2017 va a ser otro festival de la muerte. Y es exactamente lo que nos merecemos

Se cumplen 50 años de 1967. Aunque no lo parezca.


El mundo asistió con espanto al infinito encadenado de nombres perecidos en 2016. El año, al parecer y según explicaban en medios tan prestigiosos como la BBC, había sido particularmente duro: no sólo por el volumen de celebridades muertas, sino por la talla de diversas de ellas. En lo estrictamente musical, tres nombres ensombrecían al resto: David Bowie, Prince y Leonard Cohen. Tres elementos básicos para comprender la música contemporánea. Tras ellos, otros muchos, siempre entre grandes obituarios.

Sucede, sin embargo, que 2016 no tiene nada de excepcional: suya fue la culminación del sino del tiempo, aquella que dicta que la muerte le llega a todo ser humano tarde o temprano, incluso a aquellos que como Jordi Hurtado o Chuck Berry, que ya roza la centuria, parecen inmortales a ojos del planeta. Este año es la tónica, la norma, y no queda más que resignarse: los años por venir no van a ser mejores.

Es la idea detrás de este pequeño trabajo estadístico realizado en este blog italiano, que ha escogido a una pequeña muestra de tradicionales estrellas pop para proyectar sobre un gráfico las probabilidades de que mueran a lo largo de 2017. El primero en la lista es Berry, naturalmente, muy por encima de la esperanza de vida de cualquier país desarrollado, pero hay otros en la lista de espera, y muchos jugaron un papel determinante durante la década de los sesenta, aquella que asentó las bases del pop contemporáneo.

Se viene la muerte.

Puede resultar anecdótico, pero 2017 observa el cincuenta aniversario del año que, a nivel musical, sentó las bases de tantas cosas importantes, 1967. De aquellos doce meses el mundo extrajo diversas joyas aún imperecederas: desde el disco fundacional de la estética sonora y moral del sector independiente, The Velvet Underground & Nico, hasta la teórica cumbre creativa del fenómeno de masas por excelencia, The Beatles, manifestada en Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, pasando por el fin del sueño hippie personificado en Forever Changes o el debut de Leonard Cohen, Jimi Hendrix, The Doors y Pink Floyd o las obras magnas de Cream o The Kinks.


1967 fue un año denso, y un lugar común para la mitología rock/pop. Obsesionada con su propio pasado, días de gloria guardados en vitrinas de cristal en la memoria colectiva, la sociedad de masas ha revisitado los entresijos de aquellos discos y de aquella generación en series, películas y libros de toda condición, difuminando las barreras de tiempo y convirtiendo a la década de los sesenta en un episodio cultural mucho más cercano, en apariencia, de lo que realmente es.

50 años son demasiados años. Hace cinco décadas, por ejemplo, la Unión Soviética continuaba ejerciendo un papel clave como potencia global y gran parte de los países africanos disfrutaban de sus primeros pasos como estados independientes. Cincuenta años antes de la Primera Guerra Mundial, Alemania o Italia eran jovencísimas realidades nacionales y la fotografía era un elemento asombroso en las sociedades occidentales. Cincuenta años antes de la pérdida de las últimas colonias españolas, Karl Marx escribía junto a Engels El Manifiesto Comunista. Medio siglo es un tiempo notable.

Sin embargo, nos hemos acostumbrado a lo contrario: David Bowie, pese a iniciar su carrera a finales de los sesenta, nos seguía resultando actual porque sus canciones habían permeado la iconografía de películas tan recientes como The Martian o de series como Life on Mars. Quizá el ejemplo de Bowie, probablemente el artista de su generación que mejor ha sabido adaptarse al ritmo de los tiempos y que ha logrado articular un relato transgeneracional a través de su música, sea erróneo, pero piensa en cualquier otro grupo: The Rolling Stones, The Beatles, The Kinks, Black Sabbath. Son grupos enormes, pero son grupos que viven en un tiempo prestado.

Cincuenta años.

Traumatizada, la sociedad contemporánea vive la muerte de los ídolos de su nostalgia, que no de su juventud, de forma estridente y global, ejecutando obituarios anuales que desprecian las tendencias musicales de su tiempo en favor de historias de leyenda y nostalgia sobre aquellos dorados inicios de todo, del rock y del pop, sobre un tiempo en el que habrían deseado vivir.

Y siguiendo la natural pero torcida lógica de nuestro pensamiento mediático, 2016 sólo es el inicio de todo, influenciado, quizá, por la tenebrosa turbulencia política que ha sacudido al orbe occidental. 2017, 2018, 2019, 2020, todos van a seguir muriendo, y no serán años especialmente malos, sino simplemente años. Cuando la traición al sentido del tiempo en el que se ha instalado la cultura contemporánea se manifieste en toda su grandilocuencia, 2016 parecerá un año benevolente, especialmente si sumamos las muertes que, como las de George Michael o Prince, han llegado antes de tiempo. Será cruel, quizá, pero coherente con la narrativa del ayer articulada por los medios de comunicación y el público.


De modo que convendrá preparar los pañuelos en 2017, y observar cómo aquellas jóvenes estrellas que, en el mejor de los casos, tenían 20 años en 1967, se adentran en la tenebrosa línea más allá de la esperanza de vida.

Nada de esto, naturalmente, aniquilará la cultura de la nostalgia, ni entorpecerá los caminos emprendidos por la música contemporánea de un tiempo a esta parte. Sería injusto decir que el eterno revival ha paralizado la parcela creativa de las generaciones del presente: aunque hay cierto secuestro del amor por lo no vivido, vivimos tiempos de bonanza artística, de ideas nuevas. Pero sí es cierto que la opinión generalizada, la opinión popular, redunda en el cualquier tiempo pasado fue mejor, en las radiofórmulas ancladas en las mismas décadas, en las portadas que regurjitan año a año a los mismos ídolos del ayer. Para nuestro pecado, supongo, el castigo más apropiado es la inclemencia del paso del tiempo. Un 2016 todos los años.

La gente va a seguir muriendo. Y nos lo merecemos.

Anuncios