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En el mundo de la música en directo acostumbras a llevarte sorpresas. Habitualmente desagradables, cuando menos, últimamente. No me refiero a los propios artistas, pues nunca sabes a priori si te saldrá príncipe o sapo, si no a unas asistencias muy flojas, mientras nos quejamos de que no se programa cosas que nos gusten. A veces, pasa lo contrario, como el pasado domingo, en Santiago de Compostela. Ese día un semidesconocido, por mucho que lleve ya unos cuantos años dedicándose a esto, Cass McCombs, al frente de una banda formada por dos guitarras (una de ellas alternando con el pedal-steel), bajo y batería, casi llenó el aforo de un Salón Teatro cuya capacidad podía hacer pensar, en principio, que el lugar se podía quedar grande.

Así que lo primero, subrayar que el público respondió acudiendo a la llamada del reciente Big Wheel and Others, notable séptimo largo del californiano. Estaba por ver si la introspectiva apuesta de McCombs conseguía meter en el bote a una audiencia en la que sobraban los recién conocedores del artista (el mismo que escribe estas palabras se puede contar entre ellos). Una hora y veinte absolutamente desnuda de florituras, de arranques fuera de guión. Un complejo ejercicio de equilibrio en el que la falta de decibelios no descuidó en ningún momento la belleza de lo simple.

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Las guitarras pocas, si acaso un par, de veces fueron aporreadas. El pedal-steel dominó en muchísimos momentos un recital en el que la última referencia discográfica de McCombs copó un porcentaje altísimo del protagonismo, y en el que ‘Morning Star’ comenzó a generar esa comunión basada en la austeridad bien entendida y aplicada. De la mano, otros dos temas de Big Wheel and Others, ‘Big Wheel’ y ‘Angel Blood’ consiguieron que de forma más o menos temprana la gente cogiese algo de temperatura en las incómodas (incomodísimas) butacas del Salón Teatro.

No hubo, como digo, demasiados momentos para mirar al pasado. Si acaso al más reciente, el de su anterior disco, Humor Risk, que aportó al repertorio a ‘Robin Egg Blue’ y ‘The Same Thing’, intercaladas entre una ‘Brighter’ que, haciendo un juego de palabras que roce la blasfemia, se convirtió efectivamente en uno de los momentos más brillantes del concierto. Un concierto que, ahora sí, en su segunda mitad, afrontó un repaso a viejos éxitos (bueno, éxitos relativos, que tampoco hablamos de un tipo que lo haya petado gran cosa por aquí), rescatando desde a ‘I Went to the Hospital’, de aquel debut titulado A, que cuenta ya con una década, al fantástico medio tiempo que es ‘Morning Shadows’.

‘There Can Be Only One’ preparó un final de fiesta en el que ‘County Line’ consiguió plasmarse con mucha solvencia, como un ejercicio de inspiración que confirmaba que a lo mejor el tipo este que estaba sobre el escenario había hecho los méritos suficientes para que se le preste más atención. Seguramente no consiguió que nadie saliese del teatro convertido en fan acérrimo, tampoco con un bis que, protagonizado únicamente por ‘Bobby, King of Boys Town’ resultó algo escaso, pero sí con el objetivo más que cumplido. Que el nombre de Cass McCombs, un tipo que lleva una década dedicándose a esto empiece a formar parte de nuestras discotecas desde ya, como recurso cuando uno quiera escuchar algo, al final, realmente bello.

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