“Aimee Mann” src=”http://img.hipersonica.com/2012/09/AimeeMannC.jpg" class=”centro” />

Aimee Mann se ha especializado en pop de diván. En canciones que narran desde una perspectiva ambivalente las venturas y desventuras de las relaciones personales, a veces echando mano de la siempre necesaria ironía que quita hierro del peor desengaño, a veces simplemente aprovechando la distancia que dan los años, la experiencia y la lejanía espacio-temporal con respecto al sujeto de los desvelos. En Charmer, su octavo álbum de estudio, se aparta de las luces y el brillo de sus anteriores trabajos y apuesta por una atmósfera desteñida, empolvada por el peso de lo que está contando.

Charmer, el desencanto del encanto

Aimee Mann traza una de las líneas fundamentales en la lírica de Charmer a partir, precisamente, de ese concepto. El del encanto, el de las personas que atraen automáticamente, el de la fina línea que separa ser encantador de ser un sociópata [sic]. De cómo este tipo de personas pueden caer rápidamente en convertirse objeto de adicción de otras más dependientes, y de cómo aprovechan la situación para su propio beneficio. De cómo el ser encantador a la fuerza puede convertirse en un estigma, en una máscara que estás deseando que se desprenda de tu cara para descubrirte, de una vez por todas, como verdaderamente eres.

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Esto se funde con la habilidad de Mann a la hora de crear personajes para sus canciones, derivados, según ella, de la gente que la rodea, pero siempre con su punto justo de ficción. Personajes que pasan por lugares comunes, por relaciones capaces de hacer perder cordura y dignidad a partes iguales. Personajes que nos recuerdan cómo salimos resabiados de algunos de nuestros peores momentos de inocencia, ingenuidad y, por qué no, estupidez supina.

Soon enough

you’ll be free to write it off

you don’t know enough

to call a bluff

and the one who does

will never ever tell

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Así nace el cinismo, y Aimee Mann lo describe con fluidez en las historias de Charmer. De cómo los palos y los dramones de sobremesa van haciendo cambiar a quienes caen en sus garras. Y todo girando en torno a personas con esa atracción personal, capaces de irradiar anzuelos en los que caen cuantos orbitan a su alrededor, deslumbrados por sus habilidades sociales. Dios me libre de las aguas mansas, en definitiva.

Chrissie Hynde, en tus manos encomiendo mi espíritu

Mann dijo que había echado mano del pop-rock de los ochenta a la hora de inspirarse para componer Charmer. Viendo que no tiene dificultad alguna a la hora de lidiar con la lírica, estas influencias recaen más sobre el lado del estilo y el instrumental en general. Y es muy obvio que ha escuchado en bucle a The Pretenders.

La voz de esta cantante, por momentos, recuerda poderosamente a la de Chrissie Hynde. No nos apeamos, eso sí, del medio tiempo, sin pisar apenas en ‘Gamma Ray’, quizá su corte más acelerado y el que más y mejor emula a uno de los iconos femeninos de la época.

Aunque quizá uno de los momentos más reseñables de Charmer es el dúo que hace con James Mercer, de The Shins, en ‘Living A Lie’, con reminiscencias al pop psicodélico de Jefferson Airplane y compañía en la apertura. Más allá vuelve a sumergirse en el estilo más cercano a los ochenta y a centrarse en narrar su historia.

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El problema que tiene Charmer es el que suelen tener los trabajos de Aimee Mann. No hay melodías desafiantes, no hay ritmos variados, no hay alteraciones. La uniformidad a todos los niveles es muy alta, y por muy acertada que sea la composición lírica, falta que el instrumental le dé la mano y juntos apuesten por altibajos que animen la escucha. La monotonía acecha detrás de cada corte, aunque ayuda a evitarla lo breve y ligero del tracklist. Aun así, la línea que separa coherencia de soberano tostón es tan débil que a veces no se sabe de qué lado del río estamos.

Charmer no es un mal trabajo. Se agradece la lejanía con respecto al brillo y a la tendencia al final feliz que hacían de algunos de sus otros álbumes edulcorados por momentos. Algo curioso si tenemos en cuenta la habilidad que tiene Aimee Mann para entregarse al lado más cínico y ácido de las relaciones y los bandazos personales. Pero le falta chispa, si queréis llamarlo así, y se queda en una zona tibia que hace agradable la escucha, pero que no invita a repetir sus mejores temas.

 

 

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