101. Appetite for destruction – Guns ‘n’ Roses (1987)

Siempre me han gustado los últimos discos de una lista. En algo tan dependiente del momento como estos juegos musicales, la elección del último clasificado puede decir más que, por ejemplo, cualquiera de los puestos de la mitad. Así que pueden ver esta elección del debut de los Guns como una declaración de principios. Por si acaso hay gente que duda de que los angelinos tuvieron algún disco decente, por si sólo se han quedado con el patetismo de su alargado final, por si sólo han heredado los prejuicios, no está nada mal recordar que durante un corto espacio de tiempo (el que tardaron en hacerse famosos) fueron el grupo macarra con más ritmo y mayor capacidad de sorpresa. En una época en la que el heavy era más una peluquería de tontorrones que otra cosa, en la que la credibilidad se las habían arrogado para sí los indies y los hardcores, el primer disco de Guns´n´Roses dio razones para creer en que aún había esperanza de inteligencia hardrockera. Fue un espejismo, claro, pero al menos quedaron grandísimas canciones (practicamente una sucesión de éxitos en potencia). Que no les dé miedo confesarlo.

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100. Searching For The Young Soul Rebel – Dexy´s Midnight Runners (1980)

Había que tener las cosas muy claras para editar un disco así en plena oscuridad. Cuando lo que triunfaban eran la desazon existencial y la pose problemática, Kevin Rowland y los suyos se descolgaron con un disco luminoso, propulasado por unos vientos souleros que sabía de donde venía y adonde iba: el paseo se abre con alguien tratando de sintonizar una emisora de radio y pasando de largo por los Sex Pistols; entonces Rowland grita “Burn It Down”. Toda una declaración de principios que la voz de Rowland (atípica, pero emocionante) liderará durante 40 minutos.

Quizás lucieron tanto por el momento de su aparición. Al fin y al cabo, lo que estos inglesitos hacían era copiar las estructuras de la Stax y aplicarles el típico tratamiento de buen cinismo británico. Searching For The Young Soul Rebel lo mismo exhuda respeto y admiración que distancia y humor británico. Pero, por encima de todo, es un disco con el que dan ganas de salir a la calle y vivir, bailar, gritar, soñar y amar. De comportarse como una joven alma rebelde.

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99. Nightclubbing – Grace Jones (1981)

La frialdad sobre las pistas de baile. Uno de los primeros iconos de los 80, bien asesorado y con grandisimas versiones de gente tan dispar como Iggy Pop o Police. Grace Jones, la pantera negra de la pista, dio lo mejor de sí en esta colección de canciones a las que el tiempo ha acabado pasando algo de factura. Al oyente actual le pueden sonar a banda sonora de Corrupción en Miami y tanto reggae sintético trae a nuestras memorias algunos de los peores atentados que la industria de la música ha cometido con la ayuda de las “bienpagás” radiofómulas (Miguel Bosé incluido). Sin embargo, si nos libramos de los prejuicios, estas nueve canciones se pueden disfrutar sin ningún tipo de reparo tanto en la pista de baile como en casa, o mejor incluso en la soledad del sofá. Me quedo con las enigmáticas Nightclubbing, I´ve Seen That Face Before o Walking In The Rain.

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98. Our Beloved Revolutionary Sweetheart – Camper Van Beethoven (1988)

Antes de que la Americana se consolidase como estilo (y también como saco sin fondo) de la música de Estados Unidos, antes incluso de que Wilco fuesen puestos como ejemplos de banda capaz de experimentar desde la tradición, existieron Camper Van Beethoven, el grupo de folk más raro hasta la llegada de los tarados de Ween. Con David Lowery al frente, Camper Van Beethoven lo mismo te hacían una canción con violín para radiofórmulas (She Divines Water) que se creían Led Zeppelin al frente de una banda de irlandeses melancólicos (Waka). Funcionaban igual como banda sonora de las desventuras de un emigrante que llega a EEUU y ve pro primera vez la bahía de Nueva York (Change Your Mind) que como unos Pixies de taberna (Devil Song). Referencia fundamental para muchas de esas bandas que ahora Pitchfork descubre y otros escuchamos con placer, como Tapes´n´Tapes por ejemplo, Camper Van Beethoven son culpables de un disco tan atípico que sigue sin verse como lo que es: piedra fundamental del underground norteamericano.

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97. Babble – That Petrol Emotion (1987)

Los Undertones fueron el grupo punk que mejor supo captar la adolescencia. Ya crecidos, dos de ellos hicieron de los 80 un campo de batalla rock de guitarras aceleradas y soflamas incendiarias. Habían pasado los años de plomo, pero las dos Irlandas aún necesitaban mucha más violencia para empezar a darse la mano. That Petrol Emotion, uno de los nombres de grupos más sugestivos de la historia, cubrían con sentido y sensibilidad el hueco que quedaba entre las proclamas buen rollistas de U2 y los gritos dirigidos y nihilistas de nuestro Rock Radical Vasco. Apreciable grupo menor, que luego viraría a territorios indiepop nada desdeñables, That Petrol Emotion exhiben en Babble algunos de los más brillantes acompañamientos de guitarras de toda la década. Belly Bugs o Chester Burnett, con sus contagiosos ritmos, deberían ser adoradas por aquellos que apenas saben mirar más allá del primer disco de los Strokes o que creen que The Rapture son la bomba y no se dan cuenta de que una buena remezcla hace maravillas. Lástima que algunos tics de la época lastren el disco más de lo debido (pónganse In The Playpen e imagínensela producida por Steve Albini).

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96. Non Stop Erotic Cabaret – Soft Cell (1981)

Casi ocultos bajo el descomunal éxito de su versión del Tainted Love (que, desde entonces ha servido de base a todas las posteriores), Soft Cell no tuvieron muchas oportunidades para convertirse en llenapistas, como sí lograron con esa canción. Un problema que les ha acompañdo hasta hoy, pero que no debe oscurecer algunas de sus grandes canciones y, sobre todo, la tremenda personalidad de Marc Almond, interprete además de cantante. Si eres de los que amas a Jarvis Cocker por su capacidad para analizar las relaciones carnales hombre-mujer, Non-Stop Erotic Cabaret puede ser el salto hacia una literatura más digna de La Sonrisa Vertical que de canciones pop. No en vano, Marc Almond trata en todo este disco del sexo y sus variantes, envolviendo sus frustraciones, deseos, fantasías y sueños humedos entre sintetizadores y bases programadas. Desde el hombre demasiado corriente que sueña con el Tarzán de Bo Derek en la extática Frustration a la pastillera y explícita Sex Dwarf ( Sex dwarf / Isn’t it nice / Luring disco dollies to a life of vice), Marc Almond crea algunas de las canciones más procaces y divertidas de los 80, una época marcada por el fantasma de la única enfermedad que penalizaba el goce del sexo con la muerte irremediable. La teatral ruptura de Say Hello, Wave Goodbye, una maravillosa canción de adiós, marca el final de un bucle que siempre quieres volver a repetir. Ellos fueron incapaces.

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95. Talking about poetry with the taxman – Billy Bragg (1986)

Por si no te has dado cuenta, soy más impresionable cuando mi cemento está mojado”, le canta el protagonista de la primera canción de este disco a una mujer que le cambia su manera de ver la política gracias al amor. “Si comparto mi cama contigo, ¿debo compartir también mi vida? El amor es sólo cuestion de dar y el matrimonio significa aceptar quen uestros padres tenían razón”, trata de convencer él en The Marriage.A la altura de Wishing The Days Away, él, alejado de su amor por culpa de un trabajo anodino, desea que pasen los días, en vez de desear vivirlo y se lamenta de estar en un hotel de mierda mientras otros cambian la historia. Así es como ve la política Billy Bragg: inseparable siempre de la vida normal y, en especial del amor. Que este disco hable de poesía folk a los recaudadores de impuestos, o a los políticos de carrera ( “While we expect democracy, They’re laughing in our face”, les dice) no es tan importante como que nos cuente a nosotros mismos la necesidad de ser mejores, de luchar por unos sueños que no pueden quedar sepultados por una existencia más o menos cómoda. Emotividad izquierdista a flor de piel y una de los mejores homenajes a la Motown sin necesidad de sonar Motown (Levi Stubbs´ Tears). Y aunque parezcan que importen más las palabras que la música, nunca un “difícil tercer disco“ (como aparece en la portada) fue tan sencillo.

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94. Damaged – Black Flag (1981)

El punk en una parte de Estados Unidos acabó acelerándose tanto que, mientras en la costa este los Ramones ponían a hervir el pop y la mayoría de las bandas se convertían en new wave o en combos experimentales, en la costa oeste Black Flag acabaron evolucionan casi hacia el inicio del hard-core. En Damaged aún persisten gran parte de los tópicos asociados a la generación basura (nihilismo, aburrimiento, incapacidad para sentirse parte de algo) que después desembocarían en esa indolencia y en esa introspección tan propia del grunge. Pero en 1981 los jóvenes no querían auscultarse por dentro, como diez años más tarde, sino que querían expulsar la rabia por todos los poros de su cuerpo. Y para eso, ningún cantante como Henry Rollins que, antes de hipermineralizarse y supervitaminarse, puso cara a la furia de la joven América. Tanto se lo creyeron algunos, que Damaged fue un disco perseguido por las asociaciones ultraconservadoras y sirvió de modelo para cientos de pequeñas bandas.

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93. Freedom Of Choice – Devo (1980)

El misterio tecnopop. Los representantes del final de la historia en la música. En vez de evolucionar, hay que devolucionar, ser un mongoloide y estar orgulloso de ello. Inferior a su espectacular y epiléptico debut, aunque quizás con un sonido mucho más ajustado a sus pretensiones, Freedom Of Choice da a Devo al oportunidad de consagrarse como grupo necesario. Los 80 necesitaban alguien que pusiera la nota discordante netre tanto dominio de la protoelectrónica. Y Devo, marcianos como ningunos, fueron la banda sonora de las ansias dominantes de EEUU y su obsesión por el triunfo. Castigadores irónicos de conciencias tan duros como los látigos de la absolutamente increible Whip It. Girl U Want se ha convertido con el paso del tiempo (y de las versiones) en su canción más famosa, pero en Freedom of Choice hay más himnos: Snowball, la titular o Planet Earth. Con tantas ideas, es una lástima que les durarán tan poco.

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92. Vs – Mission of Burma (1982)

A pesar de lo que diga el tópico, los 80 también fueron años de buenos discos de rock. Buenísimos, incluso. Discos capaces de coger unas influencias (los Stooges), darles forma contemporanea y conseguir rápidamente una voz propia, un sonido completamente distintivo. Grupos capaces, como Mission of Burma, de dejarte pegado contra el sillón, de apabullarte con demoledoras explosiones de rock descontrolado y oscuro. Bandas cuyo carácter mítico va a acentuar aún más el paso del tiempo y la revisión musical de toda la década. Hay en Vs tanto descontrol punk de toques arties (muy parecido al que creaban Pere Ubu) como post avant-la-lettre (te dicen que Slint han compuesto Dead Pool antes de caer en su particular agujero negro y te lo crees), como distorsiones a punto de crear estribillos por sí solas. Vs es un disco físico, que te pide a gritos volumen y que te lo recompensa con un vendaval de sensaciones sonoras.

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91. Buscando America – Rubén Blades (1984)

El Springsteen lationamericano, le nombraron los medios ingleses. Algo debe tener Blades cuando ha sido capaz de enamorar a quienes pensábamos que la salsa era esa música hortera para bailar en programas de televisión o en orquestas de camping de verano. El de Panamá tiene el talento de los heterodoxos, de aquellos capaces de enamorarte con un estilo que, en principio, odias. Buscando América se abre con un coro doowop y una hermosísima canción sobre las consecuencias de nuestros actos Le sigue GBDB, un tema totalmente experimental (como una rumba hiphopeada y acapella) que habría que poner a todos los que alaban la valentía de Alejandro Sanz por No es Lo Mismo. Ésa es la tónica de todo el disco y también su atractivo, balancearse entre comercialidad y experimentación mientras se refleja la realidad de un mundo, el latinoamericano, de morriñas (Todos vuelven), de violencia y amor entrelazados (Padre Antonio y el monaguillo). Una quimera territorial en peligro (Buscando América) y con épocas que no hay que olvidar jamás. Desapariciones, narración de la ley del talión dictatorial, emociona y da la razón a los que ven en Blades un narrador como el Boss: Anoche escuché varias explosiones. Tiros de escopeta y de revólveres. Carros acelerados, frenos, gritos. Eco de botas en la calle. Toques de puerta. Quejas. Por Dioses. Platos rotos. Estaban dando la telenovela. Por eso nadie miró pa’ fuera. Anoche escuché varias explosiones. Tiros de escopeta y de revólveres. Carros acelerados, frenos, gritos. Eco de botas en la calle. Toques de puerta. Quejas. Por Dioses. Platos rotos. Estaban dando la telenovela. Por eso nadie miró pa’ fuera.

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90. Commercial Album – The Residents (1980)

Cuatro ojos afirman tener la fórmula mágica del pop. Se fijan en las canciones de los anuncios (de ahí lo de “commercial”) y aseguran que ahí se puede encontrar la esencia de la música pegadiza: en un minuto se puede dar todo lo que una canción necesita. Y esos ojos andantes, vestidos de gala, componen un disco con 40 canciones de un minuto. En un mundo ideal, no sólo hubieran triunfado en la radio, sino que todos los anuncios del mundo llevarían su locura como música. En nuestro mundo real, el concepto que los Residents aplicaron a este disco queda como una anécdota para las enciclopedias oficiales de la música y como una monumento a la simplicidad para crítica y una inmensa minoría de fans enfervorizados. Artista, arties, snobs y demasiado intelectuales, sí, pero la fórmula mágica fue suya por un tiempo.

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89 Stands For Decibels – The Dbs (1981)

¡Qué bonita locura! Qué lección de minimalismo musical aplicado con una sola regla: la diversión debe primar ante todo. Desde su salida, Stands for Decibels se convirtió en casi una piedra filosofal del power pop. Con razón: cada canción era un mundo y el grupo (formado por tres compositores) lo mismo se daban una vuelta por las fantasías de los Beach Boys (She´s not worried es Pet Sounds garagero) que le inyectaban a la new wave un poderoso chute de rock 50´s (The Fight). Sin embargo, los saltos que el grupo daba de aquí allí, picoteando de muy diversos estilos musicales, quedan empequeñecidos ante la verdadera grandeza de este debut, su capacidad para crear ganchos, estribillos y todo tipo de momentos memorables (vease la inmortal Bad Reputation). Las razones de que no esté más arriba búsquenlas en un par de canciones menos afortunadas y en el propio capricho de las listas. Porque talento hay para derrochar.

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88. Jane’s Addiction – Nothing’s shocking (1988)

De la misma manera que Guns´n´Roses creaban con Appetite for Destruction la esperanza de un rock duro más preocupado por las canciones que por el estilismo, un año más tarde Perry Farrell y los suyos ofrecían a los incrédulos la posibilidad de reconciliarse con su parte más heavy gracias a un atípico cóctel de rock progresivo, Led Zeppelin por la vena y oscuridad post-punk cuando ésta ya había pasado de moda. Música pesada, sí, pero no en el sentido de aburrida. Dave Navarro, guitarrista, llenaba con solos virtuosos (a veces demasiado) los huecos que dejaba la extrañísima voz de Farrell. Por detrás, una combinación de bajo y batería sin alardes pero efectiva daba consistencia al pastiche, en el que cabían también el jazz, el punk e incluso el folk (el tiempo demostraría que lo extraño de Jane Says se convertiría en norma en los interesantes Porno For Pyros) . Lo más sorprendente de todo no sólo es que funcionara, sino que fuese capaz de lograr la atención de crítica y público por igual.

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87. My Life In The Bush Of Ghosts – Eno & Byrne (1981)

America Is Waiting, primera canción de este disco, anticipa la llegada del sampleado como método de crear música. ¿Cuántas veces la habrán escuchado The Avalanches o DJ Shadow? Ni lo sé ni me importa, porque intentar examinar a quién ha influido un disco tan adelantado a su tiempo como My Life In The Bush of Ghosts es tarea tan imposible como ponerle puertas al campo. Digamos, por ejemplo, que todos los representantes del techno de raices étnicas (ése que triunfa en los bares modernos y en festivales multiculturales como Actual) han sacado de aquí algunas de sus mejores ideas. Digamos también que si !!! tienen un ojo puesto en Talking Heads, con el otro miran The Jezebel Spirit. Digamos que todos los que ahora afirman que hacen música a través de email, cogiendo y mezclando partes sueltas como si fueran un collage sonoro, son conscientes de que este disco lo hizo antes. Digamos que Madchester y los lunes felices también sacaron de aquí numerosas ideas. Y no, no es ambient, ni es música demasiado rara para escuchar o disfrutar, ni música sólo para intelectuales. Es toda una experiencia que oculta su radicalidad bajo capas de amabilidad africana.

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86.Come Away With – ESG (1983)

Otro de esos discos que el paso del tiempo ha acabado recuperando, para satisfacción de los aficionados a la música de baile. Pocos se dieron cuenta del bombazo que editaron estas neoyorquinas en su momento de edición, pero su fama underground fue creciendo y ha maracado a toda una generación que ahora copia las variaciones funkys, los ritmos insistentes, las voces minimalistas. Todo en Come Away está puesto a disposición de un solo objetivo: hacerte bailar. Y si tus pies no se mueven incontrolables al ritmo que marcan temazos como You Make No Sense, es muy posible que estés muerto y no te hayas dado ni cuenta. Cuatro hermanas se bastaron para poner a hervir los corazones y las ideas de toda una generación (la del revival post punk neoyorquino). Así que si alguna vez han bailado con DFA, con LCD Soundsystem o con algunas de las mejores canciones de Radio 4, no les echen la culpa solo a los omnipresentes Gang Of Four, que los negros ya sabían del ritmo mucho antes de que los blanquitos viniésemos a darles lecciones.

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85. Fresh Fuits For Rotten Vegetables – Dead Kennedys (1980)

Jello Biafra siempre ha sido un hombre inteligente. Quizás un pelín maniqueo, como corresponde a casi todos los artistas estadounidenses compormetidos, pero inteligente al fin y al cabo. Y, como buen norteamericano, no sólo aprecia la libertad de expresión sino que se jacta de ella y la pone en uso. Por eso el debut de los Dead Kennedys suena a panfleto con contenido. Aumentando el impacto gracias a un humor corrosivo, negrísimo (“mata a los pobres”, cantaban ellos como denuncia y hubo quien se lo creyó), su denuncia política en forma de colección de temas punk logró difusión y, sobre todo, persistencia en el tiempo. Con un sonido más acelerado que el de los Sex Pistols (ya saben que en EEUU pronto se tendió hacia el hardcore), pero curiosamente también más asequible para el oyente , los Dead Kennedys dejaron para la posteridad una colección de himnos antimentiras que, cínicamente, cerraron con Viva Las Vegas. 26 años después, nada ha cambiado, excepto ellos mismo: sólo Biafra mantiene sus creencias, mientars el resto del grupo ha secuestrado el nomrbe de la banda para convertirse en un simple revival.

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84. Treasure – Cocteau Twins (1984)

Los Cocteau Twins son uno de los pocos grupos en los que siempre me ha dado igual lo que canten, de qué hablen en sus canciones, quizás porque su intención siempre fue más usar la voz de Elisabeth Fraser como un instrumento más que como transmisora de grandes mensajes. Para el grupo, la música era lo que más importaba y ésta era insondable, extraña, feérica y misteriosa. Podrían haber sido un grupo más de la new age, o incluso el mejor grupo posible de ese estilo peñazo y yuppie, pero esquivaron todas las trampas que su música podía tener atando el dulce planear de sus guitarras al bajo estremecedor de Simon Raymonde y a una caja de ritmos Roland. A su alrededor, Robin Guthrie hacía y deshacía: distrosionaba las guitarras hasta hacerlas desaparecer y convertirlas en un instrumento distinto, aprovechaba loops de teclado, ecos de todo tipo eincluso una atmósfera medieval (Beatrix) que cuadraba a la perfección con la voz de su novia. Con un comienzo tan inmenso como el del doblete Ivo-Lorelei, que definió el proceder de todo un sello para culturetas (4AD), Treasure es un disco de una belleza ajena a este mundo.

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83. Music For A New Society – John Cale (1982)

Hasta ahora, todas las décadas desde la invención del rock tienen la suerte de contar con un disco tremendamente difícil y posiblemente disperso de un artista mítico. En los 80, fue John Cale quien puso su grano de arena a la categoría de discos “sólo para críticos” con su música para una nueva sociedad. Mucho menos terrorífico a priori que el reciente The Drift, no están las canciones de Cale exentas de desgracias, como las nuevas de Scott Walker. Sanities, cacofónica, descompuesta y extrema (pero sin ruido) representa el ideal del antiguo componente de la Velvet. Puede que, al fin y al cabo, la sociedad le hiciera caso y escuchara esta nueva música: en general, no cambió, pero seguro que muchos oyentes sí que lo hicieron en particular tras oírle. En cualquier caso, Cale ofrece asideros con los que no ahogarse entre tanto experimento: por ejemplo, la hermosa balada al piano Close Watch.

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82. Children of God – Swans (1987)

Michael Gira, ahora culpable de la aparición de Devendra Banhart, no sólo tiene interés como mecenas, sino que encabezó una de las propuestas más subyugantes de la historia de la música, una bola de rock oscuro, denso, ruidoso o letárgico a conveniencia, artificial y sin emabrgo poco premeditado. Los Swans jamás reinaron y aún es pronto para que cuenten con suficientes seguidores como para ser una influencia notable, pero sus discos permanecen cada escucha igual de subyugantes que la primera vez. Como no podía ser menos, la atmósfera de Children of God se puede cortar con un cuchillo, tanto que cuesta decidirse a escucharlo. Pero una vez dentro, la recompensa es infinita. El amasijo de sensaciones que desprende la obra cumbre de los Swans lo mismo remite a épica cinematográfica (Trust Me), que a gospel o blues pervertido, que a familias rotas dejándose fotografiar felices por una cámara fotográfica ajena. Si su música es sorprendentemente adictiva, sus letras insisten en explorar las obsesiones del mundo (post)moderno. Para mayor desazón, losneoyorquinos son capaces de reconstruir el I Wanna Be Your Dog stoogiano titulándolo Beautiful Child y dejando una impresión malsana.

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81. Bring The Family – John Hiatt (1987)

Con mimbres buenos, es difícil que salga un mal disco, aunque es tarea de valientes y talentosos lograr que una reunión de grandes músicos se convierta en algo más que un divertimento privado. John Hiatt reclutó para su disco de 1987 a Ry Cooder a la guitarra y a Nick Lowe al bajo, aunque suya es la firma en los 10 temas de Bring The Family, un disco de puro rock´n´roll que se deshace con la dulzura de un azucarillo cada vez que la aguja pincha el vinilo. Encomendado a emocionar por encima de todo, Hiatt se prueba con éxito en la escritura confesional y, aunque brilla también en los tiempos altos, es en las baladas o en las canciones en voz baja donde acaba por convertirse en compañero perfecto de nuestras decpeciones, penas o amores. Tanto Wilco como Greg Dulli han debido de sacar sus buenas enseñanzas de este disco. Maestro.

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80. Fire Of Love – The Gun Club (1980)

Odio a los mártires del rock y Jeffrey Lee Pierce es uno de ellos: un alma perdida por el alcohol y las drogas. Odio a los mártires del rock, pero suelo valorar su trabajo, sobre todo si resulta tan influyente a posteriori como el de aquél.. Con The Gun Club es casi imposible no hacerlo, aunque ha tenido que ser la muerte de Pierce y el paso del tiempo el que haga justicia a un disco, Fire Of Love, que sólo unos pocos tenían el valor de considerar una obra fundamental al poco de su publicación. Nadie como el club de las armas homenajeó al blues de Robert Johnson, o al menos nadie como ellos supo ver lo que la música del Delta del Mississippi se merecía: mientras otros han hecho de la recreación el único camino posible de rendir tributo (no miro a nadie, Eric), The Gun Club inundaron cada acorde, cada silencio y cada nota de voz con la urgencia del punk de Los Angeles. Así nació una bola de fuego que cae rodando cada vez que pones el disco y que te arrolla una y otra vez.

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79. The Love Songs – Giant Sand (1988)

Howe Gelb en una de sus cumbres. Como si no fuera bastante con la frase anterior, se supone que debería justificar de algún modo la inclusión de este disco en la lista de los mejores de los 80. Pongamos que jamás el sonido del desierto musical que siempre ha intentado crear Gelb había conseguido mejor plasmación en disco. Pongamos que a Gelb jamás se le ocurriría poner el piñón fijo en un disco, gracias a lo cual consigue sorpresas tan gratas como Finger Nailmoon, Barracuda and Me. Pongamos que propulsando arquetipos hacia una nueva dimensión, Gelb es único, como demuestra la cambiante y adictiva Mountain Of Love. Pongamos que a su lado aparece por primera vez John Convertino, algo que no se puede calificar como simple anécdota. Pongamos que en su búsqueda del tono de voz perfecto, Gelb se atreve a desafiar a Bob Dylan justo cuando éste era más prescindible (todo lo prescindible que puede ser el de Duluth, claro) y compone la magnífica Almost The Politician´s Wife. Dejemos de poner argumentos y simplemente entremos en un clásico.

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78. Heartbeat City – The Cars (1984)

Por alguna extraña razón, el talento de Rick Ocasek como creador de hits siempre se ha menospreciado. Parece como si Ocasek y sus Cars tuvieran que pedir pedón por haber sido los máximos representantes de la New Wave más comercial. Aprovechando el impulso de una recién nacida MTV, conscientes de su potencial y (nobleza obliga) apostando por un sonido demasiado comercial, el grupo norteamericano consiguió con Heartbeat City un éxito de proporciones descomunales, que acabó sepultando todo el tarbajo y previo y condenando a la banda a la desaparición. Aunque sea complicado mirar con ojos limpios un disco tan “ochentero” (en sus peores acepciones) como éste, es obligado si se quiere comprender cómo y por qué el Rock Adulto (el AOR) ocupó las listas masivas. Looking For Love o Why Can´t I Have You darán la razón a sus detractores, pero las emblemáticas Magic (himno veraniego de peli de adolescentes), Drive (todas las baladas de los 80 se hicieron a su imagen y semejanza), Stranger Eyes (Depeche Mode pasados por el tamiz rock antes incluso de que los de Basildon lo hicieran) o Heartbeat City permiten defender este disco sin peligro de caer en terrenos pantanosos. Y sí, de vez en cuando mola ser un hortera. Esto también fueron los 80.

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77. Licensed To Ill – Beastie Boys (1986)

El disco con el que el hip-hop se blanqueó un poco, mucho antes de que llegarán Vanilla Ice y Eminem. También una de las fusiones más excitantes de la década en la que el termino comenzó a ponerse de moda. Adelántandose casi diez años a la llegada del numetal, los Beastie Boys fueron de los primeros en hacer que el hardcore fuese rapeado. Siempre mostrando su lado más lúdico y jugueton, Licensed To Ill deja para el recuerdo algunos hallazgos en los que más tarde profundizarían y canciones tan intensas y divertidas como Fight For Your Right. Rick Rubin, capo de Def Jam, jugó a mezclar el rock y el hip-hop en discos como este o el Rasing Hell de Run DMC y años después recuperó a Johnny Cash. Suficiente para ganarse nuestro respeto. Por cierto, fue el primer número uno en discos que consiguió el hip-hop: ¿Amerikkka? Si así fuera, el tiempo ha acabado quitando razones.

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76. If I Should Fall From Grace With God – The Pogues (1988)

Fiesta irlandesa en un pub apto para todos los públicos. Un disco recomendable para esas fiestas en las que lo único que se hace es beber y beber cerveza y agarrarse al hombre de los demás para cantar a viva voz. Mejor esto que recordar las sintonías de viejas series de dibujos animados. Si yo fuera irlandés, les juro que este sería mi disco de cabecera: épico y borrachuzo a partes iguales. Fíjense como será que hay espacio incluso para que uno de los borrachos se agarre al piano y recuerde a los irlandeses que se marcharon a Nueva York (inmensa Fairytale of New York). Shane McGowan (el hombre peor cuidado de la historia del rock) alcanza cotas como compositor en cierto modo impensables para él. Con If I Should Fall From Grace… demostró que era bastante más que ese paleto irlandés que las caricaturas mostraban. Y ya que estaba en un subidón continuo se atrevió a empaparse de tonadas orientales (Turkish Song Of The Damned) o a darse una vuelta por las fiestas españolas (Fiesta). Maravilloso, de verdad.Ya podían ser todas las charangas de pueblo como los Pogues. ¡Tiembla, Makoki!

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75. Miss America – Mary Margaret O´Hara (1988)

El misterio. Mary Margaret O´Hara llegó, cantó y venció. Tan sólo sacó un disco, éste, pero le bastó para convertirse en la interprete más imponente de toda la década de los 80. Como Jeff Buckley, apenas necesita una frase para convertirse en historia: You take a walk, I’m by your side, Take my life, I’ll give you mine. You, you give me something To cry about. Grabado en 1984, editado 4 años mas tarde, desde entonces O´Hara sólo ha reaparecido en la escena musical para firmar en 2002 una banda sonora. Quizás no necesitemos más: al fin y al cabo, la cantante ya tocó todos los palos posibles con su alucianante garganta en su debut. Marcó el camino a todas las interpretes femeninas de los 90 (Ay, PJ Harvey, cuánto habrá escuchado este disco), flirteó con el country (Dear Darling demuestar que desde el respeto a la tradición también se puede ser alternativo, algo que en la década siguiente sería moneda de cambio común), con el jazz (Keeping In Your Mind, When You Know Why You´re Happy) y se deslizó a un final de fiesta basado exclusivamente en sus dotes como vocalista.

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74. Bass Culture – Linton Kwesi Johnson (1980)

El poeta del reggae, el político del dub, el firmante del magnífico Forces Of Victory iluminó el mundo en 1980 con 31 minutos de música con la que siempre debes ponerte el repeat. La explícita Inglan is a Bitch es el punto álgido de un disco que no deja apenas respiros y que lo mismo opta por el ambiente más festivo que por sonidos reflexivos, casi tórrido en Lorraine. Para alguien tan bien considerado por sus palabras, hacer un nuevo disco podía significar sólo derramar sus letras por músicas incosistentes. Sin embargo, Linton Kwesi Johnson logra la simbiosis perfecta entre lo que dice y lo que toca. Paradigmática es Reggae Sounds, que sienta las bases de lo que ha sido el estilo y lo que será a partir de ahora y donde los instrumentos van incorporándose a la canción según lo pide el recitado de Johnson. Y justo cuando llegas al final de un recorrido por las ráices más calientes de la música jamaicana, Two Sides Of Silence te desafía con free jazz a recomenzar. Bass Culture es de esas obras que te pueden enganchar a un estilo como el dub aunque provengas del Death Metal.

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73. Talk Talk Talk – The Psychedelic Furs (1981)

Siendo como son ejemplo claro de a qué ha sonado siempre el rock underground, estoy completamente seguro de que Psychedelyc Furs van a ser algún día referencia de toda una escena. De momento, sólo se les ha recuperado en pequeñas dosis, últimamente gracias a un grupo vital conocido como British Sea Power. Pero algún día, sus guitarrazos para todos los públicos, sus atmósferas crudas, sus canciones a flor de piel y sus himnos escondidos triunfarán en festivales… Su primera reunión, en 2001, casi pasó desapercibida, pero en la siguiente triunfan. Se lo merecen por discos como Talk Talk Talk, donde se entrecruzan Bowie, Eno y grupos psicodélicos (ellos lo llevan en su nombre) como The Byrds. Más pop que su debut, pero con la carismática voz de Richard Butler marcando distancias (¿soy yo o en Mr. Jones casi me parece oír a Fernando Alfaro en sus lances más rasgados?) y la intensa unión de sección rítmica y guitarras eléctricas poniendo a hervir las canciones, el segundo disco de Psychedelic Furs se convierte en una obra de largo alcance y, curiosamente, palíndroma: unos últimos acordes que son recreación de los primeros que suenan, los de la eufórica Pretty In Pink.

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72. Scary Monsters – David Bowie (1980)

Los 80 no fueron tan malos para Bowie, al menos, no tanto como los 90. Porque mientras en la primera década, el genio aún despertaba adhesiones y odios por igual con cada uno de sus movimientos, en los diez años posteriores ya tuvo que recurrir el viejo truco que anunciaba cada uno de sus discos como “el regreso de Bowie a sus mejores años”. Y así hasta hoy. Por eso, aunque en su día sus experiencias ochenteras parecían su particular travesía por el desierto, el juez temporal ha acabado haciendo que las miremos con mejores ojos, como aventuras díscolas de un hombre que no encunetra el talento que tenía, pero que se niega a repetirse. Pese a todo, el único disco suyo de los 80 digno de entrar a cualquier lista de lo mejor de sigue siendo el que editó nada más estrenar la década. Scary Monsters es una vuelta al rock después de la frialdad berlinesa y, aunque anticipa la dureza de Tin Machine, tiene tiempo para entretenerse en los estribillos y en los puentes y es capaz de conectar con lo que hacían los nuevos grupos (Fashion es puro Talking Heads). El mayor triunfo es la autorreferencial Ashes To Ashes, que retoma a su mítico “Major Tom” para enfrentarle a la oscuridad de los años 80.

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71. Let It Be – The Replacements (1984)

Una voz rasgada, la de Paul Westerberg, domina por completo Favourite Thing, el segundo corte de este Let It Be. Es como una reencarnación de los Clash, pero en EEUU, con todo el bagaje del hardcore por detrás y con unas inmensas ganas de gritar. Antes, el tercer disco de los Replacements se ha abierto con otro corte intenso, casi punk, pero tamizado por una instrumentación country rock: I Will Dare, se llama. Se aventuraban a mezclas así y mucho más. Podían haber llenado sus canciones con la energia atómica que desprende Tommy Gets His Tounsils Out, pero en vez de eso Paul Westerberg optó por aumentar el radio de acción. Así, en Androgynous, el líder de la banda norteamericana acude al piano para sentar cátedra sobre el nuevo rock americano, al igual que ocurre con una guitarra acústica en Unsatisfied. The Replacements, aún viniendo desde puntos diferentes, serán de los pocos que miren a la cara a los primeros discos de R.E.M. Y yo aún fantaseó con que el comienzo de Black Diamond no sea una anécdota y que la versión de Kiss, en vez de ser un monolito rockero de impacto, fuese puro Neil Young. No, no es sólo culpa mía: así eran los saltos mortales que te esperaban en cualquier disco de los Replacements.

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70. Computer World – Kraftwerk (1981)

Si casi reinaron en los 70, ¿qué mejor puesto para ellos? Éste es el último gran disco de la banda que acabó por cristalizar todas las invenciones anteriores y que dio origen a la música de baile. En su inicio de la década de los 80, Kraftwerk paren el sucesor del inmenso Transeurope Express adoptando una perspectiva menos fría y más divertida. Sólo así se entiende que justo después de la denuncia social profética que es Computer World vengan dos canciones como Pocket Calculator (que podría servir hoy de sintonía de videojuego y seguiría sonando moderna) o Numbers (un juego a lo Barrio Sésamo del que más que beber se emborracharon, entre otros, Orbital). Siguen manteniendo intacto el poder de hacer con sus canciones tremendos desarrollos épicos (mucho más emocionantes que las perogrulladas instrumentales de la mayor parte del rock progresivo) y son tan listos (o se lo creen) que unen dos de sus propias canciones para crear una nueva. Son tan adelantados que luego oyes casi toda la música electrónica hecha a mediados de los 90 y esos nuevos artistas te parecen más retrógrados que cualquier banda con el enésimo riff rockero saqueado de Lynyrd Skynyrd.

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69. Wild Planet – The B-52´s (1980)

La fiesta continúa. Así se plantearon los de Athens su vuelta a los plásticos después del inmenso festival que fue su debut. Funkys, discos, post-punk y muchas cosas más, los bombarderos suenan hoy aún más frescos. Yo los escucho y juro que se me aparecen por la mente Le Tigre y las Sleater Kinney más deshinibidas. Será que no eran sólo pura diversión, sino una bomba incendiaria de peinados extravagantes, voces saltarinas y una capacidad compositiva que les hace unir hits (no, no, jitazos) uno tras otro. Que la leyenda diga que este disco está por debajo de su imponente irrupción en el mundo de la música no debe impedir que a veces el oyente pueda plantearse si, en realidad, no será al revés. Triunfan en cualquier noche, hagan la prueba.

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68. Immigrés – Youssou N´Dour (1988)

La música africana sigue siendo casi completamente desconocida hoy, a pesar de que han pasado ya más de 20 años desde que el senegalí consiguiera merecida fama gracias a un disco cortísimo (sólo cuatro canciones) que nos enseñó a muchos a concebir el ritmo de manera diferente a como lo habíamos hecho hasta entonces. Y ya de paso aprendimos a trazar conexiones mundiales que más parecían escalas de un viaje con Iberia que escenas musicales: De Senegal a Brasil y de ahí a Nueva York gracias a los Talking Heads. Bitim Rew, con su ambiente de realismo mágico, aún se mantiene entre mis canciones preferidas cuando quiero levantar el ánimo.

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67. The Colour Of Spring – Talk Talk (1986)

Creo que son uno de los grupos más imprevisibles con los que me he topado. A su carrera llegué tarde y cada disco que iba pasando, descubría nuevos y más sorprendentes giros y The Colour Of Spring siempre me ha parecido el más rotundo, al que menos pegas pueden ponérsele. Poco importa que tenga un sonido tan adulto, tan Kiss FM (las guitarras de Life´s What You Make It rozan a ratos lo hortera): las dudas se alejan gracias al sentimentalismo (tómenselo por el lado negativo si quieren) de cosas como I Don´t Believe In You o la absolutamente imprescindible Living In Another World. En un disco capado por los remordimientos sentimentales, la garganta de Mark Hollis se asegura un papel en la eternidad. Para estar perdido en un laberinto, para estar completamente roto por dentro, tuvo la sangre fría de cantarlo con épica pero sin exageraciones.

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66. The Trinity Sessions– Cowboy Junkies (1988)

Éste se lo tenían que esperar, porque es un clásico en toda regla. Lo citarán mil veces los periodistas musicales, lo nombraremos para hacer referencia al milagro de que una música genial pueda grabarse sin más complicaciones, en un sólo día. Los Cowboy Junkies, grupo con el aroma de las verdes praderas estadounidenses, pero con la brisa de la Velvet del tercer disco atravesando cada una de sus composiciones, se encerraron en una iglesia de Toronto (es un decir, proque grabaron el disco con la puerta del templo abierta) y en unas pocas horas dieron con la llave para hacer de un puñado de canciones propias y unas cuantas ajenas un monumento a la sensibilidad acústica. Lo de la versión de Blue Moon es para ponerse de rodillas hasta que te sangren. Folk, sí, pero como diría Karpov Shelby, del canónico. Busquen sus huellas en la sensibilidad helada y lenta de Low.

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65. Colossal Youth – Young Marble Giants (1980)

Un sólo disco. Cagüenmicalavera. Un sólo disco con 15 canciones (24 en la reedición) y directos al canon del mundo indie. Qué digo indie: el mundo de la música en general ha aceptado a los Young Marble Giants como primera acepción de la palabra minimalismo. Sus canciones son tan esquemáticas que parece que se van a volar si las soplas. Pero qué va: ni aunque venga el lobo feroz se destroza la casa. Los cimientos son fuertes y las melodías, explosivas. Claro que, al no haber batería, ninguna rompe. De vez en cuando entra la caja de ritmos y ellos, en vez de seguirla, se ponen a hacer bossa nova. Qué tipos tan raros. Pero no mentían: Jóvenes, maravillosos y gigantes. Jodidamente gigantes. No quiero ni enumerar la lista de a quienes han influido. Qué típos tan buenos. ¿Los he puesto en el 65?: ¿Estaría boracho cuando hice la lista? Caguenmicalavera.

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64. Viva Hate – Morrissey (1988)

Verlo en televisión (por obra y gracia de Benicassim y emparedado entre publicidad de McDonald´s) casi que derumba un mito, pero el de Morrissey es demasiado grande como para que una cosa así acabe por echarlo por tierra. Si hemos superado toda su carrera en solitario, somos capaces de lograr (casi) cualquier cosa. Ahora que saca discos mediocres con un par de canciones afortunadas (a veces ya ni eso) no está de más recordar que el de los Smiths se puso más dramático de lo que en su anterior grupo era habitual en su primer disco en solitario. Viva Hate, además, trae por primera vez al cantante compañado de teclados, por obra y gracia del productor Stephen Street, lo cual no significaría nada especialemente reseñable en esta lista si no fuera por canciones como Every Day is Like a Sunday o Suedehead. Puede que el paso del tiempo y su obra posterior haya convertido a este disco en algo mejor de lo que en realidad es (hay canciones que ya apuntan cierta mediocridad posterior), pero, ey, es Morrissey y encima es un disco continuista con el sonido Smiths (aunque las guitarras sean de bastante menos gusto que las que metía Johnny Marr). Pero, bueno, ¿pensabáis que Él no iba a estar en esta lista?

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63. Double Nickels on the Dime – Minutemen (1984)

Admito que conozco lo justo la carrera de los Minutemen, así que si hay otro disco suyo mejor que éste en los 80, díganlo. Pero, sinceramente, y aún habiendo seguido poco la carrea del grupo californiano, no creo que ni ellos mismos fuesen capaces de superar este torrente de 44 canciones diferentes, de este vendaval de sensaciones rock Disco de cuatro caras, todas sus canciones cuentan sólo con lo básico, con una producción que casi parece firmada por Albini, de lo simple que es y lo bien que suena. Su versatilidad, sus constantes fintas a encerrarse en una única manera de canciones, sus aciertos acústicos, sus trallazos guitarreros, el inolvidable bajo de Mike Watt… Hay tanta satisfacción en este disco que es fácil quedarse engachado. Tanto que no he sido capaz de buscar más allá en su propia discografía, principalmente por dos razones: porque Double Nickels on the Dime me proporciona aún mucha satisfacción y, sobre todo, porque aún no he llegado a todos sus recovecos. El sonido de los adolescentes norteamericanos de los 80 más alejados del mundo real estaba muy ligado a lo que Minutemen dictaban.

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62. Giant – The Woodentops (1986)

Tan fugaces y sobredimensionados por la prensa como necesarios, los Woodentops supieron recoger la herencia del mejor pop saltarín para crear el que podemos considerar casi su particular canto del cisne. El resto de su corta discografía no llega ni a los talones de la magia contenida en este impresionante debut. Canciones encantadoras, que necesitan sólo una escucha para atraparte, en la herencia del mejor pop californiano de los sesenta, del que más brillaba, con bonitos coros y arreglos que de puro delicados enamoran. Con tan sólo unas guitarras acústicas contagiosas, los Woodentops eran capaz de alegrate una mañana oscuro y de quedarse contigo, dentro de tu cabeza, varios días más. Give It Time es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos y una de las pocas capaz de enfrentarse en un ring y con sus mismo puños a los mejores temas de The Go-Betweens. ¡Es pop, mamá!

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61. California – American Music Club (1988)

Poeta de la desolación, Mark Eitzel siempre ha sido el favorito de todos esos que disfrutan saboreando las miserias propias y ajenas mojadas con un poco de música triste. Su propia inestabilidad y su timidez rampante (que, cuentan las crónicas, ha provocado algún que otro drama vergonzoso en directo) y, sobre todo, sus discos en solitario le han hecho merecedor de ese fanatismo. Sin embargo, reducir a American Music Club, su grupo, a música para días tristes no sólo es reduccionista, sino que además es estúpido. De que sus imitadores o seguidores, Red House Painters incluidos (Pale Skinny Girl es la canción- estilo de Mark Kozelek), apostasen por la parte más desolada no tienen la culpa ellos. Cuando escribo esto, que me encuentro en un día agradable y en el que me dan ganas de sonreír, California es un disco de acompañamiento perfecto. El portón que se abre con el pedal steel de Firefly da paso a la emocionada y expansiva Somewhere (qué grandes recuerdos esas líneas que dicen C´mon we got a lot to lose so maybe we can lose it all tonight), a la que sigue la atmosférica Laughingstock. Son las tres caras (romanticismo, himnos de juventud y melancolía) de un mismo mago que, por mucho que repita el juego de manos, siempre lo hace parecer distinto.

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60. Isn´t Anything – My Bloody Valentine (1988)

El ruido blanco, ese concepto impreciso que verán aplicado a numerosas bandas de noise, pocas veces ha estado tan cerca de hacerse real y digno de ser aceptado como concepto musical como en el debut de My Bloody Valentine. Capas y capas de distorsiones, de guitarras desafinadas o tocadas (en teoría) mal, con afinaciones distintas, chocando contra una batería firme y un bajo que subraya el juego vocal de unos cantantes que, si quieren decir algo, lo ocultan muy bien. La música de Jesus & Mary Chain pasada por el programa corto de centrifugado de una lavadora a punto de hacer aguas. Antes de que el desparrame de ruido se convirtiese a los prístinos y bellos salmos con guitarras de Loveless, My Bloody Valentine ya eran el mismo grupo a ratos auditivamente insoportable y a ratos imprescindible. Y el ruido traspasó nuestros tímpanos para siempre.

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59. You Can´t Hide Your Love Forever– Orange Juice (1982)

Uno de los mejores discos de música soul de las tres últimas décadas lo hicieron unos blanquitos jóvenes. No bromeo. Para colmo de males, nacieron cuando la explosión punk ya se había convertido en moda y lo que molaba era ser un brutote. Y ellos, escoceses de pro, se decantaron por tocar música blandita y fuera de moda, así que a nadie le extrañe que les trataran de blanditos y babosos. El paso del tiempo les convertiría a todos, y en especial a este disco, en algo mucho más importante de lo que en un principio parecía, al abrir camino a Smiths, a muchas bandas del C-86 y, ya en los 90, a los hoy adorados Belle & Sebastian. Todos los rasgos típicos de la banda de Stuart Murdoch tienen un reflejo brillante en este disco de canciones cortas, pero perdurables. ¡Ah, a los mandos estaba Edwyn Collins! Para que luego digan que lo suyo fuese sólo el one-hit wonder de A Girl Like You. No hay más sordo que el que no quiere oír: L.O.V.E. Love es mi mejor arma para convencer a los que dudan.

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58. Graceland – Paul Simon (1986)

Excursión africana de un blanquito en plena vigencia del apartheid. Paul Simon había vagabundeado desde su separación de Art Garfunkel, pero vino el fantasma del mestizaje a visitarlo y le llenó de gracia. Con la de risa que podría haber dado un disco así de cualquier otra figura de los años 60, Simon logra que el puzzle funcione a la perfección. Cierto que You Can Call Me Al suena ahora a tópico de canción de los 80 mezclada con world music, pero quizás porque fue Graceland quien lo creó. Calypsos, ritmos africanos de todo tipo y algún que otro toque tex-mex, incluso los pantanos de Nueva Orleans, muchas músicas se dan cita en un disco capaz de volar muy alto aún hoy, cuando el mestizaje es refugio de repetición. De su éxito aún da constancia Homeless. Y yo, que me declaro ferviente admirador de aquella pareja de folkies bien educados, más que me alegro.

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57. Spike – Elvis Costello (1989)

El Don del pop. Que a este hombre nadie le haya hecho un monumento en su país por sus contribuciones a la narrativa pop y por conseguir que Paul McCartney, en su etapa de mayor petardez, recuperara momentáneamente la cordura musical es una injusticia de las gordas. Aunque me gusten muchos sus primeros discos, esos que estaban contagiados de la fuerza new wave, el que de verdad me encanta (como amante del pop más bien clasicote que soy) es Spike, un viaje por la música popular más sofisticada, con profusión de arreglos (Darren Hayman, de Hefner, decía odiar la manía de Costello por cargar sus canciones demasiado), y quizás algo disperso, pero eso no debe ser necesariamente malo, a no ser que sólo aceptes los discos conceptuales o casi, de unidad de destino y blablabla. Yo, que generalmente lo que busco es diversión, emoción y algo de iluminación en los discos, encuentro todo lo que necesito aquí.

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56. Sandinista – The Clash (1980)

Voy a hablar de Magnetic Fields a propósito de los Clash. O al revés. O de ninguno y sólo de mí. Si aceptamos que 69 Love Songs es un disco imprescindible, necesario, y revelador hasta en sus fallos, tenemos que aceptar que los vaivenes de los Clash en este su disco 3–en-1 son iguales. Porque puede que den la tabarra más de lo necesario en varias de las canciones, pero hay otras tan geniales y capaces de abrir mentes que anulan todos los defectos. Visto como unidad, como un disco con principio y final, Sandinista! tiene más agujeros que un queso gruyere. Analizado canción por canción, el esfuerzo aperturista de los Clash tiene más lugares magníficos de los que parece a primera vista. Y lo repito: defenderé Sandinista! con tanto ahínco como 69 Love Songs para meterlos en la clasificación de discos imprescindibles. Otros quizás sean más perfectos, pero éstos son más humanos.

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55. Pirates – Rickie Lee Jones (1981)

Romanticismo necesario y exacerbado. Rickie Lee Jones, la que fue novia del feo de Tom Waits, se puso un traje a medio cortar entre Bruce Springsteen y Joni Mitchell para cantar a pecho descubierto historias de gente sin futuro, o de ésos que lo tuvieron y lo dejaron marchar, o de aquéllos que puede que aún lo tengan. Con un sonido amable, pero sin renunciar a subidones ni a aristas poco adecuadas para adiofórmulas, Rickie Lee Jones firmó en 1981 un disco hondo, exaltado y muy poco amigo del sueño americano, 8 canciones a una altura ala que ella nunca ha podido volver a ascender.

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54. Soul Mining – The The (1983)

El debut propiamente dicho de The The, tras un primer disco casi en solitario de Matt Johnson, marca rápido los parámetros. I´ve Been Waiting For Tomorrow All Of My Life se debate entre lanzarse a la pista de baile (ese ritmo inicial, como de New Order) o quedarse en la intimidad de casa (la voz extraña de Johnson, demasiado violenta y/o bowieana para que funcione a altas horas de la noche), como también todo Soul Mining va a balancearse entre hedonismo expansivo o intimismo solitario. Mucho más que cualquier otro grupo de tecnopop, The The son la expresión de que la tristeza y la incertidumbre se pueden bailar. This Is The Day, casi tecnofolk, demuestra que los recuerdos que nos sostienen son los mismos que mantienen nuestra no tan forzada abulia. Y Johnson, mitad poeta de la experiencia, mitad profeta político, se atreve a inundar de belleza sonora y tecnificada frases de autoayuda como la recordable: “ I’ve got you under my skin where the rain can’t get in / But if the sweat pours out / Just shout / I’ll try to swim and pull you out”. Otro grupo a reivindicar.

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53. Superfuzz Big Muff – Mudhoney (recopilación de material del 88–89)

El sonido de una generación. Superfuzz BigMuff se abre poniendo y sentando las bases del grunge y dándole al movimiento la única canción realmente imprescindible: Touch Me I´m Sick. Y aunque Superfuzz Bigmuff sea sólo el primero de sus eps, todo el movimiento sonoro que vendría después está condensado entre sus surcos (y entre los de los cortes de los singles iniciáticos que se editarían junto a él en 1990). Rock ´n´ Roll con las miras puestas en Detroit, como unos Stooges algo más preocupados en conseguir una buena melodía, los primerizos Mudhoney eran una máquina descontrolada de música vital, joven y alucinante. Básicos, primitivos y sorprendentemente eficientes, todo lo que vino detrás ellos ya lo habían hecho antes.

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52. On Fire – Galaxie 500 (1989)

Fantasear con una Velvet rejuvenecida tiempo después de su separación fue mucho más fácil en los 80 gracias a Galaxie 500. Damon, Naomi y Dean Wareham captaron a la perfección una de las enseñanzas de Reed, Cale, Morrison y Tucker: el rock más intenso podía tocarse con las pulsaciones en calma, con el corazón tranquilo. Ya antes habían logrado cotas de intensidad remarcables, pero el título de On Fire no fue casualidad. El trío incendió sus propias partituras, ayudado en la producción por un Kramer mágico, que acentuaba los recovecos de las canciones y hacia rebotar las guitarras en paredes de goma que devolvían el mismo sonido. Tan influyentes en los 90 como otros grandes nombres, aunque menos reivindicados, Galaxie 500 acabaron rompiéndose y creando dos nuevas esferas de belleza: por un lado, Luna; por otro, Damon & Naomi. Nunca superaron las cotas de belleza tranquila que sonaban con Snowstorm o When Will You Come Home, pero es que, con sus mismas armas, pocos lo han logrado.

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51. Pretenders – Pretenders (1980)

Tras una de las peores portadas de la horrible estética new wave estadounidense se esconde la joya de la corona de un grupo que creo que minusvaloramos con demasiada frecuencia. Yo, por lo menos, les tengo manía: casi nunca me han interesado sus nuevas aventuras, o bucea en su pasado. Ni tan siquiera suelo querer ponerme a escuchar su debut. Y no sé por qué, no hay una buena razón para alejarme de Pretenders. No sólo porque todas sus canciones sean arquetípicas (según el canon que ellos crearon), ni porque Crissie Hynde haya creado escuela (una voz rockera que suena sexy como pocas), ni tampoco porque ahora que hemos pasado unos cuantos años recuperando el rock de principios de los 80 pocos hayan logrado divertirme tanto. Superada la pereza, cada corte es una fantasía multicolor de un momento irrepetible. Siempre estaré enamorado de la dulzura muy girlgroup de Kid.

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50. Dare! – Human League (1981)

Sólo por contener la definitiva y definitoria Don´t You Want Me, esa historia de amor roto con una camarera (mi debilidad) en la que él quiere volver y ella no, Dare! ya debería pasar a la historia de las enciclopedias del pop, máxime cuando ahora se encumbra a grupos que, como The Postal Service, unen aquel sentimiento tecnopop con las nuevas maneras indies. Sin embargo, lo que hace realmente grande a Dare! es su atemporalidad: con lo fácil que hubiera sido para este disco ser presa de su tiempo (fíjense en todas aquellas bandas de nuevos románticos, escuchen sus discos y juzguen) y resulta que el tercer disco de la Liga Humana aún sigue pareciendo nuevo. Todo un tratado de pop sintetizado del que a mí siempre me ha enamorado Seconds (It took seconds of your time to take his life).

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49. Violent Femmes – Violent Femmes (1983)

Una guitarra acústica podía ser más intensa que una eléctrica. Jonathan Richman y los Modern Lovers son dioses que no quieren parecerlo y los Violent Femmes el grupo más prometedor del a historia de la música. Sólo eso. No llegaron a más, porque nada podía hacerse para igualar la rabia saltarina y adolescente que se escondía entre los surcos del debut del grupo de Gordon Gano, otro insigne cantante que sumar a la lista de entonaciones hechas por tarados (o por gente que lo parece). El espíritu de los Surfaris inunda Add It Up, Blister On The Sun es mucho más que pop de anuncio de móviles (el mundo real también ha avanzado y asumido cosas que a nosotros hoy ya nos parecen estándares), y Violent Femmes (el disco) es un chute nervioso. Mejor que cincuenta cafés negros como el carbón. El tembleque al acabar es el mismo.

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48. Introspective – Pet Shop Boys (1988)

Las canciones que bailaremos agarrados a nuestras mujeres/maridos cuando tengamos 60 años y las orquestas de los pueblos mezclen a los Bisbales de turnos con viejos éxitos. La colección de singles más perdurable desde la venida al mundo de Paquito el Chocolatero. El drama en la pista de baile que Madonna aún quiere imitar inútilmente. El único grupo creado por un crítico musical que ha merecido la pena (que yo recuerde). Minutos y minutos de hedonismo con la cabeza llena de remordimientos. Una de las producciones más emblemáticas de toda la década. Y una portada horrible, otra más, para esconder seis temas como seis soles. La discoteca también se podía escuchar, por mucho que Morrissey se empeñara en lo cotnrario. Estas canciones sí que tenían que ver con nuestras vidas.

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47. Back In Black – AC/DC (1980)

Mediados del año 80. Suenan las campanas del infierno y AC/DC regresan de luto. Bon Scott, su característico vocalista, acaba de beber hasta morir, pero los australianos, en la cresta de la ola gracias al genial Highway To Hell, se ponen vendas con la llegada de Brian Johnson, prácticamente un clon de Scott. Puede que su rock duro (que no heavy, que nadie se lleve a engaño) nunca haya sido un ejemplo de evolución, pero ¿de verdad eso importa ante monolitos del calibre de este Back In Black? 10 temazos sin bajones que homenajean el blues desde la necesidad de pasar página, pero no de cambiar. 10 canciones enormes para disfrutar haciendo air guitar en casa y para elevar los cuernos en directo. Y una de las mejores descripciones sexuales de la historia del rock: You Shook Me All Night Long. No, el rock no es polución sonora.

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46. Thriller – Michael Jackson (1982)

El último resto de espontaneidad del niño que maravillaba con los Jackson 5, antes de convertirse en la peor caricatura de Peter Pan que este mundo podría darnos (¿la única, quizás?). La historia ya la conocen: el éxito absoluto, siete canciones en el top ten, el video que cambió la forma de producir imágenes para la MTV… Un aluvión de cifras mastodónticas e indicios de megalomanía dañina. Datos que no deben ocultar lo que Thriller es: un pastiche de proporciones colosales (¡pero si hasta toca Eddie Van Halen!) que las sabias manos de Quincy Jones lograron hacer cuajar. Música para los zombis discotequeros con argumentos que hoy, aunque suenen ridículos (Billie Jean y su hijo-que-no-es-su-hijo), siguen obligándote a mover los pies y forman parte de (¡glups!) la memoria colectiva. Lástima que las baladas sean cada vez más pastel, olvidando esas tiernas canciones de amor púber de los Jackson 5 y tengan que venir los ritmos más negros a salvar el percal: Beat It y Wanna Be Startin´ Something son absolutamente infalibles.

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45. Kilimanjaro – Teardrop Explodes (1980)

Debut alucinante y alucinado, la irrupción de Julian Cope y los suyos en la música es el paso previo a la explosión neopsicodélica que seviviría en los 80 y que serviría para recuperar a muchos grupos perdidos, sobre todo de eso que habían habitado los garages de familias bien norteamericanas en los 60. Y aunque eran un grupo, como su propio nombe indicaba, explosivo (no se aguantaban entre ellos y duraron sólo 5 años juntos), la mirada que los Teardrop Explodes lanzaron a esa época, con la intención de hacer canciones lo más coreables, tiene la culpa de que Manchester, su ciudad natal, acabara la década en el aroma más sixties pero bailable posible. Reward, single con trompetas que te hace bailar al estilo mod, no estuvo incluido más que en las reediciones. Por eso, por lo que ya tenía en su momento y por las nuevas canciones adjuntas, Kilimanjaro es ahora más inmenso que en la década en la que se publicó.

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44. The Correct Use Of Soap– Magazine (1980)

Howard Devoto es ese música que se ríe de sí mismo y de sus aventuras sexuales (más bien fiascos) en la divertidísima 24 Hour Party People y también una de mis debilidades musicales de todos los tiempos.Se atrevió a dejar los Buzzcocks aunque éstos apuntaban maneras de éxito punk y formó Magazine, grupo que en los 70 ya dejó dos discos absolutamente imprescindibles y que recién entrada la nueva década volvió a ir directo al grano con su tercer disco en apenas dos años. En The Correct Use of Soap, Devoto y los suyos ejercen la misma labor expansiva con el post-punk que Blur y su Parklife con el britpop. Sintetizadores primerizos, electrónica analógica, guitarras enervadas (pero no enfadadas), bajos trotones y una saludable descompresión pop acompañaban con desenfado. Tan necesario es este disco que suena como si Ian Curtis no hubiera estado deprimido y Joy Division hubiesen sonado a los New Order de finales de los 80 pero producidos por Martin Hannet. No todo fue oscuridad en el post-punk.

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43. Bizarro – The Wedding Present (1989)

Bastante más profundo, electrizante y contagioso que su debut y también mejor producido, Bizarro tiene que soportar el síndrome del hermano mediano. George Best se ha quedado como el mítico debut y Hit Parade (por el gesto) y Seamonsters (por el sonido) como las cumbres de una carrera que a algunos les parece muy repetitiva pero a mí me tiene enganchado desde el primer día en que oí sus guitarras. Y, aquejado del síndrome de Estocolmo con los difíciles segundos discos, considero que Bizarro pule los defectos de un debut vertiginoso, acerca las caciones a las virtudes de los primeros singles de los Weddoes (en especial, a esa insuperable Once More), suena increible si lo pones a todo trapo en un salón con un par de altavoces decentes y, por último, es el primer choque serio con el David Gedge que mejor disecciona la vida en pareja. ¿Más razones? Brassneck, Kennedy, What Have I Said Now, No… ¡TODAS!

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42. It Takes a Nation Of Millions To Hold Us Back – Public Enemy (1988)

El trallazo definitivo. No sólo cajas y bombos retumban en tu barrio, sino que el mundo del hip-hop podía soportar una bomba atómica en la que se colasen Anthrax, el funk menos bailable, una producción atómica y letras certeras y muy divertidas sobre la situación del mundo (negro). Creadores de frases ideales para artículos musicales, portadores por tanto de un lenguaje sencillo, efectivo y casi publicitario, Public Enemy fueron un grupo absolutamente en estado de gracia a la hora de parir el gran disco de hip-hop, el que les permitió convertirse en los portavoces de una raza y un movimiento.Operando con precisión de cirujano los males de la postmodernidad yuppie y, lo que es más importante, divirtiendo incluso a los ajenos al estilo (entre los que me cuento), tuvieron además al líder más controvertido pero necesario de toda la década, Chuck D. La explosión de este disco anula cualquier intento de fusión entre rock y hip-hop que viniese después y deja en pañales la supuesta agresividad del numetal. Hizo tabula rasa y pocos han escrito con buena letra por este camino.

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41. 13 Songs – Fugazi (1989)

De mito a mito. Fugazi reunieron algunos de sus primeros singles para dar pie a una recopilación sin peros, sólo con himnos precursores de todo el sonido hardcore que vino después. Más interesados en la intensidad que en la velocidad, las 13 canciones que el grupo desgrana son un compendio de medicinas para superar el dolor de un mundo que si no te enfada, es porque no te lo tomas en serio. Sin embargo, no hay espacio para los lloros inútiles ni las penas estilo Coco, de Barrio Sesamo. En 40 minutos, Ian Mackeye y Guy Picciotto se turnan al micrófono para presentar distintas caras de un mismo grupo, de una misma intensidad. Así, en Suggestion logran con poco esfeurzo la canción que Red Hot Chili Peppers repetirán en los siguientes quince años, en otros temas juegan con el silencio y los parones como fórmula de crear música y en otras muestras te meten un chute de energía punk-rock. Su elaborado e íntegro discurso, ya maduro en estas primeras canciones, aún crecería más, pero justo al final de los 80 también eran imprescindibles.

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40. Steve McQueen – Prefab Sprout (1985)

Disco emblema del sonido del pop de los años 80, Steve McQueen suena a radiofórmula adulta (sí, a Kiss FM), pero tiene varias cosas que le distancian por completo de todo el cúmulo de músicos cobardes, artistas dirigidos o cantautores prefabricados que se encuentran en las adocenadas ondas musicales. Para empezar tiene la clase, esa cualidad difusa y complicada de definir y, sin embargo, sencilla de reconocer: cuando oyes una canción que la tiene, por muy igual que parezca a todas las demás, es inmediato el enamoramiento. Además, Steve McQueen tiene la pasión, un ingrediente necesario para que sus canciones no parezcan las del Sting en solitario. Sólo así se explica que When Love Breaks Down funcionen tan bien, emocionen tanto y pongan los pelos de punta con un sonido tan aparentemente pulcro y frío. Y finalmente tiene un temazo de los que todo melómano debe pedir a los discos de su vida: Goodbye Lucille.

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39. No Sleep Till Hammersmith – Motorhead (1981)

La única manera de hacer seguir el Steve McQueen de los Prefab Sprout después de Public Enemy y Fugazi sin que esta lista se me fuera definitivamente de las manos (si eso no ha pasado ya) era emparedarlo con otro disco de esos que te hacen estallar los oídos de puro placer. No Sleep Till Hammersmith, de Motörhead, es un disco en directo que eleva para siempre la vara de medir de estos proyectos y al que sólo le hace sombra el It´s Alive de los Ramones. Auténtico rock duro (duro no, durísimo) envuelto en una garra espectacular, la voz cazallosa de Lemmy atormentado los tímpanos de los oyentes y unas canciones bárbaras. 11 canciones sin casi pausas y con el marcapasos a punto de explotar, velocidad al límite, guitarras al máximo. Ríete tú del punk. Demasiado rock como para ser heavy metal.

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38. The Days Of Wine & Roses – The Dream Syndicate (1982)

El rock universitario fue esto. Justo cuando R.E.M. empezaban a despuntar, justo cuando se creaba aquel movimiento absurdo del nuevo rock americano, Steve Wynn debutó con su primer grupo para dar más raíces a las universidades norteamericanas y para contribuir a que la música que en ellas sonaba nunca volviera a ser la misma. Arpegios dignos de los Byrds y una influencia notable de la Velvet (la voz de Wyn es puro Lou Reed) eran dos de los principales ingredientes de un debut en el que tenía tanta importancia la voz de Steve Wynn como las guitarras hirientes y casi polvorientas de Karl Precoda. Then She Remembers o la fenomenal canción que cierra el album y que también sirve para darle título son dos de los clímax de una manera de entender el rockque en los 90 Wynn seguiría ejerciendo en solitario, acercándose cada vez más a gente como Howe Gelb (Giant Sand).

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37. Disintegration – The Cure (1989)

Habían probado las atmósferas oscuras, los ritmos a lo New Order, el supersonido mainstream, las pistas de baile más underground, el pop cristalino. Y los Cure, o mejor Robert Smith, todavía se guardaban una última bala para cerrar una década de vaivenes, de buenas y malas canciones, de discos arrebatadores y otros más fácilmente despreciables. Agarrados a una atmósfera sibilina y a largos desarrollos instrumentales, los Cure de Disintegration son también unos románticos empedernidos. De ahí que puedan salir brotes luminosos y soñadores de Plainsong, que Pictures of You sea la reencarnación de todas nuestras fantasías adolescentes solitarias mientras miramos la foto de esa primera chica o que Lovesong sepa captar de un modo poppie las contradicciones del amor. La imagen oscura y asfixiante que ellos mismo promulgaron con canciones (y videos) como Lullaby no deb esconder que Robert Smith ha sido uno de los grandes cantantes de amor de los últimos años. Y ni siquiera cuando se envalentonaba y se metía en terrenos atmosféricos casi progresivos (6 canciones duran por encima de seis minutos) podía ocultar que aún en la muerte el amor sigue importando. Can’t you see I try / Swimming the same deep water as you is hard.

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36. Rain Dogs – Tom Waits (1985)

El disco más surrealista de los 80. Quizás su puesto debería ocuparlo Swordfishtrombones, que cambió la carrera de Tom Waits para siempre, pero Rain Dogs tiene más gracia al hacer sonora esa actitud vanguardista con la que el hombre de la voz de cazalla se enfrenta a la música. Desde la apertura de cabaret de Singapore a la trompeta de bar pobre de Nueva Orleans con la que se cierra el disco en Anywhere I Lay My Head, el recorrido por las músicas de bajos fondos de EEUU y Europa nunca deja de ser apasionante. Respetado entre la intelectualidad, Waits dejó aquí también buenas muestras de su buen hacer pop. De hecho, la versión que Rod Stewart hizo de Downtown Train (canción que casi parecía pensada para él) fue todo un éxito. Moviéndose en ese alambre entre comercialidad y vanguardia, el funambulista Waits consiguió otra obra maestra. And it’s time, time, time that you love…

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35. 101 – Depeche Mode (1989)

La encrucijada mejor resuelta de la década. Nacidos como grupo tecnopop con talento para las melodías, abandonados por su principal compositor, oscureciendo cada vez más su propuesta, Depeche Mode habían llegado al final de los 80 con un catálogo de discos irregulares pero un puñado de canciones vitales. Después de tantos saltos mortales sin red (nada cuadra entre su primer disco y Music For The Masses), parecía imposible quer los de Basildon pudieran ser coherentes. Pero 101, testimonio del último concierto de una gira que les conviertió en grupo para masas, deja constancia precisamente de lo contrario y se convierte en su único disco capaz de mantenerte pegado de principio a fin en el sofá. Contemplando el documental de D.A. Pennebaker te quedas absolutamente pasamado de la comunión entre fans, grupo y música, pero escuchando el disco deseas formar parte de esa masa rugiente de Pasadena y llegar a su misma euforia. En las interpretaciones robóticas y frías que hace el grupo de sus canciones y su constraste con la voz apasionada de Dave Gahan puede estar la clave para entrar de forma definitiva en su mundo. En eso, en unas letras que son pura propaganda emocional y generacional (algunas bordean el ridículo, pero acaban funcionando por un extraño mecanismo escondido) y en canciones enroscadas en sí mismas pero crecientes como Blasphemous Rumours o Black Celebration que antes de este 101 no habían brillado tanto. El final, con la letra abiertamente antiyuppies de Everything Counts coreada por miles de personas, puede ser también un bonito final para una década totalmente deshumanizada, solitaria y egoísta.

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34. Pacific Street – Pale Fountains (1984)

Dos estrellas y media le caen a este disco en Allmusic, página que sin embargo no tiene reparos en darle casi cinco al debut britpopero de Menswear y tres a su continuación. Escojo a Menswear como podía haber elegido a otra banda desastre del pop británico de los últimos años, con la única intención de resaltar como se ha tratado siempre a la música de Michael Head. La supuestamente más completa base de datos sobre música que existe en internet ni siquiera tiene la portada de Pacific Street, con lo cual ya el agravio es completo. Se olvidan de un plumazo todas las virtudes de un disco influido por la bossa nova, el pop más radiofórmula y los arreglos 60´s de Burt Bacharach. Se olvidan canciones tan eternas como la inicial Reach o tan contagiosas como You´ll Start a War, no se tiene en cuenta que la atmósfera de Unless es la misma que luego se ha alabado mil veces a finales de los 90 ni tampoco que Southbond Excursion (una de las peores canciones del disco) o Abergele Next Time (deliciosa reconstrucción Bacharach) son exactamente lo mismo por lo que a Belle & Sebastian se les ha dado carrete de sobra. Faithful Pillow (en sus dos partes) es música para recibir el otoño con una copa de vino en la mano y las pantuflas en los pies. Este discos sera todo lo irregular y difuso que ustedes quieran, no lo discuto, pero la categoría de joyita no se atreven a quitársela. Y aún se atreve el plumilla de Allmusic a escribir que Palm Of My Hand está peligrosamente cerca del muzak. Manda cojones.

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33. Rock´n´Roll – The Mekons (1989)

Supongo que no tardarán en subir al podium de las revistas modernas, no en vano hace poco que LCD Soundsystem los incluían entre su colección de discos en la letra de Losing My Edge. Ésa es una buena excusa para recuperarles, máxime cuando has pasado de ellos durante toda tu vida. Pero ¿cómo alguien mínimamente formado, como los periodistas musicales, que escribe en revistas de rock o de pop (los de electrónica o hip-hop lo entiendo) ha podido pasar por alto a este grupazo de rock´n´roll primario, de raíces punk, folk, country y mil cosas más? ¿Tan empeñados en querer proclamar la muerte del rock estaban los medios que obviaban que el cerebro del finado aún funcionaba y su corazón aún bombeaba? Basta ya de retórica: sepan que Rock´n´Roll es el undécimo trabajo de los Mekons y que cualquier otro grupo pagaría por llegar a esas alturas de su carrera así. Una catarsis de ruido, coros a dos voces, llamadas folk. El Do It Yourself del punk (también sus sonoridades) enfrentado a una pareja vocal bucólica mientras cantan historias piscodélicas sobre gatos cocainómanos. Un tesoro.

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32. Zen Arcade – Husker Dü (1984)

Tiremos de tópico: el álbum blanco del hardcore o el momento en el que ese estilo se hizo mayor. O el disco conceptual del que nadie sabe de qué trata. O el bloque de canciones que cambió el panorama undergroudn para siempre. Se han dicho y escrito tantas cosas sobre Zen Arcade, se le ha dado una importancia tan vital, que corremos el riesgo de reducirlo a disco canónico. Así, un disco salvaje en su planteamiento y ejecución (cuatro caras de vinilo, la mayoría de las canciones grabadas en la primera toma, huida en la medida de lo posible de los estándares hardcore a los que Husker Dü estaban asociados) queda encerrado en una cárcel metafórica, en un museo en el que, como a la Mona Lisa, sólo se le puede apreciar desde la distancia, desde la pulcritud y el repto. Y no lo merece: lo que hay que hacer con este disco de sonido ratonero (venga, bah, digamos que también inventó el lo-fi) es ponérselo bien alto en el tocadiscos y entrar en un mundo de canciones pop, velocidad terminal, cintas puestas del revés, canciones de menso de un minuto al piano, salvajes odas Hare Krsna e himnos de pop de guitarras. Y una vez dentro, dejarse llevar por la corriente.

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31. Brave Words – The Chills (1987)

Nueva Zelanda es pop o eso sugerían los Chills a cada canción que editaban. Y lo hacían mejor en los singles que en los discos (o eso cuentan los entendidos). A mí me gustan por igual, así que rompo una lanza en favor de su disco debut en vez de elegir su recopilatorio Kaleidoscope World (obra magna, de todas formas). Con un sonido denso, lleno de recovecos y pelín monocromático, Martin Phillips (el único miembro que sobrevivirá a los enésimos avatares de la banda) esconde su voz detrás de un muro de sonido tan frágil y a la vez tan aparente como el que ahora nos venden los constructores en casas en las que oyes a los vecinos pero no los ves. Grandes canciones de pop de guitarras indie, sí, pero sofisticado, sombrío y a veces rockero (Look For The Good In Others desprende la misma euforia y en el mismo contexto que Moving To The City en el magnífico último disco de los Bitters Springs.)

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30. Tender Prey – Nick Cave (1988)

Laprimera vez que escuchas Tender Prey cuesta pasar de la primera canción. The Mercy Seat, cabalgada eléctrica de unos Bad Seeds en estado de gracia, es tan intensa-inmensa que el oyente necesita volver una y otra vez sobre sus pasos. Cualquier disco normal se hubiera desplomado después de semejante canción. Pero uno de Nick Cave no. Uno del australiano se lanza a la piscina del blues del diablo (Up Jumped The Devil), juega a ser una banda alcohólica de pub (Deanna), avanza la futura madurez al piano (Watching Alice, Mercy, Sunday´s Slave, New Morning) o se apunta a musicar avant-la-lettre un capítulo de Predicador (City Of Refuge). En un juego continuo con los estilos, Nick Cave se apunta menos a lo lúgubre, su personaje resulta menos ridículo que en otras ocasiones (menos, desde luego, que en el habitualmente escogido como mejor disco suyo de los 80, Your Funeral, My Trial) y cierra con lo que empezó.

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29. Skylarking – XTC (1986)

Unos grillos veraniegos abren el caldero de las esencias pop. Andy Partridge y Colin Moulding, ingleses sin suerte en el mundo de la música, se entregan al sonido de los Beach Boys y componen la canción de verano perfecta de los años 80 (Grass). Alejados para siempre del sentir new wave, agradablemente abandonados a un descenso en la espiral clasicista, XTC se ponen en manos del grandísimo productor Todd Rundgren (el pionero de Dave Fridmann, se mire como se mire) y en plena explosión romántico-hortera crean el Smile que se había ido retrasando desde finales de los 60. Un cóctel de emociones inocentes (en Big Day cantan al matrimonio con frases tan optimistas como Many fingers have been burnt with the touch of gold / Love can come and love can go / What your chance is I don’t know / But if you have love then let it show like on the big day) que es casi un disco conceptual sobre el descubrimiento de la madurez. Delicadeza arreglada.

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28. Up for a Bit With… – The Pastels (1987)

Vamos adejar las cosas claras ahora que esto empieza a ponerse ya como muy de trincheras indies. Crawl Babies es una canción tan buena y tan importante en mi vida que me jode que sea una de las pocas de los Pastels que no compuso Stephen. Di que todo da igual cuando te abres a cualquier disco de los Pastels, indies por excelencia y tan íntegros que da gusto ser fan suyo. Si lo suyo, como diría Fernando Alfaro, estaba tan lleno de defectos que iban a estallar (esas canciones construidas como los castillos de naipes), lo del mundo real es fealdad conegénita y endogámica. O cómo hacer del desafinado un arte con aspecto de catedral barroca. Si alguna vez me los topase por la calle, me pondría de rodillas y les cantaría I´m Alright With You (gracias a Dios, esas cosas sólo pasan en mi mente).

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27. Bug – Dinosaur Jr. (1988)

Otro disco capaz de cambiarte la vida. Sólo tenías que ser joven y, por lo tanto, impresionable, o quizás sólo estar muy harto de los derroteros que había tomado la música de los 80. Si lo que te gustaba era ese ruido undeground que ya comenzaban a hacer famoso los Sonic Youth, la aparición de los primeros Dinosaur Jr fue una iluminación aún mayor. Las bolas de fuego guitarrísticas que se habían encendido en la vanguardia neoyorquina se concentraron aquí en canciones de tres minutos con estribillos y gancho. Una alineación de lujo para dar material a los grupos noise de principios de los 90 de todo el mundo, que copiaron hasta lo indecible himnos generacionales tan míticos como Freak Scene. Después, Lou Barlow desapareció y J Masics comenzó a dar rienda suelta a su pose de guitar hero, aunque mantuvo en no pocas ocasiones la forma sensible y dolorosa de tocar la guitarra que dio forma a canciones tan rotundas y abrasivas como Don´t o The Post.

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26. Amour Toujours – Lio (1983)

El gran enigman francés de los años 80, y también la dosis habitual que los veinos del norte nos daban para apaciguar nuestras ansias de jóvenes pizpiretas y alegres que nos alegran las noches frescas de primavera y verano y (a veces) nos suben la moral (cualquiera de ellas, si es lo que están pensando). Casi por completo alejado del eurodisco genial de sus dos primeros discos, Amour Toujours adopta un tono cercano al pop poliédrico de Françoise Hardy, que en sus canciones más saltarinas puede llegar a cansar (Zip a Doo Wah es puro azúcar y, claro, empalaga) pero que en las hondas te rompe en mil pedazos (Grenade juega con la orquesta como el Brel de la Valse a la Mille Temps). Trou de Mémoire te hará ganar el cielo en una desprejuiciada fiesta veraniega en la que ejerzas de DJ y Je Voudrais Bien Me Sentir Mal… qué decir de ella cuando ha sido responsable de romperme tantas veces el corazón.

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25. Songs About Fucking – Big Black (1987)

Hacer una versión rock de The Model (Kraftwerk) en un disco tan deliberadamente sucio va más allá de la ironía. Tanto como titular tan explícitamente en plena eclosión ultraconservadora de la era Reagan. Tanto como llenar todas las canciones de un disco de electricidad malsana, ritmos acelerados que no quieren ser hadcore ni por asomo, letras sobre drogas, asesinos en serie y sexo por doquier. Steve Albini, antes que reputado productor rock (se merece es título con todas las letras, pese a lo que digan sus detractores), fue y sigue siendo un músico a la vez físico y mental. Un disco absolutamente imprescindible que, sin embargo, da mal rollo escuchar y peor aún descubrir que Big Black dejaron a la vista de todos las pequeñas miserias del ser humano. Una muestra más: I would like to wrap your hair around your neck like a noose / I would like to wrap your legs around my neck like a lock / You are my precious thing, thing of speed and beauty / You are my precious thing, as long as you remain beneath me / I will hold you down, I will hold you down, I will pin you down. Lo más cercano a una canción de amor que tiene esta sobredosis de ruido, sudor y furia. Alucinante.

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24. The Perfect Prescription – Spacemen 3 (1987)

Disco concepto al canto. Un viaje drogota contado de principio a fin, desde el primer chute hasta el aterrizaje final, con subidas, bajadas y viajes astrales. Ladies & Gentlemen, estamos flotando en el espacio y estamos lo más lejos posible del rock sinfónico. La receta perfecta se esconde entre guitarras planeadoras, rock espacial, voces alucinadas y crescendos hipnóticos y melancólicos. Todo casado a la perfección en un puzzle en el que, de vez en cuando, se cuela el rock de Detroit como elefante en una cacharrería regentada por el hombre de los huesos de cristal. Walking With Jesus, podría habber sido el portazo defintiivo al grupo, ya que cualquier disco de Spiritualized consistirá en reinterpretaciones má o menos afortunadas de esta canción. Y el día en que el último Lou Reed escriba algo tan hermoso como Ecstasy Symphony juro que me reconcilio con él. Para disolverse dentro.

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23. Poem By The River – Felt (1987)

Felt tenían que entrar, está claro, pero lo difícil ha sido elegir un disco suyo. Durante mucho tiempo ha estado ocupando este puesto el Me And A Monkey on the Moon, pero al final ése acabo saltando por los aires ante una nueva escucha del Poem By The River. Creo que la participación de Martin Duffy y sus teclados ha tenido algo que ver, aunque en el fondo da igual, porque cualquier puesto por encima del 25 lo podrían haber ocupado los diez discos de Felt. Para los que los conozcan, no tengo que decir nada, porque dudo que no se quedasen atrapados en el mundo de Lawrence. Para los que no sepan nada de ellos, sólo puedo decir que son el grupo de pop sombrío, melancólico y elegante que tu vida ha estado necesitando sin tú saberlo. Siempre he tenido problemas para describir la música de Felt con palabras, creo que porque va demasiado dentro de mi corazón. Por eso me permito el lujo de citar al señor Pleasant para terminar esta glosa de Poem By The River:

“No sé, no puedo y no quiero resistirme a este melancólico y maravilloso disco, de preciosas, desgarradas, y casi hirientes melodías, generadoras de tiernas atmósferas de derrota y desencanto, que sin embargo según se van desarrollando se transforman en vigorosas sintonías de positiva superación.“

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22. Time – Electric Light Orchestra (1981)

No sé qué extraña razón ha condenado a la ELO al pelotón progresivo. Tampoco sé como tantos y tantos amantes del pop más sibarita no han sido capaces de encontrarle la gracia a un grupo algo excesivo, pero también con una sensibilidad melódica inmensa. En este disco casi conceptual sobre el paso del tiempo y un futuro mejor, hay himnos geniales como Twilight, donde los Beach Boys son pasados por el tamiz sintético, canciones de amor a un robot (Yours Truly, 2095), baladas tristísimas como las que aceptamos sin problema a Thom Yorke (Ticket To The Moon) o rock de baile espacial (From The End Of the World). Puro goce mainstream, Time es la obra de cabecera de todos los creadores de sintonías para series de televisión (o no son Lights Go Down o Here Come The News las melodías perfectas para eso) y el disco necesario para entender por completo las locuras de Super Furry Animals.

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21. Jamboree – Beat Happening (1988)

Los 90 fueron el crisol donde desembocaron todas las músicas anteriores, aunque poco quedó más allá del revival. Sin embargo, el caldo de cultivo lo pusieron los 80. Sólo así se entiende que en plena época de la experimentación artie, el pop hortera y recargado o el hair rock, pudieran surgir grupos tan primitivos como esta célula independiente que nació en Olympia de la mano de Calvin Johnson. Jamboree es un disco que recoge el rock que se escondía en los garages norteamericanos a finales de los 50 para unirlo con el desastre absoluto pero encantador de The Shaggs. Un grupo capaz de cantar a capella 58 segundos de placer (Ask Me) y después dar una lección de hard rock en un minuto y 18 segundos (Crashing Through) debería existir en cada década, para poner las cosas claras. No siempre se necesitan ayudas externas: a veces el talento es tan puro que consigue brillar incluso en los lugares más recónditos. Volveremos a nuestro verano indio.

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20. Jane From Ocuppied Europe – Swell Maps (1980)

Niki Sudden y Epic Soundtracks, hermanos de sangre, ya se han marchado de nuestras vidas. El segundo hace mucho tiempo, el primero este año. Y, aunque hayan pasado más de un cuarto de siglo desde la aparición de su esencial segundo disco, pocas cosas han cambiado para ellos en relación a la fama. Mientras otros cardan la lana del post-punk, Swell Maps siguen siendo los grandes desconocidos del rock más experimental y más ruidoso. Ni siquiera la llegada de Pavement en los 90, grupo que debe tener en un altar los discos de Swell Maps y que logró imitar (o recoger) esa locura capaz de componer grandes canciones pop, ha servido para mitigar una de las grandes injusticias de la historia de la música. Si su debut a finales de los 70, A Trip To Marineville, utilizaba la sencillez del punk para crear rock artístico, con actitud, conciencia y buenas letras, el segundo asalto de Swell Maps está a la altura de una obra mítica y ahonda aún más en la búsqueda de la extraña canción rock perfecta. La intensidad y la euforia de The Helicopter Spies, la apertura ambient rock de Robot Factory, el sonido resquebrajado e improvisado de Big Maz In The Desert (del que Sonic Youth sacaron buenas lecciones, a juzgar por los elogios que siempre han derramado sobre los Maps), la gloria post-punk de Big Empty Field o de Let´s Buy A Bridge. Jamás la música avanzada sonó tan accesible. Tengo que decirlo: oír a los Swell Maps fue una iluminación. Hermanos, seguid el camino.

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19. Remain In Light – Talking Heads (1980)

El collage perfecto de los 80, con permiso de Prince. Música de negros tocada por blancos y para públicos de todos los colores. O cómo divertirte en una pista de baile y, a la vez, recibir mensajes muy poco hedonistas (¿o es que no es Once in a Lifetime la mejor radiografía del vacio existencial provocado por el consumismo?). Gran parte la música posterior debe mucho a los Talking Heads, bendita anomalía que ni ellos mismos supieron desarrollar en solitario. En un disco que prescinde de la estructura básica del pop para abandonarse al ritmo (25 años antes de que !!! volvieran con las misma ideas, pero más empanados), los 6 minutos y medio de paranoia sonora de The Great Curve (solo final de guitarra incluido) son una bendición. Y tal vez como reflejo de que la fiesta tribal también rinde tributo a la oscuridad, Remain In Light se adentra en su segunda parte en una noche perturbadora. Y así, David Byrne es capaz de hacer de Ian Curtis en la canción que cierra Remain In Light, The Overload. De luz, nada.

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18. I´m Your Man – Leonard Cohen (1988)

El Dandy (así, con la primera de mayúscula) nos ha regalado un gran disco, un disco enorme, en las últimas cuatro décadas y yo aún espero que su senectud y su tranquilidad budista no le impidan rehacerse de los dos últimos fiascos y dejé también una obra maestra en la primera del nuevo milenio. De momento, regresar al disco en el que el cantautor canadiense cambió la guitarra por los teclados y la caja de ritmos es siempre un placer. No podía ser menos cada vez que destapas el tarro de las esencias y te encuentras con que nada (ni siquiera el saxo de Ain´t no Cure for Love), nada sobra. Apunten títulso a la lista de grandes canciones: Everybody Knows, Tower Of Song (recuerdo la versión mortecina de Jesus & Mary Chain), First We Take Manhattan, I´m Your Man, Take This Waltz, I Can´t Forget… Si acaso, hace unos años hubiera dejado fuera del saco Jazz Police, pero ahora me gusta ese tono apocalíptico, como de American Psycho, que desprende. Para rematar la faena, aquí están las letras más lúcidas de uno de los poetas del rock. Si se queda tan atrás, es por culpa de una época de desapego coheniano causado por la escucha de sus dos últimas obras. Por eso no funcionan las listas, porque otros recuerdos interfieren en la idea principal.

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17. Underwater Moonlight – Soft Boys (1980)

La piedra filosofal del pop underground de los años 80 y el disco más influyente de todo el power pop (con permiso de The Beat). Fieles a las 4 grandes B´s de la historia de la música (Beatles, Beach Boys, Byrds y Big Star), Robyn Hitchcock y los suyos nos legaron el conjunto perfecto de eso que algunos llaman canciones afiladas. O lo que es lo mismo, tocar himnos pop (todos los temas de Underwater Moonlight son tarareables) de una manera más rockera que otra cosa. Mucho más importante que todo lo más publicitado de este disco, ese toque psicodélico tan especial, es la euforia que te traslada esta catedral del pop con guitarras. Piensen, así a bote pronto, cuantos grupos de más allá de 1980 encajan en esa definición (“pop con guitarras”); escuchen Underwater Moonlight y ahora vuelvan a pensar en ellos y cuéntenme si suenan tan frescos como antes.

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16. Perverted By Language – The Fall (1983)

Que alguien me explique como un grupo tan poco amable como The Fall puede ser tan adictivo. Que alguien me diga por qué Mark E. Smith tiene el don para que cualquier canción que hace, a nada que no seas un consumidor exclusivo de radiofórmula, sea tan contagiosa. Y no es que sus discos sean fáciles. Qué va, todo lo contrario. Si los miras, son una mezcla deslabazada de punk, pop, guitarras urgentes, recitados sin melodía o gritos con melodía. Pero lo curioso es que todas las piedras del puzzle cuadran y se te meten en la cabeza. Oigan si no Garden (siete minutos de fascinación sonora) o la inicial Eat Y´self Fitter y aprendan a disfrutar de uno de los grupos más únicos de la historia de la música. Como dice el señor Tremolina, The Fall crean adicción.

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15. Now That´s What I Call Quite Good – The Housemartins (1988)

El grupo de pop que más me ha hecho sonreir y bailar. Fueron tan encantadores que se te podía pasar por alto que además sus letras contenían cargas de profundidad de alto voltaje emocional y social. En este recopilatorio de singles, rarezas, tomas en directo y mil cosas más, los exuberantes arreglos sixties de temas como Bow Down conviven con el miedo a crecer (Mother, Father, I think that I would rather / Stay at home with you for another year / That building’s so tall and it makes me feel so small); baladones en falete de la talla de Think For A Minute o Build ilustran el infame rumbo de nuestras sociedades ( This street used to be full, it used to make me smile / And now it seems that everyone is walking single file); y bajo la apariencia de pop saltarín y divertido (Sheep) se esconden lúcidas reflexiones sobre el ser humano: When I was young they used to get me counting sheep But the counting I did was all in vain / when I’m tired and I’m trying to get to sleep / count humans jumping onto trains. Algunos se los tomaron a broma y muchos creyeron que sólo eran los Hombres G de Inglaterra, !ay! Se les echa de menos. Mucho.

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14. 16 Lovers Lane – The Go Betweens (1988)

Poco tardan los australianos en dejar clara su tesis respecto a la vida. “I know a thing about darkness, darkness ain´t my friend”, cantan los Gobetweens en Love is On, el tema que abre su último disco antes de su primer parón. Nadie puede buscar oscuridad en sus obras, aunque sí melancolía. Mientras que su segunda etapa, la que comenzó a finales de los 90, está llena de alegría de vivir, en los ochenta, el mejor grupo de pop posible no podían esquivar las malas caras del amor y la frustración, pero siempre encaraban todo desde el lado más delicado. Por ejemplo cuando cantaban “ I tried to tell you / I can only say it when we we´re apart, about this storm inside of me and how I miss your quiet, quiet heart” y al poco entraba una armónica que te dejaba con la defensa baja para todo el resto del disco. Oscuridad no había y todo un halo de sofisticación romántica envuelve las melosas canciones de los Go-Betweens, pero el paño de amargura que te deja este disco no se te quita en años.

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13. The River – Bruce Springsteen (1980)

Ya sabemos todos que Nebraska es el disco preferido por los críticos y que siempre queda bien que salga en las listas. Te da algo así como una pose de intelectual con corazón. Pero a mí, como ningún labrador me ha venido a explicar el materialismo dialéctico, me pega más que el disco de Springsteen que venga a representarle en los años 80 sea ese doble con el que abrió la década. Primero, por ser la depuración y síntesis perfecta de su estilo, de ese rock para cantar entre amigos y hacer una piña con el resto de fans. Segundo, por las canciones. Porque Nebraska triunfa por atmósfera, pero The River tiene temazos como Jackson Cage, Two Hearts, Hungry Heart, I Wanna Marry You, Cadillac Ranch o The Ties That Bind, todas ellas dignas de entrar en cualquier recopilatorio con lo mejor de los 80. Y cómo uno encima es un sentimental y le apasiona el Springsteen romanticón que canta en voz baja, no puedo sustraerme a los encantos de Point Blank, Wreck On The Highway o Drive All Night. Y si hubiera alguna duda, hay dos canciones cuya narración y forma de interpretarlas las lleva directamente al podium del boss: la despedida agria de Independence Day, y la narración de una vida obrera marcada por una relación sexual de The River.

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12. Crazy Rythmn – The Feelies (1980)

Es increible como los grandes medios han pasado tradicionalmente de puntillas sobre un disco tan inmenso como el debut de los Feelies. Se entiende menos por venir de donde vienen, Nueva York. Quizás la ciudad de los rascacielos estaba dejando tantas banda interesantes a principios de los 80 que algunas quedaron oscurecidas. En cualquier caso, si todas las recuperaciones que deja el tiempo son como Crazy Rythmns, bienvenidas sean. Nombrados la mejor banda underground de la ciudad por la revista Village Voice antes de su estreno plastificado, en su debut destaparon un tarro de las esencias que tenía una influencia principal: la Velvet Underground. La voz poderosa de Glenn Mercer punteaba canciones construidas sobre ritmos maniacos o largos desarrollos de guitarras, a veces como unos Television que no quisieran lucirse en los solos. Mientras al otro lado del atlántico, en Inglaterra, las bandas surgidas de la depresión post-punk comenzaban a buscar intensidad en la oscuridad, los Feelies lograban aquella sin renunciar a la luz. Otro gallo hubiese cantado al indie si en vez de quedarse en el triunvirato Dinosaur Jr-Pixies–Sonic Youth, se hubiesen dado una vuelta por los sentimentales surcos de Crazy Rythmn. Moscow Nights o Loveless Love son clásicos que hoy viven con más fuerza que nunca, como todos los de un disco que merece la pena ser (re)descubierto.

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11. Sign Of The Times – Prince (1987)

El auténtico rey de la música ochentera. Cualquier lista de esas que se precie contendrá no uno, sino varios discos del príncipe de Minneapolis cerca de los puestos más altos, y puede que incluso en el número uno. Nunca he llegado a darme una una zambullida completa y sosegada, de esas en pla fan, en todos sus discos. Tengan en cuenta que yo llego primero al Prince chungo, al que estaba más ocupado librando batallas contra la industria discográfica e inaugurando la tradición de los “nicks” que haciendo buenos discos. Sin embargo, tanto en Purple Rain como en 1999 como Sign Of The Times veo los signos de lo que debió ser vivir en los ochenta con un tipo así (multidisciplinar, variado, prolífico, casi genial). Y aunque con Purple Rain haya tenido una relación muy sentimental, hoy Sign Of The Times me parece más rico si cabe. No sólo es que sea un disco doble sin apenas bajones de intensidad, tampoco que aquí suene más frío y sexy, menos soulero (el cuerpo me pìde eso, ahora mismo), sino también que alucino como un tipo pudo unir cosas tan dispares y (algunas de ellas) horteras y crear un disco que es como un ladrillo, pero de los de golosina. La titular, para la historia.

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10. Ocean Rain – Echo & The Bunnymen (1984)

Otro grupo del que es difícil escoger un solo disco, aunque quizás sea Ocean Rain donde alcanzan su madurez pop. Ya eran los Love de la generación postpunk (de los pocos que consiguieron hacer que la psicodelia casara junto a la oscuridad), pero aquí derraman toda la pasión que guardaban dentro. Pocos vocalistas han transmitido tanta pasión como el bocazas de Ian McCulloch, que nunca necesitó los efectismos de la garganta de Bono (con quien siempre se le comparó) para hacer presos nuestros corazones. Ocean Rain tiene el drama (Nocturnal Me), tiene el pop (Crystal Days), tiene la emoción (Seven Seas) y tiene el himno definitivo: The Killing Moon, una canción para llorar hoy y siempre. 9 canciones en 37 minutos de pura magia. La épica era esto y no lo que otros trileros nos quieren hacer creer.

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9. Daydream Nation – Sonic Youth (1988)

Un doble disco para la historia, artístico pero juvenil desde el inicio primero misterioso y luego totalmente contagioso de la grandísima Teen Age Riot. Debe ser que ya me he acostumbrado a su sonido, a sus afinaciones imposibles, a sus cabalgadas de guitarras, a su bajo furioso, a sus voces imposibles (especialmente la de Kim), pero hoy me Daydream Nation no sólo no me suena para nada transgresor sino que me parece un monumento pop. Y eso es bueno: si Sonic Youth hubiesen sido sólo un grupo innovador, seguro que hoy sus primeros discos no parecen tan vivos como de hecho lo están. Pero, además, esta hora y diez minutos fluye sin principio ni final, como la corriente de un río que tratas de capturar de laguna manera (fotografía, vídeo, con un vaso) pero que siemrpe seguirá moviéndose. Sentarse en el sofá y ponerse Daydream Nation supone un ejericcio de fascinación tal que casi diría que éste es un disco creado por faquires y que nosotros somos las serpientes de su vasija de mimbre. Punk disfrazado de rock disfrazado de pop disfrazado de arte contemporáneo. Nunca la palabra textura pudo significar tanto en tan poco tiempo.

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8. Darklands – The Jesus & Mary Chain (1987)

Todo este comentario va a ser una disculpa. Sí, Psychochandy fue más revolucionario, por hacer del feedback un instrumento más para componer canciones. Pero, aun siendo The Jesus & Mary Chain un grupo limitado a dos caras, la segunda, la que mostraron en Darklands, es tan intensa como la primera. Acometida ya su particular revolución musical (su uso de las guitarras abrió un nuevo camino de experimentación a los más jovenes cachorros británicos), en el segundo disco los hermanos Reid se dedicaron a hacer grandes canciones y, he aquí la novedad, a dejárnoslas escuchar.

Ya sin Bobby Gillispie a la batería, huido para dar la de cal y la de arena en Primal Scream, los Reid se quedan solos con una caja de ritmos. Mantienen otras de sus señas de identidad: su habilidad para reinventar el rock más clásico (el de los años 50 y también el de los Beach Boys; oígase Cherry Came Too) en canciones totalmente modernas y para llenar los huecos con reverbs y trucos de estudio más importantes de lo que una primera escucha deja ver.

Pero donde realmente triunfa Darklands es en su aspecto de montaña rusa. Si el tema titular abre el disco en clave baja y Deep One Perfect Morning suena casi spectoriana, Happy When It Rains es el primer trallazo de pop ruidoso, el primer caramelo que servirá de modelo a miles de bandas de finales de los 80 y principios de los 90. Esta emblemática canción tiene en el mismo disco sucesoras de postín: April Skies, Down On Me, Fall… Lecciones de cómo hacer que el mismo chicle sepa diferente y siempre quieras comerte otro.

En la parte oscura de un disco que nunca quiere abrir demasiado la ventana (las letras ahondan todas en la versión más tristona de la vida, aunque como imagen de amor pocos superarán cuando William canta “cherry takes me to the place above with barbed wire kisses and her love”) están las enigmáticas y “Loureedianas” On The Wall y Nine Million Rainy Days. Y para poner el colofón, About You, el tema del que han salido todas las canciones más acústicas de Los Planetas.

No dudo que Psychochandy se merece tanto (o más) estar representando a Jesus & Mary Chain. Incluso me atrevo a afirmar, como el emocionado Javier Becerra, que ése disco es también mi año cero, mi tabula rasa. Sin embargo, hay algo en la oscuridad de estas tierras oscuras, en este dificilísimo segundo disco (¿cómo superar algo que el mismo año de su edición se convirtió en clásico absoluto?) que las llena de atractivos y las convierte en un refugio al que volver siempre que el pop te decepciona. Conscientes los Reid de que no querían hacer del muro de sonido de su anterior disco una marca de fábrica, Darklands es la reinvención más valiente que uno se pudiera imaginar.

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7. Hatful Hof Hollow – The Smiths (1984)

Veamos. Si parece asumido que los singles de los Smiths son parte fundamental de su magia como grupo, ¿por qué nunca se escoge una recopilación suya como uno de sus mejores discos? ¿Se considera acaso que puede ser no hacer justicia a su obra, que todos los artistas serios deben tener un disco como Dios manda? Pues no sólo no es así, sino que ningún disco, ninguno (y a pesar de lo especiales que son) supera la magia de oir a un grupo tan en estado de gracia que hasta sus caras b fueron míticas. Y ya puestos, ¿por qué no escoger la recopilación que contiene sus mejroes aciertos de los discos (How Soon Is Now? sigue arrebatando en sus seis minutos, Reel Around The Fountain siempre será una de las mejores aperturas de discos de la historia) y las cnaciones más míticas de sus lanzamientos simples? Hatful of Hollow es la quintaesencia del pop smithsiano, ése que por separado ninguno de los componentes ha sabido igualar. Guitarras trotonas y cambios de acordes imaginativos, un cantante con carisma, estilo propio y una pequeña dosis de sobreactuación y una base rítmica contudente (en These Things Take Time brillan casi más los dos Smiths de la parte trasera que los que habitualmente recibían los elogios). Y para atajar cualquier posible discusión al respecto, díganme acaso si This Charming Man, Handsome Devil, Still Ill o Please, Please, Please, Let Me Get What I Want (¡Dios, cuántas veces me pondrá los pelos de punta!) no se merecían estar en una lista como ésta. Heaven knows I´m miserable now.

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6. Closer – Joy Division (1980)

Otra columna fundamental en la educación de cualquier adolescente de finales de siglo pasado y comienzos de éste. Es abusrdo imponer una distancia imposible con las cosas que nos machacan por dentro. Ian Curtis lo intentaba con sus letras y, junto a su grupo, con una música densísima, aunque llena de espacios vacíos, que usaba los silencios, pero nunca los dejaba aparecer. Closer no sólo es un disco más dramático pero menos efectista que su predecesor (Unknow Pleasures), sino que además es un disco moderno incluso cuando sintetizadores como los de Isolation o Heart & Soul hayan pasado de moda, al menos, un par de veces desde entonces. Sigue teniendo una profundidad tan angustiosa, a veces tan alemana (Decades, A Means To An End, Atrocity Exhibition o The Eternal suenan con la frialdad emotiva del Berlín de Brian Eno, no del de Lou Reed), que no resulta cómodo entrar entre sus notas. Y aunque su uso y disfrute desgaste varias de las canciones (personalmente, Twenty Four Hours ya me resulta inaudible) el conjunto es aún una piedra de toque fundamental. Excesiva también, como corresponde a los grandes discos tristes. Un disco que cada vez me doy cuenta es más para una escucha personal, demasiado íntimo como para romper su atmósfera oyéndolo junto a otra persona.

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5. New Order – Technique (1989)

El Forever Changes de la generación acid, con un grupo bandera mostrando las miserias de la época a la par que encadena una sarta de himnos definitorios del sonido que marcó el final de una década. Un disco en el que las apariencias de alegría y sonrisa en la cara ocultan tanto como la frase de Round & Round: The picture you see is no portrait of me / It’s too real to be shown to someone I don’t know. Así, en plena época de fingir que todo va bien, de inventar un falso segundo verano del amor, New Order se encargan de quitar las caretas de los demás analizando la propia intimidad. Y no es extraño que en una canción de desorientación pastillera como Mr. Disco aparezcan una frase absolutamente descriptiva de tanto exceso: Ibiza, Mallorca, and Benidorm too I’ve searched all these places but never found you. Si antes íbamos por la vida perdiendo trenes y cogiendo resfriados, ahora ya perdemos hasta las neuronas mientras saltamos de fiesta en fiesta.

Desde el ácido comienzo de Fine Time (ácido por discotequero y por esa letra casi pederasta y socarrona: But I’ve never met a girl with all her own teeth / That’s why I love you babe (…) you’ve got style / You’ve got class / But most of all / You’ve got love technique) hasta el oscuro final del dramapop Dream Attack (donde el amor es a la vez inevitable, deseable y agobiante), Technique es una voltereta genial en la carrera de un grupo capaz de sobrevivir a todo, excepto a su propia senectud (como demuestran su últimos discos y directos).

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4. Stone Roses – Stone Roses (1989)

A finales de los 80 llegó un nuevo verano del amor, aunque en esta ocasión tenía más que ver con las drogas que con el buen rollo hippie. “Smile” había querido gritar Brian Wilson 20 años atrás, pero sólo el Acid se había atrevido a darle forma a esa sonrisa. El pop de la década en la que la industria más controló las listas estaba contaminado por clones de clones de artistas que una vez merecieron la pena, pero que ya sólo divagaban. Y Manchester, propulsada por la locura que habían encendido New Order y que Happy Mondays habían convertido en fiesta desenfrenada, se había transformado en Madchester. Con ella, toda una generación indie que, sin apenas posibilidad de agarrarse a un grupo de pop inglés vital, se había lanzado a las pistas de baile.

De toda esa locura salió el que sería el disco más recordado de Madchester. Curiosamente, también el menos bailable, el más sesentero, el que tenía los estribillos más tangibles, el que no parecía dispuesto para las noches locas. No lo parecía, aunque lo estuviera: pocas secciones rítmicas del dance pudieron igualar la mestría con la que Mani y Reni ponían a cien las canciones. Lo vieron los remixers, que no tardaron en convertir a Stone Roses, el disco, en la banda sonora perfecta para el hedonismo juvenil.

Pero había algo más que una mina de oro en la sección rítmica de los mancunianos. Había un guitarrista imaginativo, en estado de gracia, capaz de crear estribillos sonoros, sin letra, y de reinventar la mejor tradición británica. Se llamaba John Squire y fue uno de los culpables de que los jóvenes ingleses no abandonaran para siempre el pop en busca de nuevas sensaciones.

Y aún había más razones. Por allí pasaba un vocalista chulesco y arrogante a la vez que indolente y pasota. Alguien que te escupía en la cara frases epatantes como “quiero ser adorado” o “soy la resurrección” o “no pares”, pero era como si te las susurrase, como si cayeras en una hipnosis profunda que, de vedad, te obligase a adorarlo, a verle como a un mesías, a no dejar de poner sus discos.

Aquello fue cosa del destino, de un golpe de suerte tal vez. Ellos nunca volvieron a insinuar ni siquiera la cuarta parte de lo que consiguieron con este disco. Su historia es triste y, para muchos, eso resta valor a su debut. Peor para quienes así lo piensan, que son incapaces de ver que, aún hoy, Stone Roses sigue siendo toda una revelación.

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3. Doolittle – Pixies (1989)

Algo en este disco provoca euforia y aún no sé qué es. He intentado descifrar sus secretos, en busca de la piedra filosofal del pop alternativo, pero nunca se deja. Se oculta bajo la apariencia de ser tan sólo un conjunto de buenas canciones, producidas con intención de masa, de limar las aristas y pulir las complejidades conceptuales de sus experiencias anteriores. Quiere convencernos de que es sencillo sonar como Monkey Gone To Heaven o Here Comes Your Man, con esa capacidad adictiva. Nos quiere embaucar: “algo así lo han hecho otros antes mil veces”. Así pretende ocultarnos su fórmula magistral.

Lo peor es que lo logra: la primera vez que lo escuchas sabes que no has oído nada igual, pero te suena terriblemente familiar, como si siempre hubieses necesitado que alguien te cantase canciones así. Te montas en la cresta de una ola con la buñueliana Debaser y ya no te bajas hasta la explosión épica en menos de tres minutos de Gouge Away. Mientras unos se pasan la vida buscando una melodía que echarse a la cara, los Pixies van y regalan quince. Así, de una tacada, sin temblar.

No lo quieren reconocer, pero esto es pop pervertido. Los Pixies miraban las canciones de otros y les aplicaban el mismo tratamiento que el señor Humbert con Lolita: lo que a ojos de otros era una simple niña, sin encanto alguno, en la mente de Humbert se volvía el más puro placer carnal que el hombre pudiese divisar. De igual manera, Black Francis y compañía observaban los ritmos anodinos, los estribillos simplones y las voces sin garra de otras bandas de los 80 y en su mente les daban los toque precisos (un grito punk, un bajo bubblegum, un acompañamiento lo mismo hardcore que noise que sacado del pop de chcias de los 6’) para convertirlas en imortales. La diferencia es que mientras a Humbert le perdió su Lolita imaginada, a los Pixies la jugada les salio bien y cambiaron el pop underground para siempre.

Pocos se enteraron, pero los que lo hicieron no volvieron a ser los mismos. La euforia de la que les hablaba en un principio fue transformada en rabia adolescente por Nirvana y Lolita se quedó a vivir entre nosotros, ya cada vez más manoseada por los mayores que querían jugar con ella. Muchos otros han hecho del pop independiente un lugar de buenas canciones, pero nadie ha sido capaz de igualar el impacto de los discos de los Pixies.

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2. And Don´t The Kids Just Love It – Television Personalities (1980)

Jamás he visto un disco que engañase tanto. Bajo su apariencia juvenil, divertida y destartalada se esconde una tragedia personal, la de Dan Treacy, a la que no deberíamos hacer tanto caso, a no ser que queramos convertirlo en el nuevo Brian Wilson, una marioneta a la que poder manejar a nuestro antojo y que nos sirva para dar conciertos nostálgicos.

Dijo Kurt Cobain que el único grupo que siempre que se lo ponía le hacía llorar eran los Television Personalities. Y ésa es la opinión que se está generalizando hoy en día. Nos centramos en las letras y nos olvidamos de lo más importante en un disco: el sonido.

And Don´t The Kids Just Love It es la antesala de todo la música que se considere “indie”. Pongamos que hoy nace un grupo que se llama, yo qué sé, los Roulettes y que tocan pop desenfadado, sin preocuparse demasiado por saber tocar o por ligar las melodías. Pero, al final, todo les cuadra y de su disco esquemático salen buenos himnos. Los Roulettes nunca citarán a Television Personalities como influencia. Y no es que se hagan los interesantes (eso comenzará un poco más tarde, cuando ya sean famosetes), sino que será verdad. Pero los Personalities habrán influido a cualqueira que sea el grupo indie primerizo que les hizo empuñar una guitarra.

Tres acordes y ni idea de saber tocar. Con tantos punks a tiempo parcial, los TV Personalities decidieron escoger la senda de Syd Barret (le dedicaron una canción dulce con grito de enfado final) mezclada con unos posos de melancolía de finales de los 50 (pienso en ese punteo de guitarra de Diary of a Young Man, por ejemplo) y frita al estilo Nuggets. Ninguno de los garages estadounidenses de los 60 en los que la psicodelia se practicaba con escasos medios y muchas ganas sonó como ellos, pero en este disco parece como si Dan Treacy hubiese estado allí.

En las 14 canciones de este disco hay una euforia musical, una capacidad para crear ganchos, para hacer que ese sonido basura sea una parte más de su atractivo. En estos tiempos, en los que la tecnología hace que cualquier grupo suene como los U2 de Acthung Baby, en los que los programas de producción podrían hacer hasta que yo cantase bien, And Dont´t The Kids Just Love It es suficiente para darnos cuenta de que habremos ganado en calidad sonora, pero no en mejores canciones. Parties In Chelsea, Jackanory Stories, This Angry Silence o cualquier otra son las canciones que se repiten en la radiofórmula celestial . Porque si hay Dios, seguro que es fan de los Television Personalities.

De sus letras duele hasta decir algo. Que bajo esa aparente música infantil (en el sentido más positivo de la palabra) haya historias de familias en descomposición de, suicidios de esquizofrénicas adolescentes, tardes en las que vas a buscar a un viejo amigo y resulta que nunca exisitió, rabia… Muchas veces dan ganas de no saber qué canta Dan Treacy para poder seguir disfrutando de su música. Si reparas en algunas frases ( But just like life there’s a good beginning but there is no middle / So you may as well skip to the end / It’s the same old story / And I’ve heard that story a thousand times before; ¡buff!), ya todo cambia.

Créetelo. Si aún no los has escuchado con atención, puede que no te hayas dado cuenta de que son el grupo de tu vida.

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1. REM – Murmur (1983)

Sonido oscuro y música apasionada. Y es lo mismo. Un cantante que no te dice nada y utiliza su garganta como un instrumento más y otro que de repente te canta letras profundas, con significado. Y son el mismo. Un debut y una obra maestra sobre la que se cimentará parte de la nueva música. Y es lo mismo. Musgo y la cosa del pantano. Y es lo mismo. Murmur y el mejor disco de los 80. Y sí, son lo mismo.

Ahora que se lleva tanto tiempo hablando del post-punk, de Gang Of Four, de Wire, de todos esos grupos que merecen la pena, bueno es recordar que, por desgracia, su recuperación ha venido de la mano de una pandilla de revivalistas con más o menos gracia que poco o nada nuevo han aportado a lo que ya conocíamos. Porque sí, Mäximo Park tienen un pase, Interpol se dejan escuchar y a veces hasta gustan y Radio 4 se disfrutan, pero ¿de verdad alguien ha tenido con ellos la sensación de estar ante algo completamente nuevo, algo que no entiendes del todo, pero que sabes que te ha enganchado, emocionado, descolocado, ganado por KO técnico? Y, sobre todo, ¿alguien podrá decir lo mismo, mantener la misma opinión, cuando hayan pasado más de 20 años desde la edición de esos discos, de esas bandas? ¿Qué pasará cuando hagamos disparar el cañón, cambie el viento y cambiemos a esta Mary Poppins de ritmos sincopados por otra de aspecto saltarín e inglés o american, triste y andrajosa? Me temo que de entre los restos del nuevo incendio tampoco saldrá un disco como Murmur ni un grupo como R.E.M.

Cada uno llega a los grandes discos cuando puede. Recuerdo que mi primera copia de Murmur, comprada en Amsterdam, era ya la versión extendida en cd. Para entonces ya me sabía de memoria Out Of Time, Automatic For The People y Munster, también Life´s Rich Pageant. Hasta ahí había llegado en mi recorrido de salmón por la discografía R.E.M.

La primera que oí el debut de los de Athens me impresionó, dejó huella, pero no lo entendí y ni siqueira puedo decir qe me marcara más que otros disco de mi adolescencia. Quedaban demasiados vacíos, demasiadas líneas por rellano. No supe explicarme por qué el encanto de ese disco era mayor que el de sus obras posteriores, cómo era posible que los de Athens estuvieran tan fuera de las normas humanas que hasta su propia carrera musical negase los ciclos de la vida de un grupo. Se supone que, cuando uno es bueno, primero hay unos discos de aprendizaje, luego un momento cumbre de madurez que viene a durar dos grabaciones más y luego una carrera que mezcla repeticiones del estilo propio con aventuras osadas, intentos de quitarse los propios clichés y canciones decentes, incluso buenas, mezcladas con otras que te avisan de que la decadencia te ha adelantado por la derecha.

R.E.M. no. En Murmur, con tan sólo un ep a sus espaldas, ya eran la hostia. Lo digo en plan bruto porque me emociona no sólo que fueran capaces de tener tanto talento, sino porque los tíos loghraron mantener ese listón de calidad al menos diez años más.

De todas formas, una gran carrera no convierte a un disco en algo excepcional. Y lo que tiene Murmur para ser un clásico es un misterio, aunque puedo intentar divagar sobre sus cualidades. Por ejemplo, sobre Peter Buck recogiendo las influencias de los años 60 en su guitarra folk-rock(los Byrds, sí, los Byrds) mientras el bajo y la batería sonaban como Gang Of Four. O por ejemplo, sobre un cantante con una garganta que no es de este mundo, capaz de sacar emoción de los fraseos más manidos, capaz de convencerte de que todo lo que dice, incluso las silabas más inconexas, tiene un sentido trascendental, emotivo y directamente relacionado con tu vida.

Admito que, como oyente, acepto mejor los discos melancólicos que los expansivos. Y sin embargo, por eso mismo, cada vez me cuesta más que me gusten ese tipo de grabaciones, mientras me descubro escuchando sin pasión álbumes de cartón piedra. Ni Pilgrimage, ni Laughing ni West Of The Fields suenan, en su leve oscuridad post-punk, a baratija. Ni el torbellino a base de acelerones y paradas, de rasgados de guitarra y punteos sostenidos de 9–9 ni el powerpop de melodía sublime de Sitting Still te engañan lo más mínimo. Todos los trucos de R.E.M., seguramente, ya los habíamos oído por separado. Pero lo curioso es que en Murmur se unen y dejan de parecer eso, trucos, para ser la forma más natural y sublime de entender un estilo, el rock americano de raíces.

En su parte lenta, con Perfect Circle o Talk About The Passion como ejemplos, Murmur rompe. En su zona vitaminada pero oscura, allá donde se oye Moral Kiosk o Pilgrimage, traduce todas las virtudes de la oscuridad que salió del punk en un sentimiento poco miserable. Pero hay una zona poco transitada incluso por los R.E.M. de después de este debut, que contiene algunos de los mayroes aciertos. Es la felicidad inglesa y aparentenmente intrascendente de We Walk. Es la melancolía guitarrera, folk y sin embargo conectada al enchufe de West of the Fields. Y es el paseo vocal inmenso de Michael Stipe en la predecesora de Don´t Go Back To Rockville, la absolutamente necesaria en nuestars vidas Shaking Through, quizás mi favorita de todas la carrera de R.E.M.

Cuando la garganta de Stipe, allá por el minuto 2:15, abandona el ya de por sí emotivo estribillo para desgarrarse con ese In my lifeeeee todos los enigmas de Murmur parecen resolverse. Sólo es un espejismo: jamás se desentraña cómo se talló esta gema. Aún lo escucho, aún se me pone la carne de gallina y aún me preguntó por qué, cómo fue y cuando alguien volverá a darme otro misterio así.

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