Maná — Cama Incendiada

Antes de abordar la crítica, permítanme un inserto. Cuando hace unos días se me propuso reseñar Cama Incendiada (Warner Music, 2015), supuse de alguna forma que era parte de un ritual de iniciación, una tortura por la que uno depura su deseo inicial hacia su devoción verdadera, ese morar solitariamente en el templo en lo alto de la montaña frente a lluvias torrenciales y escasez de alimentos para demostrar un nosequé de actitud y castidad. Esto propicia dos corrientes: el odio cerval que algunos lectores profesan por tamaño despropósito y la crítica poco crítica llena de ociosidad, tontería intencionada y pereza indisimulada.

Pero se da el caso que a mí sí me gustan Maná. O me gustaban, cuando en el verano del ’95 y yo en 4º de Primaria por acercarme a la chica más guapa de la clase pasaba por llevar un cuaderno de 2,5mm con todas las letras de ‘Cuando los ángeles lloran’, apuntadas a Bic de distintos colores. Y parece que el escenario se repite: accedo a un trato que no me convence por medio de cierto sacrificio aspirando a una meta abstracta. De aquel trámite salí doblemente laureado: siendo fan de una banda poprock que crascitaba sobre el amor cuando el amor era asunto liminal, y besando a la que probablemente era la chica más tonta que he conocido en mi vida. Veinte años después y centenas de poliptoton y anadiplosis que reducen el catálogo de la banda y su discurso político al simple tagline bisilábico “AMOR”, vengo a reconocer que esta vez no he sacado nada en claro. Todos sus escarceos con el rock fusión, la psicodelia o incluso sus devaneos instrumentales son aquí una intentona periclita por sobrevivir. Vamos, que el disco es una mierda y os voy a contar por qué.

Maná, o Fher, Alex, Juan y Sergio, los miembros que la componen, siempre han sido una banda ciertamente independiente dentro del mainstream circular: se han guisado y se han comido el pollo sin decenas de manos entrometidas que dieran forma a la sonoridad del cuarteto mexicano. Pero en este caso han considerado fichar por George Noriega, productor de artistas (sic.) como Ricky Martin, Shakira o J.Lo, para que ejerciese su magia al alimón con Fernando Olvera sobre las once pistas que dan forma a este cedé. Y bueno, cuando ellos dicen raíces yo digo yermo y frente al namedropping de géneros como el calipso, el Soul o el proto-funk, yo recuerdo que cualquier sordo que se respete a sí mismo sabe cuándo le engañan y cuándo se deja engañar.

Abrir con ‘Adicto a tu Amor’ es respetar el canon, vive Dios

431 veces a lo largo de su discografía, en una media de cuatro-coma-tres por canción, la palabra amor es imprescindible en el glosario lexicográfico de Maná. Pero el tema dista mucho de transmitir emoción alguna: las dobles voces chocarreras, el riff perpetuo que ni se pega ni se despega o ese bajón hacia el 2:48 heredado de la electrónica mal entendida, evoca más indiferencia, bochorno acaso, que otra cosa. El tema homónimo del álbum juguetea entre el surf bondiano en lo musical y el spanglish más socarrón en lo vocal y, claro, yo invoco a las pléyades y que me despedacen antes de que acabe el disco. ‘La prisión’ es un intento de rock de estadio — de fútbol regional para ser exactos — que coquetea inocentemente con ambientaciones tropicalistas, y viene a concentrar todo en una negativa asertiva: NO. “No, no. No, mi amor. No, no. No regreso a tu cárcel”. Etcétera. La elocuencia no está aquí; tampoco la buscaba, pero al menos esperaba un single más inspirado.

‘Ironía’ es un tema que presume de volver a los orígenes, a la balada medio-tiempo poética y matizada con ecos a unos 1980 extremadamente procedimentales. La ironía reside, por tanto, en su función formulaica dentro del conjunto justo cuando la banda alega que ha escapado de su zona de confort, hacia territorios ignotos. Ojalá fuera literal. ‘Peligroso’ mezcla la lírica más encendidamente idiota, machista y primitiva del nuevo reguetón y, hacia el tercio final, se entremezcla con una distort propia de Fear Factory, vientos pregrabados de un Yamaha EZ-220, rapeos freestyle… y hasta aquí puedo leer sin caer en la tontuna que condeno. Luego llega el hit, ‘Mi Verdad’, la de ellos, la pista número uno en iTunes en 68 países, a dueto con Shakira, el eterno ombligo (horizontal) y la voz de los gorgoritos suspendidos sobre los tropos, llegan la rima consonante, el son de bailar pegados y cuidado no me pises que llevo chanclas. Esta sí, en toda su simpleza, es una canción digna de los mejores momentos de Maná: conserva algo de pulso crítico, algo de tempo y timbre y, sobre todo, un mínimo de coherencia.

Dicen hacer “la música (que) nos sale de los testículos y el corazón”

El resto — ’Suavecito’, un ragga de tercera; ‘La Telaraña’, la segunda mejor canción del trabajo; ‘Electrizado’, una gilipollez boyante y eléctrica; y ‘Somos Más Americanos’, un cover ramplón de Los Tigres del Norte que pretende arrimar lo que por otro lado empuja — dicen sobre el conjunto menos que más y, no por pereza sino por pura necesidad higiénica, os lo ahorro. La edición oficial incluye además un remix de ‘La telaraña’ que, si me preguntan, dispararía en la rótula a quien osara bailarla este verano. Dicen hacer “la música (que) nos sale de los testículos y el corazón”; a juzgar por sus metáforas de penetración y eyaculación, lo segundo tiene más bien presencia residual.

2/10

Convendrán entonces que yo de fan tengo poco. Maná, recuerden, hace exactamente veinte años hablaba de la fuerza de Jimmy Page en sus fraseos de guitarra y de la influencia beatleniana en gran parte de su forma de entender el pop, la métrica y el sentimiento musical. Maná eran una banda de bonhomía y calidez instrumental, sin aspavientos digitales y fortalecida en el directo como máxima para cualquier expresión musical, una banda atildada con el folklore que presuntamente visten más allá del marketing y el exotismo castigado. Pero no, my apologies, ‘Cama Incendiada’ es una mierda, ceniza de llamas pretéritas. Ni para follar sirve.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.