Amy LaVere se ha tomado cuatro largos años para lanzar su nuevo álbum desde que Anchors and Anvils vio la luz en 2007. Cierto es que hubo un EP entre medias, pero tras la salida al mercado de éste, la composición de la banda de LaVere se fue desintegrando progresivamente. Su mentor, Jim Dickinson, murió en 2009 tras una cirugía cardíaca y poco a poco todo se fue desmoronando.

Steve Selvidge, el guitarrista, y Paul Taylor, el batería, salieron del radio de acción de LaVere y ella tuvo que recomponerlo todo antes de poder continuar con la grabación de Stranger Me. Finalmente, y como podréis imaginar, lo logró, en parte con la ayuda de Craig Silvey, productor que acababa de participar en la grabación de The Suburbs, y Rick Steff, que ha añadido a los teclados un toque feérico perfecto para algunos cortes.

Experimentando hacia la evolución

Stranger Me conserva la esencia de los anteriores trabajos de la bajista, pero supone un salto adelante en lo que a riesgo se refiere y en la búsqueda de ese lugar de la música americana donde finalmente puede verse encajar. Para ello ha retomado el drama lírico que plagó su anterior álbum y lo ha dado una nueva vuelta de tuerca, acercándolo más a la crisis personal y combinándolo con una instrumentación que compone lo más interesante del disco.

Con ese aire sureño que da a cualquier balada un giro en el que es imposible imaginar qué va a terminar sucediendo. Alejándose del típico relato de chico conoce chica, chica se enamora, chico la abandona, chica llora, LaVere se imagina a sí misma dándole la vuelta a la tortilla y tirando el cadáver el interfecto al Missisippi.

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El álbum abre con uno de los cortes más impecables, por no decir el más redondo del tracklist. ‘Damn Love Song’ resume en cinco minutos lo que podremos encontrarnos canción a canción. Es un clímax a partir del cual poco a poco se va deshaciendo de cuanto no necesita, simplificando la ecuación hasta culminar en la creación de una atmósfera turbia, agridulcemente oscura que viene fundamentada en gran parte por la habilidad que tiene LaVere para componer desde el lado menos luminoso de la realidad. La disonancia, usada con discreción, y las tonalidades menores, presentes en casi todos los cortes, contribuyen a este ambiente de resaca, de tristeza tras el abandono.

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Stranger Me está salpicado de pequeños instantes en los que la ironía arranca una sonrisa, en que LaVere plantea una ofrenda pacífica, en que la amargura sarcástica se suaviza y se deja entrever que hay algo más allá del regocijo en la pérdida. En este álbum pasa por los cinco estados del duelo, algunos con más peso que otros, pero la aceptación termina llegando al final de la compilación, por un lado reconociendo el sufrimiento y por otro buscando la esperanza más allá del dolor actual.

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Esta purga emocional en progresión termina con tranquilidad, con paciencia y con ganas de continuar, a pesar de los deseos frustrados de asesinato, de las lágrimas devastadoras y de las ansias de venganza desesperada. Quizá la única canción que se desmarque de esta línea argumental es la versión que hace de la canción del 78 de Captain Beefheart ‘Candle Mambo’, una reinterpretación muy personal que encaja en la tónica instrumental del resto del disco pero que descoloca en cierto modo respecto del resto del tracklist.

Amy LaVere continúa con enorme coherencia su carrera, construida con gran solidez con discos como este Stranger Me, donde da un paso más allá sin perder su planteamiento vital y abordando de nuevas maneras los problemas de siempre.

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