El pasado sábado salió triunfante Las niñas, la destacable ópera prima de Pilar Palomero, ganando el premio a Mejor película en la última edición de los Premios Goya. Un tremendo logro para una película tan modesta, íntima y también apasionada por contar su historia en los pequeños detalles, que además ejemplifica el buen nivel de cineastas españolas que están emergiendo últimamente.

Y precisamente algo que muchas de estas cineastas están explorando es mirar a España desde su juventud/infancia/adolescencia. «Niñas creciendo en España» ya casi parece un género tan establecido como «comedia costumbrista», pero por el momento se resiste al agotamiento de ideas o a la autoparodia. Como muestra, estas otras películas con similar punto de partida a la de Palomero pero con ambiciones y resultados tan diferentes como interesantes, casi todas dirigidas por mujeres salvo una excepción.

Verano 1993 (Carla Simón, 2017)

Qué complicado todo lo que logra, desde meternos totalmente en el bolsillo del personaje principal, de contar con precisión el mundo que le rodea y cómo lo experimenta, cómo cuenta todo ya sea con una conversación en comida familiar, un anuncio de televisión o con un momento de juego en el que dos niñas pretenden ser mayores. Y también cuenta bien a los adultos y desarrolla a la perfección cómo va forjándose su relación, sin nunca caer en maniqueísmos emocionales ni dejar un momento o secuencia que no cuente algo. Un verdadero tesoro de Carla Simón que bien podría merecer una edición de la Criterion Collection.

Carmen y Lola (Arantxa Echevarria, 2018)

La comunidad gitana tiene su propia idiosincrasia y funcionamiento, pero muestra elementos que se pueden proyectar perfectamente en el ecosistema español general. A esos se agarra Arantxa Echevarria para no salirse del tiesto, narrando con mucho cuidado el ambiente que quiere explorar y también con mucho cariño y empatía a sus dos protagonistas, haciendo que su viaje sea lo que más nos importe.

La inocencia (Lucía Alemany, 2019)

La mayor virtud que un director puede tener es ser capaz de diseñar un ecosistema o mundo y desplegarlo con eficacia en pantalla, sea este más terrenal o más extravagante y fantástico. Que se sienta propio pero también que el espectador pueda identificarlo y hasta meterse en él. Lucía Alemany consigue justo eso, nos mete de lleno en un ambiente reconocible, con personajes que sientes que has visto en tus propias fiestas del pueblo, y sabe jugar para hacerlos auténticos sabiendo que la realidad no se puede plasmar o imitar, sólo puedes aproximarte a ella. La inocencia es una película llena de vida, y por eso es fácil estar totalmente de lado de su protagonista.

Verónica (Paco Plaza, 2017)

Esto puede parecer un estiramiento del chicle, pero ser una niña creciendo en España a veces puede ser también una historia de terror. Y eso lo captura bien aquí Paco Plaza, que hace un apropiado retrato del tener que crecer demasiado y demasiado pronto, de tener que hacerlo sin padre y con una madre hasta arriba para poder alimentar a sus cachorros, de no tener ni cinco minutos para poder ser una niña y que tus propias amigas te den de lado. Todo haciendo además un adecuado retrato de esa España de barrio de los noventa, donde las soluciones a tu posesión demoníaca no las encuentras en la biblioteca sino que tienes que ir al quiosco a comprarlas por fascículos.

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