El Pop (en mayúsculas, como ente con vida propia y karma hijoputesco) ha tratado muy mal a los Beach Boys. No a sus discos, que cada día brillan con más fuerza y que hoy se revelan como el antídoto ideal para escapar de un mundo ya no gris, sino negro como lo más profundo del océano. Pero sÃí a sus componentes y a su imagen: el tópico del verano, de los surferos cogiendo olas, de su supuesta ingenuidad, les ha acabado pasando factura.

Algunos de ellos (Mike Love, Bruce Johnston, Al Jardine) han empeorado aún más la imagen de su grupo con giras alimenticias, ideas irrisorias y una codicia suprema. Sólo la tontería revivalista suprema del marcar “les vi en directo” les ha permitido el butrón.

Otros se dieron de baja mucho antes (la botella vacía, un nuevo fracaso sentimental y Dennis Wilson, el único surfer del grupo, muerto bajo el agua; pánico-pánico a una muerte ridícula). A otros se los ha llevado el tiempo (Carl) y el que queda, Brian, no acaba de decidirse entre vivir aquí o pirarse allá donde su mente siempre le ha querido llevar.

Con una carrera como la suya, tan llena de sobresaltos, propia de unos genios (en sus partes buenas y en las malas), los Beach Boys no son tan famosos ni tan respetados como los Beatles. Casi parece que hasta los Rolling Stones, a pesar de llevar tanto tiempo sintiendo sólo los billetes que entran en sus bolsillos, estén mejor considerados. Total, que nos hemos liado la manta a la cabeza (porque eso es Hipersónica: liarse la manta cuando nadie lo ha pedido) y hemos decidido repasarlos disco a disco, a cuatro día. Porque se acaba el verano y todo nos parece una mierda.

Surfin’ Safari (1963)

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Pocos grupos comienzan su carrera con un disco inapelable, por más que la maquinaría promocional nos haya hecho creer que sí y pocos son de los 60. Los Beach Boys no son una excepción, así que su debut se puede ver hoy como una obra adolescente, en la que a las canciones casi se les puede ver el acné. El grupo naufraga sin remedio en alguna de sus recreaciones de clásicos del rock (lo de Summertime Blues casi clama al cielo: les podría emparentar, y no es broma, con las Shaggs), pero tiene destellos de un futuro increible y reinterpretaciones sentidas.

Las voces son, claro, maravillosas (Cuckoo Clock no necesita mucho para poner los pelos de punta) y late un ritmo rockero muy naif, que explotará en breve. Subiéndose a la moda del surf (Surfin Safari, la canción, es un clásico desde el primer momento) e inaugurando la temática hot rod (el tuning de aquellos días nunca estuvo mejor contado que en 409), los Beach Boys comienzan a hacerse famosos. Rápidamente. Y son guapos, rubios y explotables.

Surfin USA (1963)

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En poco tiempo, y con tan solo un puñado de canciones, los Beach Boys ya eran el grupo más prometedor de EEUU. Y su regreso, tres meses (TRES MESES) después de Surfin’ Safari, es la demostración de todo el talento que esconde el grupo.

Que Surfin’ Usa sea hoy un tópico no ha de esconder su potencia como canción veraniega: su sucesión de punteos de guitarra es rock’n’roll de segunda generación maravilloso, puro y adolescente, flipado con el rock porque era TODO lo que importaba. La marca de los Beach Boys (esas voces de diferentes tonos entrelazadas sin fin y heredadas de los grupos doowop) se hace ya protagonista absoluto de canciones aún imberbes (en The Farmer’s Daughter tratan de enamorar a la hija del granjero prometiéndole que la ayudarán a arar; otro día hablamos de las letras); instrumentalmente crecidas (Misirlou mantiene el tipo), ya capaces de destrozarte interiormente (The Lonely Sea duele), pero sobre todo muy vitales.

Para muestra, otro botón hot rod: Shut Down. Sobran algunas versiones, pero los temas propios comienzan a brillar. El disco perfecto para irte de guateque.

Surfer Girl (1963)

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Para su tercer disco en el año 1963, los Beach Boys son ya el grupo de Brian Wilson. Prescinden de la mayorí­a de las versiones y se quedan solos, abandonados a la inspiración de su jefe. Eso, que en otros grupos de la épooca significaba a menudo el fin, en los chicos de la playa supone un salto cualitativo que aún no cristaliza en todo lo que estaba por llegar.

La emocionante balada de apertura, Surfer Girl, es el quicio de entrada a un universo de playa eterna en el que sobresalen Catch a Wave, himno eterno, Little Deuce Coupe, una de las favoritas del grupo, y The Surfer Moon, otra balada de violines y voces engarzadas como diamantes en una tiara. Hay mucho relleno (South Bay Surfer, la instro The Rockin Surfer, gran parte de las segunda mitad del disco), pero esta un tema definitorio del futuro de los Beach Boys: In My Room.

Brian, acuciado por sus fantasmas, enfrentado a su tiránico padre y frágil como pocos músicos, compone esa canción como refugio adolescente. Y con los años, cuántos no la habrán utilizado para lo mismo. Producida como si a Spector se le quitase el muro de sonido y se le dejase sólo los ladrillos, eclipsa al resto del disco.

Little Deuce Coupe (1963)

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Antes de que acabe el año, Capitol decide seguir explotando su nueva gallina de los huevos de oro y edita una recopilación de los temas relacionados con el mundo del automóvil con unas pocas canciones nuevas. El artefacto acaba por ser casi un album conceptual que no se queda en mero capricho.

Aquí está una de mis debilidades personales, Be True To Your School, oda cheerleader que demuestra que nadie ha cantado jamás como los Beach Boys. También uno de las canciones más infravaloradas del grupo, Car Crazy Cutie.

Brian Wilson había comenzado a creerse su magnífica habilidad para emocionar reciclando, así que se calza el traje elegante para ponerse casi soul (Spirit Of America) o reúne a sus hermanos y a su primo para homenajear a capella al fallecido James Dean en A Young Man Is Gone. Puede que el disco cojee en determinados momentos, pero Brian grabó ocho de estas canciones en una sola tarde de septiembre, en el ratito que ahora escribimos unos cuantos tuits y esperamos un fav.