Aah, el slowcore. Somos la alegría de la huerta: traeros esto en pleno confinamiento. Pero algún día teníamos que seleccionar nuestros discos favoritos de uno de nuestros estilos preferidos.

Menos monolítico de lo que sus detractores dicen, el género nació en el quicio entre finales de los 80 y principios de los 90 y no tardó en convertirse en uno de los sonidos más característicos del indie de la época. Aunque recluido y rebasado en popularidad por el dream-pop, con el que comparte mimbres parecidos y padres putativos, aún resuena.

A veces desde el lado del folk-rock, otras desde el noise desacelerado, con retazos por igual de la trilogía oscura de The Cure y de las confesiones en soledad de Leonard Cohen, el slowcore ha pisado terrenos más pop, otros más indie-rock y algunos donde lo descarnado se ha llevado al límite.

Melodías de la bajona, ritmos mortecinos y arreglos tan minimalistas que, en no pocas ocasiones, asustan. Desde nuestra atalaya de los tristes, hoy os proponemos un repaso a 25 discos fundamentales del slowcore. La única regla: sólo un disco por grupo.

Red House Painters – Rollercoaster

Mark Kozelek, antes de contarnos su desayuno en canciones de títulos de tres líneas y doce minutos de desarrollo, publicó los fundamentales primeros discos de Red House Painters. Podríamos habernos quedado con Down Colorful Hill, sadcore en toda regla, pero el homónimo de la montaña rusa construye, en 75 minutos, un monumento a la melancolía con canciones tan espectaculares como ‘Katy Song’, tan vibrantes desde la tristeza como ‘Grace Cathedral Park’ y tan diferentes entre sí sin dejar de pisar territorios slow como ‘Funhouse’, ‘Mistress’ (en sus dos versiones) , etc…

Sí, es una lástima haber perdido a este Kozelek.

Arab Strap – Philophobia

El disco que se abre con la frase “It was the biggest cock you’d ever seen / but you’ve no idea where that cock has been / You said you were careful / You never were with me”.

El miedo a enamorarse, el desastre de Aidan Moffat con las mujeres, la colección de viñetas de pareja más desarmante, desasosegante y sitcom de finales de los 90. Post-Rock y Slowcore, juntitos y en buena compañía en un disco que tiene en Elephant Shoe su cara algo más luminosa, igualmente recomendable.

Drunk – To Corner Wounds (1998)

Quizás uno de los discos más olvidados de los 90, pero una delicia en voz baja, mucho menos triste de lo que otros discos de esta lista (más cercano, por tanto, al libro de oro del slowcore según Galaxie 500) y el disco en el que está ‘Andrei Rublev’, una de mis canciones favoritas ever.

Vic Chesnutt – North Star Deserter

Antes de suicidarse, a Vich Chesnutt aún le dio tiempo a dar un último ramalazo de genialidad. Desde ese folk a fuego lento, mecido por su dulcísima voz, que siempre había cultivado, avanza para dejarse acompañar por un grupo en el que estaban Guy Picciotto (Fugazi), la gente A Silver Mt. Zion… El choque es estelar: madre mía cómo cae aún ‘Glossolalia’.

Early Day Miners – Let Us Garland Bring

En las zonas más lentas del Slowcore habitan Early Day Miners, que más que apostar por el dolor lo hacían por una melancolía parecida a la que también vivía en las canciones de Death Cab For Cutie, sólo que aquí sin salida hacia el subidón. Más bonitos que dolientes, y en varios de sus discos bastantes normales, es en Let Us Garland Bring donde parecieron querer coger la antorcha de Red House Painters.

Galaxie 500 – On Fire

Da igual la lista que hagamos de Las Cosas Que Importaron De Finales De Los 80, porque allí siempre vamos a meter algo de Galaxia 500. Pero por supuesto que en una sobre slowcore tenía que estar este On Fire donde se bañan en las guitarras de la Velvet para ralentizarlas, bañarlas en eco y hacer pop épico de bajona de dormitorio, demostrando que algo así era posible… quizás sólo en sus manos. Damon, Naomi, Dean. Santísima trinidad de tantas cosas.

40 Watt Sun – Wider Than The Sky

6 canciones, 62 minutos. En vez de venir desde el pop, o desde el post-rock, 40 Watt Sun venían desde el metal. Y por ahí, por supuesto, también se puede llegar al slowcore. De hecho, si tomas el camino paralelo, es probable que acabes en el Doom. Patrick Walter parece en Wider Than The Sky en ser el hombre más triste del mundo, pero el sonido es tan expansivo que a veces crees que vas a ver aparecer por aquí a Neil Young.

Duster – Stratosphere

Los ahora regresados Duster apenas tuvieron un par de discos en los 90 para poner su pica en el Flandes slowcoreta. El suyo es uno cercano al space-rock, que parte de las enseñanzas lo-fi para construir una atmósfera en la que puedes sentirte por igual reconfortado que desesperanzado hasta la médula. Sí, tienen todos los tics del canon del estilo: poquísimas inflexiones vocales, la absoluta falta de florituras que hace que las canciones bordeen lo monocorde y una tranquilidad narcótica que casi parece fruto de un antidepresivo.

Acetone – Acetone

Entre 1992 y 2001 pasaron muchas cosas, pero para el grupo de Los Angeles Acetone pasó toda su carrera, menos de una década orientada a partir de las guitarras de la Velvet para encontrar el camino hacia Nashville. En las encrucijadas de esa carretera fraguaron el slowcore menos pesimista y más luminosamente triste de todos los de esta lista. Porque, por mucho que te encuentres a salvo en estas canciones, ellos no lo estaban. Richie Lee, bajista y vocalista de un grupo encantador, se quitó la vida con sólo 34 años, un 23 de julio de 2001, cuando apenas había pasado medio año desde la edición del último grupo del disco.

Si el Fakebook de Yo La Tengo es uno de tus discos favoritos, hay tanto que te puede gustar aquí…

Y si no lo es, te retiro la palabra.

McEnroe – La distancia

Toda la carrera de McEnroe se ha desarrollado en espirales en torno a la lentitud. Y puede que La distancia tenga algunos de sus momentos menos minimalistas, pero se mantiene ese hacer sonar a la guitarra de manera tan cristalina, tan brillante, y a la vez, tan apesadumbrada. Sí, lo insistiremos todas las veces que hablemos de La Distancia, uno de los mejores discos de 2019 y de la década: es nuestro refugio.

The Zephyrs – When The Sky Comes Down It Comes Down On Your Head

Arreglos de cuerda y especialmente violines incendiados han sido una de las señas de identidad de muchos discos de slowcore, que se han servido de ellos para capturar ese sentimiento entre la nostalgia, la amargura y la melancolía capital en el estilo. En su segundo disco, The Zephyrs se aferraban a ellos para su propia pinacoteca de la tristeza, muy influenciada tanto por Galaxie 500 como por cualquiera de las aventuras de Neil Halstead, que no saldrá en la lista porque Mojave 3, pese a rondar en varias de las aventuras el slowcore, siempre tiró muchísimo más hacia el alt-country y el dream pop; todos territorios colindantes.

The Zephyrs no tuvieron disco igual, aunque el resto de su producción sea también notable. Algo tendrá el agua de Edimburgo. ‘Mount Misery’ o ‘Stargazer’ son cumbres del género.

Trembling Blue Stars – Her Handwriting

Teníamos que llegar a alguna elección arriesgada. De todos los discos que van a aparecer en la lista, Her Handwriting es el menos apegado a las guitarras indie-rock. De hecho, el grupo de Bob Wratten tiende mucho más hacia el tecno pop triste, el twee con teclados, al jangle y hasta, en discos posteriores, a paisajes cercanos a la indietronica.

Pero en su debut hay mucho minimalismo, muchas melodías a fuego lento, susurros inspirados por el bajón y la ruptura sentimental: “She’s gone and no longer feels she’d die without me” empieza el disco en la fundamental ‘A Single Kiss’ y, a partir de ahí, todo es un tobogán. El corazón rotísimo incluso en los momentos más upbeat del disco menos canon de esta lista…

Hood – The Cycle of Days and Seasons

En 1999, los británicos Hood estaban a punto de abrazar los terrenos más quebrados de la electrónica, las bases hip-hop y a empezar a huir de las guitarras. Pero antes de que todo eso pasase en el estupendísimo Cold House, lanzaron The Cycle of Days and Seasons, su disco más otoñal, también el nuestro. Uno de ambiente etéreo, casi fantasmagórico, que planta la semilla de la atmósfera deseada con la inicial ‘Western Housing Concerns’ y que, a poco que le dejes, te va a acompañar en todos los días finales de cualquier verano de tu vida.

Bedhead – WhatFunLifeWas

De los últimos acordes del White Birch de Codeine (ups, spoiler; cómo si hiciera falta avisarlo) podríamos empezar a tirar líneas de fuga con casi cada grupo de esta lista. Con Bedhead, desde luego, queda claro en las primeras líneas de su debut, un fenomenal WhatFunLifeWas que hace todo el rato justo lo que su título indica: mirar al pasado sin rabia, pero con la seguridad de que ya no lo repetiremos.

Tres guitarristas incendian cada canción en los mejores y a la vez, más sutiles crescendos del género.

Low – Secret Name

Podría haber escogido para la lista única y exclusivamente todos los discos de Low pre-The Great Destroyer y quedarme tan ancho. Pero, puestos a quedarme con alguno, tengo claro que Secret Name es el más representativo. Y no tanto por la lentitud (nadie aquí ha tocado tan lento como ellos en sus dos primeros discos), sino porque Secret Name es el álbum en el que el grupo empieza a descongelarse, a abrirse hacia nuevos terrenos y a incorporar nuevas texturas en sus canciones. ‘ I Remember’ es letanía de funeral; ‘Starfire’, folk dulzón metido en el congelador; y ‘Weight of Water’, simplemente, belleza pura.

Songs: Ohia – The Lioness

Mirad: si en Secret Name de Low, ‘2-Step’ sería algo así como la canción slowcoreta nacida de un sueño de Neil Young, The Lioness de Songs: Ohia es esa misma canción pero interpretada ya despierto.

Jason Molina, al que no dejaremos jamás de echar de menos, alcanzó aquí su cumbre de mezclar el folk, las canciones que se arrastran lentamente y la épica eléctrica. Es imposible que en algún momento de sus 39 minutos no se te pongan los pelos de punta. A mí me empieza a pasar desde los primeros segundos de ‘The Black Crow’ y ya no se me va.

Migala – Así duele un verano

Entre canciones donde la lentitud es el único motor, donde el post-rock aún no lo inunda todo (en ‘Arde’ y, en especial, en ‘La increíble Aventura’ lo hará), donde los ambientes que se buscan son cinematográficos (y los recursos también; ahí quedan las citas a ‘El Espíritu de la Colmena’) y donde el folk es minimal, a los Will Oldham de los 90, a lo Songs: Ohia, Migala construyen un disco de slowcore bastardo y a la vez purísimo, con ‘The Whale’, ‘Low of Defenses’, ‘Gurb Song’, ‘Regular Storm Sounds’ y ‘Ancient Glaciar Tongues’ como cumbres, cualquiera de ellas, de los posibles límites del género.

Y el verano nunca dejó de doler.

Matt Elliot – The Mess We Made

En The Third Eye Foundation, Matt Elliot había explorado la electrónica más atmosférica, llevando al Drum & Bass a lugares como los de los discos Ghost o You Guys Kill Me: donde la potencia de D&B se mezclaba con el Illbient amenazador y claustrofóbico. Pero para su debut en solitario en 2003, ya estaba listo para algo diferente, algo donde su antiguo yo apenas aparecía muy de vez en cuando (por ejemplo, en la titular ‘The Mess We Made’) y, por contra, lo que sí estaba omnipresente era una tristeza insondable, conducida lentamente por el piano, sombría y solitaria.

Karate – Unsolved

Karate debutaron en 1995 con un debut homónimo en el que aún se les notaba que venían del post-hardcore y, con el paso de los discos, aquella rabia interior se les fue apagando para dejar paso a algo diferente. Algo que a la altura de Unsolved, su cuarto disco, les emparentaba en parte con el indie-rock, en parte con cadencias jazz y en toda su extensión con el slowcore.

Es decir, que fueron la mezcla imposible entre Fugazi y Codeine y, como tales, una acrobacia totalmente disfrutable. En función del día te quedarás antes con The Bed is The Ocean, más cercano al indie-rock, que con Unsolved, más jazzy. Pero hoy, aquí y ahora, yo estoy habitando aquí, en este disco poético, letárgico y bastante más complejo de lo que parece a primera vista.

Sophia – Fixed Water

Sophia eran tan conscientes de lo que hacían en su debut que la segunda canción de su debut se llamó ‘So Slow’. Y así, entre acordes cristalinos y la voz nasal y reconfortante de Robin Proper-Sheppard, que sin aspaviento alguno parece siempre cerca del llanto, crearon un disco que en una realidad alternativa sería pop mainstream. Claro que para eso, los acontecimientos de esa realidad serían tan terribles que impedirían tener un ápice de alegría sonando en las ondas. Un comentarista de RYM los calificó de “Doomer Coldplay” y no puedo dejar de pensar en lo acertadas que son a veces las caricaturas y lo bien que reflejan siempre los rasgos más llamativos.

Dominique A – Remué

La ruptura de Dominique A con Françoiz Breut trastocó todos los planes personales y creativos del francés. Remué, en su estado inicial (del que pueden escucharse retazos en la edición deluxe de 2012), era un disco que seguía avanzando por su reinterpretación de la chanson, con tonos cercanos al rock afilado que, para él, llegaría en la primera década del 2000.

Pero Remué, en su estado final, acabó siendo una obra agreste, muy negativa, ralentizada y asaeteada por electricidad (se escucha bien la diferencia en las dos tomas que conocemos de ‘Encore’). A ratos emparentado con el free-jazz, a ratos post-rock, a ratos noise, siempre incómodo. ¿Qué hace aquí éste?, diréis algunos. Para mí, es obvio: es Dominique A convertido en la versión slowcore de Diabologum.

Carissa’s Wierd – Songs About Leaving

Ya en Low había una querencia por el folk que nunca han negado, con gente como Simon & Garfunkel como fundamentales para entender su acercamiento a la música. No son el único grupo slowcore que transitaba caminos así: Songs About Leaving, el tercer disco de de Carissa’s Wierd, grupo a caballo entre Tucson y Seattle, exploraba conexiones con el folk, el chamber pop y el post-core acústico (’Sofisticated Fuck Princess Please Leave Me Alone) para quebrarlas en canciones tristísimas, que te joden la vida al oírlas y al recordarlas y, sin embargo, son adictivas.

Hay tantísima tensión ya desde los títulos (los mejores de los de cualquier grupo de esta lista) que, como decía Fernando Alfaro, esto “está tan lleno de defectos que va a explotar”. De defectos y de canciones tan maravillosas como ‘Low Budget Slow Motion Soundtrack’.

Pedro the Lion – It’s Hard to Find a Friend

Caminando por la línea que divide la acción de la apatía, David Bazan dejó en el debut de su banda, Pedro The Lion, destellos de la mejor música folk que puede tocarse en los porches de una familia indie. Una familia en la que la madre es la borracha y el padre el insatisfecho y en la que los gatos sólo sirven para que los hijos hagan ensoñaciones; sueños de un futuro peor en el que el felino es la única mujer que quiere vivir con él en un apartamento.

Nacido en Seattle, Bazan se formó en la escena hardcore, pero en realidad lo que le gustaba tocar iba mucho más encaminado a un pop a medio camino entre el folk y el slow-core… y, sobre todo, dinamitado por dilemas religiosos. Bazan, cristiano practicante, entonaba y afrontaba las canciones como Lou Barlow: explorando las relaciones sentimentales (no sólo las de pareja, sino también las familiares). Pero, a la vez, las canciones de Pedro The Lion van dejando migas de una fe que está presente a la vez que siempre tiene que re-examinarse.

Valium Aggelein – Hier Kommt der Schwartze Mond

Las canciones de Duster que no le interesaban a su sello las fueron publicando bajo el sobrenombre de Valium Aggelein. Y no, no son exactamente iguales que en la banda “oficial”: en Hier Kommt der Schwartze Mond lo que tenemos es el disco de slowcore más cercano al space rock, uno fascinante, que bordea el prog, pero que consigue que su obsesión por los vacíos se transforme en canciones fascinantes.

Codeine – The White Birch

La madre del cordero. El libro de oro de la congelación. Un disco para obsesionarse y no salir jamás. El letargo, la catarsis, la violencia en voz baja. La hostia que viene lenta y te impacta como puñetazo de Mike Tyson.