Hay un momento determinado a mitad de 20,000 Days on Earth en el que Nick Cave se enfrenta al archivo de toda su vida, y mientras observa una fotografía de su juventud, en esos años ochenta que él mismo reconoce tener tan difusos, un colaborador le pregunta por unas hojas garabateadas que tiene colgadas en la pared. Tras dudar al observar la imagen a través de una lupa, Cave responde con un lacónico “I don’t know, it’s just shit, isn’t it?”, a lo que tras un silencio añade “but important shit for me, at the time”.

A lo largo de la cinta, mitad autobiográfica, mitad ficticia, Cave habla mucho, conduce mucho su Jaguar, escucha lo que otros tienen que decir sobre él y por supuesto hace música, su gran especialidad. Precisamente su creación musical y las reflexiones que nos va dejando sobre la misma son el punto de guía para una narración que en realidad no tiene un argumento como tal. No hay un nudo al que aferrarnos y sin embargo no hay un minuto de desperdicio en esta obra tan intensa y magnética como su protagonista, pero al mismo tiempo tan cargada de ideas universales que la harán atractiva incluso para quien no conozca la carrera de este artista.

Debéis ver 20,000 Days on Earth, ya sea como seguidores de la obra de Cave (que deberíais serlo) o simplemente como amantes de la música

Hay otro punto de la película, no mucho después, en el que Cave intenta explicar su “diario meteorológico”, en el cual se dedicaba a escribir sobre el mal tiempo británico que tan sufrido se hace para un inmigrante australiano, acostumbrado a otras formas climáticas más amigables. Dado que escribir sobre el mal tiempo siempre es más interesante que hablar de un simple y llano día soleado, hubo un punto en el que Cave empezó a encontrar disfrute, a través de su diario, en el hecho de encontrarse cada mañana un horrible cielo encapotado al estilo británico. Esta forma de convertir las condiciones meteorológicas en ficción, y a través de ello moldear la realidad a su antojo, es otro interesante reflejo de la singular personalidad de este genio imprescindible.

Cave se abre y expone sus sentimientos acerca de la imborrable figura su padre, de la salvación a través de su pareja, de la frustración por The Birthday Party, de las fantasías sexuales imposibles, de lo singular del paso de Kylie Minogue por su carrera, del recuerdo de Lolita, del impacto de ver a Nina Simone en directo y del miedo a perder la memoria, que es lo mismo que perder todo lo demás. Este último tema, como contrapunto oscuro a las meditaciones sobre el proceso creativo musical, flota como el humo a lo largo de toda la narración y precisamente por ello le acompañan durante sus numerosos trayectos en coche varios de los fantasmas de su pasado, de vuelta para rendir cuentas o para recordar lo bueno que pudo llegar a ser cualquier otro tiempo.

Que no os quepa duda al respecto: debéis ver 20,000 Days on Earth, ya sea como seguidores de la obra de Cave (que deberíais serlo) o simplemente como amantes de la música con ganas de echar un vistazo dentro del pecho de un artista que tiene mucho que contar cuando decide abrirlo. De sus muchas virtudes cinematográficas, si queréis, ya hablamos otro día; ahora vamos a centrarnos en lo brillante del retrato que firman Iain Forsyth y Jane Pollard.

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