Ir a un concierto de Cat Power, lo sabemos quienes ya hemos tenido la experiencia en alguna ocasión, es siempre un deporte de riesgo, una ruleta rusa en la que nunca puedes estar seguro del todo de lo que te vas a encontrar, y eso cuando el concierto se celebra de verdad y no es cancelado, sea con semanas de antelación con causa más o menos justificada o en el último momento y con explicaciones peregrinas. Así que cuando ayer salió al escenario veinte minutos tarde, resfriada, cansada y medio afónica, muchos nos echamos a temblar. Y la verdad es que no dejamos de hacerlo en toda la noche.

Porque lo que normalmente es otro de los inconvenientes de sus directos ayer casi se convirtió en su mejor arma, aunque estuvo permanentemente a punto de irse al traste. Me refiero a la capacidad de Chan Marshall de devorar por completo sus propias actuaciones, de colocarse como centro absoluto del show e imponerse a las canciones y a la música, de convertir sus conciertos en un festival del “yoyoyoyoyo” que puede saturar con facilidad. Y sin embargo, como digo, ayer me quedé con la sensación de que eso fue precisamente lo que salvó la noche (cuando la salvó): su presencia, su carisma, su forma de interactuar con la gente, de ganarse su respeto, su admiración y (también, claro) su perdón. Sin todo eso, lo de ayer en La Riviera hubiera sido un naufragio sin más.

Montreux Jazz

Si el jueves en Barcelona anunciaba su embarazo, anoche nos contaba que era un niño (“por fin voy a saber lo que es ser querida de verdad por un hombre”). Cat Power planteó un solo show (“sabíais a lo que veníais”, dijo, aunque no parecía ser el caso de la mayoría) claramente pensado para un auditorio con butacas francamente árido por momentos, con un repertorio plagado de versiones (aquello parecía la gira de Jukebox mucho más que la de Sun), encadenando unos temas con otros, fundiéndolos y recortándolos (fue un concierto-snippet durante buena parte del set), pidiendo constantemente “más reverb” e inventándose la letra en determinados momentos si hacía falta, pidiendo perdón todo el rato por sus errores al piano y la guitarra, por la cantidad de covers, por el hecho de que estuviéramos de pie. Un auténtico desastre como concierto que se encargaban de salvar tanto la artista (con momentos estelares como el gag del té con miel) como el público (imprescindible para poder salvar la función y cómplice la mayor parte del tiempo).

En la segunda hora todo se acentuó. Marshall estaba cansada, mareada y “totally out of it”, según sus propias palabras y los murmullos, las chácharas y el público dándole al whatsapp aumentaba por momentos, pero contra todo pronóstico y aunque parecía que aquello podía acabar incluso mal, consiguió cerrar la noche y, de nuevo, volver a ganarse a la gente firmando discos y lanzando flores desde el escenario. No es que no hubiera buenos momentos (hay que estar muerto por dentro para no emocionarse con esa ‘The Greatest’ al piano), pero si la cosa no acabó mucho peor fue por motivos más allá de la música.

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