Mientras todos discutíamos el asunto del rostro diabólico que me había mirado desde el agua, Job, el marinero, descubrió la isla a la luz creciente de la aurora, y al verla se incorporó lanzando un grito tan fuerte que por un momento creímos que había visto otro demonio.

Exhaustos. Desorientados. Hambrientos. Así se encontraban los supervivientes de una mermada tripulación cuando lograron ubicar a La Isla en su horizonte. Perdidos tras una travesía en la que tormentas y tempestades habían marcado el rumbo, muy lejos de lo que en principio era su destino, conscientes de que ya lo único realmente importante era sobrevivir. Ante sus ojos se erguía una isla de pequeño tamaño y aspecto inquietante. Pusieron rumbo hacia ella, volver al traicionero mar ya no era una opción.

Atrás quedaban los cuerpos de infortunados compañeros, muy lejos estaba ya la esperanza de poder regresar a casa algún día. La tierra firme parecía prometer seguridad a pesar de que una atmósfera de incertidumbre rodeaba a la isla. Conforme se acercaban el olor fétido se iba haciendo el protagonista, y la extraña vegetación que se comenzaba a avistar parecía avisar que lo peor estaba aún por llegar. Ninguno de ellos quería seguir avanzando, pero en ese momento el recuerdo del terrorífico tentáculo volvió a sus mentes. No sabían qué se encontraba delante de ellos, pero difícilmente sería tan terrorífico como ese extraño pulpo gigante y la horda de demonios marinos que les habían acechado durante semanas.

Al menos, eso es lo que pensaban.

Y los horrores del océano acechaban la isla

Es en ese preciso punto donde acaba mi interpretación de las palabras escritas por William H. Hodgson que comienza la historia que Ahab plantean en The Boats of the Glen Carrig (Napalm Records, 2015). Un punto que certifica una de las pocas veces que los alemanes han salido de la superficie a pesar de dar continuidad a su empeño de difundir la mitología oceánico-fantástica que ha marcado líricamente su carrera hasta el momento, un punto que supone un motivante punto de partida para un disco que, desgraciadamente no acaba respondiendo a las expectativas que él mismo se encarga de plantear en el primer acercamiento.

En cualquier caso el algo descafeinado final del álbum (arreglado en parte por el bonus track incluído en la edición especial del disco) no logra empañar en demasía un esfuerzo que no solo es congruente en lo lírico con el resto de la discografía de la banda alemana, sino que logra engarzarse a la perfección con lo que musicalmente el cuarteto había venido desarrollando en sus anteriores discos.

Ahab han vuelto a desarrollar con maestría su peculiar acercamiento al Funeral Doom desde una personalidad bipolar

Esta historia de tragedias marítimas, persecuciones por criaturas asombrosamente terroríficas y soledad e insignificancia ante la inmensidad del océano sirve, como ha servido en otras oportunidades, para que Ahab vuelvan a desarrollar con maestría ese peculiar acercamiento al Funeral Doom encarnado por una personalidad bipolar, encarnada tanto por los riffs atronadores y la aterradora guturalidad de las fases más agresivas como por la plasmación de horrores que llegan o están por llegar resquebrajando una calma que precede y sucede a la tormenta, una calma que en manos de Ahab se presenta en forma atmosférico-progresiva.

Para que todo esto pueda llegar a buen puerto los alemanes se apoyan en una producción espesa que genera ambientes irrespirables y parajes de insultante belleza, describiendo al océano y sus recónditos parajes como entornos solitarios u opresivos, como un lugar donde la belleza y la maldad de lo desconocido se dan la mano como manifestación de un horror que se apoya en la inmensidad de la que proceden todos los enigmas. Y claro, con planteamientos de este calado es lógico que Ahab se acerquen a autores como Hodgson, Lovecraft o Herman Melville, consiguiendo que sus discos sean una magnífica banda sonora para sus lecturas.

Es el miedo a lo desconocido y el pánico a las horrorosas certezas que la inmensidad del océano ofrecen los catalizadores de un disco dividido en cinco cortes (seis en la edición especial) que sucede alternando perspectivas, enlazando con acierto a pesar de la decaída final parajes de asombrosa belleza y otros de mostruosa brutalidad, cuestión que es marca de la casa para la banda.

Desafortunadamente el disco deja cierto sabor irregular pues no logra mantener el nivel de desasosiego y brillantez que se plantean en la genial ‘The Isle’ y la turbadora ‘Like Red Foam’ (ojo al mensaje reivindicativo tras su sangriento vídeo). The Boats of the Glen Carrig acaba siendo víctima de la propia ambición de la banda, cerrándose con cortes atmosféricos que no logran alcanzar el climax que lo planteado en los primeros cortes sugiere, cortes que no son grises pero tampoco deslubran como los anteriores.

7.8/10

Esto último obliga a considerar a este ambicioso cuarto disco de Ahab algo por debajo del brillante The Giant (Napalm Records, 2012). No quiere decir esto que el álbum sea desdeñable ni muchísimo menos, pero la comparación entre un álbum y otro acaba dejando cierto regusto a ocasión perdida. Algo injusto para una banda que se ha hecho un nombre gracias la magistralidad de una propuesta que logra desde lo monolítico del Doom contruir relatos basados en la más compleja de las emociones humanas: el miedo. Sí, por primera vez no han alcanzado el sobresaliente, pero siguen manteniendo su status como una de las bandas más interesantes del Metal Extremo actual. Y eso no es moco de pavo.

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