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Diez años ha tardado justamente el proyecto de Douglas McCombs (bajista de Tortoise y Eleventh Dream Day) en resucitar en forma de disco, y lo ha hecho en este 2013 con Brokeback and The Black Rock (Thrill Jockey), un álbum que se aleja de los postulados ambientales para acercarse a un rock de corte más clasicista. El resultado, un disco lento, corroído por la erosión del tiempo; un buen álbum propio de uno veterano que ha sabido esperar para volver con tipos que no son mancos para lograr el sabor añejo que (dicen) tiene el buen vino.

Brokeback and The Black Rock, la gestación y el renacimiento de la banda

Este nuevo trabajo ha sido el resultado de una serie de acontecimientos que han ido desencadenándose desde 2010, cuando McCombs se reúne con los nuevos integrantes de Brokeback para tocar en directo. En el camino queda la anterior formación, habiendo pasado algunos ilustres como Mary Hansen (Stereolab) o James Mcnew (Yo La Tengo), e incluidos también el contrabajista Noel Kupersmith, y el trompetista Rob Mazurek.

Tras esta reunión, empiezan a tocar material en directo, componiendo canciones y pasándolas por el filtro para ver cuáles merecen seguir adelante en un hipotético nuevo álbum. Ese hipotético trabajo se consuma en 2012, cuando empiezan a grabarlo en el estudio del ingeniero de sonido John McEntire, compañero de McCombs en Tortoise. Un trabajo impecable en la producción que equilibra el protagonismo de bajos y batería al de la guitarra.

Con el cambio de formación, McCombs encuentra en Brokeback una nueva faceta que hasta entonces no había logrado, si bien es cierto que con los anteriores integrantes, el resultado eran exquisitas composiciones de bajas pulsaciones y dejes jazzísticos; el nuevo combinado ha elaborado un disco, premeditado o no, de buen gusto y referencias a mitad de camino entre la psicodelia y el post-rock.

Reverb, punteos, post-rock y psicodelia

Brokeback and The Black Rock es lo que pasa cuando un veterano y sus nuevos compañeros de viaje se embarcan en un proyecto en el que trabajar sin presión, sin la necesidad de estar en el estudio o en el escenario en un breve lapso de tiempo. Si McCombs ha estado en el dique seco con este proyecto durante prácticamente una década, no se le van a caer los anillos por esperar algunos años más a que todo esté listo para la vuelta, algo que quizá ni él esperaba y que vino al percibir la buena sintonía del ‘nuevo’ grupo.

Ataviado de su bajo eléctrico Fender VI y acompañado de otro bajista, Pete Croke, forman el esqueleto del disco junto con la batería de James Elkington, dejando en ocasiones en segunda línea la guitarra de Chris Hansen o manteniéndola en primera línea con ellos. Con esa querencia por el sonido grave y los ritmos cocidos a fuego lento, nos sumergen en hipnóticas líneas de bajo y ensordecidos solos de guitarra.

Estas técnicas están instaladas dentro de progresiones que van en aumento, propias del post-rock, aunque estas acaben sin explosión, porque no todo son explosiones en el post-rock; ellos se acercan a la faceta del rock más clásica de la que dicho género bebe. Ese gusto por lo clásico y la irremediable reminiscencia al post-rock reposado de los primeros Tortoise. Y por supuesto sin vocales.

Riffs áridos para entrar en bucle

La portada del álbum evoca bien lo que representa bien este regreso, un rock que avanza lento pero seguro y solemne sobre un terreno yermo en el que sólo queda la erosión que deja a su paso el certero reverb de Brokeback. Es lo primero que se puede escuchar nada más darle al play con ‘Will Be Arriving’. Zarpazos corrosivos que jamás hubiéramos escuchado en la anterior formación de la banda. Lo mismo ocurre al saltar al siguiente corte, ‘The Wire, the Rag, and The Payoff’: áridos riffs de guitarra con bajos que se van alternando mientras que el corte va en un in crescendo que cada vez afila más sus garras.

Aunque el disco acabará gustando a cualquier acérrimo del rock clasicista en su más amplia diversidad de ramas, las ocho canciones en su conjunto ganan mucho más cada vez que las escuchas. Si bien cuesta hacerse al grupo por la lentitud y poso de sus piezas, al final acabas entrando al trapo al escuchar la profundidad de las líneas de bajo en ‘Who Is Bozo Texino?’ y cómo el peso de la distorsión es cada vez mayor.

Brokeback and The Black Rock podría ser la abrasiva banda sonora de una de esas carreteras sin final de Texas o de la calurosa gasolinera de Abierto hasta el amanecer; canciones desoladoras que agotan de escucharlas sólo por la energía que irradian. La profundidad que de nuevo vierten sobre ti en ‘Don’t Worry Pigeon’ con esos dejes psicodélicos que también se repiten en ‘Gold!’ te empequeñecen, creando una apisonadora de decibelios que cae irremediablemente sobre ti con todo su peso.

Douglas McCombs ha dado un giro de 180º a lo que anteriormente conocíamos como Brokeback, dejando intacto ese tempo a cámara lenta, que esta vez avanza más imponente que nunca, para alejarse de la experimentación con el jazz y recursos ambientales de baja tensión. Es un camino mucho menos complejo, pero que ofrece unos resultados bastante más corpulentos en cuanto a sonido se refiere.

Un trabajo que ha tardado lo suyo en salir y que retrata la necesidad de cambiar de aires más calmados para entrar en otros cargados de distorsión, psicodelia y lentas progresiones que lo erosionan todo; un disco de rock como la copa de un pino. Que es de lo que se trata.

Sitio del grupo | Thrill Jockey

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