Beyoncé — 4: a mí sí que se me llenan los oídos de lágrimas

Beyoncé empezó a escribir su nuevo álbum hace dos años, en plena promoción de I Am… Sasha Fierce, y el resultado de dos años de composición es un total de 72 canciones que entregó a Columbia Records para que seleccionaran el tracklist que finalmente formaría 4. Sabiendo esto, cuesta mucho valorar un trabajo que podría haber sido completamente diferente, dependiendo de quién y cuándo seleccionaran las canciones que llegarían a la publicación.

Por supuesto, cuando me refiero a escribir y a componer, no digo que lo haga ella directamente. No hay una sola canción de 4 que esté firmada exclusivamente por ella, y tan sólo firma su participación en 3 de los 12 cortes del tracklist. Quizá Beyoncé deba empezar a buscar nuevos letristas, porque uno de los peores defectos y quizá el punto más débil de este álbum es lo pésimo y blandengue de sus letras. Rimas forzadas hasta la extenuación, relatos que oscilan en la delgada línea que separa el darse a valer de la súplica emocional, narrativas inexistentes y creación de atmósferas nula.

Baladas y medios tiempos hasta el hartazgo

Está claro que Beyoncé prefiere las baladas para exhibir esa maravilla de voz que tiene. Está claro que es ahí donde más se luce, y está claro también que en directo esta mujer es un huracán. Pero si en un disco nos encontramos 8 de 12 cortes con este tempo, es imposible que no termine resultando agotador, por muy estratégicamente colocados que se encuentren otros temas más animados intentando levantar la tónica rítmica general.

Hasta ‘Party‘, el quinto de la lista, tenemos que deglutir cuatro baladones de los de agarrarse los machos, en los que el amor prima por encima de todas las cosas, salvo del sexo, que la cantante reclama en mitad del estribillo sin ningún complejo nada más empieza ‘1+1‘, la canción que abre el tracklist.

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You see these tears falling down to my ears

¿Influencia o tinte omnipresente?

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Es obvio en canciones como ‘Best Thing I Ever Had‘, donde el piano nos retrae a las baladas de principios de los años noventa, ‘Rather Die Young‘, que podría haber aparecido perfectamente en cualquiera de los discos de Destiny’s Child, o en la abiertamente influenciada por el estilo de Whitney Houston ‘Love On Top‘.

¿Dónde está lo que prometía con el estilo casi militar, crudísimo y genial de ‘Run The Girls‘? Desde luego, es casi imperceptible hasta la segunda mitad del disco, donde encontramos algo que puede tener cierta relación, aunque en un ámbito que no es idéntico, en ‘Countdown‘ y que recuerda más a la primera parte de I Am… Sasha Fierce, especialmente al ritmo de ‘Single Ladies’.

No hay comparación posible entre este tipo de canciones y los baladones increíblemente anodinos con los que sí, se luce una barbaridad, pero que aburren tremendamente y no cuentan nada nuevo. Al contrario, llaman la atención por lo chusco de sus letras y por la escasísima originalidad a la hora de relatar historias totalmente válidas pero horriblemente mal desarrolladas. ‘End Of Time‘ es otro ejemplo perfecto de cómo Beyoncé arrasa sin piedad en los cortes más animados y con una percusión marcada que le va como anillo al dedo a su voz, especialmente cuando le da cierto tinte reggae a la dicción.

4 no es el mejor disco de Beyoncé. No pasará a la historia como el álbum que marcó definitivamente su estilo. Es el trabajo de una artista que sabe que triunfa, que está asentada y que quiere hacer lo que le apetece, mezclar, buscar, indagar o como prefiera llamarlo. Hasta que no se dé cuenta de que un álbum donde el 80% de las canciones son medios tiempos cansa y soporta muy pocas escuchas, frente al lado más agresivo que da muchísimo más de sí, no tendremos un disco de Beyoncé donde realmente sea posible disfrutar como un enano.