Profanos y no tan profanos en lo que respecta al Rock Progresivo han escuchado en multitud de ocasiones que el prog se trata de un género, o interpretación de un género, en el que priman las cuestiones técnicas o vanguardistas frente a las meramente emocionales. Así se presentó el Rock Progresivo, como variante ortodoxa de la psicodelia en su combinación con el jazz, y así creció de la mano de bandas como Soft Machine, Pink Floyd o Yes, algo frío en su concepción y parcialmente virtuoso en su ejecución.

Entrados en la década de los setenta aparecerían bandas, o discos de las bandas citadas más arriba, en los que, al fin, la frialdad del jazz pasaría a compartir espacio con la armonía y melodiosidad de la que se había venido impregnando el Rock a finales de la década anterior, eso sí, alejándose de la frescura e inmediatez beat y abrazando sensaciones como la melancolía, la trascendencia o, directamente, la tristeza. Así fue como Pink Floyd o Genesis, entre otros, darían pasos lentos pero seguros en pos de conectar con el público usando argumentos más allá de los tecnicismos y profundizando en generación de sensaciones con su música. Ejemplos de esto que cito son temas como ‘Wish You Were Here’, ‘Confortably Numb’ o ‘Fly on a Windshield’ y ‘More Fool me’. La semilla del Neo-Prog estaba plantada y germinaría en la década siguiente.

En los años ochenta llegarían Marillion, Pallas, Pendragon e IQ como estandartes de una interpretación del Rock Progresivo en la que la apuesta por la transmisión más que por el aleccionamiento era patente. Muchos se rasgaron las vestiduras pues no comprendían que el sentimentalismo del Pop pudiese llegar a tener presencia en un género sesuso como el Prog, sin entender que el principal enemigo de la escena no era la apertura de miras sino el inmovilismo. El tiempo ha acabado dando la razón a muchos de los que perseveraron y lograron apreciar las bondades de discos como Clutching at Straws, The Wake o The Sentinel, pues afianzaron una senda que en la actualidad transitan gran parte de las estrellas del género. Anathema, Steven Wilson o Riverside deben muchísimo a los pioneros del Neo-Prog y su apuesta por las atmósferas y el sentimentalismo en contraposición al virtuosismo, y lo mismo sucede hoy mismo con muchas bandas jóvenes, siendo los noruegos Airbag un brillante ejemplo.

Referencias muy claras

Muy poco tiene de circunstancial que los de Oslo se diesen a conocer como una banda tributo a Pink Floyd de nombre The Pink Floyd Experience. El influjo que la banda de Roger Waters y David Gilmour ejerce sobre Airbag es obvio y palpable ya en los primeros compases de su tercer álbum, de inicio épico y con una suite fraccionada, a la usanza de lo que los de Londres harían con ‘Shine on your Crazy Diamond’ en Wish you Were Here salvando infranqueables distancias.

En cualquier caso Airbag no se establecen en la orma diseñada por una de las bandas pioneras de todo sino que picotean en su planteamiento y ejecución de artistas posteriores como Marillion o los ahora tan en boga Steven Wilson o Anathema. Y lo hacen con una ejecución instrumental eficiente pero no pomposa (lo que les aleja algo del autor de The Raven that Refused to Sing) en la que todos los elementos quedan rendidos a un objetivo común, tocarnos la fibra.

Momentos para pensar en Steven Wilson o los hermanos Cavanagh encontramos de forma recurrente en este The Greatest Show on Earth, disco que se instituye en una especie de mapa que guía al oyente por las tendencias más en boga en la actualidad dentro del panorama del Rock Progresivo.

Oníricas y ensoñadoras atmósferas que se sirven efectos electrónicos, punteos y riffs que juegan con la melancolía y repentinos arranques de rabia impotente y una ejecución vocal que pasea por los diferentes estadios que permite la emotividad pero sin llegar a caer en la vertiente lacrimógena de Vincent Cavanagh, sino que se contiene en la dulzura de Hogarth y la elegancia de Steven Wilson.

Emotividad sutil y elegante

La quebrada introducción del álbum y su concordante continuación plasmada en ‘Redemption’ no solo sirve de planteamiento de lo que habremos de encontrar sino que se torna en dulce acercamiento a un disco reposado e introspectivo, de escucha relajada y evocadora en el que Airbag nos toca la fibra con sutileza y elegancia, de forma firme pero sin apretarnos el nudo que se nos va haciendo en el estómago.

Asle Tostrup nos dibuja un panorama en lo vocal que a veces recuerda a Hogarth y otras al emotivo y enigmático Wilson de Insurgentes o en la etapa de Blackfield, marcando distancia con ambos referentes para no caer en la parodia y correspondiendo la elegancia que es norma en la faceta instrumental. Quizás ‘Silence Grows’ sea el momento en el que más claramente parece Tostrup reverenciar a uno de sus referentes pero en la posterior y embriagante ‘Call me Back’ retorna al más personal punto de partida, el cual mantiene en el resto del álbum.

Más complicado lo tiene el guitarrista Bjørn Riis para intentar sonar personal pues riffs, punteos y solos denotan una predilección especial por don David Gilmour, cuestión que, a pesar de todo, no se torna en debe pues, como demostraría en ese canto de cisne de nombre The Division Bell, es casi imposible intentar sonar emotivo desde el Rock Progresivo sin imitar los solos del inmortal guitarrista de Pink Floyd.

8.2/10

Tema homónimo y culminación de la suite abierta al principio son un brillante colofón a un álbum épico que no cae en la estridencia y emotivo que no cae en lo lacrimógeno, sutil como pocos y de los más inspirados que el Rock Progresivo nos ha dado este año. Probablemente aburra a los amantes de lo inmediato o a los adictos al riff, pero aquel que busque un álbum de lento paladeo, escucha relajada y sin excesivas pretenciones intelectuales encontrará en este The Greatest Show on Earth un espacio al que regresar de forma continua y recordar como uno de los momentos más gratificantes que el Rock Progresivo nos ha regalado este año que ya está cerca de decir adiós.

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