Celeste — Animale(s)

Aunque es algo sobre lo que he reflexionado mucho, nunca he sido capaz de llegar a una conclusión clara al respecto de la relación que la sociedad actual mantiene con la violencia, a la cual trata por un lado con cierta veneración y por otro con un respeto que quizás emane del miedo. Evidentemente, la violencia ha estado muy ligada al proceso evolutivo que nos hizo hombres a pesar de que su presencia se haya ido racionando en cuanto a cantidad sin que ello se haya visto correspondido en el apartado de su cruencia.

Llegados al siglo XXI la violencia sigue siendo uno de los pilares en que se basa nuestra sociedad aunque ya hemos desarrollado multitud de procesos o herramientas destinados a no tener que utilizarla. Quizás sea una cuestión meramente instintiva, pero debemos reconocer que la violencia, su utilización, ejerce un influjo que en ocasiones es irrefrenable. Multitud de estudios han surgido en los últimos siglos al respecto del tratamiento y utilización de la violencia por las sociedades occidentales y, probablemente, gracias a la importancia de algunos de ellos la violencia ha logrado una entrada más ‘cómoda’ en el mundo del arte, entendido éste como universo de plasmación de sentimientos y de la condición humana, lo cual hacía inevitable que la violencia traspasase sus fronteras.

Así han surgido multitud de obras en multitud de disciplinas en la era actual destinadas a plasmar efectos, características, apología o a criticar el uso de la violencia en entornos en los que existen alternativas pacíficas. La entrada en la edad contemporánea ha eliminado tapujos, y barreras, a muchas de estas interpretaciones, lo cual ha permitido su llegada a disciplinas que, en apariencia, parecen alejadas a esta entidad por la dificultad que plantean a la hora de plasmar lo abstracto. Probablemente sea la música la última de las disciplinas artísticas en abrir sus puertas a la violencia, evidentemente contenida, pero quizás sea éste el motivo de que haya asimilado o metabolizado tan cómoda e inequívocamente muchos de sus preceptos.

Violencia como elemento de transgresión

La historia de la música moderna, como reflejo de la sociedad del mismo periodo, también es un proceso de asimilación, deformación e interpretación de pautas que algunos entienden como violentas. El prisma de acercamiento y los medios utilizados pueden ser distintos, pero las divergencias en el lenguaje acaban dejando de ser una barrera para la plasmación aunque la deformación se acabe convirtiendo en norma. Tal es así que primero en la pintura y luego en otras artes visuales como el cine, la violencia se ha acabado aceptando como algo digno de ser bello como bella es la condición humana. Un arte más moderno y que se mueve en otros parámetros como la música no ha podido ser inmune a esta revolución cultural y también ha aceptado la violencia como precepto adecuándolo a sus particulares manifestaciones y ligándolo a determinados géneros entendidos como minoritarios.

Evidentemente el punto de partida fue sutil aunque la cuota de presencia de la violencia en la música ha ido creciendo paulatinamente estas últimas cuatro décadas. Conjugaciones ha habido de muchos tipos, al igual que ejemplos paradigmáticos, pero este año han sido los franceses Celeste quienes, desde mi punto de vista, han editado el disco más violento y a la vez cautivador, deformando los límites de la violencia sonora y logrando que trascienda no ya solo sus barreras, sino aquellas de términos que son antónimos a la misma.

Los argumentos, argucias y herramientas utilizadas son del más variado calibre pero la norma es, como marca la evidencia, dejar epatado. La violencia ha sido siempre un elemento de transgresión en el mundo del arte, de remover cociencias y eliminar barreras tópicas y utópicas, Celeste lo saben y no solo lo celebran, sino que construyen el concepto de su obra, su globalidad, en base a esta premisa.

Doom, Black Metal, Sludge… da lo mismo. Los géneros no son más que herramientas, a desdibujar o destrozar, que se ponen a disposición de Celeste para que en Animale(s) desarrollen un tratado de violencia musical dispuesto a remover tu conciencia, a hacerte viajar de un extremo a otro de la condición humana sin olvidar que, más allá de lo despreciables que podemos llegar a ser nosotros o nuestros actos, siempre queda un mínimo reducto de belleza en lo que somos y hacemos, cuestión que, a pesar de todo, no es ni puede ser compartida por todo tipo de público, solamente por aquel que esté dispuesto a aceptar este juego tal y como sucede con el desarrollado por artistas como el Stanley Kubrick de los últimos años 70, el actual Takashi Miike o el inquietante Bruno Dumont.

El instinto animal nos hace humanos

Y a pesar de todo, Celeste han demostrado a lo largo de su carrera de forma más que sobrada ser conscientes de que el ser humano tiene tanto de aversivo como de fascinante, construyendo su estudio sobre la violencia en base a esta dual premisa. La misantropía es algo que va más allá de lo nominal y la furia y rudeza de algunas de sus canciones así lo demuestra, enlazando lo despreciable que convierte al ser humano su veneración a algo tan abyecto como la violencia con el aspecto de fragilidad terrenal que a pesar de todo nos define.

Nombres e imágenes (y sonidos, por supuesto) retratan ese principio misántropo de ‘el hombre es un lobo para el hombre’, el cual tiene su origen en el fratricidio de un pasaje bíblico. Lo que aparentemente es una metáfora de la rivalidad entre iguales que ha hecho avanzar a la humanidad, se basa, paradójicamente, en algo tan instintivamente animal como es acabar con el semejante como medio de supervivencia o de logro de la supremacía. Obviamente en el reino animal estos enfrentamientos entre hermanos tienen otras motivaciones u objetivos alejados de la humana avaricia o envidia pero, indudablemente, sirve de recuerdo o de velado aviso de que es nuestra parte animal la que nos ha hecho avanzar como humanos, insinuando que si de nuestra humanidad hubiese dependido, aún seguiríamos en las cavernas admirándonos ensimismados unos a otros o a las pelusas de nuestro ombligo.

Un alto precio en pos del desarrollo y del alcance del definitivo sentimiento de humanidad es el que hemos pagado y aún deberemos pagar. El hombre seguirá devorándose a sí mismo en pos de alcanzar el status definitivo de su concepto y concepción. Mientras mundos más superfluos o indolentes como el Pop se muestren ajenos a todo esto, géneros mucho más minoritarios e incomprendidos seguirán analizando más o menos directa o concretamente esta realidad irenunciable. Algunos utilizarán lenguajes como la imagen estática o en movimiento y otros recurrirán al sonido metafórico. Quizás sean Black y Death Metal las dos corrientes sonoras mejor orientadas en esta vía, pero ambas se quedan pequeñas para Celeste, quienes entienden que lo que plasman y cuentan es algo transversal a pesar de su apariencia minoritaria, y es de alabar su empeño en recordarnos que, a pesar de todo, somos y seguiremos siendo Animale(s).

8.7/10

Cuatro discos llevan Celeste desarrollando un concepto ideológico que en Animale(s) parece tener su punto culminante tras superar estadios como el nihilismo o la misantropía. No conviene dejar a un lado al brutal aspecto musical de su sonido pero reconoceremos que el aspecto lírico de la obra de estos franceses es lo más atrayente. Denso, incómodo y marrullero como no puede ser de otra manera, Animale(s), con su más de hora y media de duración, no oculta en ningún momento ser un disco que, de forma directa, me atrevería a definir como una barrabasada. Solo falta que os atreváis a enfrentaros a él.