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Bardo Pond — Looking for Another Place

De forma recurrente, desde que tengo uso de razón a esta parte, la idea de dejarlo todo y cruzar un continente sin nada más que ingenio y una mochila se asienta en mi mente. Sería erróneo decir que la sobrevuela, que tan sólo la surca de forma fugaz para dejar un poso más o menos estable del que tirar, al que recurrir cuando la efervescencia del momento se apaga, porque dicha idea, la de crear mi propia road movie personal, parece anclada en lo más subterráneo de mi consciencia. No creo que se trate de algo particular, dado que toda persona ha vivido a base de sueños húmedos en los que las películas donde alguien es capaz de sobrevivir entre autobuses de tercera, hostales de mala muerte y la solidaridad de algún conductor esporádico se hacen realidad. No sé si alguien se lo toma realmente en serio.

La búsqueda de cualquier otro lugar domina mi imaginación de ciento a viento y por eso, de ciento a viento, la fascinación por historias semejantes se apodera de mí. No se trata tanto de la ajetreada vida que describe Jack Kerouac en ‘On The Road’ como del mero hecho de caminar hacia ninguna parte. Hace ya mucho tiempo un amigo me contó que uno de sus planes recurrentes en verano era reunirse con otros amigos, acudir a la estación de autobuses de Zaragoza y elegir aleatoriamente un autobús. Sacar los billetes y dejar que el mismo les llevara a cualquier lugar. La idea me pareció absurda al principio y, en cierto modo, me lo sigue pareciendo ahora, pero también la juzgué genial y, del mismo modo, la sigo considerando como tal. Las probabilidades de acabar en Illueca o en París eran las mismas. Y aquello era muy gracioso, porque hay gente que también va a Illueca de escapada romántica.

Cuando el fulgor por la aventura vuelve a apagarse y la cobardía comienza a apoderarse de mí una vez más, en un ciclo eterno al que quizá nunca le halle solución, opto por viajar a través de Google Maps. Soy plenamente consciente de lo triste que es esto, pero yo también creo que vivimos en un tiempo prestado, como Parquet Courts, y cuando la siempre infinita lista de tareas pendientes se convierte en otro motivo más de preocupación — una vez cada mes, más o menos — deshago la maleta, rompo los mapas y dejo de mirar los horarios de la estación de trenes. Es también entonces cuando rebusco en algún rincón remoto de Siberia cómo es el mundo que nunca me atrevo a descubrir, para luego hablar entusiasmado con mis amigos de lo fascinante que debía ser aquello siglos atrás o para hacerme el interesante mientras finjo conocer esos lugares, a sus gentes o a sus historias. Todos lo hacemos.

En esa ficción en la que se mueven las relaciones sociales, lo que el personaje cautivo en el interior rural aragonés descrito por Ramón J. Sender en ‘El fugitivo’ endiente a la perfección, siempre hay quien rompe las reglas y hace creer que todo es posible. Es un juego al que casi todo el mundo se presta. Por eso cuando alguien dice “agarré una mochila, yo sola y me planté en Islandia a ver qué encontraba”, la mayor parte de las personas a su alrededor la detestan o juzgan sus intenciones de absurdas. “No tiene sentido”, murmuramos para nosotros mismos, cuando sí lo tiene, claro que lo tiene, porque todos se lo encontramos constantemente aunque jamás seamos capaces de ponerlo en práctica. No es más que envidia hacia una vida que soñamos y soñamos, buscamos entre lo mundano del día a día y en ningún caso estamos en condiciones de obtener. Esas personas que rompen el teatro convencional en el que nos movemos son peligrosas, pero todos querríamos ser peligrosos.

Esas personas que rompen el teatro convencional en el que nos movemos son peligrosas, pero todos querríamos ser peligrosos, ser como ellos y buscar los lugares que ellos han encontrado, y buscarnos allí, en esos lugares, y no aquí

Si bien incluso los que rompen las reglas y hacen aquellas cosas que los demás no pueden, no quieren o no se atreven, incluso esos son farsantes que interpretan otro papel más en un tablero. A Islandia no se llega nadando y casi nadie tiene emocionantes aventuras que contar cocinando haddok en un ballenero escocés que pasó por las Islas Feroe y luego terminó en Islandia. Hay aviones y aeropuertos, maletas y zonas de embarque, civilización e historias reales. Nada de imaginación. Cuando un amigo me contó que otro amigo común había volado hasta Corea del Sur y desde allí había cruzado Rusia en un tren — la ruta del Transiberiano — pensé que todo era muy emocionante pero que no había nada de original ni especial en todo aquello. Sólo se trataba de dinero y un holgado periodo de vacaciones. Si yo tuviera todo eso también habría estado en los lugares que de forma recurrente visualizo en Google Maps, de los que luego leo en Wikipedia y de los que finalmente hablo con entusiasmo a mis familiares.

Aquel amigo de un amigo no se había disfrazado de aventurero. La clave, supongo, es esa, lo que cada uno quiera ser. No lo que cada uno quiera aparentar ser: al final siempre son la misma cosa. Y si una persona vive obsesionada con convertirse en los personajes que le fascinan — como Tom Sawyer cuando planea la huida de Jim, el esclavo negro amigo de Huckleberry Finn, al modo de las novelas románticas francesas del XIX — al final logra ser como ellos. Querer ser y ser es todo uno. Siempre llego a esta conclusión exaltado. Recorro las fases argumentativas ya escritas aquí y de repente me encuentro en este callejón sin salida emocionado, abriendo cajones de mi mente que me permiten encontrar una explicación al hecho tan simple de que quiero estar en muchos otros lugares, en cualquier otro lugar, en cualquier otro menos este. Luego miro las cuatro paredes de mi habitación y se me pasa.

“Qué tonterías estás diciendo, Andrés”. Y vuelvo a la pantalla de mi ordenador. Y posiblemente, dentro de un mes, vuelva a pensar todas las cosas que he pensado más arriba. Y posiblemente lo haga mientras escucho Looking for Another Place (Fire, 2014), el nuevo disco de Bardo Pond que de nuevo no tiene nada, ni siquiera sus canciones, dos versiones. Y que habla de buscar otros lugares y de ser otras personas, y de direcciones opuestas y mapas que no representan nada porque no quieren llevar a ninguna parte. De cosas mágicas que nunca pasarán, o que quizá sí, siempre y cuando lo quiera. El problema es que no sé si quiero. Sólo sé que me estaré repitiendo otro día más, aunque no con tanta gracia como Bardo Pond. “Es un ciclo, un periplo que el entendimiento no alcanza”. Y en ese ciclo esquizofrénico hay pocas ayudas mejores que Bardo Pond.

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