No ha conseguido mantener la vigencia de un Arnold Schwarzenegger o un Sylvester Stallone, sus principales rivales como gran estrella de acción física a finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Pero ha bastado verle hacer virguerías con las piernas en el tráiler de El último mercenario, su primera película para Netflix, para despertar una sonrisa en nuestras caras. Y también para motivarnos a recordar algunas de sus mejores películas, que siguen siendo un glorioso despliegue de acción sin límites, divertida y plagada de patadas épicas.

Contacto sangriento (1988)

La película que expuso al mundo a la leyenda. Una película de artes marciales con Van Damme en pleno apogeo físico y en habilidad de lucha, mostrada aquí a todo lo que da. Con una estructura de película deportiva ochentera clásica, con pequeños deslices a las intrigas policiacas, consigue una mejor película de Street Fighter que la que terminaría haciendo el belga años después.

Soldado universal (1992)

A veces sus vehículos de acción no dejan de ser explotaciones muy zapatilleras de otros grandes éxitos. Aquí hay mucho de Robocop, pero con la hipertrofiada caligrafía artística de un Roland Emmerich emergente en Hollywood. Pero el mayor argumento a favor de este dislate de supersoldados es su magnético duelo con Dolph Lundgren.

Blanco humano (1993)

Sí, sorprendentemente esto es un hipermusculado y testosterónico remake de El malvado Zaroff. Pero ante todo queda como una película de John Woo, en la que era su primera aproximación al cine de Hollywood tras haber revolucionado el cine de acción asiático. No podía haber encontrado mejor aliado para este gran salto que un entregadísimo Van Damme con pelazo.

Timecop, policía en el tiempo (1994)

Una de las películas de ciencia ficción más locas y desinhibidas de las últimas décadas. Por supuesto, está detrás Peter Hyams, que de hacer ciencia ficción sabe un rato. Y también acción, a la que llegó al siguiente nivel de la mano del luchador belga. Juntos convierten este demencial vehículo temporal es un vigoroso ejercicio que ha sobrevivido el paso del tiempo.

Muerte súbita (1995)

De nuevo, otra versión particular de otra película popular de la época. Aunque en este caso, hacer una versión de La jungla de cristal con otra localización y con otra estrella era habitual en aquellos días. Aquí Van Damme tiene su Jungla, pero es un estadio de Hockey y con más habilidades extraordinarias. Y un poco de Pánico en el estadio, lo cuál hace que tenga un aroma especial que la hace especialmente reivindicable. De nuevo, gracias a Hyams.

JCVD (2008)

Una tan agradecida como inesperada ocurrencia metanarrativa, donde el propio Van Damme comenta con ironía su figura, su leyenda y su realidad interpretándose a sí mismo en este thriller de apasionante descaro y carisma europeo y de autor. A prueba de detractores, que ven todas sus críticas revertidas, y también un delicioso regalo para los más cafeteros. Una prueba también de la valentía que siempre ha tenido el belga a la hora de afrontar el cine.

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