El 13 de abril de 1998, hace hoy justamente diez años y un día, se puso a la venta Una semana en el motor de un autobús, el que era el tercer disco de Los Planetas. Y, desde el mismo momento en que se estrenó, el álbum se convirtió en un clásico del pop español por derecho propio, un disco para amar sin condiciones, la obra cumbre de la banda más importante nacida en la primera generación indie española.

Es, por tanto un buen día para mirar a este disco y volver a quedarse ciego del brillo que desprende. Diez años ya, quién lo diría.

Una semana en el motor de un autobús es un disco conceptual (según Jota, “no de forma preconcebida”) sobre el fracaso vital que viene tras un abandono sentimental, sobre lo que cuesta volver a ponerse de pie cuando te has extirpado brutalmente una pierna

Es, gracias a sus inspiradas letras, también un sencillo manual de lo que puede pasarle a cualquier cuando tratas de hacer cualquier cosa para fingir que no te estás viniendo abajo.

Grabado en Nueva York en plena crisis de fe del grupo tras el relativo fracaso de Pop, Los Planetas (su núcleo central de siemrpe: Jota y Florent; su mejor batería, Erik, recién llegado de Lagartija Nick, y tres satélites más: Banin, Kieran y Jesús Izquierdo) consiguieron hacer de Una semana en el motor de un autobús su propia catarsis. Todas las dudas y los problemas internos con los que llegaron al estudio (la estabilidad del propio grupo, el apoyo de la discográfica, la posibilidad de crecer en España siendo ellos mismos) fueron transformadas en canciones necesarias, ineludibles: himnos generacionales para toda una vida y para un cada vez más amplio número de seguidores.

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Si hay un disco capaz de convencer a alguien que duda sobre Los Planetas, ése es Una semana… (y, en menor medida, Unidad de Desplazamiento). Hasta él, Los Planetas eran vistos por sus detractores como un simple grupo de pop adolescente con bastante ruido metido en las venas: simplones, básicos, hasta algo tramposo. Después, es imposible que se sostuvieran esos mismos argumentos. Y, prácticamente desde que cualquiera escucha Segundo Premio, no hay armas posibles para rebatir lo que Los Planetas plantearon aquí.

Hay muchas cosas que parecen mentira en Una semana… Por ejemplo que el mismo productor que dos años antes había arruinado no pocas canciones de Pop con su peculiar punto de vista fuese capaz de entender tan bien qué necesitaban los nuevos temas de Los Planetas. Por ejemplo, que la gente lo entendiese tan rápido. Vale que su impacto emocional y lírico era tremendo desde la primera escucha, pero creo que aún hoy me sigo encontrando con nuevos detalles instrumentales en canciones plagadas de capas, de instrumentos, de adornos nada superfluos.

Sentado esperando a que llames,
rezando por que des una señal,
los días cada vez van más despacio
y solamente puedo esperar.

Que vengas a explicar que todo ha terminado,
que tengas que decir que no me quieres ver.

Una semana en el motor de un autobús es, efectivamente, el relato de cómo un chico trata de salir adelante en siete días desde que le deja la novia hasta que descubre que puede seguir adelante. Si, algo tan básico como que nos ha pasado a casi todos (y pobre del que no haya estado en esa situación), algo que en manos de otros sería lo más tópico del mundo, pero que gracias a las letras perfectas de Jota (directas, con lo mínimo, con lo justo) cobra la apariencia de tratado pop. No hay anda más difícil en este mundo que parecer innovador, único, cuando llevas toda la tradición a tus espaldas. Jota lo consiguió en el apartado lírico y también todo el grupo en el instrumental.

Porque, claro, éste es un disco lleno de deudas y homenajes. A Etienne Daho y a Magnetic Fields, a Luna, a Red House Painters, a Beef, a New Order, a Spacemen 3, a la Velvet… Los Planetas las pagan todas como debe hacerse: si coges material original y lo rehaces, al menos trata de que el resultado sea intachable. Así lo hicieron y todas las acusaciones de plagio caen por su propio peso. Una semana en el motor de un autobús tiene vida propia, tanta que los caminos que toman sus canciones son siempre inesperados.

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Por ejemplo, Segundo Premio, esa canción perfecta sobre el momento en el que te rompen el corazón, se construye con un ritmo peculiar y un riff en el que tienen más importancia los violines y la batería que las propias guitarras. Elegida como primer single, no tiene nada que ver con la eufórica Desaparecer, o con el pop clásico de La playa, o con el rock pedrestre de Cumpleaños Total, o con la psicodelia galáctica de Laboratorio Mágico.

Entre sí, todas las canciones parecen antítesis de las anteriores, pero lo único que son es el reflejo del espectro musical de Los Planetas. A los que les acusaban de que sus canciones siempre suenan igual (uno de los argumentos más utilizados y menos pensados cuando alguien quiere meterse con un grupo) Los Planetas les dieron en todos los morros con un disco en el que todo suena diferente.

Escribió Jesús Llorente en su libro La verdadera historia que Una semana… pertenece a la categoría de los “discos terminales”: que parecen el fin de una carrera porque está grabados como si fueran el último, pero “siempre acaba significando el comienzo de lago grande”. El final del disco, con tres canciones brutales y distantes entre sí, es la demostración de que Una semana… es tan importante como, por ejemplo, el Disintegration de los Cure. La monumental épica drogada de Toxicosmos, la suave letanía resacosa de Línea 1 y ese himno de falsa autoayuda que es La Copa de Europa (Cuánto tiempo he perdido ahí afuera, cuánto por descubrir en mi cabeza; memorable y, aún hoy, doloroso) son el epílogo genial e inesperado, la cumbre de un disco cantado con las entrañas (y con la nariz taponada por las drogas) y que, además, tiene una guinda sublime en el diseño que les hizo Javier Aramburu.

Diez años después, Una semana en el motor de un autobús sigue teniendo la apariencia de círculo virtuoso.

Discografía de Los Planetas