Christina Rosenvinge en concierto en Bilbao (18–03–2011, Kafe Antzokia): en boca de la mujer madura

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Si todo cantante, banda o artista en general, tiene su momento creo que es innegable que Christina Rosenvinge está viviendo el mejor de toda su carrera con la gira de La joven Dolores. Ella de joven tiene más bien poco (está a punto de cumplir 47 años) pero parece haber bebido ese elixir que la hace más atractiva a medida que va pasando el tiempo.

Dolores provocados por el amor, en mayor o menor medida, los hemos sufrido todos y el viernes pasado los compartimos en ese confesionario en el que se convirtió un Kafe Antzokia a la mitad de su capacidad. Parece que los daños compartidos son más llevaderos y al final todos salimos de allí enamorados de la misma persona. Lo siento, si ya era muy fan ahora lo soy aún más.

Un concierto íntegramente en castellano basado en sus dos últimos discos Tu labio Superior y La joven Dolores, que conjugan perfectamente en directo, no queriéndonos recordar esta vez que hubo otras etapas anteriores en las que tenía menos seguidores y todo era mucho más arty.

La madrileña ha madurado, se la ve más segura, pisando fuerte en el terreno en el que se encuentra, y con los pies más en la tierra. Podría liarme a soltar toda una lista de adjetivos positivos sobre su concierto pero prefiero destacar que verla en directo es sobre todo sensualidad. La imagen de esas piernas con zapatos de tacón bajo el teclado es de las que no se olvida tan fácilmente.

Olvídate de bailar, casi ni mover un pie, aquí se trata de disfrutar de todos esos pequeños matices que se acentúan si tienes la suerte de poder abrazar a tu pareja. A mi lado dos mujeres se besaban emocionadas y yo pensaba en la cantidad de mujeres que hay escondidas en este último disco, todo un canto a la femineidad.

En el escenario batería, bajo y su inseparable Charlie Bautista a la guitarra sobre quien recae un peso importante del concierto sin que apenas nos demos cuenta. Ella se lleva toda la atención y todas las miradas (obscenas o no) de un público también maduro y con cierto complejo de Peter Pan, mientras va alternando el teclado con la guitarra, cantando con su susurrante voz sin apenas dirigirse a nosotros más que para darnos las gracias. De nada, mujer.

Hora y media, diecisiete canciones en un setlist sin sorpresas en el que nos ofreció lo que todos queríamos escuchar. Yo os he traído este papel arrugado con todas ellas preguntándome si será su letra. A la salida no había vinilos y en su lugar en un pequeño puestecillo vendían pequeñas Rosenvinges de papel con un montón de ropa para vestirla y desnudarla a tu gusto, como si todavía tuviéramos edad para jugar con estas cosas. Si me traigo una directamente me echan de casa.

Lógicamente no puedo hacer otra cosa que despedir esta pequeña crónica dándole un sobresaliente alto, jugando a que yo soy el profe y ella mi alumna a la que tengo que evaluar. Lo que sí que soy es un auténtico idiota en mi mayor. En ese momento se hizo el eco en forma de canción.

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