias. Las de papel ya no existen, pero sin duda reflejarían vida y obra de una de las mayores figuras que ha dado la música contemporánea. Uno de esos artistas que, independientemente de a qué melómano preguntes, casi todo el mundo mencionaría como figura indispensable. De esos que quedan pocos, muy pocos.

Una de las primeras cosas que cabe decir es gracias. Y no solo por el hecho de que queden para la historia muchísimos discos y canciones que, tras varias décadas, seguirán siendo referentes. Gracias porque David Bowie se murió pariendo su música. Hasta el punto de que, sabiendo que poco le quedaba de aliento, no era consciente de si su último disco sería editado en vida. Lo justo para saber que, de manera general, Blackstar se celebraba a nivel mundial como la enésima gran obra del maestro.

No sabemos si él fue consciente de eso. No sabíamos que se iba a morir. Tras una década de silencio, plagada de cientos de rumores con más mala baba que fundamento, Bowie volvía a lanzar temas nuevos en 2013, con otro disco notable, The Next Day. Y ahora nos deja. Sin pedir permiso, sin avisar. Cuando parecía que habíamos recuperado a un Bowie con una pujanza renovada. Como si se le hubiese transplantado oxígeno suficiente para décadas. Pero no, el hombre ha muerto. Nace la leyenda.

Cabe agradecer, también, que en un mundo donde acomodarse en la rutina ya era muy tentador hace décadas, cuando David empezó a gozar de éxito mundial, buscó siempre una vuelta de tuerca, un cambio de ritmo, de estilo, de imagen, de sonido. Ahí, pocos han estado nunca a su nivel, si es que alguien realmente se atreve a mirarle a los ojos. No hay otro clásico que se os pueda venir a la cabeza que compita en capacidad de mudar de piel.

Hace poco empezábamos un especial en Hipersónica sobre él, en el que pretendíamos (y pretendemos) rescatar toda su discografía. Cuando nos fascinaba, y también cuando la cagaba. Es un humilde reflejo de la enorme admiración que sentimos por David Bowie. El motivo de rescatar sus discos, la excusa, era el lanzamiento de Blackstar. No sabíamos, obviamente, que su muerte iba a irrumpir en el medio de nuestro homenaje. No hacía falta para que se lo mereciese. Por suerte se ha reconocido en vida, y no tenemos que lamentar ahora ningún gesto hipócrita. Fans de Bowie en el mundo hay millones. Gente con ganas de agradecerle todo lo que ha aportado al rock, a la psicodelia, al folk, al pop, al avant garde, a la electrónica. Ha tocado un número infinito de palos y casi siempre ha acertado, sin importarle demasiado que muchos pudieran no entender su constante búsqueda de nuevas sensaciones.

Tras una vida de excesos, de ruido, de histrionismo, de riesgo, llega una muerte callada, en silencio. Como dejándonos claro que el último mensaje que nos quería mandar estaba escrito en un estudio, no en un comunicado. David Bowie ha muerto, y hasta eso lo ha hecho bien. Se ha muerto dejando un legado inabarcable, pero sin esperar a recibir demasiados homenajes en sus últimos meses. Su vida era otra, su propuesta era otra. Morirse entregando lo mejor que poseía. Entregándonoslo a todos nosotros. David Bowie ha muerto, pero espero que algún día, unos cuantos años después, mis hijos consigan alucinar con lo que hizo en vida. David Bowie ha muerto, ahora es cosa nuestra no dejarle morir.

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