Aunque hoy en día no pueda llegar a ser considerado mucho más que un simple personajillo de la prensa rosa norteamericana, más dado a los escándalos más bochornosos posibles y a la adicción a todas las drogas imaginables que a la creación de música, es innegable que Ozzy Osbourne cuenta con un pasado que le acredita como un vocalista de referencia dentro del hard rock, especialmente su etapa en los legendarios Black Sabbath.

Como un intento de recuperar esa leyenda, o quizás simplemente como una excusa para llenar sus arcas, llega el nuevo disco en solitario de este rockero cuya mejor época acabó antes del nacimiento de muchos de los presentes. Pero no es justo prejuzgar un disco, así que vamos a intentar adentrarnos en él con la mente lo más abierta posible y… no, imposible, es demasiado malo como para intentar negarlo.

Y mira que la cosa no empieza del todo mal, pues el arranque con Not Going Away se hace hasta bueno, lo digo en serio. Pero después pasamos al segundo tema, el single I Don’t Wanna Stop, y cualquier esperanza de un buen disco de rock se va tan pronto como llegó. Ni siquiera el trabajo de un guitarrista tan sobresaliente como Zakk Wylde de Black Label Society consigue sacar adelante este despropósito.

Entre inútiles intentos de dureza como Black Rain o Trap Door, o empalagosas baladas que más bien dan risa como Lay Your World On Me o Here for You, transcurre un álbum soporífero, con una calidad compositiva tan pésima que casi resulta ofensivo para el oyente, pues uno tiene la sensación de que están intentando tomarle el pelo, canción tras canción. No os dejéis engañar, este disco no llega a nada.

Sitio oficial | Ozzy Osbourne
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