Especialista en hacer canciones tremendas de no más de minuto y medio, Colin Clary acaba de dar con Apocalypse Yow! otra lección de cómo se puede dejar al oyente con ganas de más en un disco de 17 temas. Casi nada. Indie casero y de, seguro, muy poco impacto en el público, pero con tremendas consecuencias para el que caiga en sus redes.

Clary es un tipo peculiar. Posiblemente haya estado en una cincuentena de bandas ínfimas, caseras, y creo que no exagero cuando digo que, en apenas cuatro años, ya puede tener firmadas a su nombre más de 300 canciones. Lo sorprendente es que nunca cansa y, atención, con su último disco da siempre en el clavo. Lo que hay aquí es un hermoso homenaje a Buddy Holly y a Stephin Merrit, a las habitaciones adolescentes y a la autoproducción, a las canciones soleadas y la carestía de medios para hacerlas. A los plagios conscientes (a New Order, por ejemplo) y a los homenajes que no se piensan. A la posibilidad de que tu guitarra te convierta en alguien con un don. A la magia más simple y a la verdad más pura de la música.

Desde su inicio, con esa declaración de amor ribeteada con arreglos chispeantes (Me Loves You), Colin Clary hace honor a sus propias palabras: “¿Quién decidió que las decepciones eran románticas?”. Su mundo es el real, pero sólo la parte más feliz de nuestro día a día. Así que, en su disco, hay amores que no necesitan explicaciones para seguir funcionado (You Don´t Have To Prove, con la sombra de una infidelidad por detrás); optimismo cuando ves pasar a la chica de tus sueños, la misma que no te hace caso (Backseat, Man); dudas sobre si el amor es algo inalcanzable o no (perfecta Unattainable, con un pequeño muro de sonido como los que Merrit metía en varias canciones del 69 Love Songs); y la sensación de que las obligaciones cotidianas coartan los deseos (I can’t do anything I want to / til I do the things I need to / and then do the things I got to).

Para que a él no le ocurra eso, para no postergar las cosas que quiere hacer por otras que necesita o debe hacer, Clary coge la guitarra y se graba en un cuatro pistas cualquiera. Como hacían los Magnetic Fields en sus primeros discos. Y consigue estribillos sublimes, pero no los repite. Nunca los repite. De hecho, la canción más larga del disco es la última, Donna, una versión de Ritchie Valens que no llega a los tres minutos. A veces abruma que, para cuando ya sabes como tararear una canción, él ya haya pasado a la siguiente. Todo se arregla poniéndole atención.

Como oyente, no dejo de preguntarme qué pasaría si Clary, en vez de estar concentrado, se dedicase a hacer canciones como Dios manda, con tres minutos y medio de pop arquetípico. Dejémoslo así: que siga sacando discos y más discos, que la paja es casi nula.

Escucha | Blowin Off the Sun — Colin Clary
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