Apuntes al pie sobre un Mad Cool inolvidable

La edición de 2018 pasará a la historia

Mad Cool con los mostrencos en medio para que veas mejor | Foto Andrés Iglesias

Mucho se ha dicho ya, o mejor, todo, sobre lo acontecido en el Mad Cool. Varios miembros o exmiembros de Hipersónica acudimos a la llamada del festival, aunque sin delegación oficial, como en otros tiempos del Primavera Sound. Por las experiencias compartidas, poco más que añadir a los ríos de tinta que corrieron en twitter sobre todo durante la jornada del jueves. Colas de una hora para entrar al festival, sin nadie de la organización de por medio; tan sólo unos pocos integrantes del equipo de seguridad, desbordados, gente yendo en Uber porque en teoría no haría colas y era mentira; muy pocas barras teniendo en cuenta la cantidad de asistentes, lo que generaba colas de esas de perderse al menos medio concierto para pedir, dependiendo de donde estuvieras… Y eso en el caso de que tuvieras suerte y pudieras pedir pagar con tarjeta si había datáfono o si este no estaba roto.

Esos pequeños detalles de los que usted me habla

Y dependiendo de lo que pidieras, te la jugabas a cara o cruz, cerveza templada o incluso algún cubata sin hielos; sacrilegios ambas opciones, soportadas por algún camarero inexperto a los que enviamos nuestro apoyo, porque menudas condiciones debieron aguantar por culpa de quien les puso allí con falta de recursos y de previsión. Estas son sólo algunas de mis experiencias personales, para más info, recomendable el hilo de twitter de Héctor G. Barnés, más completo y con extra de sufrimiento a la vuelta. Por hablar de algo positivo, o depende, según cómo se vea, la amplitud del recinto, ancho y no tan largo y extenso como el Primavera Sound, que hace que pierdas demasiado tiempo para ir de lado a lado.

Caminas menos (que compensaría si no fuera porque hay que atravesar todo Ifema para llegar) para llegar a los sitios, pero está más condensado y se forman ríos de gente cuando llegan o se van conciertos grandes. Y sí, están prudencialmente separados, salvo Koko y el Radio Station, que ya podían hacer ruido quienes tocaban para que en determinados momentos no se escuchase el de al lado. Unos escenarios bastante imponentes, sobre todo los principales, auspiciados por todos los patrocinadores y marcas presentes en el festival, digno de un pasillo de un gran centro comercial. Todo un escaparate. Por cierto, hablando de escaparates, bastante más mujeres de las habituales en el cartel. Ahí bien a diferencia de otros.

Si saben como me pongo pa’ que me invitan

El otro gran tema de marras, lógicamente, el de la cancelación de Massive Attack, uno de los principales reclamos del cartel, en mayúsculas, que quedaron relegados a una carpa. Indigno de los bristolianos, teniendo en cuenta que hay dos grandes escenarios. Una falta de previsión total, dejar allí a uno de los grandes cabezas de cartel, mientras que en pleno 2018 le das a Snow Patrol (¿te acordabas de ellos?) un escenario principal. Previsiblemente, se iba a quedar pequeño. Y equilicuá. Cuando se fue acercando la hora del directo, aquello estaba ya intransitable, no ya dentro de la propia carpa que estaba abarrotada, sino en el entorno de fuera. Ríos de gente pasando en modo pasillo de discoteca ratonera, como latas de sardinas.

Resultado: agobios, gente que se fue porque no podía aguantar, discusiones, tensión, amagos de peleas con guiris ebrios (que abundaron en el festival, irrespetuosos como ellos solos)… Afortunadamente no hubo amago de avalancha, pero con una pelea que se hubiera montado, se podría haber desatado fácilmente con alguna gravedad de por medio. 25.000 personas (se estima) metidas en un espacio para bastantes menos. Una total falta de previsión, de nuevo, por parte del festival, que además pagó el pato con creces, junto al público, de haber puesto allí a uno de los fundamentales del trip hop y de la electrónica de las últimas décadas.

En ese sentido, prácticamente hora y media después, sin que nadie de la organización informase de nada en el durante, se confirmó lo esperado: Massive Attack cancelaron. Al parecer, dijeron que la actuación de Franz Ferdinand molestaba porque se escuchaba. Aquí entra el factor de sibaritismo, tiquismiquis, según se mire, o exigencia. El caso es que Massive Attack avisaron con meses de antelación al festival de que no querían solapes con ningún grupo, así que a pesar de las negociaciones con el mánager, finalmente el dúo decidió no tocar, como se explica en El País. Al día siguiente, parece que el festival reculó, haciendo énfasis en el apartado técnico exigido por Massive Attack y no tanto en la culpa de la formación.

Se pusieran más o menos exigentes, por una parte el festival ya debería saber de esto, viendo que en el Low Festival exigieron un cuarto de hora antes que se acabara todo para poder tocar. En el Sónar 2014, ese mismo año, lo hicieron en el escenario principal de la noche, cerrado y sin posibilidad de sonidos exógenos. Si la organización sabía de todo esto, sibaritismo o exigencia —hay que tener en cuenta la importancia de los silencios del grupo para que no suene nada en temas como ‘Angel’, por ejemplo — aparte, estaban prevenidos desde hacía tiempo. No costaba nada ponerlos en un escenario principal para evitar problemas; los que ocurrieron tanto técnicos como de espacio al asignarles una carpa en la que se podían escuchar otros escenarios.

Llámelo cutrez, llámelo ineptitud

Al final, lo que salta a la vista es que a pesar de ser el festival más grande del país, con aspiraciones a ser lo mismo pero en Europa, la ineptitud es flagrante. Aumentó el aforo del público pero no lo hicieron en la misma proporción los recursos humanos. Y la gestión de Massive Attack (que curiosamente cancelaron en Italia días antes por enfermedad), por muy especiales que se pongan, fue pésima. Se podía prevenir, y si no, la solución es fácil: no los traigas. Había suficiente biblioteca anterior para ver de qué palo van y cuan exigentes o tocapelotas son y pueden llegar a ser, mejor no jugársela. Queda claro que el objetivo es el negocio puro y duro, racaneando en gastos que no deberían ser problema por el volumen de negocio que manejan. Es lo que se espera cuando incluso contraprograman a festivales afines de los que han salido. La pela es la pela. Y la música después.

Y ahora, un poco de lo musical, brevemente:

Jueves

Actress: la idea era empezar con Eels y Fidlar, pero con las colas del jueves, ya tal. Así que llevamos a otro de los imprescindibles. A Cunningham poco le importó actuar frente a poca gente en uno u otro momento. Ejecutó esas atmósferas cargadas de ambient y ruidos IDM, combinadas con temas de sus inicios como ‘Maze’, se paseó por melodías más house vocales y por clásicos de Pet Shop Boys como ‘West End Girls’. Clase y buen hacer. Un poco de todo lo que hace.

Yo La Tengo: actuaron en el Koko, que por momentos sonaba como muy apagado, había que estar más cerca para disfrutar de sus temas, pero bastante bien. Ojalá algo más de clásico, pero el tiempo da para lo que da. Sonaron la balsa de ‘Autumn Sweater’, ‘Ohm’, y para cerrar, Ira Kaplan entró en trance con esos diez minutos largos de ‘Pass The Hatchet, I Think I’m Goddkind’. Y a disfrutar con punteos, distorsiones y un poco de historia del mejor indie.

Pearl Jam: uno de los momentos del festival, con el día que más gente vino, obviamente, para ver a Eddie Vedder y los suyos. Una actuación muy completa para los más seguidores, en la que pusieron de relieve su lado hard rockero, con un Vedder que se comió el escenario con su despliegue vocal y se ganó al público rápido con su carisma. En medio de todo, ‘Once’, ‘Even Flow’, ‘Better Man’ o una gran ‘Alive’ previsiblemente para cerrar, para después versionar al padre Young con ‘Rocking in the Free World’. No faltaron las proclamas políticas y el #momentoprogre con Luis Tosar y Javier Bardem, dos hombres, para hablar del no es no de las agresiones machistas.

Pearl Jam | Andrés Iglesias

Kasabian: llegaban tripletes con grupos ya vistos, como Justice, Japandroids o Kasabian. Tocó pasarse por allí para ver a multitud de público anglosajón y la actuación efectista del Ian Brown wannabe. Tienen buen repertorio de singles y eso fue lo que salió. Fácil y al pie, empezando fuerte con ‘Underdog’ y cerrando con ‘Fire’.

MGMT: una de las cagaditas del festival, no son un grupo para cerrar. Aun así, se pasearon por el nuevo disco, del que sonó lo que tenía que sonar, pero también su segundo álbum, con esas perlas psicodélicas como ‘Flash Delirium’. En directo la complejidad de algunos temas se nota y el sonido tan bien acabado se resiente. Una actuación correcta que debió tener lugar antes (y con una mejor sonorización).

Viernes

Víctor Santana: jugaba en casa, con bastante público y madrileños venidos adrede a verle. Lo tenía todo a favor, y a pesar de que no metió tanto tema propio, tiró por sonidos añejos, más cercanos al house de Chicago que al techno de Detroit. Y con algún regalo garnieriano para cerrar como ‘The Man With The Red Face’.

The Big Moon: momento Primavera Sound como el grupo femenino The Big Moon, londinenses. Mucho público natal se acercó para ver su satisfactoria puesta en largo de su debut del año pasado. Actitud, buenos detalles guitarreros y dos o tres temas para enganchar con el estribillo y los coros. Grupo para el futuro.

Goat Girl: tres cuartos de lo mismo con las inglesas Goat Girl, que han debutado este año y que miran más a un toque garagero, con elementos distintivos como el violín, que le daba un valor añadido a su pegadizo directo.

Jack White: punto y aparte para el 50% de los White Stripes, que precisamente empezó su actuación con ‘Black Math’, para después seguir con temas en solitario en los que desparramó sobre el público todo el espíritu blues de Detroit que le caracterizan a él y a la banda con la que vino. Marcó distancia con su virtuosismo, pero alejado de plomizos solos hardrockeros, tirando de sonidos propios del slide y sacando repertorio diverso, también más acústico como ‘Hotel Yorba’ o incluso la música que compuso para el ‘Steady As She Goes’ de The Raconteurs. De los momentos más celebrados, el ‘The Hardes Button to Button’, y sobre todo y a pesar nuestro, ese temita lololo al final que ha invadido nuestra vida en la última década. Pero su actuación fue de las mejores con diferencia. Talentazo, a pesar de su último álbum.

James Holden & The Animal Spirits: una de las joyas del día, para ver cómodo debido al solape con Arctic Monkeys. Tras la experiencia del Mira, Holden al fin encontró la ecualización perfecta para que no se perdiera ningún matiz, que es lo que había pasado en anteriores ocasiones, por los riesgos del directo. En ese sentido, por parte de otros álbumes sonó ‘Renata’ y algo más de The Inheritors, pero sobre todo tuvo protagonismo The Animal Spirits, y fue tremendo, con los detalles sonoros en capas secundarias, las maracas, saxos e instrumentos tradicionales africanos. Los temas progresivos y el final con ‘Spinning Dance’ fue la hostia. Trance.

Massive Attack: nos dejaron sin palabras. En medio del caos, los de seguridad se llevaron a un señor en pelota picada, mostrando glúteos, seguramente guiri y borracho, en lo que fue una clara señal del Apocalipsis.

Sábado

Pile: como pasa por desgracia en estos festivales tan grandes, cuando hay letra pequeña de calidad, como los indierockers americanos Pile, tocan al principio. Sólo llevamos al final del concierto, pero estaban con sus devaneos sonoros entre el noise y los toques hardcoretas. Muy buenos.

Cora Novoa: gran espectación para la actuación de la gallega, que empezó con un tech house bastante resultón para la hora y acabó con bastante público en la carpa, combinando algún tema propio pero sobre todo en modo dj set.

Frankie Cosmos: la actuación que se esperaba de la americana, que era la primera vez que pisaba España. Temas de su anterior álbum y del nuevo disparando en ráfagas cortas, de uno o dos minutos, y con ese toque de delicadeza pero algo más de garra con guitarras típicamente indies. En su horario justo, para ir calentando motores.

Queens of The Stone Age: después tocaron otros de los nombres más esperados, el siempre very conservative Josh Homme, que esta vez hizo de una especie de héroe soltando una obviedad, las zonas VIP en los festivales son una patraña, y además en el Mad Cool no estaban ni llenas. Finalmente la seguridad se apartó y dejaron que entrara público. Empezaron con un sonido más apagado, que cambió pronto con ‘No One Knows’ y esa batería hipnótica para que todo el mundo se enchufara. A partir de ahí, punteos, momentos virtuosistas y un sonido más musculoso que se tradujo en botes del populacho con ‘Little Sister’ y su característico punteo y el final con ‘Go With The Flow’. Se echó en falta algún tema de los primeros, pero cumplieron.

Depeche Mode: cómo no, hasta la bandera con un Dave Gahan ejerciendo como el gran frontman que es. Momentos más ochenteros como ‘Everything Counts’, bien con los sintes potentes para dar empuje a su directo, que se vino arriba con el ‘Enjoy The Silence’. Después llegó el ‘I Just Can’t Get Enough’ y todos felices como perdices. A pesar de la edad, y hartos ya del Enjoy The Silence que Gahan no cantó entero, su directo sigue siendo una cosa de ver.

Depeche Mode gustándose, bueno, Gahan | Andrés Iglesias

Daniel Avery: en su transformación hacia el ambient, se preveía en cualquier caso que esta vez se dejara de experimentos para darle al público su bombo y su techno. Eso sí, aprovechó para tirar de sonidos más melódicos y fue un set bastante completo y diverso. Se nota que tiene gusto y eso se tradujo sobre los platos.

Richie Hawtin: duramos poco porque el cansancio era de aúpa. Y hasta la llegada de Underworld, Hawtin motivaba poco con esa misma sesión de warpeos medios — al menos no entró en el caniqueo desde el principio — previsible y que lleva pinchando hace quince años. Para los más parroquianos o quien a esa hora solo quiere cosas primarias.

Había UNA NORIA.