Los 101 mejores discos internacionales de la década de los 2010s (V y final)

Los mejores discos de 2010s

19. Jeff Rosenstock – WORRY. (2016)

Esta década ha sido, bastante, la del angst. De mucha gente, de muchos colectivos, de muchas identidades, de muchas sociedades. Pero, agotados Los Campesinos! y con Titus Andronicus a otras cosas diferentes, alguien tenía que coger la canción powerpop e inyectarle esas ganas de cantar como si cada canción fuese la última que compones, la última que legarás.

Entre épica de la derrota y ese sentirse desamparado y desconsolado en una sociedad que no te va a arrullar nunca, Jeff Rosenstock se inventó que su única manera de salir adelante, con 35 años, era cantar, caNTAR, ¡CANTAR!

Un disco maravilloso, casi el resultado de unir a Jeff Mangum con Patrick Stickles. Y punto, como el de la portada.

18. Angel Olsen – My Woman

Y Angel Olsen se hizo grande como artista. En marzo de 2016 llegó My Woman y, desde entonces, nos ha tenido fascinados. No sólo por ‘Shut Up and Kiss Me’, ‘Never Be Mine’, ‘Sister’ (¿la mejor canción de 2016?), ‘Those Were the Days’ o ‘Woman’ sino porque lo que parecía en ese momento el paso definitivo sólo fue la manera de apuntalar una carrera que, a tenor de lo oído en All Mirrors, ahora mismo no tiene techo.

17. The Men – Tomorrow’s Hits

Por Tomorrow’s Hits pasean los espíritus de Neil Young, Buffalo Springfield o Bruce Springsteen. El tiempo arde entre los dedos de The Men: en un abrir y cerrar de ojos se han convertido en uno de los grupos más esenciales, divertidos y memorables de nuestro tiempo. Tomorrow’s Hits, su transición a la madurez alborotada y frenética, es, aún, la cima de su carrera. New Moon era un disco donde The Men, borrachos de juventud y algarabía, parecían a punto de estallar en cada corte, de saltar por los aires y fundirse en la llama que avivaba su propia energía. Tomorrow’s Hits es el día posterior a la última-gran-fiesta: la nostalgia por el momento que se ha esfumado, que tanto nos unió y que jamás volverá, un estadio emocional a mitad de camino entre lo desesperado y lo esperanzado. Y para ello, The Men necesitaban tocar mejor. Ser mejores para seguir siendo los peores. The Men solían esconder sus defectos entre el ruido y la velocidad y resultó que, detrás de todo eso, estaba el oro.

16. David Bowie – Blackstar

Se fue como había vivido. Bowie se murió y lanzó un disco y, joder, no pudimos apenas llorarle porque estábamos disfrutando de Blackstar, que era precisamente el instrumento creado para que le recordáramos más que le lloráramos. Bowie hizo de toda su vida una oda al artista pop por antonomasia y cumplió hasta el final. Su coda fue un álbum accesible-pero-no, triste-pero-no, doloroso-pero-menos. Fue una obra maestra más cuando nadie la esperaba, cuando todos creíamos que el mejor Bowie ya había pasado. El mejor Bowie nunca pasó: aún sigue con nosotros, de hecho. Vaya bromazo final, David. Imposible llorarte del todo cuando nos querías, y conseguiste dejarnos, con la boca abierta.

15. Max Richter – Sleep

Zzzz
Zzzz
Zzzz
Zzz
Zzz
Zzz
Z
Zzzzzzzzz

14. Run the Jewels – Run the Jewels 2 (2014)

Intentar resistirse a Run The Jewels es un esfuerzo inútil porque todo ser humano que conserve plenamente las facultades de audición está condenado a caer rendido a su forma de dominar las ondas sonoras. Es droga pura, y en este segundo disco se refinó para volverse aún más adictiva, más dominadora de las funciones nerviosas del oyente, que se ve sometido por completo al poder del ritmo. Killer Mike y El-P, dioses.

13. Fuzz – Fuzz (2013)

De Ty Segall estábamos enamorados por ese inicio de década fantástico que manejó, pero su primer disco en la aventura Fuzz dejó empequeñecido todo lo de antes y todo lo de después. Parece mentira que aquí fuese capaz de cuadrar su inmensa ambición: desde los dificilísimos parajes del Folk íntimo hasta el Stoner Rock y la psicodelia pasada de vueltas. A todo ello contribuye con entusiasmo Moothart: sin él el disco se diluiría y su trabajo a la guitarra se cuenta entre lo mejor de la década. Fuzz en teoría era también Segall, por primera vez, pero al final se colaba por todos lados.

Segall fue capaz de enfundarse el traje de Donovan al mismo tiempo que abrazó con entusiasmo las enseñanzas de The Stooges o MC5. Y triunfó como nunca.

12. Ginnels – A Country Life (2014)

Por supuesto que se puede vivir dentro de un disco. Y A Country Life va de vida: la suya propia, protagonista de un universo cerrado ideado por Mark Chester — irlandés, compositor y líder del grupo — y la nuestra, la que queramos depositar en la burbuja de papel celofán a la que Ginnels llaman “tercer disco” y a lo que en Hipersónica, desde 2014, decidimos bautizar como “mi casa”. Un hogar en el que estaba la mejor canción ever de los Ginnels, ‘Ashton Memorial’, y también destellos como los que esparce en ‘Settle Down’, ‘Car’s Parked’, ‘Doing Fine’ y ‘Woodlands’. Aplicaron la receta Ray Davies — guitarras vívidas, palmas, coros — , pasada por el filtro de Sarah Records. Y nos dieron ‘This Love’, el rincón donde Ginnels invitan a gestar más historias de enamorados, imaginadas o verídicas, cuál es la diferencia, que-que-qué más da.

11. Death Grips – The Money Store (2012)

Historia simplificada: chico joven con cara de no haber roto un plato conoce bajos macarras y comieron perdices. Fin. Historia extendida: Death Grips fichan por la multinacional Epic y lo petan con The Money Store, un disco macarra, duro, de un hip-hop desacomplejado y que, desde luego, te pega unas buenas hostias porque no eres su oyente, sino su sparring. ‘Hacker’ podría estar firmada por unos LCD Soundsystem pasados de rosca. Hardcore o Industrial en vena para Death Grips recordando esos impulsos raves de los 90. En las voces, un trío compuesto por MC Ride, Mexican Girl e Info Warrior, infalible, que en sus momentos más duros recuerdan al Grime de mayor taladro, como el de Terror Danjah. ‘Punk Weight’ no deja el ruido entre breaks y ‘System Blower’ funciona como otra bola de demolición frente a cualquier tímpano. Vaya paliza.

10. Sufjan Stevens – Carrie & Lowell (2015)

A Sufjan Stevens se le murió su madre en 2012. Sobra decir lo doloroso que esto puede resultar para cualquier persona normal. Posiblemente la vuelta al recogimiento del indie folk que vemos en Carrie & Lowell (Asthmatic Kitty Records, 2015) estaba por entonces decidida. O no. En todo caso es difícil imaginarse un homenaje más estremecedor que el que Sufjan decide hacerle a Carrie en estos tres cuartos de hora de cuerdas, letras con algo de nostalgia y mucho de ilusión, de promesa. Poco más necesita el séptimo disco de estudio de Stevens para mostrarse absolutamente gigante, por minimalista que sea su apuesta tras la grandilocuencia de The Age of ADZ.

El banjo, las guitarras, el ukelele. Las cuerdas, como decimos, salvo algún arreglo electrónico casi testimonial, componen el escaso fondo de armario de Carrie & Lowell. Después algún coro momentáneo, ocasional. El resto es hacer música con las tripas, mostrando a todo aquel que quiera escuchar tu alma al desnudo. Eso, que ya es de agradecer, pues poco más puede pedir nadie a quien ha dado todo, en este caso se muestra soberano. Sufjan Stevens ha llegado con cosas tan simples y preciosas como ‘All of Me Wants All of You’ o ‘Eugene’. El placer de encontrarse cosas que no necesitan ningún adorno o artificio para acabar dejándote con la boca abierta. Un lujo al que opta muy poca gente.

9. Deerhunter – Halcyon Digest (2010)

Hay momentos en los que ves a un grupo y lo sabes, reconoces que han sabido acomodar todas y cada una de sus influencias para hacer su obra magna, su gran salto adelanto. Con Deerhunter fue sencillo verlo: Halcyon Digest les convirtió en un grupo 30 ó 40 pasos por delante de los Deerhunter de antes. Aquí se convirtieron en la gran banda indie-rock, en los Sonic Youth del nuevo milenio, no sólo por riesgo y experimentación sino también por canciones: ‘Revival’ o ‘Coronado’, con sus tonos licuados y glam, sus preciosos coros y su ligereza; ‘Earthquake’ o ‘Basement Scene’, abrasando a los revivalistas shoegaze en su propia hoguera de insignificancia; ‘He Would Have Laughed’, el precioso tributo a Jay Reatard que son siete minutos de juegos con el pop. Todo el disco respira libertad y ganas de divertirse, de no tomarse nada demasiado en serio, no vaya a ser que se vuelva en nuestra contra.

Buscaron primero la experimentación en el ruido, pero al final triunfaron por acabar encontrándola en el pop.

8. Panopticon – Autumn Eternal (2015)

El núcleo de Autumn Eternal está hecho de mimbres descorazonados, e impulsado por una fuerza desatada. Por momentos, es un disco incontrolable, una bestia bellísima Este y no otro es quizá el punto álgido de Panopticon, el estallido de rabia y violencia definitivo. Oscuro y profundo, tétrico y horrorífico, Autumn Eternal desciende progresivamente al terreno emocional, de tintes paisajísticos, definitorio de su primer tramo y del Black Metal de Austin Lunn. ‘A Superior Lament’, de hecho, se viste en su puente de instrumentación Post-rock y de voces melódicas, humanas, y se ejecuta en su tramo final con un sentido de la belleza tan épico como otoñal, de mil colores entristecidos, a golpe solemne de riff. Es la particular poesía enloquecida de Lunn, la mente de un hombre donde el Black Metal puede ser un género bonito de un modo descarnado en su versión más extrema y pesada.

7. Car Seat Headrest – Twin Fantasy (2018)

Olvida todo lo que leas aquí. Olvida todo lo que hayas leído o vayas a leer durante los próximos días sobre los mejores discos de la década. Olvida todo lo que has escuchado durante los últimos diez años. Olvida tu propia existencia, olvida todo lo que te hizo feliz y todo lo que te hizo trágico. Nada, absolutamente nada en el periodo que comprende 2010 y 2019, es tan importante y tan definitorio como «Twin Fantasy». Ahí tienes condensada la mirada al vacío de una generación encantada de conocerse a sí misma, en sus mejores y, sobre todo, peores momentos. Ahí tienes una descomposición trágica y eufórica de las piezas emocionales que componen el puzzle de tu vida. Ahí tienes El Rock. Ahí tienes la muerte del rock. Ahí tienes un disco publicado en 2011 desde las cuatro paredes de un cuarto adolescente y revisitado, rediseñado, regrabado, resucitado, ocho años después. Prueba y error, nada más humano, nada más divino.
Si «Twin Fantasy» no es el mejor disco de los ’10… Tampoco pasaría nada. Le basta con ser el mejor disco, simple y llanamente.

6. Woods – Bend Beyond (2012)

Quienes habíamos seguido la trayectoria de Woods no nos sorprendimos demasiado cuando sonaron las primeras notas de ‘Bend Beyond’: Woods sonaban más certeros y grandes que nunca, ya no sonaban caseros, pero a ninguno de sus seguidores pareció importarnos demasiado.

En este Fifth Dimension que sale mejor que el original, en este Rust Never Sleeps de emoción contenida, Woods cuadraron un disco fabuloso. Sensacional. Otra joya más en la colección. La barbaridad de ‘Bend Beyond’, los antiguos terrenos igual de soleados pero menos ensimismados (‘Is It Honest?’), la inspiración de Death Rattles preñada de mandolinas (‘Back To The Stone’) y las guitarras incendiarias que ya no se buscaban entre los sótanos de California (‘Find Them Empty’). Con una recta final escandalosa (‘Size Meets The Sun’, ‘Impossible Sky’ y ‘Something Surreal’), Woods construyeron su más enorme disco.

5. Vampire Weekend – Modern Vampires of the City (2013)

El mejor de todos los discos de un grupo tan especial es tan irrepetible que a partir de aquí ya Vampire Weekend se pasarán más tiempo pensando qué poder hacer que intentando superarlo. Un disco en el que lo mismo le echaban la bronca a Dios por sus errores que levanta las mayores piezas de orfebrería pop de la década. Por eso funciona tan bien este Modern Vampires of the City, por esa sensación de paso al frente, de seguridad absoluta en sí mismo que transmite un grupo que decidió sacrificar algunas cosas (levantar algo el pie del acelerador, por ejemplo) para ir, caiga quien caiga, a por lo que ellos querían.

4. James Holden – The Inheritors (2013)

Decir que hasta ahora es su trabajo más completo y complejo sería quedarse muy lejos de lo que es The Inheritors (Border Community, 2013). El ansiado segundo largo de James Holden queda también lejos de su gran debut. No sólo temporalmente, sobre todo cualitativamente. Atmósferas de ambient, glitch, capas y capas de IDM, un genuino sonido analógico que mira a la electrónica progresiva y al minimalismo… En 2013 el genio de Exeter decidió darse un respiro como dj para exhibir todo su talento como productor. El resultado, una obra fascinante y por momentos inabarcable. Un disco con muchas caras pero hegemonizadas por dos vertienes: el éxtasis de temas como ‘Renata’ y el estallido de jazz analógico de ‘The Caterpillar’s Intervention’ y los agujeros de loops y texturas sin final como la espiral iniciática de ‘A Circle Inside a Circle Inside’ o la bella tristeza de ‘Seven Stars’. Un universo mecánico de aparente caos dentro del orden. Distorsiones y degeneraciones sonoras que iba creando conforme avanzaba cada tema, sonido en movimiento que se reconstruyen para crear su propio Picasso. Pasará mucho hasta encontrar un disco de electrónica así en la próxima década.

3. Leprous – Bilateral

Leprous bilateral

Aunque, de momento, se han quedado a las puertas de ser los dominadores absolutos de la escena progresiva de la década y una de las bandas de metal más importantes (quien sabe si un poco por ellos o un tanto porque el metal mainstream ya no admite sangre nueva interesante), la verdad es que el género, metal y progresivo, no se puede entender sin su aportación.

Bilateral es el ganador porque sigue siendo el disco más arriesgado y atrevido de los noruegos. Coal puede ser la sublimación de su fórmula, pero ocho después sigue teniendo rincones por explorar, historias o pasajes nuevos que encontrar escondidos en sus recovecos. Es un disco que, a día de hoy, seguimos sin abarcarlo por completo, y por eso es uno de los esenciales de la década. Del siglo.

2. Beyoncé – Lemonade

Un disco conceptual sobresaliente, en el que Queen Bey nos habla de amor y desamor a través de la historia de infidelidad de su marido Jay Z con una amante no identificada (aquí, en estas 12 canciones). Siempre sin dejar pasar la ocasión de colarnos algún alegato político como el de ‘Formation’ o de incluir el ya clásico mensaje de empoderamiento que tanto le gusta. Todo es un perfecto resumen de Beyoncé: desde la balada R&B por excelencia con la que, además, se atreve a abrir el disco, ‘Pray You Catch Me’, que no sorprende por ser terreno conocido, pero deja el mismo buen sabor de boca que si no la hubiéramos escuchado nunca cantar algo así, hasta el fin de fiesta con la conocida ‘Formation’. Potencia a raudales en formato hip-hop (bounce, para ser más exactos), pocos pelos en la lengua, y mensaje bien cuadrado. Beyoncé se atreve a empezar y acabar justo a la inversa de cómo lo haría el 99 por ciento de artistas y bandas.

Por el camino, todo un caleidoscopio de estilos que pasa por la balada rock- reggae de ‘Hold Up’ o el rock sin paliativos de ‘Don’t Hurt Yourself’ para luego dejarse caer hacia el final por el blues con toques de góspel de ‘All Night’, tema que para este servidor es el mejor del álbum así como el verdadero climax de toda la historia que nos cuenta. El otro momento álgido poca discusión ofrece, aunque compita casi de tú a tú con ‘Don’t Hurt Yourself’ por ser el número retro-rock del disco. ‘Freedom’ es un verdadero trallazo que ya querría Jack White para un disco propio. Pero si de sorpresas tenemos que hablar, esa posiblemente esté en el country de ‘Daddy Lesson’, un tema que sienta de maravilla a la voz de Bey y que deja claro que a ella no hay estilo que se le resista.

Hace, como siempre, lo que le da la gana y, joder, no hay nadie como ella.

1. Titus Andronicus – The Monitor (2010)

Manda huevos que el mejor disco de la década llegase justo en enero de 2010. Pero hay algo indiscutible en Hipersónica: ningún disco nos ha contado tantas cosas sobre el zeitgeitst de la vida líquida en el que esta década nos ha metido que el segundo de Titus Andronicus. Una obra tan ambiciosa como contradictoria, tan capaz de reflejar el rock de baretos y pubs como la épica de los perdedores. The Monitor es a la vez todos los ganchos que coreas (‘you will always be a loser”, “the enemy is everywhere”) y todas las peroratas veloces de un Patrick Stickles en estado de gracia. Es rock and roll primitivo y prog-pub-rock. Es un disco que en teoría cuenta el pasado histórico pero que, en realidad, puede leerse en presente continuo.

De todas esas contradicciones nace la mejor lección de rock de la década. Titus Andronicus solo tenían un modo de afrontar el segundo disco: desde la exageración de la exageración. Un inevitable paso de gigante. Hacerlo todo más, y más grande. Las canciones en The Airing Of Grievances ya se les alargaban y escondían otras canciones dentro de sí mismas más de lo normal. Y desde el universo de Stickles todo aquello no podía tener más que una salida: temas que son cinco, instrumentos de todo tipo, progresiones dignas de Arcade Fire y un concepto como hilo conductor del disco. Aguas bravas.

Titus Andronicus se guardaron mucho de ahogarse. The Monitor podría haber sido un fracaso pero resultó una obra maestra. Un disco basado vagamente en la Guerra Civil americana que ahora se miraba en Dinosaur Jr., en The Replacements, más que nunca en Neutral Milk Hotel y en Spider Bags. Suena pretencioso y, de hecho, es pretencioso. Pero solo las pretensiones aburridas pueden ser condenables. Y Titus Andronicus no es un grupo aburrido. Puede que sea depresivo. Puede que sea excesivo. Puede que sea tremendista. Pero definitivamente no es aburrido.


Ahí está ‘A More Perfect Union’ para confirmarlo, que tiene media docena de cambios de ritmo, discursos de Lincoln, enérgicas progresiones, rasgueos de guitarra borrachos de fuzz y coros ebrios de épica para perdedores. Es un hit incontestable de más de siete minutos que parece no terminar nunca. Stickles logró rizar el rizo de un modo inimaginable y, en su genial demencia, ideó una canción dividida en cinco actos que, a su vez, quedaban fragmentados en distintas canciones. No en vano, The Monitor no contiene ni un segundo de silencio desde el inicio de’A More Perfect Union’ hasta el final de ‘A Pot In Which To Piss’, que da paso al segundo acto del disco.

Todo en The Monitor está ideado y ejecutado con milimétrica precisión. Y resulta extraño, porque Titus Andronicus no es un grupo en absoluto delicado. Todo lo contrario. Hacen de la brutalidad virtud y tocan con fiereza cualquier instrumento, ya sean violines, cornos franceses o pianos destartalados. Y Stickles, claro, canta desde la angustia y la desesperación depresiva y al mismo tiempo eufórica, en una extraña mezcla que sólo puede generar el alcohol y que da como resultado himnos para perdedores decadentes como ‘Titus Andronicus Forever’, ‘No Future Part Three: Escape From No Future’ o la espléndida ‘Richard II’.

Y luego están las letras. Stickles es un compositor repleto de talento. Lo que en The Airing Of Grievances tenía demasiado de alegato adolescente sin mucho fundamento cobra en The Monitor un sentido conceptual y generacional. Stickles agita a sus compañeros y todos entonan frases lapidarias gritadas, que no cantadas, desde el jolgorio verbenero de todas las canciones. Siempre serás un perdedor. El enemigo está en todas partes. Dónde están todos tus amigos ahora. Nunca has sido virgen, naciste jodido. En este sentido, ‘A Pot In Which To Piss’ es brutal. En ese momento hace acto de presencia, por primera vez, el piano, y The Monitor pasa de ser un buen disco a un disco glorioso.

Las canciones toman otro tono. Pierden jarana. Son menos urgentes. Se van por senderos algo más delicados. Evolucionan. Son más complejas. El ejemplo definitivo es ‘Four Score And Seven’, que a ratos se pasa de previsible y a ratos se pasa de excesiva. Especialmente al final, en el, posiblemente, momento más rabioso y feroz de todo el trabajo, cuando Stickles, perdido entre una maraña de múltiples guitarras desvariando en modo fuzz, repite hasta quedarse sin aliento lo de “it’s still us against them” y luego remata, totalmente desesperado y derrotado, «and they are winning».

Deberíais escuchar The Monitor sólo para disfrutar de ese momento, que es uno de los mejores que ha regalado el indie rock contemporáneo en los últimos diez años. Es una barbaridad que te empuja sin remedio a sufrir y gritar, cabreado sin saber muy bien por qué, junto a Stickles. Es una genialidad. Luego llega la elegía folk punk de raíces irlandesas de ’Theme From Cheers’ (“lo siento madre, estoy bebiendo otra vez”, es autobiográfica y canta con él Dan McGee, referenciado en ‘A Pot In Which To Piss’ y cantante de los muy reivindicables Spider Bags), la balada ‘To Old Friends And New’ y ‘…And Ever’, versión de ‘Titus Andronicus Forever’, puro Exile on Main St.’

Un disco tan único e irrepetible como nuestro. Están ganando, pero cada vez que lo oímos, parece que un poco menos.

Lo mejor de la década