¡Música gratis! Cinco alternativas a la extinta Grooveshark

Que no os engañe ese ampuloso comunicado a modo de contrita despedida: Grooveshark nació con aspiraciones piratonas, con el deseo de ser el Spotify gratis — previo a éste — , la versión para pobres de cualquier software de pago. Pero antes de las acusaciones, vayamos al meollo del asunto: Warner, Sony y Universal Music organizan una demanda colectiva con multas por violación de derechos de autor que ascienden hasta los 700 millones de dólares. Tras nueve años en el aire, con aplicaciones de escritorio para casi cualquier plataforma (Mac, PC, Linux, Android o iOS), el equipo comandado por Josh Greenberg y Sam Tarantino deciden que la opción más coherente pasa por cesar sus actividades, ceder sus patentes y dejar a 30 millones de clientes con el culo al aire porque, total, eran 30 millones de personas lucrándose de algo dudosamente legítimo.

Grooveshark empezó bajo el amparo de plataformas similares — a saber, LimeWire, Napster, Audiogalaxy, etc — y en poco tiempo se convirtió en un contenedor de discos sin taggear, de copias clónicas de la misma canción a bitrates demencialmente bajos y toneladas de música exportada directamente desde SoulSeek. Pero también era un portal donde difundir como autor contenido sin firmar nada, donde rippear nuestra estantería de CD’s privados y ordenarla y clasificarla para disponer de ella en cualquier momento, donde descubrir verdaderas joyas soterradas a los ojos del resto de competidores, más preocupados por cerrar acuerdos con sellos famosoides que en difundir obras demandadas por ciertos segmentos de clientes. Grooveshark querían triunfar y llevarse bien con todo el mundo, pero resultó imposible cerrar acuerdos cuando perdieron el control de su catálogo:

Fallamos asegurando los derechos de propiedad intelectual de una vasta cantidad de música. Estuvo mal. Pedimos disculpas, sin reservas.

Pues bien, desde que la RIAA comenzó sus presiones para retirar la app en Chromecast y sus bazares digitales hasta el momento del deceso, hace apenas seis días, un usuario ha resucitado la plataforma bajo el dominio Grooveshark.io. Este, aunque ha recuperado prácticamente todo el catálogo a golpe de back-ups redundantes, en realidad ha resultado ser un clon de MP3Juices, tanto en diseño como en contenido e infraestructura. Y, mientras empresas como TuneIn o la propia Spotify cierran tratos con Sony rebajando sus precios hasta la gratuidad absoluta, nosotros nos preguntamos: ¿realmente merece la pena recuperar su turbio catálogo o tenemos alternativas — más o menos legales — para seguir escuchando música? He aquí unas pocas.

Discográficas, errores de cálculo y lo gratis

· MusicAll: no lleva mucho tiempo disponible en la tienda de Amazon, pero esta app para iOS — anteriormente en Android, pero Google la ha tirado de su store — permite saltos entre pistas, modo aleatorio, seleccionar la calidad de reproducción según estemos gastando datos o usando wifi y, frente a ese mal endémico cortarrollos, no tiene ni un segundo de publicidad. Es quizá el programa más atractivo y amigable. Mientras leen estas líneas escala posiciones sin descanso.

· Atraci: más de 60 millones de canciones, de código libre — con la consecuente revisión de opciones casi diaria — , sin publicidad y sin requisitos adicionales, ni siquiera registro. Haciendo uso del P2P, esta aplicación es una herramienta anfitrión similar a Popcorn Time: extrae las canciones de webs como Youtube y las clasifica. Obviamente, esta reformulación de gethiphop.net no genera beneficios para los autores del contenido y, de hecho, se los rasca a quienes suben esos vídeos, muchas veces usuarios que a su vez habían posteado tal contenido con dudosa legitimidad.

· Rdio: aquí ya entramos en el terreno de la legalidad. Rdio ofrece emisoras gratis y recomendaciones personalizadas, con una porción de publicidad, a cualquier usuario. Su versión unlimited ofrece listas de reproducción, la posibilidad de elegir canciones individuales y otros movimientos como saltos entre discos tal y como la versión de escritorio de Spotify. No puede competir con la difunta Grooveshark en cuanto a contenido pero a cambio se fundamenta en su versatilidad: tenemos la versión web, la móvil, la app e incluso la opción de Apple AirPlay.

· Mog: Mog es un capricho del grupo Telstra Media. Dispone de 16 millones de canciones y la versión móvil exige una suscripción de 12 dólares al mes, acercándose más en competencia a Deezer o Spotify que a Grooveshark. Al menos posee una arquitectura elegante y sobria. Al menos no es Tidal (pun intended). Y los archivos subidos ni distorsionan ni se glitchean o, dicho de otro modo: son pistas y álbumes oficiales facilitados por las distribuidoras, no copias pirata.

· Gatunes: al igual que Atraci, Gatunes se lucra de los repositorios de SoundCloud y Youtube para obtener archivos y los cruza con la base de datos de MusicBrainz para ordenarlos y servirlos con un mínimo de limpieza. El proyecto, diseñado por el español Daniel Esteban, ha sufrido varias transformaciones y mutaciones, sobreviviendo gracias a su renovada aplicación de escritorio que, si me preguntan a mí, es una delicia.

3

Y así está la cosa. Para quien no lo sepa, hay varias app’s en el punto de mira y la caza de brujas parece haber desplegado cierto adagio de terror online: Goear está duramente tocada y pronto acabará en la misma fosa común de Grooveshark, The PirateBay o Megaupload. Más bajas tachadas de la blacklist. Ignorando radios online como Yes, Spool o Blip.FM, estas aplicaciones-contenedores siempre serán el foco de los defensores de los derechos de autor porque, o bien no ven un duro de las mismas, o bien no mantienen un férreo control sobre ellos y siempre se escapa por alguna arista la culpabilidad y la posible condena. Pero, pese a quien pese, desde los tiempos de ArpaNet, cuando la clonación de software despuntó entre los estudiantes de las más solemnes universidades estadounidenses, a cada cabeza cortada nacerán dos más, como en el mito de la Hidra de Lerna. Y erradicar esto pasa por una censura, un bloqueo gubernamental, una prohibición tan sistemática como imposible. O eso creemos.