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Black Sabbath — Black Sabbath (1970): allí donde comienza todo

Sólo se puede confiar en los seis primeros discos de Black Sabbath y en ti mismo.

Resulta paradójico que quien acuñara la cita que mejor resume el espíritu y el legado de Black Sabbath fuera el líder de un grupo Hardcore de los años ochenta. Pero Henry Rollins tenía razón: hay pocas verdades más inmortales en la historia de la música que las contenidas en los seis primeros discos de Black Sabbath. Cuesta explicar las últimas cuatro décadas de producción musical sin hacer mención a la discogrfía de Black Sabbath, acaso una de las más influyentes de todos los tiempos. Sus discos fueron el principio de muchas cosas pero, esencialmente, de uno de los géneros que mayores filias y fobias, tendencias, estéticas, ideas y subgéneros haya generado jamás: el Heavy Metal. Y el principio de todo, allí donde se ubica su origen, la primera piedra sobre la que se edificaría la posterior civilización, reside en Black Sabbath (1970, Vertigo), su primer y apoteósico disco.

Black Sabbath y el signo de los tiempos

La historia de Black Sabbath es un relato de encuentros fortuitos, casualidades y tendencias consolidadas. Tony Iommi — guitarra — , Bill Ward — batería — , Geezer Butler — bajo — y Ozzy Osbourne — voz — formaron Black Sabbath cuando la década de los sesenta encaraba su fin: en un tiempo en el que el Rock Psicodélico se encontraba en el punto álgido de su popularidad y de su creatividad, pero también en un momento en el que las vertientes más duras del mismo, reivindicando el legado crudo del Blues Rock, se abrían paso de forma lenta pero inexorable. Led Zeppelin, Cream, Jimi Hendrix o los incipientes Deep Purple ya habían roto con los sonidos amables de la psicodelia de San Francisco justo al mismo tiempo que decenas de grupos de adolescentes aporreaban sus instrumentos en garajes americanos. Por un lado el legado del Blues y por otro el shock aún palpable de la Invasión Británica hacían que el signo de los tiempos comenzara a virar.

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Black Sabbath jugarían un papel determinante en esta historia. Si en Detroit MC5 o The Stooges afinaban las notas que más tarde darían forma al Punk Rock, Black Sabbath harían lo propio desde Birmingham con el Heavy Metal. La ruptura en dos niveles, el del Garage y el del Heavy Metal, daría paso a una década confusa y repleta de ideas aún por concretar. Esencialmente, la década en la que Black Sabbath daría forma a su leyenda. 1968 sería el año de su formación y 1970 el año en que grabarían su primer disco, Black Sabbath, una obra aún hoy totémica que se grabó apenas en unas horas, sin tiempo para afinar los arreglos o pensar demasiado en la estructura del trabajo, y sobre los que se asentaron los pilares básicos del sonido sabbathiano en los años venideros: las letras siniestras y obsesionadas con el ocultismo y el paganismo, la velocidad pausada pero demoledora de la base rítmica del grupo y la afinación grave y baja de la guitarra de Iommi. Tres elementos que, si bien hoy quedan lejos de parecer rupturistas, en 1970 supusieron una conmoción total.

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Provenientes de Mythology y Rare Breed, primero The Polka Tulk Blues Company y más tarde Earth, los cuatro componentes de Black Sabbath dieron forma definitiva a la formación en Birmingham, la ciudad de la que provenían. La idea: hacer una música que asustara lo más posible. Los ideólogos principales: Iommi al frente de la composición musical, responsable de algunos de los riffs más memorables de la historia y pieza básica, por inteligencia y talento, del grupo; Butler, a cargo de la imaginería letrística e icónica; y Osbourne, encargado de dar voz y melodía y de amalgamar todas las ideas que rondaban, como un halo fantasmal, sus cabezas. Hemos hablado de tendencias consolidadas pero aún no de las casualidades y los encuentros fortuitos, accidentes e historias que se cruzan, y que forman un papel esencial en la definición final de Black Sabbath, tanto a nivel sonoro como icónico.

Lento y pesado, el sonido de Black Sabbath

Pese a la intención expresa del grupo, la casualidad terminó forjando el espíritu de Black Sabbath. Casualidad fatal, cuyo origen se remonta a la juventud temprana de Tony Iommi. Iommi trabajaba ocasionalmente en una de las muchas fábricas siderúrgicas que por aquel entonces aún poblaban la geografía de las West Midlands británicas, epicentro de la revolución industrial, y un accidente con una máquina cortadora que no estaba acostumbrado a manejar le cortó dos falanges distales de su mano derecha. Naturalmente, esto suponía un impedimento a la hora de tocar la guitarra. Las dificultades derivadas del accidente provocaron que Iommi tocara el instrumento con dos pequeñas protésis en sus dedos — hechas por él mismo — y que, dado que tenía problemas para tocar cuerdas muy tensas, tuviera que cambiar la afinación de su guitarra. Iommi tocaría más lento y en un tono más bajo de lo habitual, y por extensión así debería hacerlo el resto de la banda.

La pesadilla industrial de Iommi tendría sus frutos: Black Sabbath definirían de este modo el sonido del Heavy Metal, un sonido que se acoplaría a las mil maravillas con las ideas originales de la banda. El uso del tritono a la hora de componer las canciones provocaría que el Blues Rock del que partían derivara en una amalgama de riffs mucho más graves y pesados, metálicos. No sólo eso: la breve colaboración de Iommi en Jethro Tull, grupo de Rock Progresivo, y las influencias más palpables del conjunto — Cream, Jimi Hendrix — , provocaron que Black Sabbath llegaran a un lugar al que Led Zeppelin no se habían acercado. Black Sabbath no sólo eran un grupo de Blues Rock más duro, sino que se perdían en la densidad de jams plagadas de solos de guitarra y batería, sostenidos por un bajo mecánico y poderoso, jams que caminaban entre los caminos circulares y complejos del Rock Progresivo y la lisergia — oscura — de la psicodelia de la década anterior.

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Black Sabbath a un kilómetro por hora: disco homónimo y presentación al mundo con una canción también homónima. ‘Black Sabbath’ resume el espíritu del trabajo. Iommi se deleita en riffs que se clavan como estacas de acero en el alma, sacudidas que representan simbólicamente al diablo y a todo lo oculto y oscuro que podía albergar el mundo. Es cierto que tales presupuestos hoy pueden sonar näif, y que el sonido de Black Sabbath, tras décadas de atrocidades varias poblando los géneros más extremos que podamos imaginar, queda ya lejos del auténtico terror, pero en 1970 nada de esto había sucedido. Las notas lentas y alargadas de Iommi, acompasadas por una ritmo de batería casi apocalíptico y por un bajo siniestro, cuadraban a la perfección con la inquietante melodía pronunciada por la voz a ratos enajenada de Osbourne. Black Sabbath querían asustar y, la verdad, cuesta pensar cómo no podrían hacerlo tras semejante bienvenida.

Lucifer y el relato de Black Sabbath

Oh, please, please, help me.

La petición de auxilio de Osbourne, daba paso al nacimiento del Heavy Metal: a los cuatro minutos y medio de ‘Black Sabbath’ Iommi introduce un riff que marcaría generaciones y que daría paso a (a) el apoteósico final de la canción y (b) el resto de temas que estructurarían el disco homónimo. Por aquel entonces Osbourne aún no era el a un tiempo patético y entrañable personaje que Chuck Klosterman retrataría brillantemente en Fargo Rock City, y sus frases, las ideas, las palabras que surgían de su boca parecían verosímiles y no una parodia repleta de clichés. La voz, aguda y nasal pero proyectada con magnificencia y solemnidad por Osbourne, ensamblaría de forma definitiva las diferentes piezas que compondrían el universo lírico de Black Sabbath: la muerte, las visiones funerarias, lo tenebroso y el diablo. El lado oscuro del alma humana, en resumen.

What is this that stands before me?
Figure in black which points at me
Turn around quick, and start to run
Find out I’m the chosen one

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El relato de El Señor de los Anillos; el espíritu provocador y rupturista de los componentes de la banda; y su ciudad natal, Birmingham, uno de los motores de la revolución industrial ubicado justo al sur del Black Country, gris, siderúrgica, pesada. Las casualidades, de nuevo, parecen confabularse para imprimir un misticismo de leyenda a la temática lírica de Black Sabbath: es cierto que ya nada parece tan provocador como podía serlo a principios de la década de 1970, pero en la sociedad británica que aún digería a duras penas la irrupción contestataria y juvenil del Rock ‘N Roll — retratada de forma fantástica en la película The Boat That Rocked — , resulta natural que Black Sabbath atormentaran a toda una generación de padres en Reino Unido y Estados Unidos. Sus referencias al diablo, a la muerte y a la magia oscura habían sido ideadas precisamente para eso.

Y sin embargo, las letras de Black Sabbath no eran siempre una invitación al satanismo:

Evil power disappears
Demons worry when the wizard is near
He turns tears into joy
Everyone’s happy when the wizard walks by

Osbourne cantaba sobre los temas que interesaban a los jóvenes miembros del grupo por aquel entonces: Gandalf, la novela de J. R. R. Tolkien, el atractivo inagotable de lo prohibido, en forma de provocación profana, y Lucifer. En ‘N.I.B.’, una de las canciones más enigmáticas y poderosas de toda su discografía — aclopada a ‘Behind The Wall of Sleep’ mediante un solo de bajo hasta arriba de fuzz — , Osbourne entona una sentida tonada de amor al mismo diablo. La inclusión de la palabra Lucifer ha estigmatizado a Black Sabbath durante el resto de su existencia: la letra, en realidad, es más ambigua de lo que parece. ¿Hablaban Black Sabbath de Lucifer o del ácido que ingerían compulsivamente? En el fondo ‘N.I.B.’ habla sobre las múltiples tentaciones presentes en la vida cotidiana de la sociedad, la que ellos mismos suponían:

Some people say my love cannot be true
please believe me, my love, and I’ll show you
I will give you those things you thought unreal
The sun, the moon, the stars all bear my seal
Now I have you with me, under my power
Our love grows stronger now with every hour
Look into my eyes, you will see who I am
my name is Lucifer, please take my hand

Ácido que, por lo demás, hacía acto de presencia con frecuencia deliciosa en las canciones de su primer disco. ‘Wicked World’ — aparecería en la edición norteamericana, no en la europea — reproducía los mismos patrones Blues durante cinco minutos, divididos en dos por una sección Folk psicodélica en el corazón de la canción. Puede que este disco alumbrara al Heavy Metal como tal, pero sus aristas aún deudoras de la década anterior estaban muy presentes. Ciertamente, la temática lírica y sonora trataba de romper con el pensamiento floral y blanco de la psicodelia norteamericana, pero Black Sabbath no vivían eternamente obsesionados con Satán y, al igual que los grupos de la década que ya moría, trasladaban la realidad que les rodeaba a sus letras. ‘Wicked World’, por ejemplo, tiene más de crítica social que de pura provocación diabólica:

The world today is such a wicked thing
Fighting going on between the human race
People give good wishes to all their friends
While people just across the sea are counting the dead

Las apariciones negras y turbulentas de la portada y de la primera canción, ‘Black Sabbath’, se transformaban de este modo en auténticos fantasmas sociales. Black Sabbath inspiraban temor porque, entre otros motivos, su música y sus letras dibujaron un espejo negro en el que la sociedad occidental no quería mirarse. Es cierto que aquellas ideas no tenían una forma definida por Butler y compañía, y que la tanto la mujer de la portada como la reveladora temática del tema de apertura surgían realmente de sus sueños personales, pero Black Sabbath eran un constructo social, un producto de la tierra, las gentes y la música que les rodeaba. Su lado tenebroso, en rigor. Sólo de este modo lo que hoy parecen letras algo ingenuas y demasiado evidentes se transforman en el golpe mediático que en su momento supusieron.

El rechazo y la gloria posterior

Tal fue el impacto, tanto lírico como sonoro, que Black Sabbath fueron rechazados de forma más o menos mayoritaria por la crítica musical especializada. El resto del disco ahondaba en lo expuesto con anterioridad: desde un punto de vista lírico, Black Sabbath también rendían homenaje a otro escritor de temática terrorífica y fantasiosa como H. P. Lovecraft — en ‘Behind the Wall of Sleep’ — y continuaban jugando con los dobles sentidos, el amor y la tentación en ‘Warning’. Y la mezcla de todas estas letras e ideas proyectadas por la voz de Osbourne encontraban su contrapunto ideal en las largas improvisaciones y jams instrumentales comandadas por Iommi. Black Sabbath es un disco que navega a la deriva — bendita deriva — en muchos momentos. ‘Warning’ son varios minutos de ejercicios en solitario de Iommi, acompasado por bases rítmicas de Blues que le llevan a repetitivos esquemas sonoros. Lo mismo se puede decir de ‘Sleeping Village’.

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Estos presupuestos sonoros hicieron que los periodistas especializados decidieran darles de lado, en uno de los análisis fallidos más estrepitosos de toda la historia de la crítica musical. No así la gran mayoría de los mortales: alcanzó el puesto 23 en los charts norteamericanos, donde tendría presencia durante un año, y vendió seis millones en Estados Unidos. Parecido éxito cosechó en Gran Bretaña, donde se colocó entre los álbumes más vendidos en el primer mes de su puesta en circulación. Nada de esto tendría demasiada relevancia si este álbum no supusiera a día de hoy todo un punto de referencia para las mil y una tendencias y vanguardias del Metal. Desde el Doom hasta el Stoner, pasando por la psicodelia más pesada y el Sludge, Black Sabbath y la piedra esencial que edifica su camino son un nombre obligado para cualquier historia que ocupe cualquier vertiente del Metal.

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10/10

Quizá en la propia naturaleza repetitiva de este disco inmortal se encuentre su desmedida influencia, su posición como disco absolutamente esencial del siglo XX para comprender gran parte de la producción musical de las últimas cuatro décadas — y las que restan — . Un universo mágico y seductor que tantos años después sigue resultando redundante y fascinante. Las canciones de Black Sabbath se estiraban y se encogían sobre sí mismas. Hay pocos ejercicios más agradecidos en la música pop que entregarse sin ataduras a una escucha continuada de Black Sabbath. O al menos yo no los he conocido. Es tal su embrujo, su capacidad de absorción, que más de una, más de dos y más de tres veces me he encontrado perdido entre su amalgama monótona y apasionante de riffs. Cuantas veces me haya dejado llevar por todo ello no son comparables por cuantas veces me dejaré llevar. En pocas ocasiones las siguientes dos palabras hicieron tanta justicia a un disco: obra maestra.

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