Guadalupe Plata — Guadalupe Plata

Nunca nos habíamos puesto a tocar un tema en la onda de Howlin’ Wolf, de Gene Vincent o incluso de Charlie Parker. Lo hemos hecho en este disco, y creemos que no está fuera de contexto, que seguimos siendo Guadalupe Plata, con el mismo carácter pero a lo mejor con otro color. A mí el cambio me lo pedía mucho el cuerpo (Pedro de Dios).

El calor está resultando abrasante y no hay arbolito con cuya sombra cobijarse para evitar el derretimiento de sesos. Sudas demasiado. De repente encuentras un bar y te aproximas. Piensas en pedir un tequila, pero te das cuenta de que no estás en México, sino en Jaen. El origen de tu confusión es el grupo que suena de fondo, con un ritmo casi satánico pero que no te sorprendería si tuviera de invitados a Ry Cooder o a Muddy Waters. De repente te da la sensación de Déjà vu y te das cuenta de que ya has vivido exactamente la misma situación, que el bar es el mismo de la última vez y que el grupo es el mismo: Guadalupe Plata.

Han pasado dos años, y sin embargo parece como si no se hubieran despegado de nosotros, como si estuviéramos encantados de volver a recorrer el desértico camino para volver al mismo sucio bar para escuchar una y otra vez los sonidos áridos e infernales del trío ebdetense. Nunca sobran grupos como ellos, que tocan una música tan adictiva y que invitan a mover el esqueleto a base de bien incluso aunque Pedro de Dios te esté cantando que huele a rata. Es un blues que se te mete hasta los huesos y te posee irremediablemente.

Tocadla otra vez, Guadalupe Plata

Y aunque parezca que nunca han estado ausentes, aquí llegan con un nuevo disco bajo el brazo, nuevamente homónimo (Everlasting, 2015), y te lo pueden poner a ciegas, sin que tú sepas que te están poniendo, que a los pocos segundos de darle al play ya has adivinado que son ellos. Efectivamente, su nuevo disco justifica emplear por enésima vez la homonimia con el nombre del grupo porque es puro Guadalupe Plata, con todo lo bueno y lo malo que ello pueda implicar.

Han ampliado las referencias y los temas tienen más variedad, pero no vais a escuchar nada que no podáis identificar con ellos

Han ampliado un poco las referencias y los temas tienen más variedad de estilos y de sonido, pero no vais a escuchar nada en este disco que no podáis identificar con ellos. A priori esto les puede dificultar enganchar muchos nuevos seguidores que no estén ya convencidos y que algunos de los que ya les conocen puedan perder interés en ellos por no ofrecer nada especialmente distinto y ya no contar con el factor sorpresa de cuando los descubrieron.

Yo, sinceramente, me suele dar igual que un grupo ya no me suponga una sorpresa, sobre todo si hablamos de un grupo como este. Cierto, los Guadalupe Plata de 2015 son los mismos que los de 2009, que los de 2011 y que los de 2013, pero si el grupo me ha terminado enganchado por algo ha sido por su personalidad marcada y por su música punzante y explosiva, por sus guitarras endiabladas y por ser divertidos a rabiar y que me sea imposible no moverme al ritmo que marcan. Si encima no bajan el nivel, no hace falta decir más para rendirse ante ellos.

7.9/10

Aunque amplíen el abanico de recursos, su esencia se mantiene plenamente intacta, y eso no puede ser otra cosa que una buena noticia porque no necesitan nuevos trucos para hacernos bailar, sólo seguir haciéndolo de maravilla. Y bien que lo hacen con zarpazos como ‘Huele a rata’, ‘Calle 24’, ‘Serpientes negras’, ‘Mecha corta’ o ‘El paso del gato’. El tenebroso y afilado punk disfrazado de blues vuelve a brillar con gran intensidad. Dejad las comparaciones a un lado y dedicaros a mover los pies, que es lo único que piden Guadalupe Plata de vosotros. Yo desde luego no necesito más de ellos mientras sigan trayendo discos como éste.

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