“Chucho concierto Joy Eslava” src=”http://img.hipersonica.com/2013/04/650_1000_chucho-concierto2.jpg" class=”centro” />

La primera y última vez que vi a Chucho en directo, hará unos 10 años, íbamos camino del concierto cuando de repente alguien soltó la pregunta: “¿Y cómo coño se baila Chucho?” y nadie supo muy bien qué responder. Efectivamente, no hay manera de bailar Chucho, de la misma forma que es difícil imaginarse la mayoría de sus estribillos coreados a gritos por decenas de miles de personas, y a lo mejor por eso nunca llegaron a gozar del éxito popular del “otro lado” dentro de esa guerra de trincheras absurda entre lo comercial y lo que supuestamente no lo es en la que siempre ha vivido el pop español.

Éramos tan índies a los que nos gustaba Chucho que cometimos la estupidez de guardárnoslos para nosotros y no nos molestamos en compartir el secreto con nadie. Por eso el jueves en la Joy Eslava éramos los mismos de siempre, los de hace quince años, sólo que más viejos, más calvos y quizá más enfadados y a lo mejor también por eso nos costó tanto arrancarnos y hacer aquello tan méinstrim de bailar y berrear un rato cuando estás delante de un grupo que te encanta y con el que tienes un vínculo sentimental a prueba de bombas.

Porque la cosa empezó un poco rara. La formación titular de Alfaro y compañía con la única ausencia de Isabel León salió puntual (algo que tengo entendido que está tipificado como delito por la legislación española), sin telonero y con una cierta frialdad en el ambiente. Pero al cabo de un rato entendimos que sólo era cuestión de relajarnos, que si lo hacíamos casi cualquier problema podía tener solución; al fin y al cabo, esto es como cuando quedas con ese colega al que ves una vez al año: llegáis, os sentáis y parece que no tenéis nada que deciros. Y pensáis por un momento que por qué os empeñáis en mantener esta cita si ya no tiene sentido, si se ha convertido en un mero trámite. Así hasta que algo hace clic y recordáis por qué estáis ahí y por qué, después de todo, seguís siendo amigos.

Tengo la sensación de que en este caso el clic llegó cuando sonó ‘El ángel inseminador’, que en ese momento nos dimos cuenta de verdad de dónde estábamos y qué estábamos haciendo. Y tengo también la sensación de que con ‘Ricardo ardiendo’ la cosa terminó de estallar y a partir de ahí ya no hubo quien nos parara. Entonces empezó la fiesta y ahí sí que nos sentimos todos invitados: ‘Visión rayos X’ sonó casi a lo que jamás ha sido, a himno; con ‘Gran angular’ montamos un karaoke digno de concierto de Los Planetas; hasta la novedad ‘Huracanes con nombre’ no desentonó en el conjunto. Y qué os voy a contar de ese primer bis que encadenó ‘Erección del alma’, ‘Perruzo’ y ‘Magic’, la canción que demuestra que en España tenemos un serio problema musical por el mero hecho de que no se la sepa de memoria todo dios.

Todavía quedaba un último bonus: una ‘Inés Groizard’ furiosa que redondeó la noche y cuya condición de cara B cerrando un concierto venía que confirmar que, de una forma u otra, allí nos conocíamos todos. No fue, es cierto, el bolo con el mejor sonido del mundo, pero tampoco hizo falta: aquello, después de todo, fue sólo una reunión de amigos.

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