La discografía de Opeth, ordenada de peor a mejor

Con la llegada de In Cauda Venenum tenemos de vuelta a una de las bandas de metal y progresivo más importantes de los últimos 25 años, aunque últimamente más de lo segundo que de lo primero. Se hace necesario otro repaso a la carrera de Opeth, poniendo sus discos en orden de peor a mejor, para poner en perspectiva su carrera y ponderar posteriormente qué lugar ocupará su nuevo trabajo.

Orchid (1995)

Los primeros pasos siempre lucen peor en una retrospectiva. Hay que reconocerle que ya entonces sonaban avanzados para la época, pero se nota también que estaban empezando a florecer. Un buen álbum de death metal que vira al prog, pero uno de los menos recuperables de su carrera. ‘The Twilight Is My Robe’ sigue molando, eso sí.

Sorceress (2016)

Y la ruptura se volvió comodidad. El estancamiento que habían evitado con soltura con el cambio de sonido aquí se volvió un poco patente, haciendo que un álbum realmente cumplidor se quede en tan sólo eso. Uno de sus discos menos memorables junto con el debut y que pide a gritos nuevos aires para la banda.

Watershed (2008)

Un álbum más continuista con lo mostrado en Blackwater Pak y Ghost Reveries, que ya dejaba intuir algunas de las fracturas en el sonido y el hastío de Åkerfeldt del aparente estancamiento de su banda. Con todo, sigue ofreciendo momentos de puro deleite, véase ‘The Lotus Eater’. Pocas bandas pueden hacer cosas así.

Heritage (2011)

El álbum que desató la discordia. El salto definitivo de Opeth a su faceta más progresiva y experimental generó en igual medida defensores y detractores. Lo cierto es que el giro del sonido otorgó cierta frescura a sus composiciones, que corrían el riesgo de quedarse anquilosadas de continuar con el sonido clásico, aunque luego su sucesor brillaría tanto que desvelaría sus propias fracturas.

Deliverance (2002)

Fruto de ese interesante experimento realizado con Damnation, donde buscaron dos discos distintos que explotaran las dos partes fundamentales de su sonido, probablemente este sea el que luce menos a consecuencia de dicho experimento. Sólido, sí, pero también algo menos especial a pesar de momentos inspirados y agradecidos como ‘Deliverance’.

Morningrise (1996)

Su salto definitivo a primera división, al menos en lo que respecta a evolución y definición sonora. Más grande, más profundo, y también bien envejecido. Morningrise puede hacerse algo cuesta arriba por sus dimensiones, pero es uno de sus discos más degustables y en los que más te puedes dejar llevar. Nunca va a haber una escucha en la que no encuentres algo nuevo.

Ghost Reveries (2005)

Una vez encontrada la fórmula del millón de dólares (y aparcada temporalmente para experimentar un poco), los suecos continuaron con ella, añadiendo un poco más de madurez y oxígeno, dejando otro álbum esencial. Magníficamente compuesto y tocado con una exquisitez singular, destacando a un Martin Lopez (el mejor batería que ha pasado por la banda) que se despediría tras este trabajo.

Pale Communion (2014)

Seguramente la cima de esta etapa de los suecos que andamos viviendo. Åkerfeldt puliría más las asperezas de Heritage y propulsaría las virtudes de aquel trabajo, dejando composiciones maravillosas de principio a fin y dejando su último trabajo realmente inapelable.

My Arms, Your Hearse (1998)

Si sus tres primeros discos forman una particular trilogía, esta casi se puede considerar el broche de oro de la misma. Los suecos pulirían más sus composiciones, dejando hasta algunos jitazos del calibre de ‘April Ethereal’ o ‘Demon of the Fall’, avanzarían aún más en sus tendencias prog y dejarían uno de sus primeros trabajos que dejan la sensación de ser redondos.

Damnation (2003)

Su primer tanteo a explorar del todo su faceta progresiva. Entonces se vio más como una extravagancia suya más que como el presagio de lo que estaba por venir. Aun así, Damnation tiene un tono diferente a lo que explotarían los suecos en esta etapa. Más melancólico, más acústico, más elegante. También exquisitamente compuesto de principio a fin.

Still Life (1999)

No es descabellado hablar de él como el primer álbum de los Opeth definitivos, los que nos vienen a la mente al pronunciarse el nombre. Los Opeth que derribarían fronteras sonoras, que se moverían con perfecta fluidez tanto en el prog como el metal extremo. Tampoco es descabellado hablar de él como su primera obra maestra, algo que ya parecía optar desde una canción como ‘The Moor’.

Blackwater Park (2001)

Quizá el punto perfecto de encuentro para los distintos tipos de fans de los suecos. Un disco que lo tiene todo, desde un sonido perfectamente maduro, proyectado por una producción excelente, hasta varias de sus mejores composiciones. Siempre que regreso a él se siente como si fuera la primera vez, y tengo la sensación de que nunca terminaré de abarcarlo aunque lo escuche mil veces. Si no es uno de los mejores discos de su década (o del siglo), poco le falta.

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