No mentimos, los hubo. Como vivimos en una época en que las efemérides y el juego con la nostalgia vende muchísimo, y también porque estamos viejos, en Hipersónica no hemos querido desaprovechar la oportunidad de subirnos al carro, y presentaremos cumplido homenaje a un buen puñado de discos lanzados hace 25 años y que cambiaron la vida de muchos. Incluso aunque, como sí fue mi caso, no nos pillase en plena adolescencia, modificando pautas de personalidad y gustos que nos acompañasen el resto de nuestra vida.

Digo que no es el caso de todos porque, cuando surgió la idea de hacer este post, varios compañeros de edades en las que no les correspondía estar demasiado pendientes de la escena musical y sí de aprender a escribir (n.e: no lo hicieron, como ya sabéis), empezaron a enumerar los lanzamientos de metal, electrónica, etc, y el resultado empezaba a abandonar la categoría de “anectótico” para pasar al cajón de lo “brutal”. No estamos seguros de qué conjunción de astros se produjo en aquellos 365 días, pero, incluso como descreídos y cínicos que somos, intentaríamos acudir a cualquier vidente de pacotilla para que nos echase una mano y algo así se repitiese.

Y tanto es así, que aquí, entre Ferraia, Chou y Black, vamos a enumerar un largo puñado de discos con los que probablemente la mayoría estemos de acuerdo y, con todo, me soltaréis las pertinentes collejas (con razón) por aquellos que se habrán quedado fuera. Discos que, veinticinco años después seguimos considerando imprescindibles. ¿Sobre cuántos años podríamos decir algo así?

Pulp — Different Class

Entre otras muchas cosas, seguramente 1995 haya sido el año de mayor esplendor del britpop. Os hablaremos de varias de las bandas que lanzaron sus discos cumbre en esas fechas, e incluso dejaremos en el tintero otros (Supergrass, The Boo Radleys) en el tintero. Y para empezar a hablar del britpop conviene hacerlo por su disco más brillante. Aunque siempre me ha sabido a poco meter a Pulp en el saco del britpop, siendo Jarvis un tío que ya podía afeitarse en seco cuando Albarn o los Gallagher no tenían ni pelusilla. Pulp llevaban 17 años de vida cuando llegó este Different Class. La enorme mayoría de los mismos, de absoluto anonimato. Sorprende, de hecho, la paciencia que tuvieron para esperar su momento, que no acabó de llegar hasta 1994, His ’n’ Hers mediante. Different Class es un absoluto referente. Uno de esos escasísimos discos perfectos. De la docena, en la vida de cada uno, que llega al 10/10. El que a muchos nos descubrió la inmensamente carismática figura del ya legendario Jarvis Cocker. Himnos generacionales como ‘Mis Shapes’, ‘Disco 2000’ o sobre todo ‘Common People’, acompañados del menor histrionismo de ‘Something Changed’, la locura hecha canción en ‘F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E.’ o esa enormidad de ‘Monday Morning’. Different Class es, simplemente, el que, nada más escucharlo, sabes que será uno de tus discos favoritos para siempre. De los que nunca faltaría en tu mochila para la isla desierta.

Radiohead — The Bends

Otro descubrimiento en edad en la que uno llegaba al instituto (por entonces hasta los 14, nada). ‘Street Spirit (Fade Out)’ fue la primera canción que escuché de Radiohead. Sí, antes que ‘Creep’. Hubo algo en la voz de Thom Yorke, en la delicadeza, la angustia transmitida, el nudo en la garganta, que removía el cuerpo y la mente de cualquiera que lo escuchase por entonces. Ahora son mi banda favorita, siento no resultar original. Hay una tendencia más o menos generalizada que tiende a decir que The Bends es el disco que más canciones bonitas tiene de Radiohead, y que OK Computer es su mejor disco. No me vais a encontrar apoyando esa teoría, porque entre papá y mamá no siempre es fácil decidirse. Ni falta que hace. The Bends es otro disco que, desde su lanzamiento en marzo de 1995, cambió para siempre la forma de sentir la música de miles de personas. Además de su cierre, ‘High and Dry’, ‘Fake Plastic Trees’, el empuje de ‘Just’ o ‘My Iron Lung’ forman parte de otro de esos discos que coquetea con la perfección.

PJ Harvey — To Bring You My Love

Ese inicio, ese riff repetido hasta la extenuación. Esa voz sucia y pecaminosa entrando en la canción que abre el disco y le da nombre. PJ Harvey empezando a coquetear con lo que hoy sabemos que es. La mejor rockera de la historia. En este caso, To Bring You My Love no supone un punto de inflexión para Polly Jean, que ya venía arropadísima por su intachable trayectoria previa, pero quizás sí su trabajo más notable hasta entonces. ‘Meet Ze Monsta’ dando clases de cómo dejarse las tripas en guitarra y voz, ‘C’Mon Billy’ elevando la emoción y controlando los tempos como lo hace quien ya se sabe muy muy grande, o ‘Long Snake Moan’ alimentando la nostalgia de quien echa de menos a aquella Harvey, a la espera de lo que la nueva nos entregará en los próximos meses. ‘Down By the Water’ dando pie a que muchos nos enamorásemos carnalmente de una rockera por primera vez. Que ese amor platónico todavía perdure en tu cabeza. 1995 elevando a otra artista quimérica.

Yo La Tengo — Electr-O-Pura

En 1995 los de Hoboken no eran precisamente unos principiantes. Editaban Electr-O-Pura, su séptimo disco, dentro de la que fue una década de trabajos incontestables. Por encontes Yo La Tengo parían discos legendarios como quien prepara palomitas en el microondas. Asistíamos, sin ser conscientes mucho de nosotros, al crecimiento de una banda que mezclaba estilos con insultante facilidad, sobresaliento en todos ellos. El shoegazing de ‘Flying Lesson’, los himnos pop de solvencia contrastada por el paso de las décadas, véase ‘Tom Courtenay’ o varios de sus cortes más experimentales, tejiendo maravillas en forma de ‘Blue Line Swinger’, poco después de componer las más hermosas melodías en ‘My Heart’s Reflection’. Escuchar Eletr-O-Pura es escuchar el disco de cinco bandas distintas, todas ellas punteras en la escena de cada una de las etiquetas que tocan.

Oasis — What’s the Story (Morning Glory)

Para muchos, ‘Wonderwall’ sirvió para acercarnos a una serie de sonidos, de bandas, de huecos que no conocíamos. Una de las obras cumbre del britpop, independientemente de lo aborrecible que pudiese resultar por aquel entonces la precocinada `polémica del “¿tú eres de Oasis o de Blur?”. Los hermanos Gallagher ya habían editado el año anterior un disco de debut mayúsculo, y What’s the Story (Morning Glory) no solo les sirvió de espaldarazo definitivo, sino que les arregló la vida para siempre. Y con todo merecimiento. Toda una generación, en casi cualquier rincón del planeta, podría cantar a voz en grito los estribillos de ‘Roll With It’, ‘Don’t Look Back in Anger’ o ‘Champagne Supernova’. Escucharlo veinte años después, incluso siendo consciente de que Liam y Noel son hoy más personajes que artistas realmente interesantes, es sentir cómo el alma se te llena de juventud, de recuerdos, y de sentimientos que, escuchando música, habrás experimentado tan solo una decena de veces. El segundo álbum de los de Manchester estará entre los imprescindibles de millones de personas.

El niño gusano — Circo luso

Aunque seguramente su trascendencia pueda parecer menor, 1995 también fue un gran año para la música estatal. Fue el año del debut discográfico de Manta Ray, una de las mejores bandas de las dos últimas décadas por aquí. Lo mismo podríamos decir de Acrobacia, el primer disco de Mercromina, recién nacida de la disolución de Surfin’ Bichos. Y, por si fueran poco significativos esos dos nombres, otro debut de 1995 fue el de El niño gusano, que entregaba un primer trabajo cargado de un lenguaje alocado, de psicodelia, pop luminoso, y ese surrealismo del que es casi imposible no hablar cuando mencionamos a la banda liderada por Sergio Algora. Al igual que cualquier otro disco mencionado en este post, Circo luso contaba con muchas canciones que empezaban a construir nuestra personalidad con mucha magia. ‘La mujer portuguesa’ es de las que se canta a voz en grito, bailando mal y a saltos, aceptando que la locura será parte indispensable de tu vida. ‘La ciudad de los loros’ explotándote la cabeza o ‘El hombre bombilla’ viéndose incapaz de evitar que su cara se escurra como chocolate caliente. Un caos por el que quieres dejarte arrastrar.

Bjork — Post

Otro mito. Otra artista con un impacto visual altísimo. Aunque, hablando de la islandesa, pocos detalles, visuales, sonoros o de carisma podemos dejar al azar. El inicio taladrador de ‘Army of Me’, acompañado de la delicadísima sutileza de ‘Hyperballad’. Casi no haría falta nada más para que Björk secuestrase tu corazón para siempre. ¡Qué demonios, conmigo lo consiguió sobradamente! El segundo disco en solitario de Björk confirmaba que estábamos ante alguien que marcaría una época. Aquí la tenemos, veinte años después, aguantando el paso del tiempo mucho mejor que otros coetáneos (algunos de ellos presentes en esta recopilación), pariento todavía maravillas como Vulnicura. Björk introducía con enorme categoría elementos electrónicos que seducían a aquellos que no disfrutábamos especialmente con la electrónica. Te contaba cuentos al oído con todo el hechizo de ‘The Modern Things’, exploraba terrenos teatrales de la mano de ‘It’s So Oh Quiet’ o te regalaba el sueño de ‘Possibly Maybe’. Todo salía bien en Post.

The Flaming Lips — Clouds Taste Metallic

Otro disco que tuvo infinidad de ingredientes estupendos, muchos de ellos ya mencionados con anterioridad: locura, chispa, flechazo… el que sientes con esos acordes casi desganados de ‘The Abandoned Hospital Ship’, hasta la ruptura en la voz de Wayne Coyne, que ya daba muestras de adorable demencia por entonces. The Flaming Lips ya tendían allí al extremismo, sus propuestas eran de todo menos convencionales. ‘Psychiatric Explorations of the Fetus With Needles’ es un título que ya merecería la gloria por sí mismo. Si además se encuentra envuelto del encanto de ese sonido directo, de la quintaesencia del hit gamberro. Luego vendrían el confeti, las pelotas gigantes para caminar sobre el público, Yoshimi y todo eso. Pero por entonces, y aún ahora, Clouds Taste Metallic fue interpretado como un antes y un después en la discogragía de los de Oklahoma (más concretamente, el conjunto de Clouds Taste Metallic y el anterior Transmissions from the Satellite Heart). Las idas de olla posteriores se intuían, pero allí la enajenación estaba más contenida. En la justa medida.

Pavement — Wowee Zowee

Sé que me voy a meter en un laberinto de difícil salida, pero si hay una banda que representa a la perfección los grandes momentos del indie rock norteamericano de los 90, esos son Pavement (sí, y Dinosaur Jr., a Sonic Youth los meto en otro saco). Wowee Zowee marca el ecuador de su discografía. El tercero de los cinco que los californianos editaron en esa década. Stephen Malkmus descubriéndose como una de las voces de más carisma que aquella época, y su banda entregando joyas imperecederas: ‘Grounded’, ‘Father to a Sister of Thought’, ‘Grave Architecture’ o ‘AT&T’ fueron enamorándonos de un sonido que abanderaron como nadie. A Pavement muchos de lo que estaréis leyendo esto no llegaríais en 1995 (yo tampoco, como no lo hice con algún otro disco aquí mencionado), pero escuchar Wowee Zowee veinte años después permite entender la trascendencia de su figura. Lo legendario de su calado, y la mirada perdida de nuestros primos al horizonte cuando nos hablaban de lo grandes que fueron.

Slowdive — Pygmalion

La penúltima entrega discográfica de una banda que elevó el shoegaze y lo vistió de gala. Es probable que Pygmalion sea el disco más pausado de Slowdive. El menos ruidista, el que buscó más la calma y coqueteó, o algo más, con el ambient. La apertura con ‘Rutti’ y ‘Crazy for You’ es simplemente majestuosa. Trazando un camino en el que casi todos tropiezan, y ellos, sin embargo salen sin un solo rasguño. Pygmalion es un trabajo arduo, que exige mucho al que escucha, pero que regala mucho más si se le presta el cariño y atención suficientes. Que seguramente sirvió, junto con sus dos hermanos mayores, para que muchos grupos imprescindibles hoy (y con mayor éxito de público y ventas del que jamás tuvieron Slowdive) pusiesen, inconscientemente, las primeras piedras en sus proyectos musicales del futuro. ‘Trellisaze’ te sobrecoge sin pudor, y la voz de Rachel Goswell en ‘Visions of LA’ es lo más parecido a apuñalar tu corazón con una pluma. Pygmalion es la delicadeza hecha arma mortal, y a menudo dolorosa.

The Smashing Pumpkins — Mellon Collie and the Infinite Sadness

Antes hemos hablado de algún artista que ha resistido el paso de estos veinte años de forma bastante decente, incluso algunos de ellos brillante. Y luego está Billy Corgan, ese personaje que, visto hoy, da mucha risa, pero que hace un par de décadas era el líder de una de las mejores bandas del mundo. Este disco, doble, fue la culminación de un inicio de carrera brutal. The Smashing Pumpkins conseguían colarse en los hogares y corazones de millones de postadolescentes, llenarlos de preguntas, de rabia, de angustia. De todo eso que uno debe sentir cuando tiene esa edad. De moverse entre los mundos vampíricos de ‘Bullet with Butterfly Wings’, la desbordante energía de ‘Tonight, tonight’, todavía emocionante hoy, o esa rueda giratoria de sueños que fue ‘1979’. Es casi imposible encontrar tantos singles que marquen una época dentro de un trabajo. The Smashing Pumpkins lo tuvieron. Ya no lo tienen, pero sí lo tuvieron. Billy era un personaje envuelto en un aura de misterio que fascinaba, y no el chiste que es hoy. Ellos, los problemas con las drogas de Jimmy Chamberlain y Jonathan Melvoin (que falleció durante la gira de este álbum por una sobredosis) que contribuían a aumentar y alimentar la leyenda. The Smashing Pumpkins lo fueron casi todo.

Tindersticks — Tindersticks II

Uno nace. Empieza a gatear, a hablar, a controlar sus esfínteres y todas esas cosas que uno hace cuando es pequeño. Una vez llegada la edad adulta, descubre que tiene la voz de Stuart Staples. Es más, descubre que ES Stuart Staples. Justo en ese mismo momento, sabe que tiene la vida resuelta. Que tal y como otros dedican sus vidas a servir mesas, a levantar edificios o a intentar llegar a ministros, él puede cantar cosas tan escalofriantes como ‘A Night In’. Una de las voces más fascinantes de las últimas décadas. De esas que te dejan aturdidos. Además, Tindersticks II es un trabajo melódico sobresaliente. Ahí están ‘My Sister’, ‘Snowy in F# Minor’ o ‘Vertrauen II’, entre un caos orquestado y paradógicamente organizado. Como si Tindersticks supiesen en todo momento hacia dónde tirar, aunque los demás nos dejásemos llevar por la ignorancia y el destino. Por aquel entonces, Tindersticks lo tenían todo para ser una de esas bandas que, además de que te gustasen, tenían que gustarte. Siempre hay alguna así. Alguna que, si no acaba de convencerte, genera miradas que dicen calladamente “¿Cómo puede ser que no te gusten estos tíos? No tienes puñetera idea.”. Aunque, bien pensado, sería casi imposible encontrarse a nadie que no se rindiese al segundo álbum de los de Nottingham.

Blur — The Great Escape

La última muestra de lo que 1995 supuso, como edad dorada, para el britpop. Aunque yo por entonces era más de Oasis que de Blur, el cuarto disco de estudio de los de Londres fue otro momento imprescindible en su carrera, y en aquellos 356 días. Con todo, seguramente supuso un paso atrás con respecto al Parklife, punto álgido de su discografía, y que lo supondría para casi cualquiera. Aún con esas, Damon Albarn y compañía parían por entonces jitazos incontestables con cierta facilidad. The Great Escape contiene los incombustibles ‘Country House’, ‘The Universal’ o ‘Charmless Man’, pero también explora con mucha eficacia la faceta más pausada de Blur, como es el caso de ‘Yuko and Hiro’ o de ‘Best Days’, que definen tan bien o mejor los días de gloria que pasó la banda. Con todo, puede que muchos estemos de acuerdo en que The Great Escape no sea el mejor disco de los que ha grabado Blur hasta la fecha (vamos, no lo es ni de lejos), e incluso se me han quedado fuera otros que, a nivel personal, me gustan más. ¿Pero alguien, realmente, puede recordar 1995 sin que se le venga a la mente esta gente?.

Teenage Fanclub — Grand Prix

El pop. El buen pop. El de toda la vida. El que se honra a sí mismo sin necesidad de buscar segundos nombres a su etiqueta. Como si ser un disco de pop, ni más ni menos, no fuese lo suficientemente honrado. Teenage Fanclub tejen en Grand Prix 42 minutos de pop fascinante, hechicero y sobresaliente. Del que mezcla nostalgia y luz a partes iguales. Del que te hace elevar el enamoramiento de instituto, pero también hundirte gozosamente en las miserias de esa chica que te ha rechazado, y que pasa a formar parte de un conjunto inagotable de calabazas. ‘About You’, ‘Sparky’s Dream’, ‘Discolite’… recuerdos que, necesariamente, despiertan toda la morriña del mundo. Que te hacen sentir agradablemente viejo, y caer en frases que repitan que ya no se hacen discos así, que es lo que han dicho los viejos toda la vida. Hay que estar muy muerto por dentro para no haber sentido, tanto entonces como aún ahora, un clic emocional irrefrenable al escuhar Grand Prix en todas y cada una de sus canciones.

Alanis Morissette — Jagged Little Pill

De 1995 nos gustó hasta el mainstream. La Alanis persona siempre nos ha parecido bastante detestable. Lo decimos así, sin miramientos. Muy maja ella con sus inciensos y sus cosas, pero un coñazo de tía. Ahora bien. En 1995 era, por edad, muy difícil que tus conocimientos musicales fuesen mucho más allá de las propuestas comerciales de turno (que ya bastante suerte tuvo uno creciendo en un pueblo de gran efervescencia musical). Y en ese mundo Alanis, la artista, no la persona, era un sujeto de mucho interés. Y su Jagged Little Pill, un punto al que no ha conseguido volver. Había mucha gente que, en aquella época, tuvo a ‘You Oughta Know’, ‘Hand in my Pocket’ o ‘Ironic’ entre sus primeros pasos hacia un circuito diferente, por mucho que Alanis estuviese en medio de una autopista, sin saber bien hacia qué lado de la medianera debía continuar su camino. Muchas canciones que toda una generación podría entonar en un inglés precario, pero que, al final, los devuelven a una época especial. A un año que tiene poca comparación con ningún otro.

Dissection — Storm of the Light’s Bane

Empezamos fuerte, con black metal, como debe ser. 1995 fue un estupendo año para un género que en esa década explotó definitivamente y desarrolló un montón de vertientes. Para ese año Darkthrone ya había entregado todos sus discos imprescindibles y Euronymous había sido asesinado por un Varg Vikernes que ya estaba en prisión, pero muchos grupos se dispusieron a continuar su legado y llevarlo más lejos. Precisamente uno de ellos fue Jon Nödtveidt, quien años más tarde también acabaría encarcelado por asesinato, pero antes de eso firmaría con su banda Dissection uno de los discos más brillantes y desgarradores de la rama melódica del black metal. Storm of the Light’s Bane (Nuclear Blast) fue el esfuerzo más redondo de los suecos, lleno de canciones pletóricas y desgarradoras, ricas en influencias y feroces en su ejecución.

Fugazi — Red Medicine

Si Fugazi no hubieran existido en su momento, alguien tendría que inventarlos, eso es así. Eran un grupo inagotable, esencial y poco dados a los conformismos, así pudieron dar forma a una discografía casi excelsa con discos tan fabulosos como Red Medicine (Dischord). A estas alturas para Ian McKaye y los suyos el punk había quedado muy atrás, había que seguir experimentando y llevando su música aún más lejos. Por ello, se puede hablar aquí de un disco complejo y que no es fácil de asimilar, pero totalmente exquisito y lleno de buenos zarpazos como ‘Do You Like Me’, ‘Bed for the Scraping’, ‘Birthday Pony’, ‘Target’ o ‘Downed City’. Uno de esos discos que, una vez les pillas de todo el punto, se aferran a ti y no te puedes desprender de ellos de ninguna manera.

Monster Magnet — Dopes to Infinity

Los noventa, época de júbilo para el stoner, con Kyuss consolidado todo el camino recorrido desde los Sabbath hasta el desierto pero cuando la década llegó a su ecuador su llama se apagó. En 1995 se despidieron con …And the Circus Leaves Town (Elektra), alguien tenía que reclamar el trono del género. Dave Wyndorf se prepararía para poder opositar a dicho trono tres años más tarde, pero para ello tenía que ir dejando de homenajear el space rock de Hawkwind e ir escorando hacia el rock duro. Dopes to Infinity (A&M) no sería el álbum que marcaría esa transición, sino que también es su disco definitivo, el que más virtudes reúne, el que más jitazos atesora y el que más te puede vigorizar con sus guitarras de fondo mientras recorres el desierto. Su parte más psicodélica perdería peso posteriormente, pero nunca desapareció del todo, estaba esperando para volver con fuerza.

Death — Symbolic

Sería muy difícil que el metal extremo pudiera llegar tan lejos y desarrollarse de la manera que lo hizo sin la existencia de la figura de Chuck Schuldiner y sus Death que no sólo se erigirian como uno de los patriarcas del death metal en territorio americano, sino que contribuirían a llevarlo al siguiente nivel, a expandir sus límites tanto sonoros como de complejidad. Fueron uno de los mejores exponentes de la vertiente técnica del death metal y la cima de esta versión de los de Orlando se vería en Symbolic (Roadrunner). Todo el talento instrumental imaginable al servicio de la brutalidad inmisericorde y la muestra de porqué Death tienen una de las discografías más importantes de la historia del metal. Todavía estaban lejos de acabarse, pero los continuadores de su legado transgresor en el death metal ya estaban llamando a la puerta.

Ulver — Bergtatt: Et eeventyr i 5 capitler

Como he mencionado con anterioridad, el black metal estaba en plena expansión durante este año, con grupos que vivieron en primera persona el auge del inner circle noruego y optaron por desafiar sus inmovilistas preceptos, como harían …In the Woods o Ulver ese mismo año. Estos últimos junto a los franceses Blut Aus Nord expandieron el género, dejando volar más la guitarras y hacer el sonido más envolvente, dando forma a la vertiente más atmosférica. Aunque Ultima Thulée (Impure Creations) tiene argumentos suficientes para figurar aquí, me quedo antes con Bergtatt (Head Not Found) por ser, a mi parecer, un disco más ambicioso, más redondo en lo compositivo y más profundo en lo emocional. Si uno quiere bucear entre las nublosas tierras del black metal, este disco de los noruegos es parada obligatoria. Y no sería su único disco imprescindible, aunque el metal fuera alejándose de la ecuación.

Swans — The Great Annihilator

Nos os creeríais que iba a desaprovechar la oportunidad para reivindicar nuevamente a Swans. No huyáis tan rápido, la ocasión lo merece porque estamos ante uno de los discos más accesibles de Michael Gira y compañía, si es que el término accesible se puede aplicar a ellos. Tras más de diez años de carrera, los neoyorquinos dieron a luz su cima creativa con The Great Annihilator (Young God) recuperaba el pulso más rock que en anteriores discos se echaba más en falta, dando forma a algunas de las canciones más directas de su historia pero sin dejar de lado su lado más experimental y místico. Las dieciséis piezas aquí recogidas son simplemente hechizantes e impactantes, da igual las veces que regrese a él, siempre termino con los ojos como platos al igual que la primera vez.

Blind Guardian — Imaginations from the Other Side

Aunque habrá insensatos despiadados que querrán convenceros a toda costa de que el power metal es el mal absoluto, vosotros no debéis atender a sus quejas, ellos se perderán el disfrutar de riffs potentes y épicos como feroces batallas que te obligan a heabanguear y gritar como si no hubiera mañana. Todo es cuestión de encontrar a los grupos que mejor plasmen las bondades del género, y no me cabe duda de que Blind Guardian son uno de ellos. El mejor ejemplo lo encontramos en este Imaginations from the Other Side (Virgin), con un cancionero sólido, enérgico y grandioso.

Anekdoten — Nucleus

No sólo se antoja difícil explicar todo lo que ha deparado el género progresivo en las dos últimas décadas sin hacer parada obligatoria en la figura de Anekdoten, sino que además es totalmente imposible. Basta escuchar un disco como Nucleus (Virtalevy) para percibir la raíz de muchos de los grupos que hoy en día son los mejores exponentes del género. Toques de herencia kingcrimsoniana, querencia por lo jazzístico y lo sinfónico pero también ansias vanguardistas que les llevan a coquetear con lo experimental y con lo metálico. A día de hoy, sigue siendo un álbum impresionante y mágico a la par que ingeniosamente ejecutado.

My Dying Bride — The Angel and the Dark River / Anathema — The Silent Enigma / Paradise Lost — Draconian Times

No he podido resistirme a hacer una jugarreta para colar tres discos en un mismo puesto. Obviamente, no es por el gusto de meter más discos, hay un motivo de peso. 1995 vivió en sus carnes una alineación de los planetas que provocó no sólo que tres de las bandas más importantes del doom gótico sacaran disco, sino que los tres fueran discazos de tal calibre que se pueden considerar entre lo mejor del subgénero. My Dying Bride, Anathema (por entonces) y Paradise Lost, componentes de lo que podríamos considerar el triunvirato doom británico, sacaron respectivamente discos con categoría suficiente para erigirse entre los mejores de sus respectivas discografías. No deja de ser asombroso como estos tres trabajos fueron publicados en tan corto espacio de tiempo, por ello se merecen una mención conjunta.

Faith No More — King for a Day… Fool for a Lifetime

El nu metal ya comenzaba a despegar con fuerza por entonces, pero una de sus primeras influencias se negaba tajantemente a dejar de seguir siendo relevantes y transgresores para la época. En un año donde Mike Patton también sacaría uno de los discos más complejos e inaccesibles de Mr. Bungle sacaron uno de sus discos más eclécticos y más enrevesados de su historia. King for a Day… Fool for a Lifetime (Slash) llevaría aún más lejos el sonido de la banda de igual manera que su predecesor ya supuso un enorme paso adelante en su evolución. Casi todo lo imaginable que pudiera tocar un grupo de rock ambicioso lo tocaban e incluso iban más allá, todo ello haciendo también una colección de canciones extraordinaria, con varias de las mejores de su carrera.

Def Con Dos — Alzheimer

No podía faltar la mención al apartado nacional, que también gozó de buena salud ese año. Aparte de los mencionados por Dr. Chou en su post hay que añadir a Extremoduro (Pedrá), Héroes del Silencio (Avalancha) o a Lagartija Nick (Su). Sin embargo, ninguno de esos discos se podrían considerar la cima de sus respectivos autores, cosa que sí que pasa con Alzheimer (Dro). Aquí podemos observar como Def Con Dos pasaron al siguiente nivel con su sonido, dejando que el metal se impusiera en la base sobre la que los MCs van rapeando unas letras más ingeniosas y satíricas que nunca. Aquí los de César Strawberry dominaron como nunca su talento para reflejar desde el absurdo la realidad que les rodea, por no hablar de los aplastantes riffs que destilan para hacer más afiladas las piezas.

Down — NOLA

En esa época podíamos hablar de Pantera como una banda en su prime, ofreciendo discazo tras discazo y siendo de los pocos capaces de mantener el metal en buena posición dentro del mainstream. Pero no todo era un camino de rosas y ya en sus mejores momentos se podía ver que la cabeza (y las adicciones) de Phil Anselmo le gustaba estar en otros lares. Volviendo a su natal New Orleans se juntó con músicos de altísima calidad en la escena de la ciudad, la escena Sludge, y formaron uno de los grupos del género que más han calado en el público popular, Down. Pasan los años y NOLA (Elektra), su debut, sigue sonando fresco y arrollador como una apisonadora, lleno de himnos y riffs con los que headbanguear. Anselmo hasta mostraba más y mejores registros con respecto a su banda principal. Uno de los mejores discos no sólo de aquel año, también de la década.

At the Gates — Slaughter of the Soul

De entre todo lo que ha sucedido este año, el emergente ascenso del sonido de Göteborg merecía una mención de honor. El death metal melódico vió lanzados dos de sus mejores discos en noviembre de ese año, por un lado The Gallery (Osmose) de Dark Tranquillity y por otro el disco que se ha ganado el puesto de honor en este post, Slaughter of the Soul (Earache). Tras este álbum, los suecos At the Gates se separarían, dejando como epitafio (temporal) un álbum feroz y trascendental para su estilo, influencia para muchos grupos y motivo para dejarse las cervicales para muchos oyentes. Un imprescindible de la época, vaya.

Cap’n Jazz — Burritos, Inspiration Point…

La angustia emocional vomitada en guitarras que buscan ser rápidas y desgarradoras pero que por el camino también son hechizantes e intensas, plasmada en gritos que terminan siendo una melodía más que redondea la etiqueta emo. Grupos como Cap’n Jazz fueron imprescindibles para dar ese paso desde el discurso del post-hardcore. Su único disco de estudio, de nombre interminable, no sólo contenía todas las claves del estilo, como desarrollar cambios de ritmo fabulosos en muy poco tiempo, cuál es la intensidad adecuada para que las guitarras alcancen nuestras entrañas pero no acaparen toda la atención y, sobre todo, cómo hacer canciones brutalmente honestas y sublimes. Un talento que muy pocos han podido igualar, mucho más difícil llevarlo al siguiente nivel. La mejor continuación llegaría de mano del propio Mike Kinsella cuatro años más tarde.

Fear Factory — Demanufacture

Cómo dejar sin mencionar una de las bandas más influyentes de la década, no sólo en el terreno del Metal Industrial sino también para el Nu Metal y para bandas como Meshuggah. Los riffs de guitarra de Dino Cazares y la particular forma de cantar de Burton C. Bell, combinando los gritos de sus estrofas con la épica melódica en sus estribillos, han abierto muchas puertas y todo se lo debemos a la efectividad cañera de Demanufacture (Roadrunner), un disco poderoso, que recorre tu cuerpo como una descarga eléctrica y te activa como tal. Una fórmula bastante explotada en el futuro, sobre todo por ellos mismos, porque así es la calidad de este disco.

Scott Walker — Tilt

Tras una inmensa productividad durante sus primeros años, la carrera de Scott Walker repentinamente a experimentar grandes periodos de separación entre obra y obra, décadas incluso. El motivo no es mero capricho, Walker había marcado con Climate of Hunter (Virgin, 1985) sus intenciones de hacer música más recóndita, más compleja y elaborada y más desafiante para el oyente. No sería hasta la llega del incomprendido Tilt (Fontana) cuando el cantante liberaría del todo sus retorcidas inquietudes artísticas y desarrollaría junto a Peter Walsh y compañía una música oscura, maquiavélica en la que su voz emergería para ponernos aún más en tensión y servirnos de narrador y guía por los infiernos de su mente. A día de hoy sigue siendo la obra definitiva del Scott Walker experimental. Si nada más empezar no se os hiela la sangre y se os quedan los ojos como platos con ‘Farmer in the City’ no cabe duda de que vuestro corazón es de piedra.

Cathedral — The Carnival Bizarre

Como ya he dicho antes, 1995 fue un gran año para el género Doom, pero no sólo para la vertiente gótica. Hay muchas maneras de interpretar el legado más pesado de Black Sabbath y una vertiente implica muchas drogas y riffs potentes a la par que hipnóticos. De ese palo fumeta del doom uno de los mayores exponentes fueron Electric Wizard, que ese año debutarían pero el mejor disco en esa rama lo sacaron Cathedral. Los británicos firmaron uno de sus discos más soberbios y férreos con The Carnival Bizarre (Earache), lleno de guitarras lisérgicas y musculosas, además de puñetazos en forma de canciones como ‘Vampire Sun’ o ‘Inertia’s Cave’ por citar sólo dos ejemplos.

Mad Season — Above

La escena en Seattle había conseguido recuperar muchas cosas, también los supergrupos. Quizá Mad Season no fuera el más top de todos los salidos, teniendo “sólo” a Layne Staley y a Mike McCready como figuras de renombre, pero talento tenían de sobra. No obstante, no parecían obsesionados por demostrarlo, siendo Above (Columbia) más un divertimento, una vía para que McCready y John Baker Saunders pudieran estar ocupados mientras estaban en rehabilitación. Aun así, el aroma blues-jazzero que empaña el disco disminuyendo el toque grunge, la versatilidad que muestra Staley en la voz, el espíritu de jam que tan bien plasman McCready o Barrett Martin y, sobre todo, grandes canciones (si algo es Above es un disco de canciones) hace que la inclusión en esta lista esté más que justificada.

Deftones — Adrenaline

Volvemos a hablar una vez más de nu metal en este post. Aunque cueste mucho emplear esa etiqueta en Deftones por su capacidad de ir siempre un paso más allá de dicha etiqueta, hasta dar forma a su propia liga particular, y especialmente por lo bien que han sabido evolucionar hasta la actualidad. Pero no podemos hablar de sus inicios sin pararnos a hablar de dicho estilo, cuyo espíritu late con enorme fuerza en su debut Adrenaline (Maverick), el disco más directo y bruto de los de Sacramento. A pesar de ello, su valía con respecto a discos posteriores más elaborados no disminuye en absoluto, todo gracias a un cancionero muy sólido y efectivo desde que abre ‘Bored’ hasta que cierra ‘Fist’, pasando por momentos tan magníficos como ‘Minus Blindfold’, ‘Nosebleed’ o ‘7 Words’ por citar unos pocos ejemplos.

Porcupine Tree — The Sky Moves Sideways

Siempre me ha gustado referirme al tercer disco de Porcupine Tree como su Wish You Were Here particular, salvando las obvias distancias. Aunque las mismas no son tantas atendiendo a la calidad que atesora The Sky Moves Sideways (Delerium) que, al igual que la excelente obra de los Floyd, también cuenta con una sublime pieza larga dividida en dos partes, una abriendo y otra cerrando el álbum, y sin embargo no es su pieza más sobresaliente, honor reservado a ‘Dislocated Day’. La banda, que por entonces era más bien Steven Wilson más acompañantes, se fue despojando de la psicodelia espacial de sus inicios para ir abriéndose más a los conceptos del rock progresivo y también dejando la puerta entornada a otros elementos que, a posteriori, terminarían de conformar el sonido y la identidad de Porcupine Tree. Todo a raíz de este trabajo, uno de los más exquisitos y redondos que ha firmado Wilson en toda su carrera, un imprescindible.

Tricky — Maxinquaye

No eran pocos los movimientos electrónicos que estaban tomando forma en los noventa. Entre ellos, el trip hop desde su capital en Bristol, y uno de los agentes importantes de aquellos días fue Tricky, que había salido de la formación primigenia de Massive Attack, quienes acabaron colaborando en su aclamado debut, Maxinquaye (4th & Broadway, 1995). Con él no sólo logró un éxito puede que inesperado, sino que experimentó con el hip hop con el que ya estaba familiarizado, así como con patrones reggae como no se había hecho hasta entonces. Junto a los ritmos inmersivos y la versátil sección vocal de Martina Topley-Bird, el resultado fue uno de los discos básicos del trip hop de los 90. Un álbum con una atmósfera muy sugerente, pero que no renunciaba a tempos más acelerados ni a ambientes más inquietantes; siguiendo un camino más intrincado de lo que podría parecer a priori.

Aphex Twin — …I Care Because You Do

Sí. Él también estaba en 1995. Cuando hablamos de la discografía del irlandés, hay algunos trabajos que han quedado olvidados o a los que se les considera obras menores, y este es uno de ellos. Es cierto que no está a la altura de los Selected Ambient Works o de lo que vino después, pero …I Care Because You Do (Warp, 1995) guarda en su esencia a temas que cualquiera mataría por poder producir. Su inicio es simplemente una maravilla, sus subidas, sus bajadas, su caparazón ambiental, los sampleos clasicistas de los temas titulados con anagramas, el ambiente barbitúrico… O esa joya conocida como ‘Alberto Balsam‘. Este es su disco de transición, donde aún queda ambient de los hermanos mayores, para dirigirse a una de sus obras cumbre, tanto suyas como de la IDM: Richard D. James Album (Warp, 1996).

The Chemical Brothers — Exit Planet Dust

Veinticinco años después de su debut, los Chemical Brothers han vuelto de vez en cuando con discos decentes, pero lejos quedan aquellos tiempos de la época dorada, tanto la suya como la del big beat. La de darle al play y encontrarte con un homenaje a Kraftwerk rompiéndote la cara. Podemos hablar largo y tendido sobre cuál es su mejor LP, si el primero o el segundo, pero lo que es indiscutible es el pepinazo que representa Exit Planet Dust (Astralwerks, Virgin, 1995), de ahí su más de millón de ventas, rompiendo el mercado. Bastante rock, otro sampleo a Dead Can Dance en ‘Song To The Siren‘, algún deje triphopero y sobre todo mucha potencia, la marca de la casa. Desarrollos con bucles raveros y esa línea de bajo propia del género que marcaría tendencia durante aquellos años. Tom Rowlands y Ed Simons acababan de parir otro hito pop desde el mundo de la electrónica.

Autechre — Tri Repetae

Tri Repetae (Warp, 1995) es el álbum que cierra el magnífico tridente de Autecre, formado por sus tres primeros LPs. El dúo de Rochdale no sólo era uno de los proyectos que había dado forma a la IDM, sino que era de los que hacían avanzar el género. Si hace poco hablábamos de la importancia de temas como ‘The Egg‘, Tri Repetae es el ejemplo de la ambición de Autechre por experimentar con el sonido, de forzar y extremar sus límites. Ritmos rotos que vienen del hip hop, ambientaciones retorcidas con reminiscencias techno y una buena incursión con el glitch como recurso, que no hacen sino demostrar la capacidad creativa de Autechre, capaces de incomodar al oyente de la forma más abrasiva y de crear atmósferas de las que no quieres salir.

Oval — 94 Diskont

Aunque ya no nos acordemos mucho de él fruto de los trabajos que ha venido publicando últimamente, el germano Oval estaba entre uno de los compositores más interesantes y a la par polémicos del momento. La culpable, su experimentación sonora, sus deconstrucciones en clave minimalista, ambient y, sobre todo, glitch, donde es una referencia. 94 Diskont (Mille Plateaux, 1995) es una de esas piezas que también trataban de abrir nuevos caminos en la música electrónica, situándose en posiciones tan vanguardistas que acarreaban precisamente esa polémica que podría dividirse en comentarios efusivos en contra y otros en el lado contrario. En cualquier caso, este álbum es parte del mejor repertorio del alemán, incómodo de digerir incluso ahora. Cosas de la experimentación.

µ-Ziq — In Pine Effect

Hace algunos posts lo decía, si tuviera la ocasión de viajar a momentos musicales de las últimas décadas, uno de esos momentos sería desde luego el nacimiento y auge de la IDM. Y otro de esos pilares fundamentales, aunque no tan nombrados como todos los que tenéis en mente, es sin duda Mike Paradinas, µ-Ziq. Sus tres primeros trabajos son arrolladores, un derroche de creatividad gracias a su forma de entender la melodía. Pocos tienen su versatilidad para desarrollar las bases drum n bass, volverse funky o crear melodías con tanta vitalidad como las suyas. Esa tremenda inventiva, demostrando que la IDM no era algo ininteligible, sino que podía atravesar muchos géneros, está presente en discos tan redondos como In Pine Effect (Astralwerks, 1995), uno de sus mejores álbumes. Capaz de samplear a Kristin Hersh, dejarte en pañales con la preciosidad de ‘The Wailling Son‘, generar los ambientes oscuros de ‘Old Fun #1‘ o recrearse felizmente en ‘Dauphine‘, todo en un mismo disco. Divertido, innovador y tremendamente talentoso. Discos tan sobrados que veinte años después es complicado encontrar semejantes. µ-Ziq es un indispensable.

Pete Namlook & Dr. Atmo — Silence

Pete Namlook fue una de las figuras más importantes de la música ambiental de los noventa, explorando las profundidades que los sintetizadores analógicos y sus frecuencias le podían ofrecer. Aquí, aliado junto a Dr. Atmo, ambos se zambullen en desarrollos progresivos en los que evocan a paisajes naturales, pero también hacen énfasis en la belleza del silencio, de los sonidos moderados; de la nada. Y sin embargo, con muchos pequeños detalles en las capas más subterráneas de las canciones. Atmósferas evasivas en las que encontrar minimalismo de piano, recuerdos pasados y el lado oscuro y ensoñador del ambient. De nuevo, la magnífica sensación de sentirse abstraído por lugares que sólo pueden existir en tu cabeza.

Kenny Larkin — Metaphor

Aunque por generación debería pertenecer a la primera ola del techno de Detroit, pues está en la quinta de algunos de ellos, Larkin empezó a producir más tarde. Y entre sus primeros LPs destaca este Metaphor (R&S, 1995), una muestra de la vertiente más refinada de todo el movimiento, gracias a sus ritmos suaves y estilosos y a los postulados house de sus temas. Se trata de un trabajo que aúna estos cortes más clasicistas mirando a Chicago, y otros más especiales. En definitiva, un álbum con mucho groove que a día de hoy aún se mantiene bien fresco para cualquier set.

Leftfield — Leftism

1995 fue el año del debut de los londinenses Leftfield, unos de los impulsores del primer progressive house — que años más tarde iría por otros derroteros — , que tuvo a importantes embajadores durante esa década. Desde el trance, pasando por patrones dub, trip hoperos y ritmos más explícitamente tribales, Leftism (Hard Hands, 1995) es un disco ambicioso y bastante efectivo en las distancias cortas. Gracias a esa amalgama de diferentes géneros, resulta uno de los álbumes más interesantes de ese año, no era fácil combinar un abanico tan amplio de las influencias que aquellos días sobrevolaban el panorama electrónico internacional. Y Leftfield lo consiguieron holgadamente, poniendo su importante grano de arena en el progressive house y ganándose buena fama durante aquellos años.

Joey Beltram — Places

Una trituradora. Eso es Places (Tresor, 1995). Cuatro años después de haber parido uno de los temas más célebres e inspirados del techno, ‘Energy Flash‘, en su tercer álbum demostraba que aún tenía mucho que decir. Un trabajo de nueve temas incombustibles, que van desde el acid hasta momentos que casi rozan lo industrial, y que caen como un yunque en cualquier pista de baile para sudar hasta la extenuación. Aparte de la potencia, el frenetismo y la propia elegancia que destila, hacen que sea uno de los discos con más personalidad del techno noventero. Una obra a la altura de una de las referencias que durante el underground estuvieron produciendo salvajes e inspiradores temas que perdurarían tanto en la memoria colectiva como influencia para artistas venideros. Adelantado a su tiempo.

The Black Dog — Spanners

Con sus idas y venidas en la composición grupal, The Black Dog es un proyecto que lleva en activo más de 25 años, por lo que algo pueden aportar a la música electrónica inglesa. En su caso, ellos fueron de los artistas encargados de abrir la brecha techno en las islas británicas. Su segundo trabajo es este Spanners (Warp, 1995), en el que le rendían pleitesía a un techno relativamente ambiental, aunque para querer etiquetarlo correctamente habría que acudir a varias corrientes. Mientras que también fueron parte de la IDM que otros paisanos estaban desarrollando, al mismo tiempo se dedicaban a generar progresiones melódicas que miraban al espacio. Y todo eso está en este, su segundo disco, que cómo no salió en Warp, a la vanguardia en aquella época. Un disco que define bien el contexto de la electrónica de aquellos años en Inglaterra y el papel que The Black Dog tuvieron en su configuración.

Model 500 — Deep Space

El proyecto de Juan Atkins también tardó lo suyo en publicar en largo. Durante los años anteriores se dedicó a lanzar eps y sobre todo singles. De composiciones más raveras, descaradamente analógicas y con mucha parte de electro, saltó a una mejor producción con su primer disco, en el cual no dejó de lado toda esa cacharrería. Pero aquí ya tenía otro nivel, un sonido más compacto. Seguía vigente su fijación por lo espacial, soul mediante, siempre mirando al futuro en lo musical. Rescatar el álbum otra vez es volver a sumergirse en ese aura de experimentación que hizo de Atkins una pieza fundamental en el desarrollo techno.

Carl Craig — Landcruising

Es algo común en miembros de la comunidad techno, llevar tiempo produciendo y tardar en lanzar el álbum de debut. Carl Craig, una de las cabezas visibles de la segunda ola del techno de Detroit, fue uno de ellos. Landcruising (Blanco y Negro, 1995) es un álbum bastante completo, que a pesar de tener ya dos décadas, alberga algunos temas que pueden parecer actuales, gracias a las características atmósferas que a Craig le gusta crear y a su capacidad creativa, especialmente espoleada por el sonido house. Con esa pulsión de los graves, y las clásicas basslines, a pesar del obvio sonido añejo de algunos temas, ya era un techno considerablemente distanciado del más primigenio. Un trabajo sugestivo, ambicioso y con mucha personalidad. La segunda ola de Detroit ya tenía su hueco en la historia.

AFX — Hangable Auto Bulb EP

Sí, otro de Richard, aunque ahora hago un poco de trampa. Esto es una compilación de 2005 de los volúmenes Hangable Auto Bulb EP y Hangable Auto Bulb EP 2, publicados en 1995 y en Warp. Estamos en los noventas, en su momento álgido, y con tantos alias es difícil que hubiera un año vacío. En lo que a este trabajo respecta, tanto Hangable Auto Bulb EP como el segundo son de los mejores epés de toda la ristra que AFX tiene. En este se condensa muy bien bastante parte del universo Aphex Twin; algunos de sus ejes. Se pueden encontrar ritmos de centrifugadora, las clásicas bases haciendo traqueteos, excelentes ambientaciones y un gran sentido de la melodía. Son las dos caras, la de la experimentación y la del Richard D. James que te manipula con las sensaciones. El par de temas finales son simplemente la vida. Lo dicho. En su momento álgido.

Stars Of The Lid — Music For Nitrous Oxide

Hablar de Stars Of The Lid es simple y llanamente hablar de uno de los mejores proyectos de ambient y drone de nuestro tiempo. Bebiendo directamente de la fuente de visionarios como Brian Eno y a la vez allanando el terreno para compositores tan prometedores como Dino Spiluttini o tan consagrados como Tim Hecker, el dúo de Texas es una de esas oportunidades para comprobar por qué la música electrónica puede ser considerada la nueva música clásica. Suyas son composiciones de las que quitan el hipo, de las que te dejan vacío o que te intimidan por la belleza o la carga emocional que portan. Algo al alcance de pocos. Aunque no es su mejor trabajo — dejaremos ese honor para la obra maestra The Tired Sounds of Stars of the Lid — , su disco de debut ya es una declaración de intenciones que deja acongojado, minúsculo, ya en sus primeros instantes. La puerta a una discografía apabullante.

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