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Bohren & der Club of Gore — Piano Nights

Ya no solo sin esperarlo, sino que probablemente sin pretenderlo, los alemanes Bohren & der Club of Gore se han convertido en una de las principales puertas de entrada al mundo del jazz para el profano, sobre todo aquel proveniente de sonidos radicalmente alejados del género de la improvisación. No deja de ser curioso que una propuesta como la suya, tan áspera e incómoda en apariencia, haya granjeado tantos seguidores a un mundo al que se acercan desde una perspectiva transgresora pero purista al mismo tiempo, sin mayor maniobra arriesgada que lo que el planteamiento conlleva para la ejecución.

Este papel de Cicerón que el cuarteto viene ejerciendo desde el ya lejano 1994 con Gore Motel ha transitado parajes que para otros proyectos podrían haber supuesto una alteración radical, pero que en manos de Bohren & der Club of Gore no ha sido más que una reafirmación de constantes, de principios a los que aferrarse como muestra de personalidad, una de las personalidades más marcadas dentro del panorama musical actual.

A pesar del aparente espíritu minoritario de su propuesta, su impronta se dejó ver a finales de los noventa en experimentos de bandas del bagaje de Ulver o en el nacimiento de otras, como los también alabados The Kilimanjaro Darkjazz Ensemble. Ahora bien, ¿cuál es exactamente su propuesta y qué ofrecen en Piano Nights? Vamos a averiguarlo.

Convergencia de mundos opuestos

Quizás hastiados de un mundo que acaba hastiando bastante, Morten Gass, Thorsten Benning, Robin Rodenberg y Reiner Henseleit emprendieron en 1994 un viaje con el Death Metal Old School como punto de partida hacia un terreno aparentemente inhóspito como es el del Jazz, aproximándose a él, eso sí, desde un punto de vista que haría que a un purista le diese un jamacuco.

Bajando el tempo de una forma radical pero manteniendo la frecuencia y gravedad en el tono, Bohren & der Club of Gore construirían un híbrido entre los Miles Davis y John McLaughing más ensoñadores de los años setenta y la vertiente más onírica, catártica y turbadora del trabajo de Angelo Badalamenti, un nombre que encontraréis en todo y cada uno de los artículos al respecto de esta banda alemana.

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El resultado sería autodenominado por el propio cuarteto como Doom Jazz y viviría dos ‘curiosos’ episodios antes del aparente radical cambio que citaba al principio. Recién estrenado Midnight Radio, el guitarrista Reiner Henseleit abandonaría el combinado y los restantes se verían ante la disyuntiva del qué hacer. Lo normal había sido mantener el esquema buscando un nuevo guitarrista, pero al trío se le encendió la bombilla y decidieron dar un paso más en eso del Jazz de vertiente oscura, prescindiendo de la guitarra y sumando un saxo a la ecuación.

Así llegó un disco icónico como Sunset Mission, un disco en el que el tempo y la afinación permanecerían inalterables pero al que el saxo dotó de una textura más lóbregamente aterciopelada, permitiendo construir unas atmósferas para las que la guitarra era solamente un obstáculo.

Ahora bien, ¿qué hay en Piano Nights?

La respuesta corta es decir, básicamente, lo mismo que han ofrecido en Sunset Mission, en Black Earth, en Dolores… Pero como si nos aferramos a la respuesta corta lo mejor que podemos hacer es cerrar el chiringuito, vayamos a por la respuesta larga.

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Tanto el profano como el iniciado se encontrarán en Piano Nights con una banda que toca impresionantemente lento, alargando las notas casi hasta el infinito, quizás hasta intentando que un instrumento no tape en su ejecución al siguiente. Así es como la escobilla marca el camino casi pretendiendo no volver a aparecer hasta que no se detiene la anterior vibración, consistiendo el ejercicio de la percusión en una caricia que incomoda, que raspa con una superficie áspera pero que produce la adicción de la picazón y eso a lo que el colombiano llama ‘el desespero’.

Parecido sucede con un bajo doble en el que la afinación grave supone la clave, jugando más un papel atmosférico utilizando bajas frecuencias que el prototípico rol de marcar el ritmo y dar abrigo a la guitarra. Quizás el papel de la guitarra, el de la generación de texturas, lo jueguen los pianos (dos para ser más exactos), los cuales a pesar de la cuestión nominal ni siquiera juegan un papel protagonista en Piano Nights, el álbum que nos ocupa, rindiéndose ante la evidencia que supone el magnetismo del viento nada más entrar a escena.

Y es que el saxofón es el encargado de dotar de sentimiento a la atmósfera dibujada por la batería y el bajo, es el protagonista de la embriaguez ensoñadora en la que Bohren & der Club of Gore nos sumergen, evocando tanto el cargado y pesado aire irrespirable de un antro de mala muerte como la fecundidad del lecho conyugal, jugando de forma acertada a acercar lugares y sentimientos contrapuestos demostrando la ambivalencia de la existencia humana. En su juego de notas alargadas hasta la extenuación del que las sopla, el saxofón dibuja también ambientes siniestros dotándolos de un paradójico romanticismo, apoyándose en el componente Doom que aún perdura a pesar de haber sido desterrada la guitarra, pero no por ello el aura sabatthiana al que muchos aluden a la hora de hablar de los alemanes.

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Alejado de la omnipresencia, el saxofón monopoliza el oído nada más aparecer, no tapando físicamente al resto de instrumentos pero comportándose de forma magnética, llegando a silenciarlos aparentemente en la mente del que escucha. Es la voz de Bohren & der Club of Gore, es el transmisor del mensaje, de sentimientos que circulan a través de su presencia. Es él, es el protagonista. Y Piano Nights una nueva muestra de ello.

7.7/10

Como supongo comprenderéis, a la hora de hablar de Bohren & der Club of Gore es insignificante citar canciones o discos, sobre todo si nos referimos a lo ofrecido desde 1997. La obra de los alemanes se muestra como un todo indivisible, quizás excesivamente homogéneo para oídos impacientes, pero que supone una experiencia catártica, sin importar en qué capítulo o en qué momento te acerques a ella. Esto no es una historia de concreción, es un cuento de atmósferas aparentemente inalterables, de sentimientos equidistantes que se acaban cruzando en el infinito, justo cuando la primera vibración provocada por la escobilla acaba y está a punto de llegar la siguiente.

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