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Christina Rosenvinge en concierto en Santiago de Compostela (Sala Capitol, 07–05–2015)

Uno se pregunta si nos tomamos lo suficientemente en serio a gente como Christina Rosenvinge. A personas que llevan tres décadas, de una forma u otra, entregando música de calidad. Es más, que a estas alturas parece estar en un de los mejores momentos de su carrera, con la reciente publicación del notable Lo nuestro. Perdonad si en estos momentos mi memoria me la juega y olvido a alguien, pero no se me ocurre en la música española otro ejemplo similar al de la madrileña, a la que se debería empezar ya no a respetar, sino a venerar como una de esas figuras que solo surge de muchos en muchos años.

El suyo de anoche, en Santiago de Compostela, fue el enésimo concierto de confirmación. Pasadas las diez salió acompañada de banda para el directo, compuesta por otros tres miembros, sonrió tímidamente, nos dio la bienvenida, y se limitó a sentar cátedra como si le resultase rutinario. Lo hizo paseándose por el pop, el rock, la canción de autor y, sobre todo, el carisma. Eso que se comenta de “llenar el escenario”. No le hacen falta artificios, movimientos impostados de cara a la galería, poses afectadas. Simplemente llega, sin palabras nos explica que es la jefa, y empiezan los primeros compases de ‘Alguien tendrá la culpa’ que, con ‘Romeo y los demás’, rompió el hielo.

Se dejó claro que, evidentemente, habíamos venido a presentar disco. Pero lo cierto es que el recital de Christina Rosenvinge guardó muchos momentos para el recuerdo del pasado más reciente. Ese que va desde Continental 62 a nuestros días. La primera mirada atrás vino de la mano de ‘Anoche (el puñal y la memoria)’, enlazada con la reciente ‘La absoluta nada’ en un inicio que plasmó la cara más intimista y suave de la noche, en una Sala Capitol incluso adaptada para un aforo algo menor. Siguió una ‘Debut’ que, según explicó Christina (no, yo no me había dado cuenta a pesar de lo que a ella le importan estos detalles) acaba con la misma palabra que da comienzo a su último disco.

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Progresivamente se endureció el recital. Se subieron decibelios. Se utilizó el ruido como medio, no como justificación, y la cara más oscura de ‘Eclipse’, tras una ‘La distancia adecuada’ que guardó un rincón para recordar a Tu labio superior, empezó a asomar. Como preludio de ‘Tok Tok’, seguramente mi canción favorita de Rosenvinge, estremecedora en directo, de esas que justifica ya no un disco, sino toda una carrera. Poco más del pasado hasta el bis. Tan solo ‘A Liar to Love’ única canción que se cantó en inglés, antes de volver a recuperar su último disco y afrontar el final del concierto.

‘Segundo acto’ y ‘Lo que te falta’ estaban cerrando una noche estupenda, mientras ‘La joven Dolores’ daba fe de que, si uno se pone a repasar, a Christina Rosenvinge no le faltan jitazos desde hace unos años para acá. Pero faltaba (exceptuando ‘Tok Tok’), el punto álgido de anoche. ‘La muy puta’, con Christina dedicándose exclusivamente a las voces y liberándose de cualquiera atadura, dejándose llevar por sus dotes de diva innata o ‘La tejedora’, un corte que parece estar buscando el momento adecuado para lanzar ese alarido reverberante y estremecedor que le da muerte.

Una velada estupenda. Se sabía casi de antemano. Es difícil imaginar que Christina Rosenvinge acostumbre a dar malos conciertos por ahí, y los bises con ‘Canción del eco’ y una ‘Alta tensión’ que dejó a la protagonista sola, sin banda, sobre el escenario. Al teclado, cerrando una gran noche, dieron fe de la leyenda viva en la que está convertida y que, a veces, dudo que se valore lo suficiente.

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