Bon Jovi — Burning Bridges

Juergues, once y media de la noche. Ambiente cargado, leones arrinconando a las gacelas, las hienas a la espera y los ñus al fondo, al lado de la puerta del baño. El ejemplar de rubia cabellera y sonrisa profident se dispone a entrar en acción. Confiado de sus posibilidades, consciente del poder de su ingenio y el encanto de su mirada de soslayo. Ya ha elegido presa, se acerca lentamente hacia ella. Sin vacilación, sin dejarse distraer por esos cachorritos que opositan para macho alfa.

Ella lo ve, intenta huir pero las hienas se han apostado cerca de la puerta de salida. Está rodeada, va a tener que defenderse en las distancias cortas esperando algún error del depredador. Lo mira, tiene una pinta algo extraña, nada que ver con el pelaje de aquellos que suelen acecharla día sí y día también. Lo ve aproximarse copa en mano, sigiloso, sin preocuparse siquiera en disimular una mirada que la desnuda, que la trata como un costillar colgando en una carnicería.

Ya está aquí, el olor a whisky es potente, y se mezcla con algo que parece ser Brumel. El captor inclina su cabeza, se aproxima a su oreja mientras con sus manos intenta sujetarla por la cintura. No puede escapar y va a tener que darle conversación. Todo está perdido, va a tener que soportarlo toda la noche.

Perdido en el tiempo, fracaso en el espacio

– Hola nena. ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
– (Joder, esa frase se la he oído a mi padre). Hola, pues aquí, con mi amigas la Vane, la Miriam y la Noe.
– ¿Te puedo invitar a una copa? Esa ensalada que tienes en el vaso está algo mustia.
– Es un gintonic. La verdad es que ya voy un poco pedo, mejor no.
– ¿Estudias o trabajas? (preferiría haber preguntado ¿te estudio o te trabajo?, pero no es aún el momento de subir la apuesta).
– Tío, ¿tú no sabes lo que es la crisis?
– ¿La de los cuarenta? Hace ya un tiempo que la he pasado.

El fracaso es sonoro, y él no logra entender por qué. Cree saber cómo se hace, en su historial hay una larga lista de grandes capturas. Algunas intensas, otras gloriosas, la mayoría olvidadas pues todas han sido mucho tiempo atrás. De pronto se siente solo al recordar que su compañera lo ha abandonado por un ejemplar más joven que él, más agil, musculoso. Y viril, muy viril. El Grecian 2000 ha logrado tapar sus canas, pero las heridas de su corazón se reflejan en su rostro.

Apesadumbrado se retira, e inicia un debate interior en el que se pregunta si de verdad han cambiado tanto las cosas. Antaño le bastaba con una mirada y una promesa de olvidar el pecado. No le importaba que ellas se arrepintiesen de lo sucedido la noche anterior, lo importante era la captura y poder contarlo, fardar junto a sus colegas. Tanto hablar de amor, tanta poesía encaminada a hacerlas caer a sus fauces, que había acabado perdido dentro de una, en una de triste final. Enredado, comprendiendo que en la jungla no siempre es el depredador el que caza, a veces él es la presa y otras simplemente le toca contemplar el panorama.

Miles de rompecorazones le habían convertido en el Emilio Duró del amor

Mirada pétrea, pose estirada con pecho palomo. Al abrir la boca mil promesas de amor eterno, de noches de sábado en acción y domingos abrazados entre sábanas azmilcladas y pegajosas. Funcionaba, y muy bien. Joder, demasiado bien. Muchos decían haber aprendido sobre el amor gracias a él, a atraerlas, a enamorarlas y desecharlas sin que eso acabase con su buena fama. Miles de rompecorazones alrededor del mundo lo habían logrado todo gracias a su experiencia, a unos relatos que le habían convertido en el Emilio Duró del amor.

Pero claro, la inactividad, el desconocer cómo caza la perrilla hoy día lo ha llevado al fracaso. Estrepitoso. Ni imitar a los jóvenes a base de uuuoohhh y de mirada compungida le ha funcionado, la metáfora de la lágrima que resbala hasta parar en el mar no sirve para nada. Jugar a ser Alex Ubago no es lo suyo, ahí no es más que un aprendiz cazando en campo contrario, con rivales más jóvenes, más ágiles y más sensibles que él. La sensación de derrota es insoportable, el mundo actual no está hecho para un divorciado cuyo última captura meritoria ha sido hace 20 años. Sí, la vida de casado le dio satisfacciones en forma de sonrisa mañanera y autocomplacencia, pero hoy está solo y quiere carne, no las verduritas hervidas de las que se había venido alimentando últimamente.

2.1/10

La decisión está tomada. Ha pasado su momento y se avecinan días de pelea en el fango y resignación ante la derrota. Jon, y es que así se llama el ejemplar, se niega a aquello pues ha comprendido que buscar presas tiernas hoy día está fuera de su alcance (aunque ha tardado medio disco en darse cuenta). Debe volver a su ecosistema natural, sin importar que allí todo esté por los suelos y raído por el paso del tiempo. Con sus maduritas sí funciona eso del “esto no es una canción de amor” (aunque sí lo es), ellas eran sus incondicionales a pesar de todo. Jon ya no necesita noches de furia y desenfreno, lo único que necesita es mantener en pie su orgullo, optimismo aunque sea complaciente. Significa renunciar a un éxito que un día fue suyo, pero también reconocer que de donde no hay poco se puede sacar. Ley de vida, y aquí ha golpeado bien fuerte.

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