Después de tantos años esperando a que los reyes del rock decidieran salir de la sombras para colgarse de nuevo las guitarras al hombro, después de meses de rumores sobre un nuevo álbum que parecía no confirmarse nunca, nos encontramos con que Black Ice ya ha sido publicado oficialmente en todo el mundo. ¿Ha merecido la pena tanto aguantar, tanto hablar sobre él? Pues sí, para qué vamos a engañarnos.

No obstante, he de decir que me ha costado mucho más de lo esperado hacerme con el trabajo, el cual me dejó muy frío durante bastantes escuchas. ¿Estaría ante otro de esos aburridos álbumes de los ochenta? He de admitir que llegué a pensarlo, pero con el tiempo, el LP ha conseguido ganarme.

Ni que decir tiene que nos encontramos, una vez más, ante un nuevo ejercicio de conservadurismo rockero, tal y como todos los que venimos siguiendo desde hace años a AC/DC esperábamos. De hecho, es aún más esencial y monolítico que sus inmediatos predecesores, Ballbreaker y Stiff Upper Lip, dando una primera sensación de monotonía que, por suerte, se acaba disipando.

Hay quienes han llegado a calificarlo como el Back in Black 2, lo cual es sin duda alguna de lo más exagerado; pero bien es cierto que las sensaciones que transmite este álbum en conjunto son similares a las de aquella leyenda publicada en 1980, esto es, las de disco consistente, constante, con las salidas de tono justas, para que no se alarme el personal.

El primer single, que como bien sabréis fue ‘Rock N’ Roll Train’, sonó a clásico desde que pudimos escuchar por primera vez sus riffs, y los ritmos marciales de ‘War Machine’ (YouTube) le andaron a la zaga, desvelando una de las canciones más rocosas que ha escrito la agrupación de los hermanos Young.

Tras las presentaciones formales, nos adentramos en Black Ice para encontrar una nueva tanta de himnos al género musical que les dio la fama (hasta cuatro canciones tienen en sus títulos la palabara “rock”, aumentando la media), más groserías sin miramientos hacia el género femenino y ciertos momentos de déjà vu que se hacen inevitables cuando una banda decide mantenerse fiel a una única forma de entender el sonido durante más de treintas años. Y que cumplan muchos más.

Hay momentos que pasan sin pena ni gloria, especialmente en la segunda mitad del álbum, y en general las canciones a medio tempo son las que menos terminan de enganchar; por suerte son pocas, y quedan bien enmascaradas ante la potencia sonora de los cortes que aspiran a lo máximo, como la electrizante ‘Spoilin’ For a Fight’ (YouTube), regida por el imperante bajo de Williams.

Pero aún hay más, como los gloriosos coros de ‘Skies on Fire’, las ganas de bailar que te mete ‘Money Made’ en el cuerpo, o el gran broche final que aporta el tema homónimo al conjunto del disco. Y todavía hay más que rascar.

El sello de Brendan O’Brien se hace patente desde el primer momento con una producción limpia y certera, la cual saca el máximo partido de cada uno de los instrumentos que salen al galope durante los 55 minutos de álbum, y que es capaz de rejuvenecer unos cuantos años la voz de Brian Johnson, quien nos entrega una de sus mejores actuaciones en mucho tiempo.

A pesar de la fría recepción inicial que experimenté, Black Ice termina reafirmándose como un nuevo trabajo ejemplar de AC/DC, sin apenas concesiones a los efectismos que dieron una tonalidad más variada a los esfuerzos previos de la banda. Aquí sólo tiene cabida el rock en estado puro, una nueva carcajada ante el concepto de evolución musical, una nueva demostración de que el nombre y el peso que estos señores tienen en la historia de la música no es gratuito. Saludemos a los reyes.

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