Ya está aquí, el momento en el que cerramos el excel, en el que ponemos negro sobre blanco lo que nos ha parecido el año y elegimos los mejores discos de 2020 según nosotros mismos. Mucho algoritmos han sufrido daños en la confección de esta película.

Si en otros aspectos el año ha sido realmente un desastre sin paliativos, en lo musical llegamos a la conclusión de que ha merecido mucho la pena. Hemos sufrido para acotar la lista a sólo los 51 discos habituales, se nos han quedado fuera discos absolutamente destacables, que para algunos de nosotros han sido casi imprescindibles, y, con todo, miramos nuestra selección y pensamos «qué guay ha estado». Esa no es la única conclusión deseable de un año como este.

Que 2021 sea mejor para todos en lo extra musical y que en lo musical mantengamos el nivel. Por cierto, si te hemos servido de algo, aunque sea para echarte unas risas a nuestra costa, puedes ayudarnos, al final de la lista, a seguir con el proyecto por muy poco.

51. Lucidvox – Мы есть

Sorprendente es poco para describir el increíble torbellino que es el tercer disco de estas rusas que deberían estar ya en el radar de todos los apasionados de la psicodelia. Con un empuje y una efervescente creatividad dignos de unos Goat, cogiendo de diferentes vertientes psicodélicas desde el space rock más bruto y colindante al metal hasta el kraut más oscuro, y también tomando elementos del folk esotérico (Blood Ceremony vienen a la mente) o incluso del post-punk, las rusas hacen un disco inabarcable que también te peina para atrás. Si oís coño 13 veces en una canción, pues ya estáis como nosotros.

50. Georgia – Seeking Thrills

La joven Georgia no tenía muchas veces con quién quedarse para que la cuidasen, así que su padre (Neil Barnes, de los clásicos Leftfield) y su madre se la terminaban llevando a las raves, donde la joven niña desarrolló una pasión por la música electrónica de baile y por conseguir que la gente vibrase en la pista de baile. De ahí que le haya salido uno de los discos de pop electrónico más finos y plagado de temazos del año, rellenando el hueco del pop fino que ha dejado Robyn este año. El disco divertido que te salva cualquier día de mierda.

49. Mil-Spec – World House

Pasan tantas cosas en estos 22 minutos que no sabes ni de dónde te han venido las hostias, pero la cuestión es que han caído. Cuando vuelves atrás descubres una riqueza sorprendente en un disco que es fácil descartar como otro retal del hardcore-Washington-finales-de-los-80, pero al final está lleno de rincones interesantes, de esquinitas melódicas en medio del barullo, de giros y curvas en un trabajo que podía haber sido de carril. Y todo en esos 22 minutos.

48. Daniel Avery – Love + Light

El inglés ya no es ese productor con gracia y con algún hit para la pista de baile que fue, sino que se ha convertido en una figura mucho más interesante, alejada de las sinuosas composiciones tech house, a veces previsibles, aunque eficientes en su caso. El mejor disco de Avery hasta la fecha lo es por su ambivalencia, por apostar por las texturas del ambient, a veces de manera visceral, con cambios abruptos, y otras desde la sutileza, con cientos de matices tras las cortinas. Será interesante ver en el futuro si este es su techo.

47. Jeff Rosenstock – NO DREAM

Jeff nos sorprendió alegremente cuando nos dijo que tenía disco nuevo, pero no esperábamos que fuera a ser tan metralleta. El músico nos lanza una hostia tras otra, a un ritmo tan arrollador que casi cuesta seguirlo, en un disco definitivamente más punk, pero irremediablemente tan pop como él sabe, tanto por lo pegadizo como por lo efímero. Si pestañeas, Jeff ya ha pasado a otra canción, mientras te ha sumido en el perfecto torbellino de Descendents, Beach Boys y skate punk noventero.

46. Sunwatchers – Oh Yeah?

¿Son Sunwatchers más psych-rock o más jazz-rock? Pues nunca lo van a resolver, pero del choque entre uno y otro llevan ya siete discos apasionantes, sobre todo porque nunca, nunca dan la turra, que cualquiera apostaría como el resultado más probable de esa pelea. Su sonido, caótico, colorista, encabritado, con guitarras garageras al borde del punk y saxos sangrantes, tiene el don de nunca cansarse y nunca cansarte, de propulsarse no por lo cerebral, sino por lo visceral, y de acabar llevándose el bote gracias a tanto presunto farol jugado que acaba en mano ganadora.

45. Bruxa Maria – The Maddening

Había grupo en Bruxa Maria. Los londinenses sacan un segundo disco que vuelven a mostrar su buen gusto cruzando estilos y experimentando, con una ideal intersección entre post-hardcore, sludge metal y noise. Sus ocurrencias y su perfecto punch solidifican un álbum que nunca pierde empuje y siempre te sorprende. Además, apunta a ganador de disco con mejores títulos de canciones del año.

44. Black Curse – Endless Wound

Con una portada que ya apunta a ser una de las más destacadas del año (¿de las mejores? ¿de las peores? quién sabe), Endless Wound encierra en su interior una encendida colección de inflamable metal extremo que, sin duda, es de lo mejor que ha traído el género extremo este año. Cada segundo lo tocan con un ímpetu apasionado y con tanta intensidad que parece que vayan a derretir el suelo que pisas. Una pasada.

43. Pottery – Welcome to Bobby’s Motel

Pottery no tienen vergüenza. O lo que es lo mismo: son unos sinvergüenzas de cuidado. Welcome to Bobby’s Motel es un disco divertidísimo, pero construido con todos los mimbres de las canciones de Talking Heads. A veces dan ganas de decirles “sois a Talking Heads lo que Interpol a Joy Division”, pero, claro, pasa justo lo mismo que entonces: que cuando quieres darte cuenta del trile, ya estás arrebatado y dejándote llevar. Bienvenidos al hotel de los que decidieron no tener prejuicios.

42. Amnesia Scanner – Tearless

¿Son un meme? Si es así, son uno tan fabuloso como el que nos sirvió como crítica de Tearless. ¿Son el cuerpo extraño que necesitaba la electrónica para sacudirse el a veces demasiado pronunciado muermo, para sacarse el palo del culo? Si es así, ojalá todas las fiestas postcovid suenen a este fin del mundo ido de madre, a este Windows 95 colgándose en tu cerebro.

41. Lonker See – Hamza

Polonia, qué hermosa eres. El trote misterioso de los polacos Lonker See, a medio camino entre el miedo escénico, lo ominoso, el ruidito contagioso y el space-rock GUAY (el otro que se lo metan por el riau quienes lo practiquen, que no está el mundo para brasas). La tierra es plana y ellos están tocando en el borde de la tortuga: puedes despeñarte a gusto siguiendo su música.

40. Bell Witch & Aerial Ruin – Stygian Bough Volume I

Bell Witch vuelven a mostrar su particular solvencia y solemnidad con su funeral doom que es muy funeral y muy doom. Esta vez lo hacen de la mano de Aerial Ruin, uno de los grupos emergentes más interesantes salidos últimamente del neofolk, y ambos paren casi su mejor obra. Inmensa a la par que emotiva y profunda.

39. Against All Logic – 2017 – 2019

Después de un primer trabajo fantástico, repleto de curvas irresistibles y buenísimos retazos de funk, en este segundo largo Nicolás Jaar amplía el foco para discurrir por terrenos que discurren por el techno, tendencias urbanas y algo de incluso IDM. Sampleando a Beyoncé, pasándose por el forro a Burial, apuntándose a las voces oníricas y cruzando el soul con el microhouse. Tiene para elegir y hay aptitud de sobra.

38. The Killers – Imploding the mirage

Más allá de una serie de singles innegables y contundentes, The Killers han conseguido que aquí haya más disco que sostenga todo. Brandon Flowers y su banda nunca habían sonado tan cómodos en su propia piel. Son una horterada del copón, carne de Rock FM o aborrecible AOR para muchos, pero son innegablemente autoconscientes e irremediablemente pop. Para Imploding the Mirage han subido la apuesta en ese sentido: abrazar el heartland rock, zambullirse en la marmita del new age, y sobrecargarlo todo en una explosión de color, todo sin el menor atisbo de vergüenza. Pero resulta irresistible por su desvergüenza, por dejar que su corazón pop lata con toda la intensidad que dé, y también por una fastuosa producción (entre la que encontramos el nombre de Jonathan Rado, de Foxygen, una de las claves para entender el disco) que te sacude hasta que ya no te quede más remedio que gritar “I’M THROWING CAUTION”.

37. Spectral Lore & Mare Cognitum – Wanderers: Astrology of the Nine

Otra gran colaboración de nivel. Esta vez, unos currantes del black metal europeo como Spectral Lore se da de nuevo de la mano de Mare Cognitum, y juntos crean una inabarcable bestialidad de metal extremo, psicodelia espacial y post-metal. Aunque es una corriente más extendida, este dúo se topan con cotas nunca vistas que hacen de este trabajo un imprescindible.

36. Motorpsycho – The All Is One

Es realmente para no dar crédito que una banda como Motorpsycho haya llegado a los 30 años de carrera y nunca parezca que se hayan bajado de su mejor momento. En los últimos años parece que se siguen superando a sí mismos con discos que son de obligada presencia en lo mejor del año, pero The All Is One parece ir un paso más allá, con su renovado enfoque, diferentes influencias y sobradísima interpretación. Su presencia aquí es merecida.

35. Charlie XCX- how i’m feeling now

¿Qué haces si el mundo está confinado y eres la única mega-estrella del pop que realmente importa? Pues grabar un disco en 39 días, los que van de la llamada de zoom con los fans en el que les dijo que estaba empezando a trabajar en how i’m feeling one y editar esta gozada de Pop más allá de los confines. Aquí hay dragones y territorio inexplorado, sí, pero sobre todo por ser el disco más optimista y vital de una Charlie fabulosa, una capaz de crear las canciones más pequeñas que se pueden asir a tu corazón y las más grandes que puedes cantar desde tu terraza, en el único festival que vivirás. how i’m feeling now, uno de los pocos discos pop que, en el momento más duro de la pandemia, no te inundaban de nostalgia por lo perdido, sino de alegría de seguir vivos.

34. Rafael Anton Irisarri – Peripeteia

Con el norteamericano ya son suficientes años para saber que es un valor seguro. Desde 2007 lleva poniéndonos los pelos de punta con sus álbumes, pero en Peripeteia aún llega más lejos, gracias a temas como ‘Fright and Control‘, perfecto resumen de cómo su bruma melancólica se va recrudeciendo, desembocando en ruido y emocionando, una vez más. Pequeños giros en el timón, como esa propuesta más vigorosa que se percibe en puntos como ‘Arduous Clarity‘, apuntalan un trabajo estupendo, otro más de Irisarri.

33. Black Crown Initiative – Violent Portraits of Doomed Escape

Una de las más interesantes irrupciones del metal extremo progresivo reciente se gradúa con honores en lo que debería considerarse uno de los mejores trabajos del género progresivo del año. El sonido de Black Crown Initiate en este disco es el de una banda ya en perfecta armonía con sus ambiciones de estilo propio y sus marcadas influencias, y eso es suficiente para ponerlos como candidatos a relevo generacional.

32. William Crooks – Thunderbird / Flowers

Doblete mágico. Thunderbird es el disco y Flowers la mixtape y en ambos William Crooks aparece como una de las figuras más relevantes y experimentales de un hip-hop estadounidense que no debería empeñarse sólo en el brillo de las monedas y el bling bling, sino también dejar espacio a que el trap sea agresivo; el rap, psicodélico; el flow, oscuro y sombrío; y en los discos quepa hasta la ciencia ficción. Crooks desborda por todas partes y firma tantas cumbres que uno desearía verlo siempre más arriba y que siga haciéndonos preguntar “¿cómo narices has hecho esto, William?”.

31. Kairon; IRSE! – Polysomn

El segundo disco de los finlandeses nos dividió un poco, pero su tercer larga duración nos ha devuelto a sus monumentales brazos. Nunca perdieron el talento, como demuestran en esta irresistible dosis de rock progresivo, psicodelia, e intensos destellos shoegaze y pop que aún no hemos conseguido encontrar en otra banda. Qué bueno volver a escucharles así de sobrados y brillantes.

30. Sonic Boom – All Things Being Equal

Se nos había olvidado lo que era Sonic Boom haciendo música para él mismo. Sabíamos lo relevante que era como productor, con algunas de las ideas más fantásticas que han dado vida a las canciones de los imprescindibles MGMT y Panda Bear. Pero 30 años después, él casi parecía haber optado por vivir en un segundo plano. Su regreso es espectacular y podemos acursarle de habernos estado robando algunos de los mejores paisajes de psicodelia que podamos escuchar, puñados de canciones subyugantes, circulares, hipnóticas, fascinantes, reverberantes, dulces cuando se necesita (bonita evocación del verano en ‘On a Summer’s Day’), cerebrales cuando quiere (el krautrock de ‘Tawkin Tekno’ no te lo saltas), eufóricas cuando le da la gana y, en definitiva, imprescindibles.

29. Róisín Murphy – Róisín Machine

Han pasado muchas cosas inesperadas en 2020, pero estar escuchando un nuevo disco de Róisín Murphy es algo que ni se nos pasaba por la cabeza. No sólo eso, sino que encima es discazo. Ni tu yo de los noventa que escuchaba a Moloko se lo creería. Pero más allá de eso, este Róisín Machine es una contundente e infalible maquinaria de hits y de música disco y house del que no te puedes despegar una vez lo escuchas. Además de finísimo en la producción, su ritmo se te mete por debajo de la piel y te deja a su completa merced. Si en 2021 volvemos a las discotecas, que Róisín Murphy reviente los altavoces.

28. Kelly Lee Owens – Inner Song

Aunque en su primer trabajo Owens ya dejó claro que puede tener una paleta sonora amplia, en la que caben temas de raigambre más oscura y otros mucho más enfocados a la pista de baile, Inner Song, muy diverso también, se abre bastante más a un sonido pop que deja un sabor de boca extraordinario. Una puerta medio insinuada en su debut y que ahora ya vemos abierta de par en par. ¿Dudas? Ponte ‘Jeanette’, ese subidón.

27. Shackleton & Zimpel – Primal Forms

¿Un disco con tres canciones de entre 10 y 15 minutos? Nada raro en lo que lleva haciendo el bueno de Shackleton estos años, siempre amigo de experimentaciones en distintas coordenadas sonoras. No extraña que esta vez su acompañante sea el polaco clarinetista y multiinstrumentista Wacław Zimpel. Además de haber editado otros dos largos aparte de este en solitario, también ha colaborado con James Holden. Pero sí, Primal Forms tiene algo diferente. Y es esa fascinanPERDÓN, brutal convergencia entre lo modular, los desbarres gruesos de Shackleton y todo el clasicismo que aporta el polaco. Desde el inicio de los tropicales ritmos y las simpáticas flautitas del principio hasta los dos siguientes cortes, festival de sonidos desafinados, timbales y ritmos tribales mediante, te vas a ver envuelto sin quererlo en un ritual chamánico. Y créenos, vas a querer permanecer en este estado alterado de conciencia mucho tiempo. Que pidan esos chakras.

26. Ulcerate – Stare Into Death and Be Still

¿Cómo lo hacen los neazelandeses para, incluso dando la sensación de que siempre están haciendo el mismo disco, siempre les salga redondo? Quizá porque dejan la sensación de familiaridad aunque siempre estén haciendo progresar la fórmula hacia adelante. Uno podría estar escéptico sobre si su death metal técnico tan disonante iba a seguir apeteciendo a estas alturas (y estas circunstancias), pero las dudas se disiparon en cuanto el disco empezó a sonar. Para cuando lo termines, ya verás que está entre sus mejores trabajos.

25. Neil Young – Homegrown

Han tenido que pasar 45 años para que Neil se sintiera cómodo con destapar esta parte de sí mismo, y resulta comprensible una vez abre con ‘Separate Ways’. El cantautor se desnuda al completo, detallando su relación rota con Snodgress y hablando de su hijo. Hay dolor, hay cierta incomodidad, pero también una emoción tan honesta que es imposible no quedarse maravillado con lo que suena. Y ese aura se propaga a lo largo de Homegrown, un disco con apariencia sencilla pero mucho por rascar más allá de la superficie. Una ventana abierta, también, a la época en la que Neil Young era un gigante que caminaba entre los hombres.

24. Paysage d’Hiver – Im Wald

La experiencia menos 2020 y a la vez la más 2020 a la hora de escuchar un disco. Lanzar un disco en un usb, que se agote e ir dejando solo fragmentos perdidos y que se filtre, obligándote a abrir el soulseek de nuevo. Y luego, a los seis meses, ya lanzarlo completo en streaming. Paysage D’hiver tienen una hostia pero Im Wald es tan denso, frío y hermoso que no se la vas a poder dar. La puta hostia, dos horas seguidas de épica invernal black metal que nos hacen sentir como el Travolta que, al final de Impacto (1981, Brian De Palma), abatido por toda la mierda vivida, aún tenía que grabar el sonido de la nieve caer.

23. Protomartyr – Ultimate Success Today

Podríamos citar a Nick Cave and the Bad Seeds, Wire, The Fall, contemporáneos como Iceage, Idles o incluso Daughters… Narices, hasta podríamos citar a The National (a su versión con más sangre en las venas). Podríamos incluso hacer un artículo aparte para la triada compuesta por ‘The Aphorist’, ‘June 21’ y ‘Michigan Hammers’, que es una cima que muy pocos discos de este año van a poder igualar. Podríamos destacar que, incluso con su carácter tan oscuro, fue uno de los discos más adictivos del verano que se nos fue, y resulta particularmente extraño para una banda tan poco veraniega como esta. Pero en lugar de eso, vamos a incidir en lo siguiente: si hasta ahora tenías reservas o dudas con la banda, es hora de tirarlas por la ventana y lanzarte a los brazos de uno de los discos del año.

22. Vladislav Delay – Rakka

Si 2020 ha sido un año de trazos apocalípticos, este tenía que ser el de algunos regresos inesperados y violentos. Convulsos como lo ha sido este curso. Seis años después, el finlandés Vladislav Delay vuelve con Rakka y nos arrolla como es debido. Con casi 50 minutos de atropello, de fuerza sobrenatural embadurnada de sonidos post-industriales, un mejunje de drones, tempestades propias de Dune y una agresividad en los ritmos rotos que te deja picueto. Ha captado como pocos lo que este año pedía musicalmente en la electrónica. Han sido muchos los ambientales patrocinando viajes escapistas como válvula de escape. Pero alguien tenía que poner orden en el polo opuesto con un puñetazo en el estómago de estas dimensiones. Un trabajo casi extremo de los que deja secuelas. A veces hay que forzar.

21. Jason Molina – Eight Gates

Jason Molina dice, al inicio de ‘She Says’, “la toma perfecta (de una canción) es siempre aquella en la que la persona que canta aún está viva”. Él, por desgracia, no lo está desde 2013, pero Eight Gates, primer disco póstumo, está lleno de tomas perfectas: de canciones aún más parcas en palabras y minimalistas en instrumentación que las de toda su carrera y, aún nacidas de su peor momento vital, también menos doloroso que los que firmó en el quicio del nuevo milenio: el oyente puede acercarse a él sin perder toda esperanza. Qué bonito eres, Eigh Gates. Gracias por tanto, Jason.

20. SUMAC – May You Be Held

Aaron Turner y sus Sumac siguen explorando todos los límites y esquinas posibles a ese “free sludge” que han convertido en marca registrada. Como es esperable es discos tan libres y experimentales, hay puntos de mucho riesgo y que necesitan de un buen estómago para digerirlos,pero compensa por todos esos momentos creativos que no se parecen en nada a cualquier cosa en el metal actual.

19. tricot – 真っ黒 (Makkuro)

En 真っ黒 (Makkuro) los japoneses Tricot se imaginan qué pasaría al acercar el math-rock al post-punk, al indiepop y a la diversión. Desde esa cosa tan japonesa que es añadir ingredientes de cualquier cosa a la mezcla y ver cómo le sienta, a su música hipertécnica le sienta de maravilla que el foco sea “ser divertidos”. Tan complejo y cerebral como pasional, Makkuro es un disco que nunca te agota a ti, y pocas veces se agota él. A tope.

18. Rolling Blackouts C.F. – Sideways to New Italy

Es en ‘The Second of The First‘ y su alucinante puente cacofónico, en los arreglos reverberizados y la armónica hortera de ‘The Only One‘, en los vientos de ‘Cars in Space‘…; es en ese delgado equilibrio que determina el éxito o el fracaso de un grupo, donde Sideways to New Italy resulta un disco verdaderamente brillante

Rolling Blackouts Coastal Fever no han arrojado todas sus dudas por la borda. Han hecho algo incluso más valeroso y fructífero. Las han abrazado, las han comprendido y las han insertado en un cancionero pop que se cuenta entre los mejores del año, y quizá uno de los más satisfactorios del último lustro. Tenemos por aquí todos los tics y truquitos ya patrimonio de toda una generación de grupos de Melbourne. Todos a la vez. Y todos cuadrados con un gusto a un tiempo enérgico y elegante. No es nada fácil parecer tan hermoso en la propia contradicción.

17. Floral Tattoo – You Can Never Have a Long Enough Head Start

Durante nueve meses, probertoj ha estado dando la brasa a la redacción de Hipersónica, predicando en el desierto, alzando la voz por Floral Tattoo, un grupo de formas conocidísimas, indie-rock noventero, noise-pop dulzón. Durante nueve meses, esa voz ha retumbado, pero sólo se ha encontrado a sí misma, en forma de eco: había otros discos a los que hacer caso, los nuevos, los últimos, los que poder discutir.

Y, de repente, todo encaja y, nueve meses después, You Can Never Have a Long Enough Head Start se convierte en un favorito de casi todos los hipersónicos. Ah, qué bonitos son los discos que hacen click y se quedan ya contigo para siempre.

16. Nap Eyes – Snapshot of a Beginner

Los canadienses ya apuntaban a que iban a ser un grupo en progresión ascendente en su manera de retomar las partes más campanamuertistas del indie-rock. Y en este disco, al que hay que volver una y otra vez, Nap Eyes han hecho del medio tiempo su campo de batalla. Lo dominan ya con la maestría de quien llevase años en lo mismo, pero no con el cansancio que suele conllevar. Respetan el jangle, lo miman, lo cuidan y lo embuten en once canciones que nunca dejan de mirar a la vida con vista cansada, corazón cálido y emociones entre el quererse morir y el querer matar.

Qué bonitos ahí, en esa zona, el estribillo de ‘Even Though I Can’t Read Your Mind’ (y su letra, la de la necesidad de buscar la empatía con el otro a pesar de que sea/se comporte como un lerdo). Qué americanos suenan esta vez (frente a lo australiano de otros discos) en el hit triste ‘Mark Zuckerberg’ (y qué bien la bajona final de ese “trascendence is all around us”). Qué bien tratadas todas las caras de la introspección.

15. Dan Deacon – Mystic Familiar

La joya que hace años nos encontramos con Dan Deacon es duradera y se mantiene impoluta. Mystic Familiar es el enésimo ejemplo de cómo Deacon encuentra la belleza cogiendo diferentes elementos y hacer que choquen continuamente entre ellos. El resultado es energizante y también hermoso. Molón y, a la vez, reposado. Frenético y atmosférico. Moderno y rural. Estar mal pero también estar bien. De estar secuenciando pepinazos con experimentación hipervitaminada, de colar una suite a mitad de disco con más arte que nadie, y de volver a parir canciones en las que quedarte a vivir. Por todo eso, Dan Deacon ha vuelto a marcarse un pelotazo.

14. Cloud Nothings – The Black Hole Understands

Ante la perspectiva de hincar la rodilla, de tirar la toalla, Cloud Nothings demostraron en julio que todavía queda la posibilidad de un último arreón. The Black Hole Understands es lanzado en bandcamp y fuera de las plataformas de streaming porque los grupos se merecen vivir y no sólo mendigar. Es uno que, además, incide en algunas de sus partes más blanditas como grupo, en sus canciones más acomodaticias, para, esta vez, lanzártelas en la cara si aún dudas de lo bien que les puede salir esa faceta.

Es un disco de cancionacas pop con más capacidad de corte que una rotaflex. Es un perfecto reflejo del grupo adolescente que fueron en su inicio y del post-core que volverán a ser, en algún otro disco futuro. Resístete a cantar «I don’t feel like I know you at all» y luego a mover la cabeza en el solo. Resístete al modo en que ‘A Silent Reaction’ refleja el libro de oro del indie-rock (y la época en la que Pavement parecía que nunca iban a fallarnos). Resístete, idiota.

13. Yves Tumor – Heaven to a Tortured Mind

Prince murió y nos dejó solísimos, vacíos por dentro. Somos fachadas de personas, pero, sin sus canciones, incluso sin las malas, por dentro laten poquísimas cosas. Así que cuando pulsamos por primera vez al play en Heaven To A Tortured Mind, el disco de 2020 de Yves Tumor, nos descoyuntamos ante el que es, sin duda, el disco más Prince de 2020.

Y no precisamente porque se dedique a imitar al dios de Minneapolis, sino porque desde su misma perspectiva (qué pasa si le insuflo psicodelia galáctica a todos los sonidos negros) llega a conclusiones distintas pero que remiten mucho, muchísimo, a Around The World in a Day y compañía. Buah, colegas, buah.

12. Woods – Strange to Explain

Para varios de los tradicionales amantes de Woods en Hipersónica, Strange to Explain ha caído como el disco SÓLO-OK de la banda. Se equivocan y lo entenderán dentro de no mucho, cuando sigan volviendo a estas canciones de verano que suenan mejor en otoño y que recogen muchísimo más en invierno. Woods, quizás más tranquilos y cristalinos que nunca pero tan emocionantes como siempre, dejan su candidatura a patrimonio inmaterial de la humanidad.

Hay más amor, belleza y VERANO aquí que en todo 2020.

11. Neptunian Maximalism – Éons

He aquí uno de esos discos enormísimos, plagados de ideas, de influencias, de infinidad de movidas que uno no puede procesar de primeras. Este colectivo belga, compuesto según sus palabras de una “comunidad de ingenieros culturales”, se define como un grupo de música psicodélica cruzado con drone metal y jazz espiritual, pero sólo en su página de RYM ya ves más géneros que canciones tiene el disco (incluyendo el brutal prog. ¡Brutal Prog!). Sólo eso ya da una idea del enorme despliegue de ideas que hay en Éons, pero es que además cruza todo de una manera absolutamente alucinante, haciendo de este uno de los viajes más locos que uno pueda experimentar en 2020.

10. Phoebe Bridgers – Punisher

Cuando todo esto pase nos quedaremos a vivir en Punisher. Seremos mejores personas por los cojones, pero anda que no estaremos bien acompañados.

En Punisher, Phoebe Bridgers ha conseguido equilibrar a la perfección el rol de artista cercana, carismática desde lo acogedor, con un aura especial, de aquellas que van camino de tener estrella propia entre las músicas más grandes de su época.

Punisher regala caricias pop como ‘Kyoto’, que llena tanto de aire y alegría el pecho que ni aunque 2020 durase tres años conseguiría difuminar una sensación que se mantiene mientras paseas por ‘Chinese Satellite’ o ‘ICU’ y, sobre todo, ‘I Know the End’, el mejor cierre de disco del año. Haceos un favor y escuchad ‘I Know the End’ hasta que os den cita para la vacuna. Como si tarda seis meses en llegar. Bien atendidos estaréis.

9. A. Swayze & The Ghosts – Paid Salvation

En un año donde IDLES se dejaron caer un poco la antorcha que portaban (nada grave, pero era obvio que esperábamos más) y que Fontaines DC siguen siendo zona-media-de-la-vida (aunque dan señales esperanzadoras), el disco de rock(‘n’roll) más divertido se lo han marcado los australianos A. Swayze & The Ghosts, con este debut en el que se pasan la vida buscando el himno rabioso, energético y bailable.

La llegada inesperada del año en el sector garagero, rayos de luz intensísimos para un año de oscuridad. Queremos volver a una sala de conciertos (sólo) para verles a ellos.

8. Il Quadro di Troisi – Il Quadro di Troisi

Aunque no es tan habitual como nos gustaría, raros son los años en los que no sale al menos un disco finísimo de synth-pop que rememora todo aquello que mola de los sintetizadores ochenteros y se amolda a la actualidad. Il Quadro di Troisi no solo es eso, es casi un milagro. En plena pandemia italiana, e inspirados por la figura cinéfila Massimo Troisi, surge esta pequeña maravilla sintética ornamentada por los teclados de Donato Dozzy y la nívea voz de Andrea Noce. De ahí solo podía salir algo talentoso, y a pesar de que a priori no pegue con lo que es el catálogo de los otrora Raster-Noton, Il Quadro di Troisi es uno de los viajes más seductores de este año, una obra que trasciende el synth pop para meterse también en parajes de Italo-Disco y por supuesto, en las canciones populares italianas y el pop del gran Francisco Battiato. Fragancia italiana, elegancia, delicado sonido ochentero e Italo, Battiato y Donato Dozzy en una foto en blanco y negro. Joder, 2020, JODER. Emociones a flor de piel como las de este precioso debut. Ojalá no se quede aquí.

‘Beata’ y ‘Non Ricordi’. Boh

7. Oranssi Pazuzu – Mestarin kynsi

«Más que un disco es una experiencia». Pero esta vez de verdad. Esta vez Oranssi Pazuzu han grabado un disco que es más divertido (por llamarlo de alguna manera) de escuchar, de vivir, que de explicarlo. Uno de canciones que generan atmósferas propias, canciones que son constelaciones en sí mismas y conforman un universo propio y distinto. Y tratar de describir esas realidades paralelas en términos de esta realidad se queda escaso. Son una de las bandas más excitantes ahora mismo en el metal extremo, una que añade elementos experimentales y psicodélicos y que, tras sumar los sintetizadores, dibuja una especie de distopía cyberpunk sonorizada con black metal.

6. Fleet Foxes – Shore

Hubiera sido malo para ellos hacerse un Crack-Up 2: lo de aquel disco puede que tenga bastante de irrepetible. Por venir de donde venía (el peor disco de Fleet Foxes es el segundo, terrible; tanto que no esperábamos recuperación parecida) y por cómo fue. Lo que allí supuso la necesidad de abrazar su lado más complicado, sus canciones más enrevesadas, unos Beach Boys de los 70 que se hubieran enamorado del prog-folk… ¿cómo repetirlo otra vez sin cansar?

No había manera, así que lo que nos han dado es, desde luego, un soplo de aire fresco: no todo iba a ser folk-rock feliz-feliz-tristón-tristón en la vida de Fleet Foxes (oh, qué bien les sigue saliendo el simongarfunkelismo, cf: ‘Featherweight’). Ahora, cuando suenan a banda sonora de serie adolescente parece que siempre han estado hecho para esto (‘Jara’). Ahora, empiezan tímidamente el disco y, de pronto, ya están en el pop más soleado de la adictiva ‘Sunblind’, en la épica emo-root-rock de ‘Can I Believe You?’ o volviendo a ese prog-indie-folk de ‘Quiet Air/Gioia’. ¿Lo mejor de Shore? Saber que nunca más tendremos que buscar un disco bueno de My Morning Jacket, porque los están haciendo Fleet Foxes.

5. Huntsmen – Mandala of Fear

De Huntsmen ya nos enamoramos de su primer disco, colocado con todo merecimiento entre nuestros favoritos de aquel año, pero no esperábamos lo que casi podríamos denominar un paso adelante considerable en su segundo álbum. Su inyección de progresivo nos hace pensar con su inicio en una suerte de cruce entre los Mastodon de hace unos cuantos discos con Yes y unas cuantas gotas, botellas enteras más bien, de Americana. Poca broma, estamos ante uno de los discos de la temporada.

4. The Flaming Lips – American Head

Siempre parece difícil con ellos, y siempre acaban resultando fiables. American Head es otra cumbre, con abundancia de medios tiempos y baladas, con un Steven Drozd imperial al piano y a la acústica, sin espacio para los hits inmediatos (tal vez ‘Dinosaurs in The Mountain‘, pero tampoco), y con la sensación de que el disco frota y frota hasta que empieza a hacer herida. No dirás nunca que American Head es un disco inmediato de canciones adictivas, pero al completo engancha cosa mala. ‘Mother, Please Don’t Be Sad’ estremece; ‘Mother I’ve taken LSD’ arrulla; ‘Flowers of Neptune 6’ es ver cómo las vidas de todos los que se echaron a perder a tu alrededor también son la tuya y te han dado forma. Entre un estupendísimo colchón de baterías que lo mismo suenan sinfónicas que caseras y de cuerdas de juguete y solos a lo George Harrison, Wayne Coyne y Steven Drozd construyen otra muesca más, muy honda y de efectos permanentes en el oyente, de la trayectoria más emotiva del indie-rock estadounidense.

3. Run the Jewels – RTJ4

Ar-tí-yei-for, muthafuckas. El mayor aliciente de Run the Jewels es la increíble química entre El-P y Killer Mike. Sus versos son escupidos con la clarividencia que aporta la veteranía, pero siguen siendo furiosos e incontenibles. El-P también vuelve a demostrar que es un cerebro privilegiado en la producción y escogiendo samples (esos Gang of Four en ‘the ground below’ dan la vida). Las canciones no sólo son alucinantes, sino que están secuenciadas con inteligencia y buen gusto. La energía que transmiten se sale de cualquier escala. Su discurso sigue afilado y dando de lleno en la diana. Y, además, corrigen la mayor pega de RTJ3, la duración. Aquí vuelven a la concisión, y eso sólo les hace brillar más.

2. Zavoloka – Ornament

20 años al pie del cañón, siete discos y ya uno, al menos, que recordaremos como, casi, el definitivo. Quizá el máximo exponente del ADN de Ornament sea precisamente el tema que da nombre al disco, con unas sacudidas de techno cortante y secuencial que cuando vuelven a empezar, lo hace con cajas de ritmo añadidas y con un aumento de la frecuencia; más y más intensidad. Una forma de adentrarse en una angustiosa persecución sin escapatoria, acongojante, pero enormemente adictiva por esa sencillez de percusión desnuda sin adornos que describe todos los momentos de un disco que, ojalá, sea parecido a cómo va a sonar 2021. Fabuloso.

1. Kaatayra – Toda História pela Frente

A la altura del séptimo minuto de «O Castigo Vem à Cavalo», la primera canción del cuatro trabajo de Kaatayra, Toda História pela Frente, sucede algo mágico. Una breve transición, la suerte de impás que marca el destino de los grandes discos y se graba a fuego en el cortex cerebral de quien escucha. Caio Lemos, el hombre parapetado tras los paisajes selváticos y abrasivos de Kaatayra, deposita su guitarra eléctrica en el suelo, abandona los lugares comunes del Black Metal atmosférico, y mira de frente a la inmensidad del Amazonas. Una inmensidad apabullante, psicodélica y violenta, tal como debería ser. Se entrecruzan los cánticos ritualísticos, los instrumentos folclóricos, el fuego redentor, la furia incandescente, etcétera, etcétera.

Toda História pela Frente resume en tantos y tantos sentidos las contradicciones y las ansiedades de 2020 que parecía la única elección sensible para encabezar esta lista. En su interior se arremolinan los sonidos abrasivos del Black Metal y el discurso naturalista, post-humanista, felizmente explotado por Austin Lunn y aquella generación de cascadianos. Al igual que todos ellos, Lemos maneja con maestría el arte de la transición, la yuxtaposición de ideas extremas (el obsesivo comienzo de «Toda Magóa do Mundo») y pasajes contemplativos (su cierre en trance, preñado de percusiones tradicionales brasileñas, sonidos ambientales e instrumentos acústicos). Es en ese conflicto eterno donde Kaatayra entronca con este año brutal, con la misma condición irresoluble del ser humano.

Único compositor y ejecutor del proyecto, Lemos bebe tanto del carácter artesanal y autosuficiente del Black Metal como de la tradición popular brasileña, personificada en la exploración consciente de la música sertaneja. Kaatayra es un proyecto obsesionado por la naturaleza, o mejor dicho, por la brutal relación que el ser humano ha trabado con ella, ya sea su explotación sistemática o su idealización como un paraíso prístino, idealización de la que este disco cae preso. Es en esa búsqueda del origen donde Lemos deshace el camino de la humanidad y repasa, uno a uno, sus logros y miserias. Sus triunfos y sus fracasos. Su guerra y su paz. Un disco atravesado por todos los estados de ánimo (todos al mismo tiempo). Difícil encontrar mejor estandarte en este 2020.

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